A V., que no es Venezuela.
Ningún placer se puede comparar –ni el sexo ni la velocidad ni el supermercado- al de saber algo y poder transmitirlo en voz alta, como lo demuestra el ejemplo universal del viandante oscuro que, preguntado en la calle por una dirección, se vuelve repentinamente sabio, alegre, locuaz, bueno y hasta feliz. Pero para saber que sabemos algo, como sabía Platón, es necesario que nos pregunten, pues es precisamente “la espera atenta de una respuesta” (el contrato nuevo del preguntar mismo) el que nos permite descubrir de pronto que también nosotros, hasta ese momento ignorantes, indignos y despreciables, tenemos algo que decir y que, aún más, tenemos también los recursos mentales para decirlo. Eso es la revolución. Eso es el socialismo. Hace ahora diez años los venezolanos se preguntaron por primera vez los unos a los otros, esperaron atentamente la respuesta y resultó que todos tenían algo que decir en voz alta, algo que decirse sin vergüenza y con argumentos, algo importante que comunicar al resto del mundo. A los que faltaban las palabras, la revolución bolivariana les dio nuevas instituciones –para la acumulación y la difusión- y una verdadera epidemia de proyectos participativos comenzó a curar a un pueblo hasta entonces herido y silenciado: Misiones, Núcleos de Desarrollo Endógeno, Aldeas Universitarias, Consejos Comunales, radios y televisiones comunitarias, etc. Si algo impresiona hoy de Venezuela es que una gran parte de su población, entre los 4 y los 84 años, se pasa el día aprendiendo y enseñando, enseñando y aprendiendo, y ello con la felicidad inigualable que acompaña al placer superior de retirarse las legañas de los ojos y saber lo que uno se trae entre las manos. “Éramos seres humanos y no lo sabíamos”, me dice Carmen en la Casa del Poder Comunal de Chapellín, una barriada de Caracas. “Antes a los intelectuales nosotros los veíamos por la televisión y ahora vienen ustedes a preguntarnos”, me dice Manuel, miembro de una cooperativa del núcleo Fabricio Ojeda. Venezuela es uno de los países del mundo donde más fácil es enamorarse y más difícil estar de mal humor. Ninguna miss universo de cuerpo neumático, ninguna modelo esculpida en plástico puede rivalizar en belleza con estas amas de casa panzudas y desafiantes, con estas trabajadoras trabajadas por la vida, de pechos caídos y hombros altivos, rejuvenecidas en la cuna de la conciencia. Ningún actor de Hollywood moldeado en quirófanos y gimnasios puede hacer sombra a estos agrietados mortales que demuestran con su estatura nueva que es la dignidad política la que hace buenos, felices, listos y deseables a los seres humanos.
Pero el amor también necesita combustible. Venezuela tiene una ventaja: petróleo. Venezuela tiene un problema: petróleo. Un país con petróleo puede comprar alimentos ya hechos en lugar de hacerlos; puede comprar ingenieros y físicos y profesores ya hechos en lugar de hacerlos; puede comprar una cultura ya hecha en lugar de hacerla. Así ocurre bajo el capitalismo. Pero un país con petróleo y ansias de justicia puede también comprar una revolución ya hecha en lugar de hacerla o en lugar de dejar que la hagan sus ciudadanos. La ingente riqueza petrolífera de Venezuela permitió al gobierno bolivariano construir –digamos- el socialismo al lado del capitalismo, en un mundo paralelo, poniendo en marcha una institucionalidad replicante, motor de logros sin precedentes, que ha cambiado más, sin embargo, a la población que a los dirigentes, que ha transformado más deprisa las conciencias que las estructuras. Es dudoso que esos dos mundos –Sambil y Bolívar, Nestlé y Marx- puedan convivir sin devorarse; es dudoso que el primero de esos mundos no esté ganando terreno. Diez años después del triunfo de Chávez, los mismos que lo llevaron al gobierno, los mismos que lo devolvieron a Miraflores en las jornadas de abril de 2002, los mismos que lo defienden con vehemencia y fundamento en los Consejos Comunales, en las barriadas, en las cooperativas, ven frenados sus proyectos por el Estado que los hizo posibles y se lamentan de ello. Mientras el capitalismo sigue obteniendo enormes beneficios, la reserva activa de la Cuarta República –la burocracia, la corrupción, el oscurantismo político- inyecta su cardenillo en el socialismo incipiente de la Quinta. Mientras el capitalismo gestiona a placer sus instituciones, no es seguro ya que el socialismo haga lo mismo con las suyas.
Lo que la Venezuela bolivariana ha hecho ya por todo el continente –y por el pensamiento político universal- será reconocido con independencia de lo que ocurra a partir de ahora. Pero cuando a un pueblo se le pregunta y se le deja responder, y descubre por primera vez la inteligencia, la felicidad, la belleza, la bondad (valga decir, la dignidad política) y eso después de siglos de silencio y de dolor, y sabe qué ha dejado detrás y quiere ir hacia delante, y anhela seguir aprendiendo y enseñando, enseñando y aprendiendo, no se conforma con el enamoramiento de los extranjeros ni con la cuota de progreso global que representa: quiere para sí mismo más felicidad, más inteligencia, más belleza y más bondad. Y eso es –o llamémoslo- el socialismo, el cual reclama no un mundo paralelo –no- sino el mundo entero.
Santiago Alba Rico, extraído de rebelion.org
El primer enfrentamiento político se da en el campo del lenguaje. Si no tenemos capacidad para enunciar el mundo, otros imponen su dominio sobre la realidad. Es parte de una guerra teorética y política. Debemos rescatar los conceptos e impedir que el capitalismo se apropie de su definición.
jueves, 14 de mayo de 2009
domingo, 10 de mayo de 2009
Marihuana
Hoy ha tenido lugar uno de esos acontecimientos que se repiten tan cotidianamente que casi se han impuesto como normales. Más bien son ya hechos normales que solo algunos consideramos extraños, como empeñados en llevar la contraria a la sociedad y la racionalidad que la envuelve.
Situémonos: una casa normal, con una familia normal, con unos invitados normales sentados a la mesa. Casi desde el principio, quizá porque le dije que confiaba más en el Granma que en la BBC, uno de los invitados, apuesto y valiente, parecía empeñado en demostrarse a sí mismo y a los demás su sabiduría sin parangón, basada en datos de más que dudosa procedencia. Este hombrecillo estaba muy interesado en la historia militar y trataba de embaucarnos a través de un recital de datos inconexos y superficiales. Sus padres parecían convencidos: "cómo sabe este chaval". Resultaba extraño. Sin haber dicho más que dos palabras, parecía que yo era el objetivo último de sus comentarios. No es que sea egocéntrico, es que de vez en cuando me dedicaba una frasecilla pedante y prepotente, no tengo claro si era para provocar o porque así es su carácter. El caso es que decidí refugiarme en la comida y sonreír ante todo. No había ningún ánimo de caer en la tentación de una discusión inútil de salón.
