Anexo con segundas conclusiones (algo más conclusivas)
[...]
Mi teoría de la violencia de motivación política parte del supuesto de que no es posible pensar este tema ni ningún otro sobre la base de un revoltijo de los datos de que se disponga. Distinguir es pensar –tal es mi supuesto–, o, por lo menos, comenzar a pensar. Y de ahí que determinados luchadores de la paz o por la paz (entre los que me encuentro) mantengan posiciones particulares según la genealogía de los actos violentos que se trata de dilucidar y entender, con el propósito, claro está, de que tales actos dejen de producirse y se abran caminos –grandes avenidas, como dijo Salvador Allende en trance de morir él, víctima de la violencia terrorista de la sublevación militar– para la paz.
En términos generales, es de considerar la existencia, grosso modo, de dos líneas de violencia en la historia de la humanidad, con especial relieve en los siglos XIX y XX: la violencia de los ricos y la violencia de los pobres, como expresión de la sociedad de clases.
1.– La primera incluye la de los poderosos, los opresores, los explotadores, los capitalistas, los imperialistas, los burgueses, los líderes políticos de los grandes Poderes injustos, sus funcionarios militares, policíacos y administrativos, reaccionarios y represivos, los agentes del terror blanco.
2.– La segunda incluye la de los marginados, la de los oprimidos, la de los explotados, la de los revolucionarios, la de los proletarios en lucha, la de los colonizados, la de los subversivos y sediciosos violadores del sistema capitalista, y, en fin, la de los agentes del terror rojo.
En principio parece que esta división nos invita a estimar con una particular benevolencia o lenidad –y hasta deseables en algunos casos– las violencias reactivas ante las violencias estructurales del Poder, y esto será así siempre que introduzcamos en el sistema un factor que desbarata ipso facto la simplicidad de un binomio que no estimara la totalidad de los datos en presencia: ¿Y si el Orden cuestionado y ante el que adquiriría un grado de legitimación la violencia es el Orden Rojo? Pensemos en la guerra civil en Rusia, una vez instalados los soviets en el Poder, y la resistencia guerrillera contrarrevolucionaria y el uso por parte de esta fuerza militar de un terror blanco; o bien, lo que significaron movimientos obreros e intelectuales anticomunistas o neo-comunistas como los que emergieron,durante el tiempo histórico del “socialismo real”, en la “Alemania Democrática”, en Polonia o en Hungría.
En tales casos, cuando el orden fuera “rojo”, ¿el terror blanco entraría en el campo de la violencia justificable como violencia de los oprimidos ante los opresores? ¿Los “guerrilleros blancos” serían parientes, más o menos lejanos, del Che Guevara? ¿O es por ahí por donde pasaría la línea distintiva –y hasta de fractura– entre las dos violencias, y entonces habría, para la izquierda (hoy “malpensante”, a la que yo pertenezco), los guerrilleros “buenos” –los que actuarían contra los “poderes blancos” o capitalistas– y los guerrilleros “malos”, que ejercerían sus violencias “contra el comunismo”, como hacían los “contras” nicaragüenses? Parecerá una postura maniquea, pero ciertamente es así, y en esta opinión se revela mi “malpensancia”, mi condición de “intelectual no humanista”, y, en fin, “malo”, a la altura de estos tiempos en que la izquierda intelectual se ha colocado definitivamente en la derecha. Pero así es la realidad: en ella no es que haya buenos y malos, pero sí que hay el bien y mal, aunque se presenten en formas muy complejas y enmascaradas. Así es que anoto, como partidario de un pensamiento fuerte, que la línea divisoria entre unas y otras violencias –o entre una y otra violencia– es política, y que lo rojo, esté donde esté, merece al menos el beneficio de los matices en cuanto a la tentación de “condenar” sus comportamientos.
En cuanto a mí, no siento la menor necesidad de condenar antes al grupo Al Quaeda o a Ben Laden o a Saddam Hussein o de decir algo sobre ETA o sobre el IRA para permitirme declarar mi crítica de fondo a la filosofía y las estrategias del Imperio norteamericano en su fase actual; y ello es así, en términos teóricos, porque el imperialismo norteamericano es otra cuestión, está en otro capítulo, y hasta quizás en otro libro del panorama ontológico, a pesar de que en los dos territorios se disparen tiros y estallen bombas.
[...]
Es de anotar que me encuentro entre los pocos autores del área de la lengua española –al menos que yo sepa– que han dedicado una atención muy inquieta y acaso acertada al tema del “terrorismo” como actividad política. Quienes conocen mi obra teatral saben que a mis veintipocos años (años cuarenta), y simultáneamente con Albert Camus (Les justes), abordé este tema (Prólogo patético), sobre la base de un proceso al “terrorismo” que se celebró en la Francia ocupada por los alemanes, y del que yo tuve una casual noticia por el simple hecho de que estudiaba francés y compraba algunos diarios y semanarios franceses para habituarme a la lectura de esa lengua. [...] Aquel grupo, según este recuerdo, lo dirigía un poeta armenio llamado Manouchian, que fue fusilado, lo mismo que otro componente, este español, del comando, de nombre Celestino Alfonso, que durante tres meses fue sometido a torturas, acusado –y probablemente era cierto– de “haber ejecutado al general alemán de las SS Writter”. El comando –dice este testimonio– “lo componían diez hombres”, y las autoridades de Vichy “habían puesto precio a sus cabezas” y se recuerdan los nombres de algunos de aquellos resistentes “terroristas” en el lenguaje de Vichy–, casi todos judíos; así, Crzywacz (polaco), por dos atentados; Elek (húngaro), por ocho descarrilamientos de trenes; Wasjbrot (polaco), por un atentado y tres descarrilamientos; Witchitz (húngaro), por quince atentados; Fingerweig (polaco), por tres atentados y cinco descarrilamientos; Boczov (húngaro), jefe de descarriladores, veinte atentados; Fontanot (comunista italiano), por doce atentados (aquí debo rectificar porque conservo en mi memoria el nombre de este militante, que en realidad se llamaba Spartaco Fontano); el español Celestino Alfonso, que ya hemos nombrado, por siete atentados, entre ellos los de aquel general; Rayman (polaco), por trece atentados; en cuanto a Manouchian, jefe del grupo, se le atribuían nada menos que cincuenta y seis atentados, con ciento cincuenta muertos y seiscientos heridos.
Recuerdo que cuando yo leía entonces las crónicas sobre el proceso, que ya he citado en otras partes, me preguntaba dónde estaban los franceses; y observé cómo un argumento contra ellos por parte de los alemanes y de los colaboracionistas franceses era el de que los disturbios eran ocasionados por asesinos terroristas extranjeros.Luego he podido escuchar testimonios de resistentes franceses, y he sentido, en sus relatos, el escalofrío que ellos mismos sentían cuando disparaban, por ejemplo, a la cabeza de un oficial alemán. Rememorando aquellos hechos, y hablando del tema de las condenas, quiero decir que condeno la ocupación de Francia por los nazis y que siento admiración por los héroes de la Resistencia contra ellos, la mayor parte comunistas, pero también católicos, y todos a las órdenes, en el último tramo, del General De Gaulle. [...]
Mi encuentro con el comunismo y las tragedias de los procesos revolucionarios forma parte de este desgarramiento. Viviendo en un país (la España franquista), en el que los comunistas eran de la piel del diablo y se descargaba sobre ellos toda índole de acusaciones y torturas y, en fin, condenas a muerte y las correspondientes ejecuciones, bajo la acusación de practicar el terrorismo, yo me planteaba reconsiderar las tesis de la propaganda fascista y analizar el terror –indudable– generado por los procesos revolucionarios, para tratar de descubrir, digamos, sus entrañas, su esencia, y ello a través de la práctica de la revolución comunista que se inició en Rusia con la tentativa de 1905. Es un proceso que se puede proponer en sus tres momentos esenciales: desde las ejecuciones populares incontroladas de las primeras horas –que corresponden a los famosos “paseos” de las primeras semanas en el “Madrid rojo”– y la lucha armada (rebelión de los marineros, asalto al Palacio de Invierno...), a la KGB, pasando por la cheka y por los posteriores momentos definibles, a través de sus siglas, de la “policía revolucionaria”: GPU y NKVD, instituciones instaladas en la famosa y “terrorífica” calle Lubianka, sede central del “terror rojo”. ¿Pero qué pensar de todo esto? ¿Todos los Terrores políticos –incluso los más justicieros, y no sólo el de la Gestapo alemana o el de la PIDE salazarista portuguesa o el de la BPS franquista en España– son malos? ¿O habría sido, si no “bueno”, sí explicable y hasta cierto punto justificable, el terror espontáneo de las primeras horas revolucionarias en Rusia, luego “regular” (o menos malo o discutible) el de la cheka, y definitivamente “malo” –¿o no?– el de la GPU (OGPU), el de la NKVD, y, en fin, el del KGB? ¿Y qué pasa, a todo esto? ¿Es que siempre ha de ser necesario el Terror para garantizar el proceso “rojo”? ¿No podrá haber, pues, una revolución –un cambio justiciero del mundo– sin terror?
Regresando en nuestra memoria, no creo que nadie medianamente informado ignore los beneficios históricos de la Revolución Francesa, que es como decir la liquidación (desdichadamente parcial y con mil incidencias de reinstalación del pensamiento monárquico)del Antiguo Régimen y el arranque de las Repúblicas burguesas, con la irrupción contrarrevolucionaria pero a la par revolucionaria (paradojas de la historia), de la empresa militar-imperialista de Napoleón Bonaparte sobre Europa. Pues bien, fue durante ese período revolucionario cuando se estableció en Francia la legalidad del Terror, en los términos que se pueden repasar en cualquier manual de la historia de Francia. Mirando por encima algunas páginas de un libro ya clásico, al menos para la vulgarización de aquel período de la Historia de Francia, la Histoire de la Révolution Française de Albert Soboul, encontramos en él con facilidad algunas notas características de aquel momento en el que el Terror conquistó, en el proceso revolucionario, carta de una naturaleza política que ha resultado evidente para todos, dado el carácter no sólo europeo sino universal de aquella gran revolución burguesa. (Citamos, traduciendo nosotros, del libro de Soboul, publicado en la Colección Idées de Gallimard, París, 1962). El Terror –leemos en esta obra, pero se puede encontrar este dato en cualquier otra–, así escrita la palabra, con mayúscula, “organizado en septiembre de 1793, no fue verdaderamente puesto en marcha hasta octubre del mismo año”, y ello “bajo la presión del movimiento popular. Hasta el mes de septiembre, de las 260 personas conducidas (traduites) al Tribunal revolucionario, 66 habían sido condenadas a muerte, o sea, alrededor de la cuarta parte”. Pero “los grandes procesos políticos empezaron en octubre”, y el pensamiento revolucionario se expresó en términos de alabar y hasta jactarse de “las virtudes de la Santa Guillotina” y “protestar de antemano contra toda clemencia”. “En los tres últimos meses de 1793, de 395 acusados, 177 fueron condenados a muerte, o sea, un 45%. En cuanto al número de detenidos en las prisiones parisienses aumentó desde alrededor de 1.500, hacia finales de agosto, hasta 2.398 el 2 de octubre, y 4.525 el 21 de diciembre de 1793”. Este era, pues, el reinado del Terror, el cual –dice Soboul– era “esencialmente político” y “revistió frecuentemente por la fuerza de las cosas un aspecto social”, dado que “los representantes en misión no podían apoyarse más que sobre la masa de los sans-culottes y los cuadros jacobinos”.
No se trató, pues, de “algunos excesos” lógicos –o ilógicos– que se produjeran en una violenta tempestad espontánea, en una crisis de falta de control, durante unos días, sino de una situación políticamente ordenada en términos parlamentarios. A pesar de lo cual Kant –¿un intelectual sedicioso y “malpensante”?– no se sintió obligado en conciencia a “condenar” el terror jacobino para cubrir así su elogio decidido de la Revolución Francesa. Es seguro que Kant entendió muy bien esta cuestión, que todavía hoy yo me veo obligado a aclarar, de las diferencias que se dan entre las distintas genealogías, formas y significados de las violencias humanas, las cuales no se pueden ocultar o mixtificar poniéndolas todas juntas y revueltas en un saco. La lucha de las clases y de los pueblos colonizados contra sus colonizadores es la clave que, antes de ser teóricamente explicitada por Marx, palpitaba ya en el corazón de cualquier filosofía crítica, a pesar de que los humanismos abstractos hayan tratado siempre de emborronar este pensamiento ciertamente radical –y a mucha honra–, poniéndose así, de hecho, estos humanismos, al servicio de los poderes opresivos y de la perpetuación y la consagración de la injusticia; remitiendo así, en el mejor de los casos, la causa de la justicia a una instancia ultramundana, ultraterrena (religión): ¡Lo que aquí va mal irá bien en otra parte, para lo cual lo único que hay que hacer es morirse!
En el ensayo de Norman Hampson “De la regeneración al terror: la ideología de la Revolución Francesa”, contenido en el libro de Noel O´Sullivan Terrorismo, ideología y revolución (Alianza Editorial, Madrid, 1987), su autor analiza el paso del proceso de la Revolución Francesa al Terror, y luego a la consolidación de esta situación, hasta que el 30 de agosto de 1793 “los jacobinos fueron urgidos a poner el Terror en el orden del día”; y ya el 5 de febrero de 1794 “Robespierre definió el gobierno revolucionario como basado en los pilares gemelos de la vertu y el Terror”. Es cuando “la palabra terror recibió [...] droit de cité de los revolucionarios franceses”; sólo que “terror –dice Hampson– no era lo mismo que terrorismo”. ¿En qué sentido? En el de que “significaba algo más afín a una versión política de la ley marcial, administrada por el Gobierno de acuerdo con reglas que ponían los presuntos intereses de la sociedad por encima de los del individuo”.
