miércoles, 2 de junio de 2010

Desigualdad y violencia en América Latina

Desigualdad y violencia son dos términos muy utilizados en el lenguaje común de hoy. Pero más allá de limitarse a analizar uno o varios casos concretos para tratar de hallar una relación entre ambos conceptos, en este artículo lo que propongo es una reflexión distanciada y crítica acerca del estado de la cuestión en general, para toda América Latina, por lo que el grado de abstracción es alto.

Tanto la percepción como el estudio de la violencia se encuentran hoy limitados por un falso sentido de urgencia que inevitablemente nos impulsa a tratar de actuar sin llegar a comprenderla enteramente (Zizek, 2009). Medidas como la prohibición de videojuegos violentos en Venezuela son un claro ejemplo: los altos índices de criminalidad (atracos, asesinatos, violaciones…) empujan a un gobierno a tomar medidas de carácter político-electoral que nos introducen en debates absurdos cuyo efecto final (aunque no sea intencionado) es el de impedirnos pensar. El papel que se les otorga a las víctimas escogidas por los gobiernos y medios de comunicación, la empatía que se trata de generar hacia ellas, cumple la misma función de señuelo. El propio sentimiento de rechazo que suscita un acto violento nos obliga a distanciarnos para poder reflexionar de forma científica, productiva y crítica. Este necesario distanciamiento permite a sí mismo mantener una postura “políticamente incorrecta” que nos ayude a escapar del discurso liberal-progresista de condena a la violencia sin más.

Por otra parte, este artículo pretende apartarse también de la falsa actitud tolerante que forma parte del pensamiento hegemónico, aquella que procura naturalizar la desigualdad política y económica convirtiéndola en diferencias culturales de tal modo que queden neutralizadas como algo dado, imposible de ser combatido o superado (Zizek, 2007). La tolerancia y el multiculturalismo liberales aspiran a una culturización de la política que convierta en invisibles y deje intactas las condiciones que generan la desigualdad y la violencia más visibles.


LA DESIGUALDAD…:

La desigualdad es un hecho social muy complejo que expresa la existencia de diferencias en las posibilidades de desarrollo, tanto individual como colectivo, consecuencia de la interrelación de diferentes factores. Las barreras que impiden la igualdad son de diferente naturaleza, por lo que nunca podrá analizarse la inequidad a través de un solo indicador. No puede reducirse, en consecuencia, a una simple cuestión de diferencia de ingresos, aunque desde luego este es uno de los condicionantes más importantes. Otros factores destacables en la construcción de la desigualdad son: la alta vulnerabilidad de determinados grupos sociales (por cuestiones de pertenencia a una etnia, género, edad…), el desigual acceso a la educación y la sanidad (que determina no sólo el desarrollo social del individuo, sino también el físico) y la segregación socio-espacial (entre regiones, zonas urbanas y rurales, dentro de las propias urbes…) (Fernández, 2007). Habría que añadir como característica intrínseca de la desigualdad que se reproduce a sí misma y se transmite de generación en generación, creando un círculo vicioso del que cuesta escapar.

No se puede explicar la equidad o inequidad social como estructura de oportunidades de desarrollo sin referirse a las clases sociales y a la estratificación social. La noción de clase social supone que existen grupos sociales perdurables, caracterizados por un acceso diferencial al poder y a las posibilidades de vida, para los cuales la acción colectiva está en gran medida determinada por intereses que a su vez están influidos por las posiciones que ocupan los miembros del grupo dentro de la estructura social. Estos intereses trascienden lo puramente subjetivo, van más allá de los intereses privados de los sujetos, de tal forma que la acción colectiva que conducen no desaparece por el hecho de que se satisfagan los intereses particulares de los miembros del grupo (Atria, 2004). Las clases sociales se reproducen (más que como herencia, como transferencia) y crean organizaciones de clase a través de las cuales manifiestan su presencia en la sociedad. El hecho de que se excluya el concepto “clase social” de la mayoría de publicaciones oficiales de organizaciones como la OIT o la CEPAL es sintomático del sesgo ideológico que ocupa estos estudios: dado el origen marxista del término y su consiguiente alusión a nociones como conflicto, privilegio o explotación, tiende a ser excluido como herramienta analítica, lo que necesariamente implica pasar por alto aspectos muy relevantes de la dinámica social contemporánea (Portes y Hoffman, 2003).

En América Latina y el Caribe se han producido profundos cambios en las últimas décadas, tanto a nivel político como a nivel económico y a nivel social. Las transformaciones recientes de índole neoliberal no han supuesto ningún cambio cualitativo en cuanto a la superación de la desigualdad, más bien al contrario, en muchos países ha empeorado tanto la inequidad como la vulnerabilidad de amplias capas de la población hasta el punto de que la CEPAL considera que América Latina es la región más desigual del mundo. La incorporación segmentada de la población a la actividad económica, los elevados costes sociales (que sobre todo repercutieron en las clases históricamente más vulnerables) que exigieron los programas de ajuste y apertura y la ausencia de políticas públicas auténticamente redistributivas, demasiado centradas en colectivos o grupos sociales concretos o imbuidas de un carácter paternalista, fueron algunos de los fenómenos que agravaron la polarización social, es decir, “la segmentación de la sociedad en grupos sociales con posibilidades dispares de desarrollo social, que se reproducen en círculos viciosos, profundizando la brecha social […] impidiendo el desarrollo social y equitativo” (Fernández, 2007). La desigualdad actual, por tanto, no sólo implica que persisten los fenómenos de la pobreza, la marginalidad, la exclusión…, sino que además constituye un factor inhibidor del crecimiento económico y también repercute de forma muy negativa en los niveles de legitimidad del régimen o del Estado que la sufre/promueve: las desigualdades extremas inciden de forma directa en las capacidades del ser humano y el hecho de que se reproduzcan de una generación a otra viola hasta los principios básicos de justicia social del liberalismo (Paramio, 1994).