Cuando acaba la comida y llega el tiempo de la sobremesa y el café, mi madre, gran fumadora, enciende su cigarro habitual, así como una de las invitadas, madre del gran sabio occidental que nos honraba con su ilustrísima presencia. Este insignificante hecho no suscitó ninguno de sus perspicaces comentarios. En seguida veremos por qué me detengo en esta tontería. Creo que todos los que nos sentábamos a la mesa (salvo esta persona y yo mismo) se dispusieron a tomar un café, acompañando el cigarro en el caso de los fumadores. Es el momento en el que decido, en este ambiente relajado, hacerme un porrillo de marihuana. Así que me dispongo a ello y saco todo el material necesario: papel, tabaco, mechero y la propia hierba. El primer comentario de nuestro protagonista es un tanto jocoso, algo así como: "bonita colección de cardos". Otra persona en la mesa, no recuerdo quién, siguió el juego y me recriminó, aunque consideré que era broma. El tono de voz lo sugería, o esa impresión me dio.
La cosa empezó a calentarse sin que me diera tiempo a reaccionar. El más ilustrado de la mesa no pudo contener un sermón sobre el alquitrán que me disponía a introducir en mi organismo. Mientras, su madre fumaba impunemente un cigarro, marca LM, que efectivamente sí lleva alquitrán, no como la marihuana. Parecía no importarle. Al ver que mi actitud no cambiaba, que seguía liando el porro, pasó a señalarme (coca-cola en mano) que él no se introducía sustancias químicas en su cuerpo (aparte de la coca-cola), menos aún aquellas que acababan con su cerebro. Mordiéndome la lengua, acabo mi pequeña manufactura y me lo enciendo, confiando en que al comprobar que no me transformo en un retrasado mental dejará de repetir lo que la Iglesia y la derecha nos enseñan sobre los porros. No fue así.
En cuanto lo enciendo, el triste filósofo de sofá, ingeniero informático (una carrera de verdad, no como la ciencia política), se levanta de la mesa y me reprende, vituperándome por que no se merecía el olor "psicotrópico", recordándome la científica ley de Murphy según la cual el humo siempre va a los no fumadores. Atónito, casi divertido, miro a las dos personas sentadas a la mesa que fuman sus cigarros y que no habían suscitado comentario alguno. Al ver que me encontraba solo ante el peligro, pregunto a todos si les molesta mi atrevimiento, un tanto sorprendido porque siempre he considerado que la marihuana al quemarse huele infinitamente mejor que el tabaco industrial y su papel con anillos de fósforo. Por no hablar de que me encuentro en mi casa, cómodo y relajado, y de que después de fumar me disponía a echar una siesta. Aún sin siesta, la marihuana no me imposibilita de ninguna manera para seguir con mis labores el resto del día, menos este domingo lluvioso. Ante mi pregunta un invitado no responde, otro dice que sí y que no le molesta en la misma frase y un tercero, nuestro afamado erudito, responde que sí, que efectivamente le molesta.
Me retiré de la mesa, en mi propia casa, con mi familia delante, porque unos señores de bien, ejemplares ciudadanos que consideran que el cénit del periodismo es la BBC, reaccionaron como les han educado: ni el vino, ni el tabaco, ni el café, ni la coca-cola, ni el arroz hervido con caldo de cocido madrileño y salpicado con tocino, chorizo, morcilla, carne de ternera, de pollo... El problema en la mesa era que yo me había encendido un porro. Al darme cuenta de ello, decidí marcharme. No es que sea drogadicto y prefiera fumarme un porro a la compañía. Es que fue la gota que colmó el vaso. O me iba con mi porro, allí donde pudiese fumármelo relajadamente y sin molestar a nadie, o me quedaba allí para poner punto y final a todo lo que tenía de pacífico la velada.
Basta ya de críticas injustificadas, incoherentes, cargadas de doble moral, irracionales al fin y al cabo. La marihuana no es peor que el vino, no es peor que el café o el té y desde luego no es peor que un cigarro que sale de cualquier fábrica de Phillip Morris. Todo depende de la forma y la cantidad en que la consumas, como todos los alimentos del mundo. Sin embargo el rechazo que despierta parece basado en el miedo. Tanto por su magnitud como por su desvergüenza. Será porque es ilegal, será porque la gente que la consume de vez en cuando tiende a ser más feliz y tolerante, la cuestión es que la marihuana despierta miedos y reacciones totalmente disparatadas. Y no me refiero a los que la fuman, sino a los que de hecho no la prueban. ¿Qué clase de sociedad es esta donde, después de obligarnos a elegir entre individualismo o individualismo fanático, nos convence de que no podemos controlar nuestro cuerpo, nuestro cerebro y pensamientos, mientras estamos bajo la influencia de la marihuana?
Las drogas, sean blandas como la marihuana y la cafeína o duras como el alcohol y el tabaco, no son malas de por sí. Más nos perjudica vivir en Atocha, rodeados de polución el 100% del tiempo, que fumarse un porro o dos cada día. No, lo que pasa es que lo que nos permite producir más y nos hace quejarnos menos, desde el coche que contamina al café que nos mantiene despiertos durante jornadas laborales interminables, no sólo está permitido. Nos inducen a consumirlo. Y no despierta el mismo tipo de crítica, no convierte al que lo consume en un criminal o un drogadicto. La palabra "droga" asusta hasta a los más valientes ciudadanos, que pronto reclaman protección contra una planta (lo que obliga al Estado a invertir millones de euros en una supuesta "guerra" que es imposible ganar) mientras sus presidentes y diputados colaboran en el desarrollo de la General Motors o en el bombardeo sobre el tercer mundo. El paro avanza de forma galopante, pero el problema es la marihuana. El empresario se ahorra en medidas de seguridad miles de euros, tan solo a cambio de unos cuantos miembros y unas cuantas vidas de los trabajadores, pero la policía debe dedicarse a perseguir una planta y a aquellos que tengan un poco en su bolsillo.
Y así, los ciudadanos de bien, ideológicamente lobotomizados, fieles repetidores de lo que aprenden en los anuncios y lo que va entre uno y otro (las noticias), sienten el no tan espontáneo impulso de representar a la voz de la razón y la superioridad ante los bárbaros de costumbres perturbadoras. Estoy verdaderamente harto de la intolerancia que despiertan los porros. No digo que la respuesta sea legalizarlos, puesto que convertirlo en un mercado regulado (y no un mercado libre como es hoy en día) al final significaría fumar marihuana de plástico bien cara, para beneficio de uno o dos señores que compraron las patentes de unas plantas, especiales ellos porque tienen el dinero suficiente. Tampoco digo que la situación actual de libre mercado sea mejor. Pero lo que sí habría que plantearse es la despenalización de la posesión para consumo propio y el autocultivo. Por otro lado, hay toda una resistencia ideológica a aceptar los porros como un hecho cotidiano, pese a que desde hace siglos lo son, que necesariamente habrá de ser vencida para que podamos invertir ese razonamiento que nos lleva a sentirnos orgullosos y felices por comprar un balón fabricado por un niño (con contrato, luego libre) de un país olvidado en el que el sueldo (si le pagan) no da para comer una semana, mientras que debemos sentirnos culpables por consumir una droga que no solo sirve para evadirse de una realidad muy poco gratificante, sino que también nos permite pensar sin prisa y desde otra perspectiva sobre lo que nos ocupa y preocupa. Fumo marihuana, no soy un criminal.