Algo semejante se puede decir del terror “rojo”, una vez establecido –de un modo más o menos frágil– el Estado Soviético, situación que es la que nos plantea la espinosa cuestión de si un poco o un mucho de terror –que entonces sí es terrorismo, al menos desde el punto de vista de los agentes del Estado a la sazón imperante y que se trata de desmontar y destruir– se impone o no como necesario si se intenta de verdad cambiar una situación generalmente acorazada por el Poder opresivo, ya fuere el Ancien Régime de la Francia de finales del siglo XVIII, ya el zarismo ruso a finales del siglo XIX y dos primeras décadas del siglo XX. ¿De qué manera venía pertrechado teóricamente el movimiento revolucionario para tales batallas por la conquista del poder para el socialismo?
Ya desde el otoño de 1848, Marx había declarado –cito del libro "La revolución bolchevique" (1917-1923), de E. H. Carr, Alianza Editorial, Madrid, 1973, tomo I– que “después del canibalismo de la contrarrevolución (refiriéndose, pues, al asalto revolucionario al poder que se intentó por aquellas fechas en Francia), no había más que un medio de cercenar, simplificar y localizar la sangrienta agonía de la vieja sociedad y los sangrientos dolores de parto de la nueva, un único medio: el terror revolucionario” (ver la página 172 de la citada edición, y las siguientes, en donde se encontrarán las referencias bibliográficas oportunas); apoyando Marx su punto de
vista mediante su tributo “a Hungría como la primera nación que desde 1793 había osado salir al encuentro de la rabia cobarde de la contrarrevolución con la pasión revolucionaria; al terror blanco con el terror rojo”. Luego vendrían nuevas llamadas a un humanismo desde el que rechazar esas violencias, y así “el programa del partido comunista alemán elaborado por Rosa Luxemburgo en diciembre de 1918 rechaza el terror en forma expresa: En las revoluciones burguesas, el derramamiento de sangre, el terror y el asesinato político eran armas indispensables de las clases que se levantaban, pero la revolución proletaria no necesita del terror para lograr sus propósitos y odia y abomina el asesinato”. ¡Bienaventurada Rosa, cortada en la flor de su vida, asesinada ella misma! A pesar de cuyo humanismo –que le impedía ver, por ejemplo, la importancia de los problemas nacionales, y hasta el hecho de que ella misma fuera polaca–, en Rusia, nos dice Carr (página 173), “la doctrina del terror revolucionario no fue nunca rechazada por ningún partido revolucionario”, hasta el punto de que “la controversia que sostenían encolerizadamente los socialdemócratas rusos y los social-revolucionarios a este respecto, se encauzó, no en cuanto al principio del terror, sino en cuanto a la conveniencia del asesinato de individuos como arma política”.
En cuanto a Lenin, “educado en las escuelas revolucionarias jacobina y marxista, aceptaba el terror en principio, aunque, en común con todos los marxistas, condenaba como inútiles los actos terroristas aislados”. “En principio (escribía en 1901, y yo sigo citando a Carr), no hemos renunciado (Lenin) nunca al terror y no podemos renunciar”, porque “es una de las acciones militares que puede ser totalmente ventajosa e incluso esencial en un cierto momento de la batalla, en una cierta situación del ejército, y en ciertas condiciones; pero el quid de la cuestión es que el terror, en el momento actual, no se utiliza como una de las operaciones de un ejército en el campo de batalla estrictamente coordinada y conectada con todo el plan de la lucha, sino como un método independiente de ataque individual separado de cualquier ejército”. No se estaría, pues, contra el terror (que dentro de una estrategia militar sería aceptable e incluso recomendable), sino contra el terror mal administrado, que entonces sería, efectivamente, no ya Terror político –con la legitimidad que eso comportaría– sino terrorismo individual. La diferencia entre el
terror blanco y el terror rojo estaría, entonces, en que este aceptaría serlo (sería el momento del terror, en el curso de una estrategia militar) mientras que el terror blanco negaría serlo (ser tal terror “militar”), pues a lo más, ya hoy, los estrategas del Imperialismo, “lamentan” ciertos “daños colaterales” de acciones militares “limpias” e incluso “humanitarias”, “en la defensa mundial de los valores democráticos”. Mientras que el terror rojo es –y no se niega, nunca negó que lo fuera– terror.
¿Pero es este un círculo vicioso del que nunca hemos de salir? Proyectos justos y deseables, ¿han de ser acompañados del estallido de “cartas bomba” en un domicilio o de coches explosivos en una calle o de metralla en el retrete de un supermercado? Si miramos hacia un pasado (que, desde luego, hemos de reconsiderar, porque hay que tratar de evitar que lo que ese pasado tiene de erróneo y hasta de muy lamentable y doloroso se reproduzca de algún modo en el futuro), es interesante recordar que fue Trotski y no Lenin quien más rígidamente se expresó al respecto del uso de la violencia –y del terror– por parte de las fuerzas revolucionarias; pero asimismo
Lenin había manifestado, “dos meses antes de la revolución de Octubre” (Carr, página 173), que “cualquier clase de gobierno difícilmente puede prescindir de la pena de muerte aplicada a los explotadores” (es decir, terratenientes y capitalistas), recordando que “los grandes revolucionarios burgueses de Francia realizaron su revolución hace 125 años y la realizaron con grandeza por medio del terror”. Pero, como decimos, es a Trotski a quien se deben advertencias como ésta “pública y feroz” (Carr), después de derrotada una revuelta de cadetes al poco del triunfo revolucionario: “Retenemos prisioneros a los cadetes como rehenes. Si nuestros hombres caen en las manos del enemigo, sepa este que por cada obrero y cada soldado exigimos cinco cadetes. Creen –añade Trotski– que hemos de ser pasivos, pero demostraremos que podemos ser implacables cuando se trata de defender las conquistas de la Revolución”. O en otro momento: “No vamos a entrar en el reino del socialismo con guantes blancos y sobre un suelo encerado”. O en otro: “En tiempos de la Revolución Francesa fueron guillotinados por los jacobinos, por oponerse al pueblo, hombres más honrados que los cadetes; no hemos ajusticiado a nadie y no pensamos hacerlo, pero hay momentos en que la furia del pueblo es difícil de controlar” (recordemos el componente de exigencia popular que tuvo el Terror jacobino).
Completando este recuerdo, oigamos a Trotski expresarse, una semana antes de crearse la cheka: “Protestáis contra el blando y débil terror que estamos aplicando frente a nuestros enemigos de clase, pero habéis de saber que, antes de que transcurra el mes, el terror asumirá formas muy violentas siguiendo el ejemplo de los grandes revolucionarios franceses. La guillotina estará lista para nuestros enemigos, no ya simplemente la prisión”. (No es preciso recordar el destino trágico de Robespierre y Trotski, para completar esta fotografía del terror revolucionario, lo que se ha expresado con la frase que se hizo popular de que las revoluciones devoran a sus propios hijos).
¿Pero quién ha dicho, y por qué, que las cosas tengan que ser así? [...] Las revoluciones, ¿han de tener un componente militar o renunciar a ser? ¿Y no es verdad que todos los medios militares son horripilantes, incluso los más “respetuosos” con los riesgos de que se produzcan “daños colaterales”? El “antimilitarismo” se ha presentado como un ingrediente de la “violencia revolucionaria” (militares sí, se ha dicho, pero no militaristas); pero –dado lo horripilante, como decimos, de todo lo militar (y no sólo de lo militarista)–, ¿no llegará el momento en el que haya que meter en el baúl de los recuerdos la metralleta del Che y los fusiles vietnamitas que
disparaban a las órdenes del general Giap, con gran alegría por mi parte? ¿Llegará ese momento histórico en el que las buenas palabras lleguen a servir para algo y en que todo lo que no sean buenas palabras pueda ser considerado, sin más ni más, y en verdad, vituperable terrorismo? ¿El ghandismo será entonces –por fin y con validez general– el faro del futuro? (¿Por qué se podrá afirmar que en su tiempo Ghandi consiguió la independencia de India por medio de ayunos? ¿No hubo otros factores?).
Desde luego, es bello pensar que los vietnamitas del futuro –los pueblos que entonces se hallen en ese trance– podrán resolver la cuestión de su liberación en términos parecidos a estos: “Miren ustedes, señores militares norteamericanos (o a quien corresponda entonces), no es justo lo que están haciendo con nuestro pueblo. Con todos los respetos, hemos de decirles que sería conveniente que ustedes retiraran sus tropas, y sus bellos aviones de bombardeo y sus poderosos carros de combate, de nuestro país, y que dejaran de regalarnos con su napalm y de quemar a nuestros niños, y que nos permitieran vivir en paz. Por ello les quedaríamos eternamente agradecidos”. Se supone –para justificar esta “vía pacífica”– que entonces los soldados norteamericanos al servicio del Imperialismo se avergüenzan un poco, sus mejillas se colorean y una sombra de mala conciencia les acompaña hasta la salida del país; y que se marchan. ¿No es un bello sueño? “Lástima grande –como escribió el poeta Argensola ante un cielo que parecía azul– que no sea verdad tanta belleza”. ¡En tal caso, habría terminado la prehistoria!; y para que ello suceda ciertamente hay que intentar nuevas vías que yo supongo instaladas en aquella noción anarquista de la “acción directa”, que no se refería a liarse a tiros o a poner bombas, aunque eso les achacaban sus enemigos, sino a la implicación en un sistema democrático ad hoc, participativo, que surgiera sobre las ruinas teóricas actuales de la democracia representativa. En tal dirección creo que se producen las iluminaciones, todavía incipientes, que van en el sentido de reivindicar los fueros de unas democracias asamblearias, que acaben con las urnas de las democracias representativas, y eleven la calle al Poder.
Es así como un lema de esta nueva democracia podría formularse de este modo: “La calle al poder”. Es todavía un sueño, pero ya nos permite pensar en un sentido en que se rechace la línea –quemada por la práctica– de lo que se llamó la dictadura del proletariado y la necesidad de una cobertura de terror. Entonces la violencia pour le 'bon motif' (“buena”, vista desde una izquierda revolucionaria, hoy “malpensante”) acabaría también, junto a la violencia estructural del capitalismo y del imperialismo (la “mala”, desde ese punto de vista), en aquella bolsa en la que los humanistas abstractos (los intelectua les bienpensantes) trataron de recluirla –tratan de recluirla hoy– antes de tiempo; y la línea divisoria entre las dos violencias dejaría de ser un criterio para la acción. En tales momentos –utópicos hoy por hoy– sería legítimo estar contra toda violencia venga de donde venga. Mientras tanto, a mí –en cuanto artista situado en el eje del mal definido por Bush– me parece que no.
El fracaso, en el inmediato pasado, de la dictadura del proletariado, a pesar de –o a causa de– su militarización, por otra parte obligada ante el gran cerco a que la revolución en la URSS fue sometida por el imperialismo desde las mismas fechas de su triunfo en el año 1917, que condujo a una situación análoga a la de las democracias representativas (a una sustitución del pueblo por una clase política), nos pone en el trance de buscar una nueva vía, que, en mi opinión, podrá echar mano de algunos sueños anarquistas de los siglos XIX y XX. Será el reinado, por fin, de la acción directa de los ciudadanos sobre la sociedad en la que viven, por medio de la cual intervendrán en las cuestiones esenciales de la vida humana. Directamente, pues, y no por medio de delegaciones burocráticas. ¿Pero para llegar a eso no habrá que asaltar antes con las armas en la mano los Palacios de Invierno del capitalismo? ¿Habrá otros caminos para ocupar niveles superiores a los municipales por medio de movimientos democráticos participativos? ¿Se puede suponer que las urnas sean esos medios para iniciar procesos que luego se impondrían por la fuerza de la acción directa de los ciudadanos? ¿Podemos pensar ya en Porto Alegre como una esperanza verdadera? ¿O en que el triunfo en las urnas de Brasil de un Presidente (Lula) que asumiría –que dice asumir– las reivindicaciones de los condenados de la tierra es el comienzo de esa nueva vía? ¿De qué manera va a terminar –o a seguir– el movimiento “bolivariano” en Venezuela? ¿Lo mismo que acabó la revolución democrática y pacífica de Salvador Allende en Chile? ¿Cómo se destruyó a Jacobo Arbenz y su gobierno pacífico y democrático en Guatemala? ¿Qué fue de su pacifismo, ante las armas del Coronel Castillo Armas al servicio de los Estados Unidos? ¿No estamos hoy todavía en aquel momento? Entonces, lo que se llamaba “dictadura del proletariado”, tal como la preconizaban sus creadores, ¿no dice algo todavía sobre la necesidad de que las revoluciones se armen, primero para conquistar el poder y luego para defenderlo? “El fetichismo de la mayoría parlamentaria –escribía Trotski (ver el libro 'Terrorismo y comunismo' en colección 10/18 de la Unión General de Ediciones, París, 1963)– no implica sólo renegar brutalmente de la dictadura del proletariado, sino también del marxismo y de la revolución en general”.
De manera que: “Si hay que subordinar en principio la política socialista al rito parlamentario de las mayorías y de las minorías, entonces no queda lugar, en las democracias formales, para la lucha revolucionaria”. ¿Esto es, leído hoy, paleomarxismo? ¿Pero qué está ocurriendo hoy en los parlamentos democráticos? Cada vez está más clara la gran contradicción entre las urnas y la calle, y la tendencia de la calle a constituirse en plataforma de las ideas de una izquierda traicionada en los parlamentos (particularmente por los partidos socialdemócratas, pero también por los partidos comunistas) y a revestirse, en esa “calle”, de un poder que queda legitimado por el mero hecho de existir. [...]