Situémonos: una casa normal, con una familia normal, con unos invitados normales sentados a la mesa. Casi desde el principio, quizá porque le dije que confiaba más en el Granma que en la BBC, uno de los invitados, apuesto y valiente, parecía empeñado en demostrarse a sí mismo y a los demás su sabiduría sin parangón, basada en datos de más que dudosa procedencia. Este hombrecillo estaba muy interesado en la historia militar y trataba de embaucarnos a través de un recital de datos inconexos y superficiales. Sus padres parecían convencidos: "cómo sabe este chaval". Resultaba extraño. Sin haber dicho más que dos palabras, parecía que yo era el objetivo último de sus comentarios. No es que sea egocéntrico, es que de vez en cuando me dedicaba una frasecilla pedante y prepotente, no tengo claro si era para provocar o porque así es su carácter. El caso es que decidí refugiarme en la comida y sonreír ante todo. No había ningún ánimo de caer en la tentación de una discusión inútil de salón.
Cuando acaba la comida y llega el tiempo de la sobremesa y el café, mi madre, gran fumadora, enciende su cigarro habitual, así como una de las invitadas, madre del gran sabio occidental que nos honraba con su ilustrísima presencia. Este insignificante hecho no suscitó ninguno de sus perspicaces comentarios. En seguida veremos por qué me detengo en esta tontería. Creo que todos los que nos sentábamos a la mesa (salvo esta persona y yo mismo) se dispusieron a tomar un café, acompañando el cigarro en el caso de los fumadores. Es el momento en el que decido, en este ambiente relajado, hacerme un porrillo de marihuana. Así que me dispongo a ello y saco todo el material necesario: papel, tabaco, mechero y la propia hierba. El primer comentario de nuestro protagonista es un tanto jocoso, algo así como: "bonita colección de cardos". Otra persona en la mesa, no recuerdo quién, siguió el juego y me recriminó, aunque consideré que era broma. El tono de voz lo sugería, o esa impresión me dio.
La cosa empezó a calentarse sin que me diera tiempo a reaccionar. El más ilustrado de la mesa no pudo contener un sermón sobre el alquitrán que me disponía a introducir en mi organismo. Mientras, su madre fumaba impunemente un cigarro, marca LM, que efectivamente sí lleva alquitrán, no como la marihuana. Parecía no importarle. Al ver que mi actitud no cambiaba, que seguía liando el porro, pasó a señalarme (coca-cola en mano) que él no se introducía sustancias químicas en su cuerpo (aparte de la coca-cola), menos aún aquellas que acababan con su cerebro. Mordiéndome la lengua, acabo mi pequeña manufactura y me lo enciendo, confiando en que al comprobar que no me transformo en un retrasado mental dejará de repetir lo que la Iglesia y la derecha nos enseñan sobre los porros. No fue así.
En cuanto lo enciendo, el triste filósofo de sofá, ingeniero informático (una carrera de verdad, no como la ciencia política), se levanta de la mesa y me reprende, vituperándome por que no se merecía el olor "psicotrópico", recordándome la científica ley de Murphy según la cual el humo siempre va a los no fumadores. Atónito, casi divertido, miro a las dos personas sentadas a la mesa que fuman sus cigarros y que no habían suscitado comentario alguno. Al ver que me encontraba solo ante el peligro, pregunto a todos si les molesta mi atrevimiento, un tanto sorprendido porque siempre he considerado que la marihuana al quemarse huele infinitamente mejor que el tabaco industrial y su papel con anillos de fósforo. Por no hablar de que me encuentro en mi casa, cómodo y relajado, y de que después de fumar me disponía a echar una siesta. Aún sin siesta, la marihuana no me imposibilita de ninguna manera para seguir con mis labores el resto del día, menos este domingo lluvioso. Ante mi pregunta un invitado no responde, otro dice que sí y que no le molesta en la misma frase y un tercero, nuestro afamado erudito, responde que sí, que efectivamente le molesta.
Me retiré de la mesa, en mi propia casa, con mi familia delante, porque unos señores de bien, ejemplares ciudadanos que consideran que el cénit del periodismo es la BBC, reaccionaron como les han educado: ni el vino, ni el tabaco, ni el café, ni la coca-cola, ni el arroz hervido con caldo de cocido madrileño y salpicado con tocino, chorizo, morcilla, carne de ternera, de pollo... El problema en la mesa era que yo me había encendido un porro. Al darme cuenta de ello, decidí marcharme. No es que sea drogadicto y prefiera fumarme un porro a la compañía. Es que fue la gota que colmó el vaso. O me iba con mi porro, allí donde pudiese fumármelo relajadamente y sin molestar a nadie, o me quedaba allí para poner punto y final a todo lo que tenía de pacífico la velada.
Basta ya de críticas injustificadas, incoherentes, cargadas de doble moral, irracionales al fin y al cabo. La marihuana no es peor que el vino, no es peor que el café o el té y desde luego no es peor que un cigarro que sale de cualquier fábrica de Phillip Morris. Todo depende de la forma y la cantidad en que la consumas, como todos los alimentos del mundo. Sin embargo el rechazo que despierta parece basado en el miedo. Tanto por su magnitud como por su desvergüenza. Será porque es ilegal, será porque la gente que la consume de vez en cuando tiende a ser más feliz y tolerante, la cuestión es que la marihuana despierta miedos y reacciones totalmente disparatadas. Y no me refiero a los que la fuman, sino a los que de hecho no la prueban. ¿Qué clase de sociedad es esta donde, después de obligarnos a elegir entre individualismo o individualismo fanático, nos convence de que no podemos controlar nuestro cuerpo, nuestro cerebro y pensamientos, mientras estamos bajo la influencia de la marihuana?
Las drogas, sean blandas como la marihuana y la cafeína o duras como el alcohol y el tabaco, no son malas de por sí. Más nos perjudica vivir en Atocha, rodeados de polución el 100% del tiempo, que fumarse un porro o dos cada día. No, lo que pasa es que lo que nos permite producir más y nos hace quejarnos menos, desde el coche que contamina al café que nos mantiene despiertos durante jornadas laborales interminables, no sólo está permitido. Nos inducen a consumirlo. Y no despierta el mismo tipo de crítica, no convierte al que lo consume en un criminal o un drogadicto. La palabra "droga" asusta hasta a los más valientes ciudadanos, que pronto reclaman protección contra una planta (lo que obliga al Estado a invertir millones de euros en una supuesta "guerra" que es imposible ganar) mientras sus presidentes y diputados colaboran en el desarrollo de la General Motors o en el bombardeo sobre el tercer mundo. El paro avanza de forma galopante, pero el problema es la marihuana. El empresario se ahorra en medidas de seguridad miles de euros, tan solo a cambio de unos cuantos miembros y unas cuantas vidas de los trabajadores, pero la policía debe dedicarse a perseguir una planta y a aquellos que tengan un poco en su bolsillo.