[...]
Terminaremos este pequeño trabajo aventurando unos pronósticos no demasiado aventurados, por otra parte, y hasta casi obvios, porque la cosa es tan sencilla como esta, que tiene todos los aires de una tautología: “El caso es que no habrá ya más violencia subversiva (guerra o terrorismo, según se mire) cuando haya paz”. O sea que no es que habrá paz cuando cese la violencia subversiva. Los procesos (militares o políticos) de “pacificación” –lo he dicho en otros momentos con estas o parecidas palabras– no son generadores de paz sino que abren la ocasión a más fuertes y complejas formas de subversión violenta. Es de temer hoy, en las vísperas de un ataque inmisericorde a Iraq, sobre cuyos pueblos se van a arrojar miles de toneladas de muerte, que florezcan en el futuro las rosas más sangrientas del “terrorismo internacional”, y quienes no vean esto están ciegos o forman parte de la gran empresa (asesina en el sentido fuerte) del imperialismo. Los ejércitos no consiguen la paz; eternizan las guerras. La pacificación con que terminó la primera guerra mundial fue el germen de la segunda; valga como un ejemplo entre otros muchos que los historiadores podrían aportar sin gran esfuerzo. El caso es que habrá paz cuando haya libertad y justicia, y no que habrá libertad y justicia cuando haya orden.
Aclaradas las cosas en sus términos esenciales, quedan como verdades algunas ideas como la de que la diferencia que se admite acríticamente entre una acción militar y una acción terrorista reside en quién sea el sujeto de la acción; y así los bombardeos de Gernika o Hiroshima fueron acciones militares y una botella de gasolina contra una comisaría es terrorismo.
Personalmente me considero algo así como un practicante de las diferencias –acaso ello fue lo que me condujo al campo de la dramaturgia– y eso explicaría fenómenos como el de que yo jamás admití, durante la guerra fría, la doctrina de los dos imperialismos, norteamericano y soviético; pero fui más tardío en el descubrimiento de las virtudes de la “acción directa” de estirpe anarquista, y en reivindicar esa noción –tan lejana, ciertamente, del uso de las bombas, tópico que cultivaron incluso grandes escritores como Conrad o Chesterton, y que es la base de muchas caricaturas de la acracia–, esa noción, decimos, de “acción directa” como supresión metódica de las mediaciones “políticas” profesionales, y afirmación de la efectividad de comisiones no permanentes (como empezaron siendo, durante el franquismo, las “comisiones obreras”, luego transformadas en una burocracia sindical). ¿Se rechaza, pues, la noción de representatividad? [...] No, no; pero afirmamos el carácter fugaz de esa representación. Los consejos obreros surgen, actúan y mueren, regresando sus miembros al trabajo productivo o intelectual (a su trabajo profesional de todos los días). Nuestra Utopía dice, pues: ¡En aquella ciudad del sol no habrá clase política! La llamada “clase política” es una lacra. Y así nos reafirmamos en nuestra idea de que la profesionalización de la representatividad política es una peste (burocrática), y ello es así en la democracia representativa, como también lo fue en los sistemas del “socialismo real” bajo el modelo soviético, donde se reafirmó como fuente de muchos males, que contribuyeron a la caída de todo aquel magno edificio.
Por lo demás, el desprestigio actual de la “clase política” en las democracias neo-liberales es un hecho consumado y seguramente irreversible. Ese desprestigio dibuja el final de una ilusión, a la que los fascismos habían dado una respuesta que fue, sin duda, peor que la enfermedad.
Hondarribia
5 de marzo de 2003
El primer enfrentamiento político se da en el campo del lenguaje. Si no tenemos capacidad para enunciar el mundo, otros imponen su dominio sobre la realidad. Es parte de una guerra teorética y política. Debemos rescatar los conceptos e impedir que el capitalismo se apropie de su definición.
viernes, 17 de julio de 2009
martes, 30 de junio de 2009
Golpe de Estado en Honduras.
Pese a que durante varios días los medios de comunicación al servicio del capital han negado la existencia de un golpe de Estado en Honduras, desde ayer por la tarde (día 29 de junio) les ha resultado imposible mantener la farsa. Distintos movimientos sociales han conseguido traspasar el bloqueo informativo que ha impuesto de inmediato el nuevo régimen y denuncian la situación, gracias a lo cual tenemos constancia de lo que ocurre realmente. La muerte de un pederasta-racista (y cantante) famoso no ha conseguido ocultar ante la opinión internacional un hecho tan vergonzante como ignorado. Al final, los sicofantes y mercenarios de la desinformación como Juan Ramón Lucas, que ocupa las mañanas de RNE, no han tenido otra opción que reconocer que existe un golpe de Estado, puesto que hasta Obama lo ha condenado (aunque su discurso al respecto no ha sido tan difundido como cuando heroicamente mató a una mosca sin levantarse de la silla).
Sin embargo, este personaje prepotente y patético (Juan Ramón Lucas), no puede evitar que su deficitaria cultura política le juegue malas pasadas en directo. Así, el usurpador golpista Micheletti es calificado como "nuevo presidente", nombrado por el congreso. Eso si, "después de un golpe de Estado" en el cual un grupo de militares secuestró y sacó del país al presidente constitucional (Zelaya) a punta de pistola, lo que resulta ser ¡un proceso distinto! De esta forma se trata de dotar de legitimidad democrática a un golpe de Estado que tiene todas las papeletas para fracasar: "un nuevo gobierno que cuenta con el respaldo del legislativo pero no de la comunidad internacional", como si la injerencia viniese de condenar el golpe de Estado (un "asunto interno") y no del propio golpe, donde poco a poco se irán descubriendo las redes vinculadas a la oligarquía, los medios de comunicación y organizaciones estadounidenses como USAID, encargadas de apoyar y financiar el golpe.
La campaña mediática contra el presidente depuesto se ha encontrado, pues, con un muro que difícilmente van a poder superar: hasta el presidente de los Estados Unidos ha condenado el golpe. El primero en hacerlo fue, no obstante, Hugo Chávez, lo que dio lugar a una campaña desinformativa (muy corta pues pronto se sumaron muchos otros presidentes y organismos internacionales) donde se llegó a decir que el "nuevo presidente" aceptaba la vuelta de Zelaya siempre y cuando "volviera sin Chávez", insinuando que Zelaya sólo contaba con el apoyo de esos "dictadores" de la calaña de Chávez. Los medios de desinformación no tienen vergüenza. Y saben que nadie les va a exigir responsabilidades.
Pero ¿por qué ahora un golpe de Estado? Es bastante evidente: el presidente Zelaya había convocado un referéndum nacional (no vinculante) en el que se preguntaba a la población si en las próximas elecciones debería habilitarse una urna más para elegir a una asamblea constituyente (que se encargaría de elaborar una nueva constitución). No será la única causa, desde luego, pero sí la gota que colmó el vaso. ¿Y por qué un referéndum no vinculante es capaz de provocar un golpe de Estado? Sencillamente porque Honduras, mediante un referéndum de ese tipo, amenazaba con cambiar la ley desde la propia ley, lo que bajo condiciones de producción capitalistas es, sencillamente, imposible.
Me explico: la historia ha demostrado hasta el día de hoy que, como diría Carlos Fernández Liria, bajo el yugo del capitalismo la democracia se trata del periodo que transcurre entre dos golpes de Estado. Este periodo de aparente democracia dura el tiempo que tarde la izquierda anticapitalista en organizarse y ganar unas elecciones. No existen ejemplos de un país donde la izquierda anticapitalista haya conseguido transformar las leyes "burguesas" en leyes auténticas, justas, porque siempre que lo ha intentado por vías democráticas ha tenido lugar un bloqueo económico, una invasión, una guerra económica, un golpe de Estado, una guerra sucia-terrorista... o una combinación de varias de estas estrategias. Ni una sola vez se ha permitido ensayar el socialismo democrático: cada vez que se ha intentado, el gran capital y sus siervos y clientes han apoyado las más sanguinarias dictaduras para evitar tal posibilidad.
El golpe de Estado de Honduras no hace más que demostrar la incapacidad de las supuestas democracias y Estados de Derecho (que no son más que apariencia) de cambiar las reglas del juego. El juego parlamentario se respeta siempre que no procure corregir las malas leyes que posibilitan el capitalismo. El Estado de Derecho resulta ser un privilegio de aquellas poblaciones que de todas formas optan por el estado de cosas existente, luego no es un Estado de Derecho. Es solo apariencia: el derecho solo puede obrar con entera libertad mientras sea superfluo, mientras no pretenda cambiar la realidad, mientras no afecte a cuestiones "económicas" relevantes. Cuando en los países "civilizados" hablamos de Estado de Derecho, en realidad no hablamos del fruto de la razón, de una sociedad sometida a las leyes donde el marco legal permite corregir las malas leyes desde la propia ley, sino que estamos hablando de un pedazo de historia lo suficientemente privilegiado como para que no sea necesario entrar en conflicto con el derecho. Vivimos en una sociedad hasta tal punto secuestrada y chantajeada por sus estructuras económicas que el margen de actuación de la política es probablemente el más irrisorio en toda la historia de la humanidad, lo cual no deja de resultar curioso y paradójico: la sociedad moderna es la única que se ha querido a sí misma constituida por medios políticos.
El golpe de Estado en Honduras nos obliga a replantearnos otra vez cual es el papel de los medios de desinformación, de los imperios de opinión, y cual es su grado de responsabilidad. Resulta estremecedor comprobar como valientes ciudadanos consiguen hacer llegar su voz a foros como aporrea.org, pidiendo auxilio y solidaridad, informando de lo que ocurre, jugándose la vida o la libertad o ambas cosas, mientras los grandes medios de comunicación discuten sobre si efectivamente ha existido un golpe de Estado (entre anuncios y noticias de nacimientos de focas en un zoo). La situación en Honduras nos obliga a replantearnos si es cierto que todo anticapitalista ha de escoger entre un Salvador Allende muerto o un Fidel Castro vivo.
Sin embargo, este personaje prepotente y patético (Juan Ramón Lucas), no puede evitar que su deficitaria cultura política le juegue malas pasadas en directo. Así, el usurpador golpista Micheletti es calificado como "nuevo presidente", nombrado por el congreso. Eso si, "después de un golpe de Estado" en el cual un grupo de militares secuestró y sacó del país al presidente constitucional (Zelaya) a punta de pistola, lo que resulta ser ¡un proceso distinto! De esta forma se trata de dotar de legitimidad democrática a un golpe de Estado que tiene todas las papeletas para fracasar: "un nuevo gobierno que cuenta con el respaldo del legislativo pero no de la comunidad internacional", como si la injerencia viniese de condenar el golpe de Estado (un "asunto interno") y no del propio golpe, donde poco a poco se irán descubriendo las redes vinculadas a la oligarquía, los medios de comunicación y organizaciones estadounidenses como USAID, encargadas de apoyar y financiar el golpe.
La campaña mediática contra el presidente depuesto se ha encontrado, pues, con un muro que difícilmente van a poder superar: hasta el presidente de los Estados Unidos ha condenado el golpe. El primero en hacerlo fue, no obstante, Hugo Chávez, lo que dio lugar a una campaña desinformativa (muy corta pues pronto se sumaron muchos otros presidentes y organismos internacionales) donde se llegó a decir que el "nuevo presidente" aceptaba la vuelta de Zelaya siempre y cuando "volviera sin Chávez", insinuando que Zelaya sólo contaba con el apoyo de esos "dictadores" de la calaña de Chávez. Los medios de desinformación no tienen vergüenza. Y saben que nadie les va a exigir responsabilidades.
Pero ¿por qué ahora un golpe de Estado? Es bastante evidente: el presidente Zelaya había convocado un referéndum nacional (no vinculante) en el que se preguntaba a la población si en las próximas elecciones debería habilitarse una urna más para elegir a una asamblea constituyente (que se encargaría de elaborar una nueva constitución). No será la única causa, desde luego, pero sí la gota que colmó el vaso. ¿Y por qué un referéndum no vinculante es capaz de provocar un golpe de Estado? Sencillamente porque Honduras, mediante un referéndum de ese tipo, amenazaba con cambiar la ley desde la propia ley, lo que bajo condiciones de producción capitalistas es, sencillamente, imposible.
Me explico: la historia ha demostrado hasta el día de hoy que, como diría Carlos Fernández Liria, bajo el yugo del capitalismo la democracia se trata del periodo que transcurre entre dos golpes de Estado. Este periodo de aparente democracia dura el tiempo que tarde la izquierda anticapitalista en organizarse y ganar unas elecciones. No existen ejemplos de un país donde la izquierda anticapitalista haya conseguido transformar las leyes "burguesas" en leyes auténticas, justas, porque siempre que lo ha intentado por vías democráticas ha tenido lugar un bloqueo económico, una invasión, una guerra económica, un golpe de Estado, una guerra sucia-terrorista... o una combinación de varias de estas estrategias. Ni una sola vez se ha permitido ensayar el socialismo democrático: cada vez que se ha intentado, el gran capital y sus siervos y clientes han apoyado las más sanguinarias dictaduras para evitar tal posibilidad.