Y así, los ciudadanos de bien, ideológicamente lobotomizados, fieles repetidores de lo que aprenden en los anuncios y lo que va entre uno y otro (las noticias), sienten el no tan espontáneo impulso de representar a la voz de la razón y la superioridad ante los bárbaros de costumbres perturbadoras. Estoy verdaderamente harto de la intolerancia que despiertan los porros. No digo que la respuesta sea legalizarlos, puesto que convertirlo en un mercado regulado (y no un mercado libre como es hoy en día) al final significaría fumar marihuana de plástico bien cara, para beneficio de uno o dos señores que compraron las patentes de unas plantas, especiales ellos porque tienen el dinero suficiente. Tampoco digo que la situación actual de libre mercado sea mejor. Pero lo que sí habría que plantearse es la despenalización de la posesión para consumo propio y el autocultivo. Por otro lado, hay toda una resistencia ideológica a aceptar los porros como un hecho cotidiano, pese a que desde hace siglos lo son, que necesariamente habrá de ser vencida para que podamos invertir ese razonamiento que nos lleva a sentirnos orgullosos y felices por comprar un balón fabricado por un niño (con contrato, luego libre) de un país olvidado en el que el sueldo (si le pagan) no da para comer una semana, mientras que debemos sentirnos culpables por consumir una droga que no solo sirve para evadirse de una realidad muy poco gratificante, sino que también nos permite pensar sin prisa y desde otra perspectiva sobre lo que nos ocupa y preocupa. Fumo marihuana, no soy un criminal.
jueves, 23 de abril de 2009
La construcción nacional
¿Qué es una nación? ¿Cual es su origen? No cabe duda que el nacionalismo es y ha sido una de las ideas que más ha movilizado a los pueblos a lo largo del globo, capaz de generar lazos muy intensos entre personas que no se conocen. Sin embargo parece que realmente sabemos poco acerca del tema. Es muy común, por ejemplo, encontrarse con gente que confunde el concepto de nación con el de Estado. Es lógico, hasta las instituciones públicas nos inducen al error: la Organización de Naciones Unidas no es otra cosa que una organización de Estados no demasiado unidos.
Tratemos de definir, escuetamente, el término "nación" (que es bastante complejo y confuso) para poder discutir acerca de él. Lo primero que quiero destacar es que en principio la nación no existe. Se trata de algo artificial, construido por el ser humano. El concepto de nación crea una clara diferenciación entre un grupo (el propio) y el resto de seres. Crea vínculos horizontales en una sociedad, al margen de las estructuras jerárquicas que la dominen en un momento concreto de su historia (como pueden ser las económicas, las políticas o las religiosas). Como ya he dicho, genera intensos lazos, pero también es intensamente excluyente.
Pero ¿qué criterios definen a una nación? Muchos autores han intentado dotar al concepto de características objetivas (como puede ser un territorio, una lengua común, la raza...), lo cual resulta imposible salvo que se considere apropiado dejar a la mitad de las naciones fuera de la definición. Otros han tratado de definir la nación en base a unos criterios subjetivos, refiriéndose al sentimiento de pertenencia a una comunidad que desarrollen sus miembros. Actualmente podemos hablar de voluntarismo y organicismo. La postura organicista defendería que la nación "es", existe independientemente de si la vemos o no, o de si nos sentimos identificados con ella o todo lo contrario. Se trata de una realidad previa. El voluntarismo, por contra, entiende que la nación solo existe si así lo perciben las personas, no existe al margen del ser humano ni antes de él.
Por mi parte, coincido con Anderson cuando habla de "comunidades imaginadas" refiriéndose a cualquier otro colectivo al margen de la familia directa (aunque opino que la familia también se trata de una comunidad imaginada). Hobsbawm nos recuerda que el pasado histórico compartido es inventado y no es neutro, responde a posiciones ideológicas. Las tradiciones y el discurso nacional, dice Hobsbawm, tienen tras objetivos: la cohesión social, la reproducción de los sistemas de poder y la socialización en torno a un sistema de creencias y valores concreto.Aunque quizá este autor peca de un exceso de voluntarismo: llega a afirmar que todas las tradiciones son inventadas. Esto es bastante discutible, si asumimos esto como cierto no podríamos explicar la rapidísima difusión que tiene el nacionalismo (en sus distintas formas) por todo el mundo. Sin embargo Hobsbawm si que tiene parte de razón porque, si bien las tradiciones que recogen los nacionalismos no son todas inventadas (algunas sí), desde luego sí están seleccionadas: el pasado es selectivo, está construido desde el presente.
Se trata de un debate que no parece se vaya a resolver nunca. No obstante, cabe recordar la importancia de la guerra por la palabra, que la lucha por las definiciones es una de las luchas políticas más importantes y que toda definición tiene sus consecuencias (si definimos una nación en base a una raza, por ejemplo, todo el que no comparta una serie de rasgos genéticos nunca podrá formar parte de la comunidad).
Existen muchos tipos distintos de nación, pero podemos agruparlos principalmente en dos categorías: naciones culturales y naciones políticas. Las primeras son aquellas que se centran en elementos étnicos, lingüísticos, culturales... Busca que los límites culturales también se correspondan con los de la nación. Por otro lado, la nación política no parte de una cultura, una etnia o una religión compartidas, ni si quiera una lengua común. Se trata de naciones construidas sobre elementos simbólicos y abstractos, como pueden ser la constitución, la bandera, un sistema político... En principio la segunda sería más incluyente, mientras que la primera categoría corre más riesgo de devenir en "religión política" o simple racismo (lo que no quita que también pueda ocurrir en las naciones políticas). Pese a que en la realidad todas las naciones combinan elementos de ambos tipos de nacionalismo y se muestran de forma híbrida, siempre predomina una de las dos categorías. El mejor ejemplo de nación cultural lo encontramos en Alemania: el nacionalismo alemán encuentra sus raíces en el romanticismo y en parte surge como rechazo a la violenta expansión de la ilustración francesa (recordemos que el momento en el que surge el nacionalismo alemán es en plena convulsión por la revolución francesa y la expansión de Napoleón). Autores como Fichte hablan de abandonar las influencias francesas y recobrar una autenticidad perdida, la esencia primigenia que ha sido pervertida. Se trata de una arqueotopía, es decir, como una utopía pero situada en el pasado. La retórica de este tipo de nacionalismo tiende a ser ruralista (el campesino es el que más esencias ha guardado, el que más se parece al pasado), lo cual resulta algo paradójico ya que la construcción nacional proviene esencialmente de las urbes. La nación alemana no surge en un Estado preexistente, como es el caso francés, el español, el inglés... sino que es la propia identidad cultural la que construye esa unidad, reclamando una especifidad que choca de lleno con la "universalidad" de los principios franceses y su modelo ideal de nación. El mejor ejemplo del caso contrario, de nación política, es quizá Estados Unidos. Aunque esta construcción nacional ha coqueteado desde el principio con la idea religiosa de ser los elegido entre los elegidos y del destino manifiesto, las características políticas parece que priman frente a las demás (siempre y cuando nos olvidemos un poco del galopante racismo del que todavía quedan algunos vestigios, véase la película "El surgimiento de una nación"). Estados Unidos es una de las naciones que más apela a los elementos abstractos para constituir su unidad, para establecer el marco que permita la integración de distintas etnias, religiones, culturas... En teoría, en este país se consigue disgregar la identidad étnica de la cultural, aunque en la actualidad esto es bastante discutible: muchas minorías están eligiendo, en lugar de aceptar el modelo de "melting pot" cultural, conservar su propia identidad e incluso su lengua en lugar de integrarse.
Tanto la nación cultural como la nación política comparten la construcción de un pasado común basado en intereses del presente. Pero comparten más. Toda construcción nacional recurre en algún momento de su evolución a una construcción simbólica muy fuerte: la proyección de la familia sobre la nación. Esta técnica, además de ser fácil de difundir, tiende a dotar a la nación de carácter natural, como lo puede ser la familia, por lo que desobedecer al padre de familia (el líder del gobierno) es no sólo éticamente reprobable, sino también antinatural. Las comunidades religiosas también practican habitualmente este tipo de simbolismo. Así mismo, el simbolismo religioso también ha penetrado el ámbito del nacionalismo. Pese a siglos de secularización, cuando un movimiento nacionalista se ve amenazado, no duda en acudir a la simbología religiosa, aunque no sea de forma explícita ni reconocida. Un ejemplo perfecto de ello son las quemas de banderas: en muchos países se considera prácticamente una blasfemia y se castiga en consecuencia. Estados Unidos utiliza la constitución como si se tratase de un texto sagrado, por no hablar de las promesas de paraíso que ofrece el "estilo de vida americano". Otro elemento común a todas las naciones es la construcción de mitos nacionales. Se trata de héroes de la construcción nacional, personas en las que nos podemos identificar y además constituyen modelos a imitar. Un ejemplo muy claro y reciente de esta glorificación de un individuo en el que se reconocen todas las virtudes de la nación a la que encarna es el caso de Mustafa Kemal "Atatürk" en Turquía. Al derribar los restos del ya vencido Imperio Otomano y someter al antiguo sultán, Atatürk se convierte mediante el ejército en el líder indiscutible de una nueva nación que no espera a su muerte para nombrarle "padre de los turcos" y estampar su imagen en estatuas, monumentos, billetes y monedas. Un nuevo dios para la nueva religión de Anatolia, que ya ha demostrado a armenios y kurdos lo que ocurre con los herejes. Del mismo modo hoy se consideran mitos "españoles" a los fanáticos cristianos que combatían contra los musulmanes en la península ibérica (como Pelayo o El Cid) y "reconquista" a cientos de guerras distintas que se prolongaron durante siglos por el control de un territorio en nombre de distintos monarcas y de la religión. Bolívar en Sudamérica, Martí en Cuba, Lincoln en Estados Unidos... los ejemplos son innumerables.
En cuanto al origen, descarto todas las teorías primordialistas que sitúan el origen de la nación en tiempos inmemoriales. En el caso español, una de estas teorías consideraba que más que hijos de Pelayo, somos descendientes de Noé. Un famoso historiador franquista recordaba en más de una ocasión que la primera contribución española al Arte fueron las pinturas de Atapuerca. Sin embargo, tampoco me convencen las tesis contrarias que defienden los modernistas. Para estos la nación es un producto de la modernidad que se manifiesta por primera vez con la revolución francesa de 1789. No existe, pues, nación anterior a esa fecha. Antes solo podemos hablar de monarquías y reinos, imperios, ciudades-estado... pero no de nación. En este sentido, comparto la postura de Anthony D. Smith que podríamos calificar de perennialista: si bien antes de la revolución francesa no podemos hablar de nación, sí que podemos hablar de "identidad nacional" anterior a 1789. Es decir, podemos establecer un vínculo entre el antiguo régimen y el estado-nación basado en el sentimiento de pertenencia a un grupo, de tal forma que evitamos la flaqueza teórica del modernismo, que no puede explicar, entre otras cosas, cómo ese sentimiento nacional se propaga tan rápido por todo el mundo generando vínculos tan fuertes si el origen está en la revolución francesa. La respuesta es lógica: ya existía una identidad nacional previa al nacimiento de la nación.
Marx aportó una perspectiva interesante acerca del tema, aunque pecó de funcionalismo: consideraba que la nación, como el Estado, era un instrumento burgués. Consideraba que el nacionalismo era una construcción ideológica de la clase dominante destinada a distraer y controlar a las masas e impedir el florecimiento de su auténtica identidad, la identidad de clase. Desde mi punto de vista, puede que la burguesía y las clases dominantes realmente utilizaran ese sentimiento nacional para controlar a las masas e impedir que se organicen para conquistar su emancipación, pero no podemos asegurar que fue así como surgió, ni con ese objetivo.
Tratemos de definir, escuetamente, el término "nación" (que es bastante complejo y confuso) para poder discutir acerca de él. Lo primero que quiero destacar es que en principio la nación no existe. Se trata de algo artificial, construido por el ser humano. El concepto de nación crea una clara diferenciación entre un grupo (el propio) y el resto de seres. Crea vínculos horizontales en una sociedad, al margen de las estructuras jerárquicas que la dominen en un momento concreto de su historia (como pueden ser las económicas, las políticas o las religiosas). Como ya he dicho, genera intensos lazos, pero también es intensamente excluyente.
Pero ¿qué criterios definen a una nación? Muchos autores han intentado dotar al concepto de características objetivas (como puede ser un territorio, una lengua común, la raza...), lo cual resulta imposible salvo que se considere apropiado dejar a la mitad de las naciones fuera de la definición. Otros han tratado de definir la nación en base a unos criterios subjetivos, refiriéndose al sentimiento de pertenencia a una comunidad que desarrollen sus miembros. Actualmente podemos hablar de voluntarismo y organicismo. La postura organicista defendería que la nación "es", existe independientemente de si la vemos o no, o de si nos sentimos identificados con ella o todo lo contrario. Se trata de una realidad previa. El voluntarismo, por contra, entiende que la nación solo existe si así lo perciben las personas, no existe al margen del ser humano ni antes de él.
Por mi parte, coincido con Anderson cuando habla de "comunidades imaginadas" refiriéndose a cualquier otro colectivo al margen de la familia directa (aunque opino que la familia también se trata de una comunidad imaginada). Hobsbawm nos recuerda que el pasado histórico compartido es inventado y no es neutro, responde a posiciones ideológicas. Las tradiciones y el discurso nacional, dice Hobsbawm, tienen tras objetivos: la cohesión social, la reproducción de los sistemas de poder y la socialización en torno a un sistema de creencias y valores concreto.Aunque quizá este autor peca de un exceso de voluntarismo: llega a afirmar que todas las tradiciones son inventadas. Esto es bastante discutible, si asumimos esto como cierto no podríamos explicar la rapidísima difusión que tiene el nacionalismo (en sus distintas formas) por todo el mundo. Sin embargo Hobsbawm si que tiene parte de razón porque, si bien las tradiciones que recogen los nacionalismos no son todas inventadas (algunas sí), desde luego sí están seleccionadas: el pasado es selectivo, está construido desde el presente.
Se trata de un debate que no parece se vaya a resolver nunca. No obstante, cabe recordar la importancia de la guerra por la palabra, que la lucha por las definiciones es una de las luchas políticas más importantes y que toda definición tiene sus consecuencias (si definimos una nación en base a una raza, por ejemplo, todo el que no comparta una serie de rasgos genéticos nunca podrá formar parte de la comunidad).