El golpe de Estado de Honduras no hace más que demostrar la incapacidad de las supuestas democracias y Estados de Derecho (que no son más que apariencia) de cambiar las reglas del juego. El juego parlamentario se respeta siempre que no procure corregir las malas leyes que posibilitan el capitalismo. El Estado de Derecho resulta ser un privilegio de aquellas poblaciones que de todas formas optan por el estado de cosas existente, luego no es un Estado de Derecho. Es solo apariencia: el derecho solo puede obrar con entera libertad mientras sea superfluo, mientras no pretenda cambiar la realidad, mientras no afecte a cuestiones "económicas" relevantes. Cuando en los países "civilizados" hablamos de Estado de Derecho, en realidad no hablamos del fruto de la razón, de una sociedad sometida a las leyes donde el marco legal permite corregir las malas leyes desde la propia ley, sino que estamos hablando de un pedazo de historia lo suficientemente privilegiado como para que no sea necesario entrar en conflicto con el derecho. Vivimos en una sociedad hasta tal punto secuestrada y chantajeada por sus estructuras económicas que el margen de actuación de la política es probablemente el más irrisorio en toda la historia de la humanidad, lo cual no deja de resultar curioso y paradójico: la sociedad moderna es la única que se ha querido a sí misma constituida por medios políticos.
El golpe de Estado en Honduras nos obliga a replantearnos otra vez cual es el papel de los medios de desinformación, de los imperios de opinión, y cual es su grado de responsabilidad. Resulta estremecedor comprobar como valientes ciudadanos consiguen hacer llegar su voz a foros como aporrea.org, pidiendo auxilio y solidaridad, informando de lo que ocurre, jugándose la vida o la libertad o ambas cosas, mientras los grandes medios de comunicación discuten sobre si efectivamente ha existido un golpe de Estado (entre anuncios y noticias de nacimientos de focas en un zoo). La situación en Honduras nos obliga a replantearnos si es cierto que todo anticapitalista ha de escoger entre un Salvador Allende muerto o un Fidel Castro vivo.
lunes, 22 de junio de 2009
La prosa y la política (Alfonso Sastre)
Una entradilla de urgencia. Apenas terminado este artículo, se ha producido el último atentado -esta vez mortal- de ETA y las respuestas rituales del PSOE y el PP. Todo ello parece cerrar una vez más un círculo vicioso y acreditar que la paz en este país es definitivamente imposible. En tal situación, angustiosa sin duda, yo no puedo por menos de mantener tozudamente mi esperanza y deseo remitir a las ideas que expuse en mis cinco artículos, en este mismo periódico (del 23 de septiembre al 18 de octubre de 2008), bajo el lema «Si quieres la paz, prepara la paz».
En esta situación, considero así mismo revalidado el pensar expuesto en el artículo escrito hoy como los grandes temores en él expresados. En tales circunstancias, todo parece más fuerte -y hasta arrollador- que el pensamiento, pero las ideas claras también tienen su propia fuerza. Es en esta convicción en la que yo deposito mi esperanza.
Alicia Stürtze ha estado muy bien planteando, como ella lo ha hecho, el tema de la relación, nunca analizada seriamente (que yo sepa, al menos) entre la política y la prosa como expresión literaria, tema sobre el que yo, modestamente, algo tengo dicho en alguno de mis artículos en la revista «Artez».
Sobre el tema de la prosa mis ideas pueden resumirse así, contra la postura burlesca de Molière: yo estimo que nosotros en la vida cotidiana no hablamos en prosa. ¿Y cómo es eso? Pues eso es, sencillamente, porque cuando hablamos en nuestra vida corriente no ponemos el cuidado necesario -generalmente porque no se dan las condiciones para ello- para hablar bien, o sea, para hablar en prosa, siendo como es la prosa una forma elaborada, artística, poética (que no quiere decir metafórica), del lenguaje corriente. (Nuestros amigos no torcerán el gesto exclamando con desdén: «¡Vaya! ¡Cuestiones semánticas!», como se dice efectivamente en la vida para rebajar la importancia de ciertas cuestiones. Nuestros amigos saben que las «cuestiones semánticas» son muy importantes cuando se trata de algo tan serio como es comunicarnos entre nosotros, o sea, romper las barreras de nuestras soledades. Si no empezamos por ponernos de acuerdo sobre el significado que damos a las palabras que usamos, vanos serán nuestros intentos de entendernos).
Las hablas corrientes -que no son todavía prosa propiamente dicha- son lenguajes incorrectos pero no necesariamente mentirosos, y algo análogo, pero al revés, ocurre con la prosa, que es por lo menos un habla o una escritura «correcta», y aún muchas veces algo más (pongamos, por ejemplo, «brillante») si es una «buena prosa», pero puede ser, ¡y lo es tantas veces!, un vehículo de la mentira, una manera de engañar a quienes se dirige. A este tipo de prosa se refiere Alicia Stürtze en la primera parte de su excelente artículo.
La prosa es ya un arte de hablar y de escribir, con sus reglas (y sus libertades, claro), y ese arte puede ponerse al servicio de las causas más ética y políticamente impresentables, pero también puede y sobre todo debería hacerlo siempre al servicio de la verdad y de la belleza, que no es (la belleza, digo), como ya lo sabe la Filosofía desde tiempos remotos, sino «el resplandor de la verdad».
¿Hay, pues, una prosa que, siendo buena como prosa, es mala en el nivel de la ética política? En nuestra opinión, la buena prosa es aquella que, además de elevar el habla vulgar a los dominios del arte (de la poesía), no sólo no se sirve de esa «elevación» para alejar o incluso ocultar la verdad -empezando por desfigurar lo real-, sino que se sirve de esa elevación para profundizar en la realidad y abrir en ella los caminos de la verdad y, en consecuencia, de la justicia.
Entre nosotros, deberíamos hablar en buena prosa, y nunca -¡claro!- reducir nuestras expresiones (Alicia Stürtze lo dice muy bien) a frases como esa de «¡ha sido la hostia!», que no nos deja saber, si no se investiga el contexto, si lo que ha ocurrido es estupendo o lo contrario: horrible. Hablemos bien, hablemos bien; eso para empezar.
Pero hablemos no sólo bien sino además «bueno» (digámoslo así): o sea, en una prosa capaz de fundar y difundir las ideas de la justicia pendiente y de reclamar nuestras libertades, individuales y sociales. Rechacemos en suma la prosa política al servicio de la mentira y de la opresión. Sepamos que la mentira es también un arte -una de las «bellas artes» como el crimen lo era para el irónico y genial Thomas De Quincey- y que, así, hay un arte de mentir, en el que son duchos los políticos pegados a los poderes del capitalismo, que se desarrolla por y para el sistema, con sus propias metáforas y toda clase de «bellezas» (adornos de su basura).
Nuestra prosa no falsea la realidad para ocultar la verdad, como hace la «prosa enemiga», sino que nosotros hallamos nuestras verdades en el corazón mismo de las realidades que se suceden en nuestro mundo, revelando lo que ocurre ciertamente (la «realidad de verdad») y que se nos oculta por todos los medios al servicio de la perpetuación de estos horrores que estamos viviendo día tras día. El nuestro es precisamente el lugar en el que la poesía, la ética y la política (revolucionaria) se dan y se estrechan fraternalmente las manos.
Por lo demás, la «batalla de las ideas» se expresa en una guerra de las prosas que, tal como hoy se practica en América Latina, bajo el prestigio de grandes dirigentes como Fidel Castro y Hugo Chávez, a quienes Alicia Stürtze cita muy justamente, tiene un origen martiano y es el correlato ideológico o, mejor, filosófico, de una batalla de las prosas o, más bien, éstas son la expresión literaria de esa batalla dialéctica que es el pensamiento. Pues bien, entre las prosas latinoamericanas, tan abundantes en grandes glorias literarias, yo estoy convencido de que se halla en uno de los más destacados lugares la «Segunda Declaración de La Habana» de Fidel Castro. También Chávez es un gran prosista de la justicia y de la verdad, que se expresa en un habla muy brillante que ya quisieran para sí quienes lo tachan despectivamente de «populista».
Volviendo a nuestro continente, hemos de decir que Europa es uno de los espacios culturales donde hoy se dan las mayores perversiones y usos mentirosos de la prosa -una prosa al servicio de la mentira- en los ámbitos político, ético e ideológico, y ello pone en evidencia una base cultural muy pobre que a veces roza el analfabetismo y otras directamente la infamia moral, como ha sido ahora el caso de un dirigente del PP, Iturgaiz (de quien me han dicho gentes que lo conocieron de mozo que entre sus vecinos era considerado como «el tonto del pueblo»), el cual ha expresado en una prosa maloliente, propia de una defecación, su deseo de que los miles de personas que hemos votado a Iniciativa Internacionalista-La Solidaridad entre los Pueblos para las elecciones al Parlamento Europeo, seamos «fumigados». En sus sucias palabras se advierte una miserable nostalgia histórica de las cámaras de gas nazis. ¡Qué barbaridad! ¿Y no es perseguible de oficio esta amenaza de que una buena parte de la población que habita en los territorios del Estado español y que, precisamente, aboga por la paz y por una negociación como la única vía que podría conducir a ella, sea encerrada en una cámara gigante y que se abra la espita de un gas letal? ¿Qué se estaría diciendo ahora de nosotros si a alguien de nuestra parte, en un mal momento, se le hubiera ocurrido decir una barbaridad semejante referida al señor Iturgaiz y sus correligionarios? ¿Cómo nos habrían puesto de violentos y peligrosos asesinos y predicadores de la muerte?
Pero, yendo al fondo de la cuestión, y dirigiéndome ahora al PSOE, partido al que me gustaría ver recuperando al menos una parte de su honor perdido, ¿es verdad -es incluso posible- que ustedes no vean que el problema no es que haya una pequeña banda (pero además enorme) (!) de asesinos de largos colmillos y sedientos de sangre que, como ustedes y sus amigos dicen, sólo saben y desean matar? ¿Es verdad, pues, que ustedes no ven algo tan visible como esto: que aquí hay un serio conflicto político que sólo podrá resolverse en términos políticos? ¿Es verdad, en fin, que ustedes no se han dado cuenta todavía de que la solución de este conflicto, que tantos dolores acarrea, está en la posibilidad de una negociación? ¿A qué medios «más contundentes» se refiere usted, señor López? ¿Va a seguir detrás de las ideas gasógenas de ese pobre tipo del PP al que antes he citado?
De ser así, Dios nos coja confesados, porque nos esperarían y amenazarían tiempos de mucho dolor en lugar de la paz, que nunca se conseguirá, evidentemente, si lo que deciden ustedes es aniquilar a una parte mayor o menor de nosotros en esas nuevas cámaras de gas inspiradas por ese personajillo, Iturgaiz. Entonces, ¡pobres de nosotros, pero también de ustedes!
21-6-2009
Anexo- Las referencias citadas:
«Iturgaiz cree que Iniciativa ha dejado con el culo al aire al Constitucional y pide fumigar a los acólitos de la banda». («El Correo Digital», 25 de mayo).
Patxi López: «Desde luego, tenemos que ser, desde la política, mucho más contundentes a la hora de intentar que no haya ni un solo espacio público para los que no asumen las herramientas de la democracia» (?). «Desgraciadamente, ese mundo del abertzalismo radical sigue teniendo su fuerza».
(GARA, 11 de junio de 2009).
Extraído del diario GARA (versión digital).
Titulares de algunos medios de comunicación (también versión digital) respecto a este artículo:
"Políticos y policías reclaman que se actúe contra Alfonso Sastre" "El portavoz de Iniciativa Internacionalista amenaza con «tiempos de mucho dolor» si no se negocia con ETA. Basagoiti: «Lo podría haber escrito cualquier jefe etarra»" La Razón, 22-6-2009.
"ETA. Coacción al Gobierno de López" "Sastre: 'O se abre una negociación o se aproximarán tiempos de dolor'" El Mundo, 21-6-2009.
"Reacciones al atentado de ETA" "Indignación contra el partido de Sastre por sus amenazas" El País, 22-6-2009.
"Rosa Díez dice sentir "asco" por artículo "vomitado" por Sastre, a quien tacha de "garrapata" y "ser inmundo"" Europa Press, 22-6-2009.
En esta situación, considero así mismo revalidado el pensar expuesto en el artículo escrito hoy como los grandes temores en él expresados. En tales circunstancias, todo parece más fuerte -y hasta arrollador- que el pensamiento, pero las ideas claras también tienen su propia fuerza. Es en esta convicción en la que yo deposito mi esperanza.
Alicia Stürtze ha estado muy bien planteando, como ella lo ha hecho, el tema de la relación, nunca analizada seriamente (que yo sepa, al menos) entre la política y la prosa como expresión literaria, tema sobre el que yo, modestamente, algo tengo dicho en alguno de mis artículos en la revista «Artez».
Sobre el tema de la prosa mis ideas pueden resumirse así, contra la postura burlesca de Molière: yo estimo que nosotros en la vida cotidiana no hablamos en prosa. ¿Y cómo es eso? Pues eso es, sencillamente, porque cuando hablamos en nuestra vida corriente no ponemos el cuidado necesario -generalmente porque no se dan las condiciones para ello- para hablar bien, o sea, para hablar en prosa, siendo como es la prosa una forma elaborada, artística, poética (que no quiere decir metafórica), del lenguaje corriente. (Nuestros amigos no torcerán el gesto exclamando con desdén: «¡Vaya! ¡Cuestiones semánticas!», como se dice efectivamente en la vida para rebajar la importancia de ciertas cuestiones. Nuestros amigos saben que las «cuestiones semánticas» son muy importantes cuando se trata de algo tan serio como es comunicarnos entre nosotros, o sea, romper las barreras de nuestras soledades. Si no empezamos por ponernos de acuerdo sobre el significado que damos a las palabras que usamos, vanos serán nuestros intentos de entendernos).
Las hablas corrientes -que no son todavía prosa propiamente dicha- son lenguajes incorrectos pero no necesariamente mentirosos, y algo análogo, pero al revés, ocurre con la prosa, que es por lo menos un habla o una escritura «correcta», y aún muchas veces algo más (pongamos, por ejemplo, «brillante») si es una «buena prosa», pero puede ser, ¡y lo es tantas veces!, un vehículo de la mentira, una manera de engañar a quienes se dirige. A este tipo de prosa se refiere Alicia Stürtze en la primera parte de su excelente artículo.