Existen muchos tipos distintos de nación, pero podemos agruparlos principalmente en dos categorías: naciones culturales y naciones políticas. Las primeras son aquellas que se centran en elementos étnicos, lingüísticos, culturales... Busca que los límites culturales también se correspondan con los de la nación. Por otro lado, la nación política no parte de una cultura, una etnia o una religión compartidas, ni si quiera una lengua común. Se trata de naciones construidas sobre elementos simbólicos y abstractos, como pueden ser la constitución, la bandera, un sistema político... En principio la segunda sería más incluyente, mientras que la primera categoría corre más riesgo de devenir en "religión política" o simple racismo (lo que no quita que también pueda ocurrir en las naciones políticas). Pese a que en la realidad todas las naciones combinan elementos de ambos tipos de nacionalismo y se muestran de forma híbrida, siempre predomina una de las dos categorías. El mejor ejemplo de nación cultural lo encontramos en Alemania: el nacionalismo alemán encuentra sus raíces en el romanticismo y en parte surge como rechazo a la violenta expansión de la ilustración francesa (recordemos que el momento en el que surge el nacionalismo alemán es en plena convulsión por la revolución francesa y la expansión de Napoleón). Autores como Fichte hablan de abandonar las influencias francesas y recobrar una autenticidad perdida, la esencia primigenia que ha sido pervertida. Se trata de una arqueotopía, es decir, como una utopía pero situada en el pasado. La retórica de este tipo de nacionalismo tiende a ser ruralista (el campesino es el que más esencias ha guardado, el que más se parece al pasado), lo cual resulta algo paradójico ya que la construcción nacional proviene esencialmente de las urbes. La nación alemana no surge en un Estado preexistente, como es el caso francés, el español, el inglés... sino que es la propia identidad cultural la que construye esa unidad, reclamando una especifidad que choca de lleno con la "universalidad" de los principios franceses y su modelo ideal de nación. El mejor ejemplo del caso contrario, de nación política, es quizá Estados Unidos. Aunque esta construcción nacional ha coqueteado desde el principio con la idea religiosa de ser los elegido entre los elegidos y del destino manifiesto, las características políticas parece que priman frente a las demás (siempre y cuando nos olvidemos un poco del galopante racismo del que todavía quedan algunos vestigios, véase la película "El surgimiento de una nación"). Estados Unidos es una de las naciones que más apela a los elementos abstractos para constituir su unidad, para establecer el marco que permita la integración de distintas etnias, religiones, culturas... En teoría, en este país se consigue disgregar la identidad étnica de la cultural, aunque en la actualidad esto es bastante discutible: muchas minorías están eligiendo, en lugar de aceptar el modelo de "melting pot" cultural, conservar su propia identidad e incluso su lengua en lugar de integrarse.
Tanto la nación cultural como la nación política comparten la construcción de un pasado común basado en intereses del presente. Pero comparten más. Toda construcción nacional recurre en algún momento de su evolución a una construcción simbólica muy fuerte: la proyección de la familia sobre la nación. Esta técnica, además de ser fácil de difundir, tiende a dotar a la nación de carácter natural, como lo puede ser la familia, por lo que desobedecer al padre de familia (el líder del gobierno) es no sólo éticamente reprobable, sino también antinatural. Las comunidades religiosas también practican habitualmente este tipo de simbolismo. Así mismo, el simbolismo religioso también ha penetrado el ámbito del nacionalismo. Pese a siglos de secularización, cuando un movimiento nacionalista se ve amenazado, no duda en acudir a la simbología religiosa, aunque no sea de forma explícita ni reconocida. Un ejemplo perfecto de ello son las quemas de banderas: en muchos países se considera prácticamente una blasfemia y se castiga en consecuencia. Estados Unidos utiliza la constitución como si se tratase de un texto sagrado, por no hablar de las promesas de paraíso que ofrece el "estilo de vida americano". Otro elemento común a todas las naciones es la construcción de mitos nacionales. Se trata de héroes de la construcción nacional, personas en las que nos podemos identificar y además constituyen modelos a imitar. Un ejemplo muy claro y reciente de esta glorificación de un individuo en el que se reconocen todas las virtudes de la nación a la que encarna es el caso de Mustafa Kemal "Atatürk" en Turquía. Al derribar los restos del ya vencido Imperio Otomano y someter al antiguo sultán, Atatürk se convierte mediante el ejército en el líder indiscutible de una nueva nación que no espera a su muerte para nombrarle "padre de los turcos" y estampar su imagen en estatuas, monumentos, billetes y monedas. Un nuevo dios para la nueva religión de Anatolia, que ya ha demostrado a armenios y kurdos lo que ocurre con los herejes. Del mismo modo hoy se consideran mitos "españoles" a los fanáticos cristianos que combatían contra los musulmanes en la península ibérica (como Pelayo o El Cid) y "reconquista" a cientos de guerras distintas que se prolongaron durante siglos por el control de un territorio en nombre de distintos monarcas y de la religión. Bolívar en Sudamérica, Martí en Cuba, Lincoln en Estados Unidos... los ejemplos son innumerables.
En cuanto al origen, descarto todas las teorías primordialistas que sitúan el origen de la nación en tiempos inmemoriales. En el caso español, una de estas teorías consideraba que más que hijos de Pelayo, somos descendientes de Noé. Un famoso historiador franquista recordaba en más de una ocasión que la primera contribución española al Arte fueron las pinturas de Atapuerca. Sin embargo, tampoco me convencen las tesis contrarias que defienden los modernistas. Para estos la nación es un producto de la modernidad que se manifiesta por primera vez con la revolución francesa de 1789. No existe, pues, nación anterior a esa fecha. Antes solo podemos hablar de monarquías y reinos, imperios, ciudades-estado... pero no de nación. En este sentido, comparto la postura de Anthony D. Smith que podríamos calificar de perennialista: si bien antes de la revolución francesa no podemos hablar de nación, sí que podemos hablar de "identidad nacional" anterior a 1789. Es decir, podemos establecer un vínculo entre el antiguo régimen y el estado-nación basado en el sentimiento de pertenencia a un grupo, de tal forma que evitamos la flaqueza teórica del modernismo, que no puede explicar, entre otras cosas, cómo ese sentimiento nacional se propaga tan rápido por todo el mundo generando vínculos tan fuertes si el origen está en la revolución francesa. La respuesta es lógica: ya existía una identidad nacional previa al nacimiento de la nación.
Marx aportó una perspectiva interesante acerca del tema, aunque pecó de funcionalismo: consideraba que la nación, como el Estado, era un instrumento burgués. Consideraba que el nacionalismo era una construcción ideológica de la clase dominante destinada a distraer y controlar a las masas e impedir el florecimiento de su auténtica identidad, la identidad de clase. Desde mi punto de vista, puede que la burguesía y las clases dominantes realmente utilizaran ese sentimiento nacional para controlar a las masas e impedir que se organicen para conquistar su emancipación, pero no podemos asegurar que fue así como surgió, ni con ese objetivo.
jueves, 16 de abril de 2009
El "show" de Obama.
Obama comparece casi a diario ante los medios. Cuando anuncia una medida, los periodistas contratados por los grandes oligopolios mediáticos aplauden y difunden las buenas nuevas. El mensaje no importa, cuando contemplamos al nuevo super-héroe americano hasta las malas noticias son recibidas con agrado y complacencia. Si él no lo evitó, nadie puede: la inevitabilidad exculpa a este personaje de cómic de cualquier responsabilidad negativa. Los periodistas no presentan más que un pedacito de información estéril que mejor podría transmitir una cámara sola, sin pastores ciegos a su alrededor que traduzcan e interpreten para sus ovejas . La maquinaria mediática, si no sus mercenarios, se encargará de descontextualizar toda información para darle el trasfondo que requiere el mensaje que verdaderamente quieren transmitir.
Cuando se acercan al fenómeno Obama, los grandes medios de difusion muestran una conformismo y una ausencia de crítica absolutamente escalofriantes. Las voces disonantes o bien se pierden en el laberinto del mercado (que sustituye a la censura en los países "desarrollados") o son minimizadas, marginadas y ridiculizadas. Es lo que ha ocurrido con Fidel Castro en los últimos días.
Este nuevo capítulo del show presidencial de Obama parece diseñado para, entre otras cosas, atacar al gobierno de Cuba, ocultando para ello el bloqueo criminal tras una rama de olivo que ya veremos si es auténtica o falsa. Obama continúa legitimando las acciones del gobierno de Bush, entre otros, al convertir asuntos como el de Guantánamo en meras opciones políticas: al "cerrar" esa cárcel de tortura y no perseguir a los responsables, convierte semejante espectáculo macabro, este crimen contra la humanidad, en una mera política pública que, eso sí, considera equivocada. Lo que implícitamente significa que los derechos humanos son una especie de potestad de la que dispone el presidente de Estados Unidos.
Sin embargo, en su comunicado, la Casa Blanca alude al cumplimiento de los derechos humanos en Cuba para que el receptor del mensaje crea que ese es el motivo del bloqueo y las sanciones económicas, dignas de un país en guerra. Y el hecho de aflojar dos de las leyes de la administración Bush que estrangulan la isla (concretamente la de viajes de familiares residentes en EEUU y la del envío de remesas hacia Cuba) dejando el bloqueo intacto convierte, gracias a la magia de los medios de comunicación, al verdugo-agresor en caballero-justiciero-dialogante. Y cuando una voz disonante y con cierto eco, la de Fidel Castro, nos recuerda que el bloqueo sigue ahí y sin motivo, los creadores de opinión se ponen manos a la obra. Primero, convierten el mensaje de Fidel, cargado de contenido, en un par de frases dignas de un viejo enfurruñado con su gato. Llega a parecer que Fidel se opone a esa pequeña apertura. Todos los medios occidentales comparten esta técnica, sean públicos o privados. También coinciden en la segunda parte de esta estrategia de desestabilización y adoctrinamiento: después de convertir el rechazo de Fidel al bloqueo en rechazo a cualquier apertura por parte de Estados Unidos, después de incidir varias veces en este hecho, son entrevistados varios cubanos que muestran su total conformidad con la medida de Obama, en especial la referente a los viajes de familiares. Plantean estos hechos de tal forma que la opinión de Fidel parece chocar con la de su propio pueblo. Fidel Castro aparece como el "malo" de este show, mientras que su protagonista, Obama (que en realidad es el actual responsable del bloqueo) es el "bueno". A los lobotomizados tertulianos les da pie a infinitas discusiones estériles acerca de si al gobierno cubano le viene bien el bloqueo económico para mantenerse en el poder. Justifican y legitiman con ello la flagrante violación de los derechos humanos y del derecho internacional que suponen leyes como la Helms-Burton.
Es un nuevo ejemplo de cómo los grupos empresariales tipo PRISA mienten, no sólo administrando noticias en función de sus intereses, sino administrando también memorias, las memorias de los lectores/oyentes/espectadores. Lo que un medio de comunicación se empeña en recordar u olvidar resulta más importante que la noticia en sí, que aquello sobre lo que se decide informar. Fernández Liria lo expresa magníficamente en "Periodismo y crimen. El caso Venezuela 11-4-2002": "El trabajo sobre la memoria ciudadana administra los contextos de la información, de modo que es muy fácil hacer que la misma información, según lo que se recuerde o se silencie, signifique una cosa o la contraria". Por tanto concluimos que la intención de la noticia transmitida por los medios acerca de este suceso entre Obama y Castro no era informar acerca del hecho en sí (la noticia carece de importancia para los medios), sino transmitir un mensaje de rechazo hacia el gobierno cubano y adoración hacia el estadounidense (que efectivamente logran transmitir si el lector/oyenete/espectador no acude a las fuentes originales). Oponerse al imperio implica enfrentarse a sus amigos y clientes: el bloqueo parece ser culpa de la propia Cuba por autodeterminarse, mientras que el responsable de que se mantenga, Obama, aparece abriendo la mano, sometiéndose por voluntad cristiana al diálogo con un monstruo al que la mayoría de la prensa todavía califica de Presidente de Cuba (cuando no de dictador). La voluntad de informar de la que hacen gala los medios privados es inversamente proporciona a su nivel de impunidad. Chesterton lo advertía ya en 1917:
"Hasta nuestros días se ha confiado en los periódicos por ser portavoces de la opinión pública. Pero muy recientemente, algunos nos hemos convencido, y de un modo súbito, que no gradual, de que no son en absoluto tales. Son, por su misma naturaleza, los juguetes de unos pocos hombres ricos. El capitalista y el editor son los nuevos tiranos que se han apoderado del mundo. Ya no hace falta que nadie se oponga a la censura de la prensa. La prensa misma es la censura. Los periódicos comenzaron a existir para decir la verdad y hoy existen para impedir que la verdad se diga".
Cuando se acercan al fenómeno Obama, los grandes medios de difusion muestran una conformismo y una ausencia de crítica absolutamente escalofriantes. Las voces disonantes o bien se pierden en el laberinto del mercado (que sustituye a la censura en los países "desarrollados") o son minimizadas, marginadas y ridiculizadas. Es lo que ha ocurrido con Fidel Castro en los últimos días.
Este nuevo capítulo del show presidencial de Obama parece diseñado para, entre otras cosas, atacar al gobierno de Cuba, ocultando para ello el bloqueo criminal tras una rama de olivo que ya veremos si es auténtica o falsa. Obama continúa legitimando las acciones del gobierno de Bush, entre otros, al convertir asuntos como el de Guantánamo en meras opciones políticas: al "cerrar" esa cárcel de tortura y no perseguir a los responsables, convierte semejante espectáculo macabro, este crimen contra la humanidad, en una mera política pública que, eso sí, considera equivocada. Lo que implícitamente significa que los derechos humanos son una especie de potestad de la que dispone el presidente de Estados Unidos.
Sin embargo, en su comunicado, la Casa Blanca alude al cumplimiento de los derechos humanos en Cuba para que el receptor del mensaje crea que ese es el motivo del bloqueo y las sanciones económicas, dignas de un país en guerra. Y el hecho de aflojar dos de las leyes de la administración Bush que estrangulan la isla (concretamente la de viajes de familiares residentes en EEUU y la del envío de remesas hacia Cuba) dejando el bloqueo intacto convierte, gracias a la magia de los medios de comunicación, al verdugo-agresor en caballero-justiciero-dialogante. Y cuando una voz disonante y con cierto eco, la de Fidel Castro, nos recuerda que el bloqueo sigue ahí y sin motivo, los creadores de opinión se ponen manos a la obra. Primero, convierten el mensaje de Fidel, cargado de contenido, en un par de frases dignas de un viejo enfurruñado con su gato. Llega a parecer que Fidel se opone a esa pequeña apertura. Todos los medios occidentales comparten esta técnica, sean públicos o privados. También coinciden en la segunda parte de esta estrategia de desestabilización y adoctrinamiento: después de convertir el rechazo de Fidel al bloqueo en rechazo a cualquier apertura por parte de Estados Unidos, después de incidir varias veces en este hecho, son entrevistados varios cubanos que muestran su total conformidad con la medida de Obama, en especial la referente a los viajes de familiares. Plantean estos hechos de tal forma que la opinión de Fidel parece chocar con la de su propio pueblo. Fidel Castro aparece como el "malo" de este show, mientras que su protagonista, Obama (que en realidad es el actual responsable del bloqueo) es el "bueno". A los lobotomizados tertulianos les da pie a infinitas discusiones estériles acerca de si al gobierno cubano le viene bien el bloqueo económico para mantenerse en el poder. Justifican y legitiman con ello la flagrante violación de los derechos humanos y del derecho internacional que suponen leyes como la Helms-Burton.