La prosa es ya un arte de hablar y de escribir, con sus reglas (y sus libertades, claro), y ese arte puede ponerse al servicio de las causas más ética y políticamente impresentables, pero también puede y sobre todo debería hacerlo siempre al servicio de la verdad y de la belleza, que no es (la belleza, digo), como ya lo sabe la Filosofía desde tiempos remotos, sino «el resplandor de la verdad».
¿Hay, pues, una prosa que, siendo buena como prosa, es mala en el nivel de la ética política? En nuestra opinión, la buena prosa es aquella que, además de elevar el habla vulgar a los dominios del arte (de la poesía), no sólo no se sirve de esa «elevación» para alejar o incluso ocultar la verdad -empezando por desfigurar lo real-, sino que se sirve de esa elevación para profundizar en la realidad y abrir en ella los caminos de la verdad y, en consecuencia, de la justicia.
Entre nosotros, deberíamos hablar en buena prosa, y nunca -¡claro!- reducir nuestras expresiones (Alicia Stürtze lo dice muy bien) a frases como esa de «¡ha sido la hostia!», que no nos deja saber, si no se investiga el contexto, si lo que ha ocurrido es estupendo o lo contrario: horrible. Hablemos bien, hablemos bien; eso para empezar.
Pero hablemos no sólo bien sino además «bueno» (digámoslo así): o sea, en una prosa capaz de fundar y difundir las ideas de la justicia pendiente y de reclamar nuestras libertades, individuales y sociales. Rechacemos en suma la prosa política al servicio de la mentira y de la opresión. Sepamos que la mentira es también un arte -una de las «bellas artes» como el crimen lo era para el irónico y genial Thomas De Quincey- y que, así, hay un arte de mentir, en el que son duchos los políticos pegados a los poderes del capitalismo, que se desarrolla por y para el sistema, con sus propias metáforas y toda clase de «bellezas» (adornos de su basura).
Nuestra prosa no falsea la realidad para ocultar la verdad, como hace la «prosa enemiga», sino que nosotros hallamos nuestras verdades en el corazón mismo de las realidades que se suceden en nuestro mundo, revelando lo que ocurre ciertamente (la «realidad de verdad») y que se nos oculta por todos los medios al servicio de la perpetuación de estos horrores que estamos viviendo día tras día. El nuestro es precisamente el lugar en el que la poesía, la ética y la política (revolucionaria) se dan y se estrechan fraternalmente las manos.
Por lo demás, la «batalla de las ideas» se expresa en una guerra de las prosas que, tal como hoy se practica en América Latina, bajo el prestigio de grandes dirigentes como Fidel Castro y Hugo Chávez, a quienes Alicia Stürtze cita muy justamente, tiene un origen martiano y es el correlato ideológico o, mejor, filosófico, de una batalla de las prosas o, más bien, éstas son la expresión literaria de esa batalla dialéctica que es el pensamiento. Pues bien, entre las prosas latinoamericanas, tan abundantes en grandes glorias literarias, yo estoy convencido de que se halla en uno de los más destacados lugares la «Segunda Declaración de La Habana» de Fidel Castro. También Chávez es un gran prosista de la justicia y de la verdad, que se expresa en un habla muy brillante que ya quisieran para sí quienes lo tachan despectivamente de «populista».
Volviendo a nuestro continente, hemos de decir que Europa es uno de los espacios culturales donde hoy se dan las mayores perversiones y usos mentirosos de la prosa -una prosa al servicio de la mentira- en los ámbitos político, ético e ideológico, y ello pone en evidencia una base cultural muy pobre que a veces roza el analfabetismo y otras directamente la infamia moral, como ha sido ahora el caso de un dirigente del PP, Iturgaiz (de quien me han dicho gentes que lo conocieron de mozo que entre sus vecinos era considerado como «el tonto del pueblo»), el cual ha expresado en una prosa maloliente, propia de una defecación, su deseo de que los miles de personas que hemos votado a Iniciativa Internacionalista-La Solidaridad entre los Pueblos para las elecciones al Parlamento Europeo, seamos «fumigados». En sus sucias palabras se advierte una miserable nostalgia histórica de las cámaras de gas nazis. ¡Qué barbaridad! ¿Y no es perseguible de oficio esta amenaza de que una buena parte de la población que habita en los territorios del Estado español y que, precisamente, aboga por la paz y por una negociación como la única vía que podría conducir a ella, sea encerrada en una cámara gigante y que se abra la espita de un gas letal? ¿Qué se estaría diciendo ahora de nosotros si a alguien de nuestra parte, en un mal momento, se le hubiera ocurrido decir una barbaridad semejante referida al señor Iturgaiz y sus correligionarios? ¿Cómo nos habrían puesto de violentos y peligrosos asesinos y predicadores de la muerte?
Pero, yendo al fondo de la cuestión, y dirigiéndome ahora al PSOE, partido al que me gustaría ver recuperando al menos una parte de su honor perdido, ¿es verdad -es incluso posible- que ustedes no vean que el problema no es que haya una pequeña banda (pero además enorme) (!) de asesinos de largos colmillos y sedientos de sangre que, como ustedes y sus amigos dicen, sólo saben y desean matar? ¿Es verdad, pues, que ustedes no ven algo tan visible como esto: que aquí hay un serio conflicto político que sólo podrá resolverse en términos políticos? ¿Es verdad, en fin, que ustedes no se han dado cuenta todavía de que la solución de este conflicto, que tantos dolores acarrea, está en la posibilidad de una negociación? ¿A qué medios «más contundentes» se refiere usted, señor López? ¿Va a seguir detrás de las ideas gasógenas de ese pobre tipo del PP al que antes he citado?
De ser así, Dios nos coja confesados, porque nos esperarían y amenazarían tiempos de mucho dolor en lugar de la paz, que nunca se conseguirá, evidentemente, si lo que deciden ustedes es aniquilar a una parte mayor o menor de nosotros en esas nuevas cámaras de gas inspiradas por ese personajillo, Iturgaiz. Entonces, ¡pobres de nosotros, pero también de ustedes!
21-6-2009
Anexo- Las referencias citadas:
«Iturgaiz cree que Iniciativa ha dejado con el culo al aire al Constitucional y pide fumigar a los acólitos de la banda». («El Correo Digital», 25 de mayo).
Patxi López: «Desde luego, tenemos que ser, desde la política, mucho más contundentes a la hora de intentar que no haya ni un solo espacio público para los que no asumen las herramientas de la democracia» (?). «Desgraciadamente, ese mundo del abertzalismo radical sigue teniendo su fuerza».
(GARA, 11 de junio de 2009).
Extraído del diario GARA (versión digital).
Titulares de algunos medios de comunicación (también versión digital) respecto a este artículo:
"Políticos y policías reclaman que se actúe contra Alfonso Sastre" "El portavoz de Iniciativa Internacionalista amenaza con «tiempos de mucho dolor» si no se negocia con ETA. Basagoiti: «Lo podría haber escrito cualquier jefe etarra»" La Razón, 22-6-2009.
"ETA. Coacción al Gobierno de López" "Sastre: 'O se abre una negociación o se aproximarán tiempos de dolor'" El Mundo, 21-6-2009.
"Reacciones al atentado de ETA" "Indignación contra el partido de Sastre por sus amenazas" El País, 22-6-2009.
"Rosa Díez dice sentir "asco" por artículo "vomitado" por Sastre, a quien tacha de "garrapata" y "ser inmundo"" Europa Press, 22-6-2009.
jueves, 11 de junio de 2009
¿Democracia? Una reflexión sobre las elecciones europeas.
De nuevo nuestro Partido Único ha superado con éxito otras elecciones donde no ha votado ni la mitad de la población con derecho a voto. PSOE y PP han obtenido casi todos los diputados que España manda al órgano de menos poder, el más insignificante en cuanto a la toma de decisiones dentro de la Unión Europea. Los medios de comunicación, más que cómplices, son absolutamente responsables de permitir que nuestra clase dirigente se comporte de manera tan vergonzante. Los periodistas, salvo honrosas excepciones que deberían constituir la normalidad y no la excepción, se han limitado a glorificar un bando y criminalizar al otro en función de los intereses de los grupos empresariales que les contratan.
La democracia parece consistir en votar cada tantos años. Y da igual cuanta gente vote y a quien, siempre que voten a algún grupo perteneciente al partido único. Los debates se convierten en anuncios de un producto, los anuncios en técnicas de marketing y manipulación que anulan cualquier principio de debate... Es el sueño de Schumpeter, la pesadilla de los pueblos. Las diferencias entre los partidos que tienen posibilidades de obtener la victoria son mínimas y/o se trata de cuestiones técnicas. Se protegen los unos a los otros: nadie tira de la manta porque el contrario puede tirar también y dejar al aire las vergüenzas que han acumulado en poco más de 30 años de supuesta democracia.
Nuestro sistema político y económico es fruto de la continuidad, un regalo del régimen franquista después de aplicar durante 40 años la "pedagogía del voto": se tortura, elimina, atemoriza, amenaza... a la izquierda hasta que la población aprende a quién debe votar y a quién no. Cuando constataron que la izquierda ya no podía vencer, nos regalaron el voto. Pero no fue lo único. También hemos heredado su cultura política. Y gracias al capitalismo y a la Unión Europea la hemos llevado al extremo.
Los votantes no somos más que consumidores, la política es el producto que consumen y los partidos políticos la marca que diferencia un producto de otro. Somos consumidores vigilados por nuestra propia seguridad. Nixon advirtió, refiriéndose a la victoria de Allende en Chile: "no podemos permitir que un pueblo caiga bajo las garras del marxismo por su propia incompetencia". Un ejemplo clarísimo de en qué consiste verdaderamente la democracia. Pinochet apuntilló esta idea al asegurar (en 1989) “estoy dispuesto a aceptar el resultado de las elecciones, con tal de que no gane ninguna opción de izquierdas”.
Pero la democracia, al menos en teoría, no la hacen solo los políticos. La democracia se supone que es una construcción diaria donde el pueblo se gobierna a sí mismo. Pero ¿cómo se va a autodeterminar un pueblo cuando han asumido que el gobierno no es suyo, sino de los políticos? El votante medio considera ir a votar como un puro trámite. Y no por casualidad, también considera que ese trámite agota de forma efectiva la democracia. Y la concepción del voto es absolutamente individualista: yo voto en función de mis intereses y si son los de la mayoría, ganamos. La idea de que los grupos no son más que la suma de individuos ha penetrado en lugares insospechados.
Los votantes constituyen hoy por hoy un grupo de gente q no puede diferenciar entre una conversación sobre fútbol, una sobre muñecas y peluqueros y una sobre política. Para ellos la democracia consiste en una jodienda que de vez en cuando, el día del señor, te obliga (o no) a moverte de casa pese a la resaca. Lo más normal del mundo (una normalidad criminal) es no hablar de política antes de unas elecciones. Normal es sentarse a ver Antena 3 y luego, si hay tiempo y ganas, discutir sobre las sandeces que transmiten los ("mercenarios,muñidores, sicofantes, criminales
blandos...") periodistas. Quizá soy demasiado osado al pedir unos minutitos de reflexión, aunque sea después de que se celebre tan bochornoso acontecimiento cuyo único mérito es recordarnos lo poco democrático que es nuestro mundo occidental (aunque los medios de comunicación se empeñen en enterrar la alta abstención -más de la mitad de los votantes- o la interpreten para robarle cualquier intención de protesta).
Si la política versa sobre el ámbito colectivo pero este no es más que un reflejo de la falsa sensación de comunidad que da la televisión -todos vemos lo mismo sin ser vistos desde esa falsa ventana que ha reordenado la distribución de los muebles y los espacios dentro de la casa-, nos encaminamos hacia un mundo donde necesariamente el "Hola" (o alguna de sus versiones audio-visuales o escritas) se convertirá en el centro del debate cada vez q haya elecciones o iniciemos una guerra. Nihilismo y sentimentalismo dirigido, poderosa combinación: sentimos lástima de la pobre Leonor pese a verla corretear feliz cual hijo de monarca, pero cuando vemos un bombardeo por televisión...
Cuando vemos por televisión explosiones y muertes que suceden en tierras lejanas -aunque quizá no sean tan lejanas como lo es una institución medieval- nuestra sensación no se distingue demasiado de la que sentíamos al ver reventar al famoso coyote de dibujos mientras trata de cazar al correcaminos. En realidad, podemos incluso llegar a afirmar ya (y en el futuro probablemente será peor) que la realidad política occidental no dista mucho de este planteamiento; en el circo del espectáculo mundial se ha reservado para las conciencias críticas -los que tratan de descodificar la realidad y no se limitan a sumar sus cuerpos vacíos a la avalancha de (consumidores) piedras rodantes- el lugar que ocupaba el coyote en la serie "El correcaminos": al coyote ni se le menciona en el título, se le nadifica respecto al avestruz, que se ve recompensada con el don del protagonismo por el mero hecho de frustrar al coyote. Por otra parte, el coyote está destinado a fracasar siempre, pero no sólo eso. Como en las tragedias griegas, está condenado a intentar capturar a la veloz ave una y otra vez, aún sabiendo que su fracaso es inevitable. El coyote representa el papel de malvado, pero un malvado inofensivo del que uno se puede compadecer -y compadecerse suele implicar una relación jerárquica de superioridad para el que compadece, de inferioridad para el objeto de la compasión- porque no se da cuenta de que si algún día alcanzase su meta, se liberase de la maldición griega y asase a fuego lento al pajarraco, su existencia dejaría de tener sentido, acabaría la serie.
Como ya he dicho, el coyote representaría en la realidad a las conciencias críticas (aquellas que tratan de descodificar la realidad y no se contentan con dejarse llevar por la corriente), mientras que el correcaminos reflejaría al modelo de hombre hegemónico hoy: una conciencia que se mueve de acuerdo con la velocidad que marca la
sociedad capitalista, es decir, constante renovación de mercancías, modas y tendencias destinadas a ser devoradas por el consumo. El único momento en el que el correcaminos se arriesga es cuando se detiene y frena con él esa ilusión de movimiento y avance perpetuos. Porque en ese momento el coyote puede alcanzarle, ponerse a su nivel. La velocidad, el cambio constante, el transformarlo todo en producto para el consumo, es lo que mantiene a salvo al capitalismo de cualquier crítica: intenta trasladarse fuera del tiempo -con gran ayuda de los medios de comunicación, que no paran de proclamar que este o aquel suceso es "histórico", como si no hubiese todo un contexto en el que enmarcarlo- convirtiendo hasta la historia (la memoria colectiva) en un objeto de consumo destinado a ser devorado por el hambre capitalista. Cuenta Galeano que una mano anónima escribió en una pared: "cuando sabíamos las respuestas nos cambiaron las preguntas".
Sin embargo, según marca el guión capitalista neoliberal, el coyote nunca llegará a atrapar al correcaminos, nunca podrá comérselo, nunca llegarán a formar una síntesis que combine a ambos y los supere. El papel reservado a aquellos que no se contentan con los castigos divinos del Olimpo (económico-político) será ejercer de ejemplo de fracaso para el resto de seres, asumir la función de condenados que viven de no poder conseguir sus objetivos, como si se tratase de un trabajo en el McDonald's. Se trata de convertir a los coyotes en el lubricante que permite aceptar, en definitiva, que no hay alternativa al sistema que produce cada vez más correcaminos sin frenos y menos coyotes pensantes. Su misión es permitir que se cumpla la pedagogía del voto, esa ilusión de libertad según la cual el coyote tiene derecho a participar en la lucha pero no a ganarla, derecho a participar en las elecciones pero no a obtener una victoria. Y el que se mueva, que asuma las consecuencias: no sale en la foto. No son pocos los que han decidido comulgar con estos planteamientos y se han dejado comprar por el miedo, los privilegios o el dinero. No en vano le llueven premios a la que debe ser la peor bloguera de Cuba, que hasta ve en los cortes de electricidad que sufre toda la población una trama para acabar con su insignificancia.
Un buen amigo vio claro el futuro: "ya ha pasado todo, podemos respirar hasta la próxima [elección], que se saldará con el mismo gesto inopinado: meto papeleta en sobre, meto sobre en urna. La democracia 'mola', porque se despacha rápido y luego puedes pasarte cuatro años pensando que eres libre. Pensando que eres libre pero sin ejercer la libertad y sin comprenderla. Si [los ciudadanos] piensan que ese gesto casi mecánico es la expresión de su libertad, estamos apañados. El voto solo vale algo si sabes por qué votas, y para saber por qué votas hay que haber ejercido una libertad que va algo más allá de el trámite de la urna. Por eso no son libres y por eso son felices".
La democracia parece consistir en votar cada tantos años. Y da igual cuanta gente vote y a quien, siempre que voten a algún grupo perteneciente al partido único. Los debates se convierten en anuncios de un producto, los anuncios en técnicas de marketing y manipulación que anulan cualquier principio de debate... Es el sueño de Schumpeter, la pesadilla de los pueblos. Las diferencias entre los partidos que tienen posibilidades de obtener la victoria son mínimas y/o se trata de cuestiones técnicas. Se protegen los unos a los otros: nadie tira de la manta porque el contrario puede tirar también y dejar al aire las vergüenzas que han acumulado en poco más de 30 años de supuesta democracia.
Nuestro sistema político y económico es fruto de la continuidad, un regalo del régimen franquista después de aplicar durante 40 años la "pedagogía del voto": se tortura, elimina, atemoriza, amenaza... a la izquierda hasta que la población aprende a quién debe votar y a quién no. Cuando constataron que la izquierda ya no podía vencer, nos regalaron el voto. Pero no fue lo único. También hemos heredado su cultura política. Y gracias al capitalismo y a la Unión Europea la hemos llevado al extremo.
Los votantes no somos más que consumidores, la política es el producto que consumen y los partidos políticos la marca que diferencia un producto de otro. Somos consumidores vigilados por nuestra propia seguridad. Nixon advirtió, refiriéndose a la victoria de Allende en Chile: "no podemos permitir que un pueblo caiga bajo las garras del marxismo por su propia incompetencia". Un ejemplo clarísimo de en qué consiste verdaderamente la democracia. Pinochet apuntilló esta idea al asegurar (en 1989) “estoy dispuesto a aceptar el resultado de las elecciones, con tal de que no gane ninguna opción de izquierdas”.
Pero la democracia, al menos en teoría, no la hacen solo los políticos. La democracia se supone que es una construcción diaria donde el pueblo se gobierna a sí mismo. Pero ¿cómo se va a autodeterminar un pueblo cuando han asumido que el gobierno no es suyo, sino de los políticos? El votante medio considera ir a votar como un puro trámite. Y no por casualidad, también considera que ese trámite agota de forma efectiva la democracia. Y la concepción del voto es absolutamente individualista: yo voto en función de mis intereses y si son los de la mayoría, ganamos. La idea de que los grupos no son más que la suma de individuos ha penetrado en lugares insospechados.
Los votantes constituyen hoy por hoy un grupo de gente q no puede diferenciar entre una conversación sobre fútbol, una sobre muñecas y peluqueros y una sobre política. Para ellos la democracia consiste en una jodienda que de vez en cuando, el día del señor, te obliga (o no) a moverte de casa pese a la resaca. Lo más normal del mundo (una normalidad criminal) es no hablar de política antes de unas elecciones. Normal es sentarse a ver Antena 3 y luego, si hay tiempo y ganas, discutir sobre las sandeces que transmiten los ("mercenarios,muñidores, sicofantes, criminales
blandos...") periodistas. Quizá soy demasiado osado al pedir unos minutitos de reflexión, aunque sea después de que se celebre tan bochornoso acontecimiento cuyo único mérito es recordarnos lo poco democrático que es nuestro mundo occidental (aunque los medios de comunicación se empeñen en enterrar la alta abstención -más de la mitad de los votantes- o la interpreten para robarle cualquier intención de protesta).
Si la política versa sobre el ámbito colectivo pero este no es más que un reflejo de la falsa sensación de comunidad que da la televisión -todos vemos lo mismo sin ser vistos desde esa falsa ventana que ha reordenado la distribución de los muebles y los espacios dentro de la casa-, nos encaminamos hacia un mundo donde necesariamente el "Hola" (o alguna de sus versiones audio-visuales o escritas) se convertirá en el centro del debate cada vez q haya elecciones o iniciemos una guerra. Nihilismo y sentimentalismo dirigido, poderosa combinación: sentimos lástima de la pobre Leonor pese a verla corretear feliz cual hijo de monarca, pero cuando vemos un bombardeo por televisión...
Cuando vemos por televisión explosiones y muertes que suceden en tierras lejanas -aunque quizá no sean tan lejanas como lo es una institución medieval- nuestra sensación no se distingue demasiado de la que sentíamos al ver reventar al famoso coyote de dibujos mientras trata de cazar al correcaminos. En realidad, podemos incluso llegar a afirmar ya (y en el futuro probablemente será peor) que la realidad política occidental no dista mucho de este planteamiento; en el circo del espectáculo mundial se ha reservado para las conciencias críticas -los que tratan de descodificar la realidad y no se limitan a sumar sus cuerpos vacíos a la avalancha de (consumidores) piedras rodantes- el lugar que ocupaba el coyote en la serie "El correcaminos": al coyote ni se le menciona en el título, se le nadifica respecto al avestruz, que se ve recompensada con el don del protagonismo por el mero hecho de frustrar al coyote. Por otra parte, el coyote está destinado a fracasar siempre, pero no sólo eso. Como en las tragedias griegas, está condenado a intentar capturar a la veloz ave una y otra vez, aún sabiendo que su fracaso es inevitable. El coyote representa el papel de malvado, pero un malvado inofensivo del que uno se puede compadecer -y compadecerse suele implicar una relación jerárquica de superioridad para el que compadece, de inferioridad para el objeto de la compasión- porque no se da cuenta de que si algún día alcanzase su meta, se liberase de la maldición griega y asase a fuego lento al pajarraco, su existencia dejaría de tener sentido, acabaría la serie.
Como ya he dicho, el coyote representaría en la realidad a las conciencias críticas (aquellas que tratan de descodificar la realidad y no se contentan con dejarse llevar por la corriente), mientras que el correcaminos reflejaría al modelo de hombre hegemónico hoy: una conciencia que se mueve de acuerdo con la velocidad que marca la
sociedad capitalista, es decir, constante renovación de mercancías, modas y tendencias destinadas a ser devoradas por el consumo. El único momento en el que el correcaminos se arriesga es cuando se detiene y frena con él esa ilusión de movimiento y avance perpetuos. Porque en ese momento el coyote puede alcanzarle, ponerse a su nivel. La velocidad, el cambio constante, el transformarlo todo en producto para el consumo, es lo que mantiene a salvo al capitalismo de cualquier crítica: intenta trasladarse fuera del tiempo -con gran ayuda de los medios de comunicación, que no paran de proclamar que este o aquel suceso es "histórico", como si no hubiese todo un contexto en el que enmarcarlo- convirtiendo hasta la historia (la memoria colectiva) en un objeto de consumo destinado a ser devorado por el hambre capitalista. Cuenta Galeano que una mano anónima escribió en una pared: "cuando sabíamos las respuestas nos cambiaron las preguntas".
Sin embargo, según marca el guión capitalista neoliberal, el coyote nunca llegará a atrapar al correcaminos, nunca podrá comérselo, nunca llegarán a formar una síntesis que combine a ambos y los supere. El papel reservado a aquellos que no se contentan con los castigos divinos del Olimpo (económico-político) será ejercer de ejemplo de fracaso para el resto de seres, asumir la función de condenados que viven de no poder conseguir sus objetivos, como si se tratase de un trabajo en el McDonald's. Se trata de convertir a los coyotes en el lubricante que permite aceptar, en definitiva, que no hay alternativa al sistema que produce cada vez más correcaminos sin frenos y menos coyotes pensantes. Su misión es permitir que se cumpla la pedagogía del voto, esa ilusión de libertad según la cual el coyote tiene derecho a participar en la lucha pero no a ganarla, derecho a participar en las elecciones pero no a obtener una victoria. Y el que se mueva, que asuma las consecuencias: no sale en la foto. No son pocos los que han decidido comulgar con estos planteamientos y se han dejado comprar por el miedo, los privilegios o el dinero. No en vano le llueven premios a la que debe ser la peor bloguera de Cuba, que hasta ve en los cortes de electricidad que sufre toda la población una trama para acabar con su insignificancia.
Un buen amigo vio claro el futuro: "ya ha pasado todo, podemos respirar hasta la próxima [elección], que se saldará con el mismo gesto inopinado: meto papeleta en sobre, meto sobre en urna. La democracia 'mola', porque se despacha rápido y luego puedes pasarte cuatro años pensando que eres libre. Pensando que eres libre pero sin ejercer la libertad y sin comprenderla. Si [los ciudadanos] piensan que ese gesto casi mecánico es la expresión de su libertad, estamos apañados. El voto solo vale algo si sabes por qué votas, y para saber por qué votas hay que haber ejercido una libertad que va algo más allá de el trámite de la urna. Por eso no son libres y por eso son felices".
jueves, 4 de junio de 2009
La pedagogía del millón de muertos (Santiago Alba Rico)
Hace unos días tuve ocasión de ver una vieja y extraordinaria película, Sierra de Teruel, rodada durante la guerra civil española en los escenarios mismos de las batallas que una parte del mundo seguía entonces con la respiración suspendida. Basada en una novela de André Malraux y dirigida por él mismo, narra en un tono casi documental las dificultades de una escuadrilla de aviadores internacionalistas llegados a España desde todos los rincones de la tierra y la muerte heroica de algunos de ellos en una última acción que logra detener provisionalmente el avance fascista. Hay tres escenas particularmente elocuentes y conmovedoras. En la primera, las mujeres y viejitos de Teruel, ante la falta de armas de fuego para defender la ciudad, acarrean enseres domésticos –cisternas, botellas, cajas y latas- que puedan ser rellenados de dinamita y convertidos en bombas. En la segunda, un campesino republicano que ha localizado la base aérea del enemigo y que no sabe interpretar un mapa, decide acompañar en el avión al comandante de la escuadrilla para señalarle desde el aire su ubicación; atónito y un poco mareado, esa visión desde lo alto de los campos en los que siempre ha vivido se le presenta como un jeroglifo o un enigma, de manera que, cuando el comandante le indica en un tono casi filosófico a través de la ventanilla “ésa es la tierra”, el campesino no acaba de creérselo: “¿la nuestra?”, perplejidad apoyada en un pronombre ambiguo que saca de pronto al aviador de su ensoñación metafísica y le devuelve al solar de la confrontación política: “no, la suya”, responde refiriéndose ahora, no ya a la casa un poco abstracta de la Humanidad, sino a las tierras concretas que los fascistas se quieren apropiar. En la tercera escena, homenaje épico a la solidaridad internacionalista, cientos y cientos de campesinos acuden a la vera del camino por el que trasladan montaña abajo, en ataúdes o en parihuelas, a los aviadores caídos en combate; las viejitas quieren saber de dónde son esos hombres que han venido desde tan lejos a defenderlas (un árabe, un italiano, un alemán) y los serranos, cocidos al sol, se quitan la boina y levantan el puño cerrado al paso de la comitiva. Rodada en 1939, cuando las últimas esperanzas españolas adelgazaban rápidamente, Sierra de Teruel se estrenó en Francia en 1945, cuando las esperanzas de victoria mundial sobre el fascismo parecían mejor fundadas, y quizás por eso la película de Malraux recibió el título con el que desde entonces se la conoce, el mismo que la famosa novela que la inspiró, L’espoir, la esperanza, un nombre que, sesenta años después, sólo sirve para agravar la melancolía del que la contempla y la insatisfacción del que no se contenta.