Es un nuevo ejemplo de cómo los grupos empresariales tipo PRISA mienten, no sólo administrando noticias en función de sus intereses, sino administrando también memorias, las memorias de los lectores/oyentes/espectadores. Lo que un medio de comunicación se empeña en recordar u olvidar resulta más importante que la noticia en sí, que aquello sobre lo que se decide informar. Fernández Liria lo expresa magníficamente en "Periodismo y crimen. El caso Venezuela 11-4-2002": "El trabajo sobre la memoria ciudadana administra los contextos de la información, de modo que es muy fácil hacer que la misma información, según lo que se recuerde o se silencie, signifique una cosa o la contraria". Por tanto concluimos que la intención de la noticia transmitida por los medios acerca de este suceso entre Obama y Castro no era informar acerca del hecho en sí (la noticia carece de importancia para los medios), sino transmitir un mensaje de rechazo hacia el gobierno cubano y adoración hacia el estadounidense (que efectivamente logran transmitir si el lector/oyenete/espectador no acude a las fuentes originales). Oponerse al imperio implica enfrentarse a sus amigos y clientes: el bloqueo parece ser culpa de la propia Cuba por autodeterminarse, mientras que el responsable de que se mantenga, Obama, aparece abriendo la mano, sometiéndose por voluntad cristiana al diálogo con un monstruo al que la mayoría de la prensa todavía califica de Presidente de Cuba (cuando no de dictador). La voluntad de informar de la que hacen gala los medios privados es inversamente proporciona a su nivel de impunidad. Chesterton lo advertía ya en 1917:
"Hasta nuestros días se ha confiado en los periódicos por ser portavoces de la opinión pública. Pero muy recientemente, algunos nos hemos convencido, y de un modo súbito, que no gradual, de que no son en absoluto tales. Son, por su misma naturaleza, los juguetes de unos pocos hombres ricos. El capitalista y el editor son los nuevos tiranos que se han apoderado del mundo. Ya no hace falta que nadie se oponga a la censura de la prensa. La prensa misma es la censura. Los periódicos comenzaron a existir para decir la verdad y hoy existen para impedir que la verdad se diga".
jueves, 2 de abril de 2009
Estado, multiculturalismo y capital (Zizek)
En nuestra era de capitalismo global, ¿cuál es, entonces, la relación entre el universo del Capital y la forma Estado-Nación? "Auto-colonización", quizá sea la mejor manera de calificarla: con la propagación directamente multinacional del Capital, ha quedado superada la tradicional oposición entre metrópoli y colonia; la empresa global, por así decir, cortó el cordon umbilical con su madre-patria y trata ahora a su país de origen igual que cualquier otro territorio por colonizar.[...] La culminación de este proceso es la actual paradoja de la colonización: sólo quedan colonias y desaparecieron los países colonizadores; el Estado-Nación ya no encarna el poder colonial, lo hace la empresa global. Con el tiempo, acabaremos todos no ya sólo vistiendo camisetas de la marca Banana Republic, sino viviendo en repúblicas bananeras.
La forma ideológica ideal de este capitalismo global es el multiculturalismo. [...] Al igual que el capitalismo global supone la paradoja de la colonización sin Estado-Nación colonizador, el multiculturalismo promueve la eurocéntrica distancia y/o respeto hacia las culturas locales no-europeas. Esto es, el multiculturalismo es una forma inconfesada, invertida, autorreferencial de racismo, un "racismo que mantiene las distancias": "respeta" la identidad del Otro, lo concibe como una comunidad "auténtica" y cerrada a sí misma respecto de la cual él, el multiculturalista, mantiene una distancia asentada sobre el privilegio de su posición universal. [...]
El problema del imperante multiculturalismo radica en que proporciona la forma (la coexistencia híbrida de distintos mundos de vida cultural) que su contrario (la contundente presencia del capitalismo en cuanto sistema mundial global) asume para manifestarse: el multiculturalismo es la demostración de la homogeneización sin precedentes del mundo actual. Puesto que el horizonte de la imaginación social ya no permite cultivar la idea de una futura superación del capitalismo - ya que, por así decir, todos aceptamos tácitamente que el capitalismo está aquí para quedarse -, es como si la energía crítica hubiese encontrado una válvula de escape sustitutoria, un exutorio, en la lucha por las diferencias culturales, una lucha que deja intacta la homogeneidad de base del sistema capitalista mundial. El precio que acarrea esta despolitización de la economía es que la esfera misma de la política, en cierto modo, se despolitiza: la verdadera lucha política se transforma en una batalla cultural por el reconocimiento de las identidades marginales y por la tolerancia con las diferencias. No sorprende, entonces, que la tolerancia de los multiculturalistas liberales quede atrapada en un círculo vicioso que simultáneamente concede DEMASIADO y DEMASIADO POCO a la especifidad cultural del Otro.
Del libro "En defensa de la intolerancia", de Slavoj Zizek.
La forma ideológica ideal de este capitalismo global es el multiculturalismo. [...] Al igual que el capitalismo global supone la paradoja de la colonización sin Estado-Nación colonizador, el multiculturalismo promueve la eurocéntrica distancia y/o respeto hacia las culturas locales no-europeas. Esto es, el multiculturalismo es una forma inconfesada, invertida, autorreferencial de racismo, un "racismo que mantiene las distancias": "respeta" la identidad del Otro, lo concibe como una comunidad "auténtica" y cerrada a sí misma respecto de la cual él, el multiculturalista, mantiene una distancia asentada sobre el privilegio de su posición universal. [...]
El problema del imperante multiculturalismo radica en que proporciona la forma (la coexistencia híbrida de distintos mundos de vida cultural) que su contrario (la contundente presencia del capitalismo en cuanto sistema mundial global) asume para manifestarse: el multiculturalismo es la demostración de la homogeneización sin precedentes del mundo actual. Puesto que el horizonte de la imaginación social ya no permite cultivar la idea de una futura superación del capitalismo - ya que, por así decir, todos aceptamos tácitamente que el capitalismo está aquí para quedarse -, es como si la energía crítica hubiese encontrado una válvula de escape sustitutoria, un exutorio, en la lucha por las diferencias culturales, una lucha que deja intacta la homogeneidad de base del sistema capitalista mundial. El precio que acarrea esta despolitización de la economía es que la esfera misma de la política, en cierto modo, se despolitiza: la verdadera lucha política se transforma en una batalla cultural por el reconocimiento de las identidades marginales y por la tolerancia con las diferencias. No sorprende, entonces, que la tolerancia de los multiculturalistas liberales quede atrapada en un círculo vicioso que simultáneamente concede DEMASIADO y DEMASIADO POCO a la especifidad cultural del Otro.
Del libro "En defensa de la intolerancia", de Slavoj Zizek.
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