He dicho muchas veces que lo que llamamos “transición democrática” en España es en realidad el paradójico y obsceno proceso en virtud del cual, tras un golpe de Estado fascista, una guerra civil que restó brutalmente un millón de vivos y una dictadura de cuarenta años –con sus cadáveres enterrados en las cunetas, sus desaparecidos, sus represaliados, sus miles de exiliados y torturados- los vencedores condescendieron por fin a perdonar a los vencidos, los verdugos se avinieron a ser generosos con sus víctimas. Por contraste con otras latitudes, donde las víctimas son obligadas a perdonar a los verdugos, el caso de España es particularmente ejemplar y quizás por eso se propone una y otra vez como artículo de exportación: los españoles aceptamos mansa y alborozadamente el perdón de Franco y su sucesores y, a cambio, se nos permitió tener la vida nocturna más alocada de Europa, hacer el cine más irreverente y comprar el mayor número de automóviles. No digo esto contra mí mismo y mis compatriotas –o no sólo- sino para iluminar la violencia terrible que los pueblos de España soportaron durante cuarenta años, una cifra que tiene algo al mismo tiempo simbólico y reglamentario. Durante cuarenta años vagaron los judíos por el desierto tras su salida de Egipto y el gran historiador árabe Ibn Jaldún, muerto a principios del siglo XV, atribuía esta concreta duración a una estrategia de Dios, el cual habría querido eliminar de esta forma la generación más vieja a fin de que en la tierra nueva entrase también un pueblo enteramente nuevo, liberado del recuerdo de la esclavitud. En España, de la misma manera pero al contrario, fueron necesarios cuarenta años de dictadura para que los sucesores de Franco gobernasen un pueblo enteramente nuevo que había olvidado –o aprendido a temer- la libertad. Hubo que matar a los viejitos de Teruel que acarreaban sus latas de aceite y enterrar a sus hijos valientes en las cunetas de los caminos y expulsar, encarcelar y aterrorizar a sus nietos para que finalmente, tras hacer de España un desierto, los sucesores de Franco pudiesen permitirse convocar elecciones, a sabiendas de que los españoles habían aprendido ya a votar correctamente; y legalizar incluso al Partido Comunista, con la certeza de que la pluralidad de partidos no iba a poner en peligro la soberanía natural del capitalismo y la gestión del imperialismo estadounidense.
Porque lo que no se explica en nuestras escuelas es que la “transición democrática” comenzó en España el 18 de julio de 1936, cinco meses después de la victoria electoral del Frente Popular, y que la guerra civil española no fue, como se dice, un “ensayo de la Segunda Guerra Mundial” sino más bien un episodio más, dificultado por la resistencia democrática de los pueblos, en la colosal e inescrupulosa obra ortopédica del capitalismo, en su minuciosa, versátil y finalmente sangrienta iniciativa pedagógica destinada a enseñar a votar juiciosamente; es decir, destinada a ajustar la voluntad de los ciudadanos a la reproducción automática de los grandes intereses económicos. Es comprensible, y desgraciadamente inevitable, que en un mundo en el que la Democracia invade países, bombardea ciudades y construye campos de concentración, el sistema mismo de elecciones nos parezca solamente una trampa concebida y fabricada por los poderosos. Pero olvidamos que el derecho al voto, extendido muy recientemente a las mujeres, fue una conquista popular duramente arrancada a los gobernantes; y que la democracia, incluso en su modelo representativo y sufragista, fue ganada en una lucha a muerte con un altísimo coste en vidas humanas; y que el capitalismo, como demuestra el helenista italiano Luciano Canfora, se limita a manejarla mediante una estrategia pedagógica que no excluye ningún método, según las circunstancias y los países: manipulación legal, propaganda, soborno y, llegado el caso, fascismo. Si de algo fue un “ensayo” la guerra civil española fue de las intervenciones estadounidenses en Latinoamérica a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, según un principio que ya he enunciado en otras ocasiones: cada treinta años se mata a casi todo el mundo y después se deja votar a los supervivientes. Cien años de levantamientos y revoluciones en Francia acabaron en 1871 con el establecimiento de una república democrática: los 30.000 fusilados de la Comuna de París constituyen el modelo “democratizador” que sesenta años más tarde dará al traste con la República española y que todavía hoy se sigue aplicando en muchas regiones del globo.
La “guerra civil” española, pues, no fue sino una manifestación más de esa “pedagogía del voto” capitalista que la recurrencia estadística ha acabado por asociar a América Latina. No está de más, por tanto, recordar algunos datos de todos conocidos.
En Argentina, entre 1976 y 1983, la dictadura militar produce 30,000 muertos y desaparecidos, como consecuencia del principio establecido en 1977 por el general de brigada Manuel Saint Jean, gobernador de Buenos Aires: “Primero vamos a matar a todos los subversivos, después a sus colaboradores; después a los simpatizantes; después a los indiferentes, y por último, a los tímidos”.
En Chile, entre 1973 y 1988, Pinochet hace desaparecer al menos a 3197 personas y tortura a más de 35.000. Los propósitos “pedagógicos” del dictador, y los límites de la democracia restaurada por él mismo, fueron explícitamente expresados en una famosa declaración en vísperas de las elecciones de 1989: “Estoy dispuesto a aceptar el resultado de las elecciones, con tal de que no gane ninguna opción de izquierdas”.
En El Salvador, entre 1980 y 1991, la guerra civil ocasiona 75.000 muertos y desaparecidos.
Al régimen del general Strossner, que zapateó Paraguay entre 1954 y 1989, se le imputan alrededor de 11 mil desaparecidos y asesinados, además de centenares de presos políticos y exilios forzados.
Según el informe de la Comisión por la Verdad y la Reconciliación, entre 1980 y el año 2000 el balance en Perú es de 70.000 muertos y 4.000 desaparecidos. El general Luis Cisneros Vizquerra, presidente del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas declara en octubre de 1983: "Para que las Fuerzas policiales puedan tener éxito, tienen que comenzar a matar senderistas y no senderistas. Matan a 60 personas y a lo mejor entre ellos hay tres senderistas. Esta es la única forma de ganar a la subversión".
En Guatemala, entre 1960 y 1996 se registran 50.000 desaparecidos y 200.000 muertos, según la comisión de Esclarecimiento Histórico de 1999, que atribuye el 93% de las víctimas a los militares.
En Uruguay, entre Junio de 1973 a Febrero de 1985, uno de cada cinco ciudadanos pasó por las cárcel; uno de cada diez fue torturado; una quinta parte de la poblacion (unas 600.000 personas) se vio obligada a emigrar, cientos desaparecieron; otros sencillamente fueron asesinados.
En Haití, bajo la dinastía de los Duvalier entre 1957 y 1986, son asesinadas más de 200.000 personas, a las que hay que añadir las miles de víctimas del golpe de Estado de Raoul Cedras contra Aristide y las que se han producido en los dos últimos años tras el nuevo derrocamiento violento del presidente electo y antes de la victoria electoral de René Preval.
En Nicaragua, la dictadura de los Somoza produce al menos 50.000 muertos, a los que hay que sumar otras 38.000 víctimas mortales como consecuencia de la guerra de baja intensidad sostenida en la década de los 80, con el apoyo y financiamiento estadounidense, contra el gobierno democrático sandinista.
El caso de Colombia adquiere dimensiones casi dantescas. La magnitud del exterminio es tal que no hay cifras totales, ni siquiera aproximadas, para los últimos 40 años de “pedagogía del voto” capitalista. A partir de los años 80 se calcula en torno a los 20.000 muertos todos los años, 4.000 de ellos relacionados con la violencia política (lo que, extrapolando abusivamente los datos, daría un cómputo global de unos 200.000 muertos desde 1965). Sólo en los últimos años, las Asociaciones de Familiares Desaparecidos han denunciado 7.000 desapariciones; el número de desplazados internos en los últimos 20 años es de 3.500.000. Colombia registra el único caso conocido de un verdadero y sistemático “genocidio” político ejecutado contra una fuerza legal, la Unión Patriótica, 5.000 de cuyos miembros –diputados, senadores, afiliados- fueron asesinados en 10 años, haciendo ciertas las declaraciones de un miembro del ELN, según el cual en Colombia “es mucho más peligroso hacer política que luchar en la guerrilla”.
A los muertos de la “pedagogía del voto” capitalista en los países mencionados, habría que añadir las miles de víctimas en la República Dominicana, Honduras, Brasil, México, Bolivia o la propia Venezuela, ortopédicamente dirigida durante décadas por las dos tenazas del cangrejo adeco-copeyano y cuyo último episodio sangriento fue el llamado “caracazo” de 1989 con sus entre 400 y 2000 civiles asesinados, según las fuentes.
La “pedagogía del voto” capitalista, con sus millones de muertos, ha pretendido que los latinoamericanos supervivientes acudiesen a las urnas, cuando eso se les ha permitido, bajo la amenaza oligárquica de esta alternativa terrible: el voto o la vida. Pero precisamente Venezuela ha demostrado que se puede votar libremente y, del mismo modo que el miedo es contagioso, también lo es la audacia. Los latinoamericanos, a pesar de los muertos, los torturados y los desaparecidos, a pesar del desierto inducido en el que sólo crecen el olvido y el terror, ha perdido el miedo a votar incorrectamente. Es decir, democráticamente. La nueva democracia latinoamericana, como nos lo recuerdan las jornadas de abril del 2002 en Venezuela, expone a un peligro adicional a sus pueblos: cuanto más incorrectamente voten más recurrirán los EEUU (y sus aliados europeos) a “pedagogías” clásicas y extremas. Cuanto más aislados estén sus pueblos, más tentados se sentirán los EEUU (y sus aliados europeos) de recurrir a la violencia “educativa”. Por eso la defensa de Venezuela debe ser epidémica; es decir, bolivariana; es decir, depende del contagio irresistible de la audacia –que ya se anuncia- al mayor número de países, de manera que, como quería Bolívar, una vasta confederación latinoamericana sea capaz, mediante ALBAS o auroras, de disuadir de momento (a la espera del despertar de su propio pueblo) al imperialismo estadounidense y a las fuerzas que lo apoyan.
Pero la “pedagogía del voto” capitalista, con sus horribles cifras de cadáveres, debe ser evocada también a favor de Cuba, obstinada anomalía que se sustrajo al siniestro balance de “la educación para el capitalismo”. El pueblo de Cuba se autodeterminó mediante una revolución armada y desde entonces se ha defendido sola, con las dificultades y deformaciones que de un milagro semejante se derivan. En comparación con lo que ha sido la situación del resto de Latinoamérica, podemos no tener en cuenta, si despreciamos la humanidad, las vidas que ha salvado la revolución gracias a su medicina pública, la eliminación de la desnutrición o la desaparición de la marginalidad y la violencia mafiosa –por citar apenas tres factores de letal eficacia en todo el mundo. De hecho, estos logros inapreciables son habitualmente silenciados o menospreciados, desde los medios de comunicación, por los que consideran que el riesgo (para los otros) es inseparable de la (propia) libertad; y que más vale que se mueran de hambre (o de gripe o baleados) los demás a morir uno mismo de aburrimiento. Pero lo que no se puede de ninguna manera menospreciar, y sin embargo nunca lo mencionamos, ni siquiera desde la izquierda, es que la revolución cubana, durante más de cuarenta años, ha mantenido al pueblo cubano protegido de la “pedagogía del voto” capitalista que ha devastado, con la regularidad de una marea y la precisión de un esquema, uno por uno y todos a la vez, todos los países de América Latina. Si nos atenemos a los datos citados y hacemos una media ajustada hacia abajo, podemos concluir muy prudentemente que, cuarenta años después, la revolución cubana ha salvado por lo menos a 30.000 personas de morir brutalmente asesinadas. En este mismo período, digámoslo así, en Cuba no sólo se ha vivido mejor que en el resto de Latinoamérica sino que han vivido muchas más personas, todos esos miles de ciudadanos que habrían sido torturados y asesinados por ejércitos, paramilitares, escuadrones de la muerte, dictadores y demócratas afascistados a fin de que los supervivientes votasen al candidato de los EEUU en las intermitencias electorales. Cuba se ha ahorrado 30.000 muertos y sólo por esto valdría la pena apoyarse en su revolución y seguir su ejemplo; y porque este incalculable ahorro de violencia y de cadáveres, después de cuarenta años, ha constituido para los cubanos una verdadera pedagogía cotidiana que, después de cuarenta años y con un resultado exactamente contrario al de España, ha fecundado un pueblo nuevo liberado de la esclavitud mental y material. Por eso Cuba es, al mismo tiempo, fuerte e ingenua; por eso Cuba no ha cedido y difícilmente cederá. Fidel Castro advertía recientemente sobre los peligros de un fracaso endógeno de la revolución; pero entre la reversibilidad desde dentro de la revolución cubana y la irreversibilidad desde dentro del capitalismo español, la diferencia sigue siendo enorme y es la diferencia de dos pedagogías y dos pueblos diferentes, productos respectivamente de una victoria y una derrota: la victoria de la Cuba socialista, con sus límites y sus deformaciones, y la derrota de la España republicana, con sus viejitos firmes, sus campesinos valientes y sus intelectuales despiertos enterrados en las cunetas.
Prólogo de "Comprender Venezuela, pensar la democracia. El colapso moral de los intelectuales occidentales".
He dicho muchas veces que lo que llamamos “transición democrática” en España es en realidad el paradójico y obsceno proceso en virtud del cual, tras un golpe de Estado fascista, una guerra civil que restó brutalmente un millón de vivos y una dictadura de cuarenta años –con sus cadáveres enterrados en las cunetas, sus desaparecidos, sus represaliados, sus miles de exiliados y torturados- los vencedores condescendieron por fin a perdonar a los vencidos, los verdugos se avinieron a ser generosos con sus víctimas. Por contraste con otras latitudes, donde las víctimas son obligadas a perdonar a los verdugos, el caso de España es particularmente ejemplar y quizás por eso se propone una y otra vez como artículo de exportación: los españoles aceptamos mansa y alborozadamente el perdón de Franco y su sucesores y, a cambio, se nos permitió tener la vida nocturna más alocada de Europa, hacer el cine más irreverente y comprar el mayor número de automóviles. No digo esto contra mí mismo y mis compatriotas –o no sólo- sino para iluminar la violencia terrible que los pueblos de España soportaron durante cuarenta años, una cifra que tiene algo al mismo tiempo simbólico y reglamentario. Durante cuarenta años vagaron los judíos por el desierto tras su salida de Egipto y el gran historiador árabe Ibn Jaldún, muerto a principios del siglo XV, atribuía esta concreta duración a una estrategia de Dios, el cual habría querido eliminar de esta forma la generación más vieja a fin de que en la tierra nueva entrase también un pueblo enteramente nuevo, liberado del recuerdo de la esclavitud. En España, de la misma manera pero al contrario, fueron necesarios cuarenta años de dictadura para que los sucesores de Franco gobernasen un pueblo enteramente nuevo que había olvidado –o aprendido a temer- la libertad. Hubo que matar a los viejitos de Teruel que acarreaban sus latas de aceite y enterrar a sus hijos valientes en las cunetas de los caminos y expulsar, encarcelar y aterrorizar a sus nietos para que finalmente, tras hacer de España un desierto, los sucesores de Franco pudiesen permitirse convocar elecciones, a sabiendas de que los españoles habían aprendido ya a votar correctamente; y legalizar incluso al Partido Comunista, con la certeza de que la pluralidad de partidos no iba a poner en peligro la soberanía natural del capitalismo y la gestión del imperialismo estadounidense.
Porque lo que no se explica en nuestras escuelas es que la “transición democrática” comenzó en España el 18 de julio de 1936, cinco meses después de la victoria electoral del Frente Popular, y que la guerra civil española no fue, como se dice, un “ensayo de la Segunda Guerra Mundial” sino más bien un episodio más, dificultado por la resistencia democrática de los pueblos, en la colosal e inescrupulosa obra ortopédica del capitalismo, en su minuciosa, versátil y finalmente sangrienta iniciativa pedagógica destinada a enseñar a votar juiciosamente; es decir, destinada a ajustar la voluntad de los ciudadanos a la reproducción automática de los grandes intereses económicos. Es comprensible, y desgraciadamente inevitable, que en un mundo en el que la Democracia invade países, bombardea ciudades y construye campos de concentración, el sistema mismo de elecciones nos parezca solamente una trampa concebida y fabricada por los poderosos. Pero olvidamos que el derecho al voto, extendido muy recientemente a las mujeres, fue una conquista popular duramente arrancada a los gobernantes; y que la democracia, incluso en su modelo representativo y sufragista, fue ganada en una lucha a muerte con un altísimo coste en vidas humanas; y que el capitalismo, como demuestra el helenista italiano Luciano Canfora, se limita a manejarla mediante una estrategia pedagógica que no excluye ningún método, según las circunstancias y los países: manipulación legal, propaganda, soborno y, llegado el caso, fascismo. Si de algo fue un “ensayo” la guerra civil española fue de las intervenciones estadounidenses en Latinoamérica a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, según un principio que ya he enunciado en otras ocasiones: cada treinta años se mata a casi todo el mundo y después se deja votar a los supervivientes. Cien años de levantamientos y revoluciones en Francia acabaron en 1871 con el establecimiento de una república democrática: los 30.000 fusilados de la Comuna de París constituyen el modelo “democratizador” que sesenta años más tarde dará al traste con la República española y que todavía hoy se sigue aplicando en muchas regiones del globo.
La “guerra civil” española, pues, no fue sino una manifestación más de esa “pedagogía del voto” capitalista que la recurrencia estadística ha acabado por asociar a América Latina. No está de más, por tanto, recordar algunos datos de todos conocidos.
En Argentina, entre 1976 y 1983, la dictadura militar produce 30,000 muertos y desaparecidos, como consecuencia del principio establecido en 1977 por el general de brigada Manuel Saint Jean, gobernador de Buenos Aires: “Primero vamos a matar a todos los subversivos, después a sus colaboradores; después a los simpatizantes; después a los indiferentes, y por último, a los tímidos”.
En Chile, entre 1973 y 1988, Pinochet hace desaparecer al menos a 3197 personas y tortura a más de 35.000. Los propósitos “pedagógicos” del dictador, y los límites de la democracia restaurada por él mismo, fueron explícitamente expresados en una famosa declaración en vísperas de las elecciones de 1989: “Estoy dispuesto a aceptar el resultado de las elecciones, con tal de que no gane ninguna opción de izquierdas”.
En El Salvador, entre 1980 y 1991, la guerra civil ocasiona 75.000 muertos y desaparecidos.
Al régimen del general Strossner, que zapateó Paraguay entre 1954 y 1989, se le imputan alrededor de 11 mil desaparecidos y asesinados, además de centenares de presos políticos y exilios forzados.
Según el informe de la Comisión por la Verdad y la Reconciliación, entre 1980 y el año 2000 el balance en Perú es de 70.000 muertos y 4.000 desaparecidos. El general Luis Cisneros Vizquerra, presidente del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas declara en octubre de 1983: "Para que las Fuerzas policiales puedan tener éxito, tienen que comenzar a matar senderistas y no senderistas. Matan a 60 personas y a lo mejor entre ellos hay tres senderistas. Esta es la única forma de ganar a la subversión".
En Guatemala, entre 1960 y 1996 se registran 50.000 desaparecidos y 200.000 muertos, según la comisión de Esclarecimiento Histórico de 1999, que atribuye el 93% de las víctimas a los militares.
En Uruguay, entre Junio de 1973 a Febrero de 1985, uno de cada cinco ciudadanos pasó por las cárcel; uno de cada diez fue torturado; una quinta parte de la poblacion (unas 600.000 personas) se vio obligada a emigrar, cientos desaparecieron; otros sencillamente fueron asesinados.
En Haití, bajo la dinastía de los Duvalier entre 1957 y 1986, son asesinadas más de 200.000 personas, a las que hay que añadir las miles de víctimas del golpe de Estado de Raoul Cedras contra Aristide y las que se han producido en los dos últimos años tras el nuevo derrocamiento violento del presidente electo y antes de la victoria electoral de René Preval.
En Nicaragua, la dictadura de los Somoza produce al menos 50.000 muertos, a los que hay que sumar otras 38.000 víctimas mortales como consecuencia de la guerra de baja intensidad sostenida en la década de los 80, con el apoyo y financiamiento estadounidense, contra el gobierno democrático sandinista.
El caso de Colombia adquiere dimensiones casi dantescas. La magnitud del exterminio es tal que no hay cifras totales, ni siquiera aproximadas, para los últimos 40 años de “pedagogía del voto” capitalista. A partir de los años 80 se calcula en torno a los 20.000 muertos todos los años, 4.000 de ellos relacionados con la violencia política (lo que, extrapolando abusivamente los datos, daría un cómputo global de unos 200.000 muertos desde 1965). Sólo en los últimos años, las Asociaciones de Familiares Desaparecidos han denunciado 7.000 desapariciones; el número de desplazados internos en los últimos 20 años es de 3.500.000. Colombia registra el único caso conocido de un verdadero y sistemático “genocidio” político ejecutado contra una fuerza legal, la Unión Patriótica, 5.000 de cuyos miembros –diputados, senadores, afiliados- fueron asesinados en 10 años, haciendo ciertas las declaraciones de un miembro del ELN, según el cual en Colombia “es mucho más peligroso hacer política que luchar en la guerrilla”.
A los muertos de la “pedagogía del voto” capitalista en los países mencionados, habría que añadir las miles de víctimas en la República Dominicana, Honduras, Brasil, México, Bolivia o la propia Venezuela, ortopédicamente dirigida durante décadas por las dos tenazas del cangrejo adeco-copeyano y cuyo último episodio sangriento fue el llamado “caracazo” de 1989 con sus entre 400 y 2000 civiles asesinados, según las fuentes.
La “pedagogía del voto” capitalista, con sus millones de muertos, ha pretendido que los latinoamericanos supervivientes acudiesen a las urnas, cuando eso se les ha permitido, bajo la amenaza oligárquica de esta alternativa terrible: el voto o la vida. Pero precisamente Venezuela ha demostrado que se puede votar libremente y, del mismo modo que el miedo es contagioso, también lo es la audacia. Los latinoamericanos, a pesar de los muertos, los torturados y los desaparecidos, a pesar del desierto inducido en el que sólo crecen el olvido y el terror, ha perdido el miedo a votar incorrectamente. Es decir, democráticamente. La nueva democracia latinoamericana, como nos lo recuerdan las jornadas de abril del 2002 en Venezuela, expone a un peligro adicional a sus pueblos: cuanto más incorrectamente voten más recurrirán los EEUU (y sus aliados europeos) a “pedagogías” clásicas y extremas. Cuanto más aislados estén sus pueblos, más tentados se sentirán los EEUU (y sus aliados europeos) de recurrir a la violencia “educativa”. Por eso la defensa de Venezuela debe ser epidémica; es decir, bolivariana; es decir, depende del contagio irresistible de la audacia –que ya se anuncia- al mayor número de países, de manera que, como quería Bolívar, una vasta confederación latinoamericana sea capaz, mediante ALBAS o auroras, de disuadir de momento (a la espera del despertar de su propio pueblo) al imperialismo estadounidense y a las fuerzas que lo apoyan.
Pero la “pedagogía del voto” capitalista, con sus horribles cifras de cadáveres, debe ser evocada también a favor de Cuba, obstinada anomalía que se sustrajo al siniestro balance de “la educación para el capitalismo”. El pueblo de Cuba se autodeterminó mediante una revolución armada y desde entonces se ha defendido sola, con las dificultades y deformaciones que de un milagro semejante se derivan. En comparación con lo que ha sido la situación del resto de Latinoamérica, podemos no tener en cuenta, si despreciamos la humanidad, las vidas que ha salvado la revolución gracias a su medicina pública, la eliminación de la desnutrición o la desaparición de la marginalidad y la violencia mafiosa –por citar apenas tres factores de letal eficacia en todo el mundo. De hecho, estos logros inapreciables son habitualmente silenciados o menospreciados, desde los medios de comunicación, por los que consideran que el riesgo (para los otros) es inseparable de la (propia) libertad; y que más vale que se mueran de hambre (o de gripe o baleados) los demás a morir uno mismo de aburrimiento. Pero lo que no se puede de ninguna manera menospreciar, y sin embargo nunca lo mencionamos, ni siquiera desde la izquierda, es que la revolución cubana, durante más de cuarenta años, ha mantenido al pueblo cubano protegido de la “pedagogía del voto” capitalista que ha devastado, con la regularidad de una marea y la precisión de un esquema, uno por uno y todos a la vez, todos los países de América Latina. Si nos atenemos a los datos citados y hacemos una media ajustada hacia abajo, podemos concluir muy prudentemente que, cuarenta años después, la revolución cubana ha salvado por lo menos a 30.000 personas de morir brutalmente asesinadas. En este mismo período, digámoslo así, en Cuba no sólo se ha vivido mejor que en el resto de Latinoamérica sino que han vivido muchas más personas, todos esos miles de ciudadanos que habrían sido torturados y asesinados por ejércitos, paramilitares, escuadrones de la muerte, dictadores y demócratas afascistados a fin de que los supervivientes votasen al candidato de los EEUU en las intermitencias electorales. Cuba se ha ahorrado 30.000 muertos y sólo por esto valdría la pena apoyarse en su revolución y seguir su ejemplo; y porque este incalculable ahorro de violencia y de cadáveres, después de cuarenta años, ha constituido para los cubanos una verdadera pedagogía cotidiana que, después de cuarenta años y con un resultado exactamente contrario al de España, ha fecundado un pueblo nuevo liberado de la esclavitud mental y material. Por eso Cuba es, al mismo tiempo, fuerte e ingenua; por eso Cuba no ha cedido y difícilmente cederá. Fidel Castro advertía recientemente sobre los peligros de un fracaso endógeno de la revolución; pero entre la reversibilidad desde dentro de la revolución cubana y la irreversibilidad desde dentro del capitalismo español, la diferencia sigue siendo enorme y es la diferencia de dos pedagogías y dos pueblos diferentes, productos respectivamente de una victoria y una derrota: la victoria de la Cuba socialista, con sus límites y sus deformaciones, y la derrota de la España republicana, con sus viejitos firmes, sus campesinos valientes y sus intelectuales despiertos enterrados en las cunetas.
Prólogo de "Comprender Venezuela, pensar la democracia. El colapso moral de los intelectuales occidentales".
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)