Uno de los grandes problemas de América Latina es que los periodos de crecimiento económico no han significado una reducción de la inequidad, al contrario, los estudios de organizaciones internacionales como la CEPAL o el Banco Mundial parecen confirmar que crecimiento económico y desigualdad se han reforzado mutuamente. Por otra parte, los escasos avances logrados a lo largo de la historia en el campo social han sido rápidamente suprimidos durante las épocas de crisis: lo que costó décadas construir es inmediatamente disuelto cuando la coyuntura económica es desfavorable. En 2005, el 20% de la población más rica de América Latina obtiene más del 75% de la riqueza, mientras que el 20% más pobre se reparte tan solo el 1,5% (PNUD, 2005). Cabe destacar que el 75% de la población empleada no genera ingresos suficientes con su trabajo para escapar del umbral de pobreza, mientras que un alto porcentaje de la población que supera este umbral se encuentra en una situación de vulnerabilidad extrema, es decir, es mucho más probable que desciendan en la escala social a que se mantengan o asciendan. Pese a que no existe una relación lineal entre desigualdad y niveles de ingreso, se puede observar que la tendencia general de la región consiste en que a una distribución más desigual del ingreso, le corresponde un mayor índice de pobreza (que no obstante también se trata de un fenómeno social multidimensional, caracterizado por la privación de las capacidades para satisfacer las necesidades básicas).

El acceso desigual a educación, uno de los factores clave en la reproducción de la inequidad, significa que determinados segmentos sociales ven bloqueado el principal vehículo de movilidad e inclusión social del que disponen los más desfavorecidos. En 2005, sólo un 20% de los jóvenes cuyos padres no lograron terminar la educación primaria lograron terminar la secundaria (un 60% en el caso de aquellos cuyos padres cursaron 10 o más años de estudios) (CEPAL, 2005). Se trata de un hecho alarmante, aún más en tanto ya no se puede confiar en ninguno de los tres factores que Figueira señala como tradicionales vehículos de la movilidad social ascendente: ni en una futura expansión de la economía nacional que pueda elevar el nivel de vida a toda una clase social; ni en la diferencia de fecundidad entre los estratos sociales más altos (baja fecundidad) y los más bajos (alta fecundidad), que teóricamente permitiría a algunos individuos ascender socialmente; ni si quiera en que el desplazamiento (campo-ciudad, por ejemplo) vaya a permitir encontrar mejores oportunidades (Figueira, 2001). Los otros factores que dicho autor añade, como las políticas de los distintos gobiernos y el capital social, si bien han supuesto una mejoría en las condiciones de vida de determinados grupos sociales, en especial las clases medias, no han sido rival ante el avance triunfal del capital y por tanto han fracasado a la hora de tratar de reducir las desigualdades.

La pertenencia étnica o la cuestión de género se entrelazan con los distintos niveles de ingreso y el acceso desigual a la educación, reproduciendo construcciones sociales que ya en su origen fueron formuladas en base a criterios de desigualdad social. Aunque en algunos casos se trate de distinciones realizadas hace siglos, el capitalismo ha sabido utilizar (y en muchos casos agravar) estas construcciones jerárquicas sociales, de modo que las desigualdades en base a la etnia o el género son perfectamente constatables en la variable del mercado de trabajo, por ejemplo. En este ámbito destacan los altos porcentajes de indígenas y afro-descendientes que ocupan los estratos socio-económicos inferiores y sufren una alta concentración en empleos precarios y situados en el sector informal de la economía, es decir, sin ningún tipo de derecho ni prestación social (aunque cabe destacar que el sector informal ocupa a la mayor parte de los empleados en Latinoamérica, independientemente de la etnia); o el hecho de que las mujeres en general ostenten los niveles más bajos de remuneración salarial y cobren menos que los hombres por realizar el mismo trabajo o más (los datos varían de un país a otro, pero esta es la tónica general).

La desigualdad socio-espacial interactúa con los otros elementos (como ya he dicho estos se suman, se relacionan, no se excluyen mutuamente), generando enormes diferencias entre distintas regiones de un mismo país (por ejemplo diferencias entre la costa y el interior, como en Argentina), entre el campo y la ciudad (normalmente son dos o tres ciudades principales en cada país, que atraen casi todo el volumen de inversiones, generación de nuevos empleos…) y entre zonas dentro de una misma ciudad (como ocurre con las barriadas marginales y bolsas de pobreza en ciudades como Caracas o Buenos Aires).


…Y LA VIOLENCIA:

Si entendemos que la violencia son actos visibles de crimen, terror, disturbios…, podemos afirmar que el problema de los altos niveles de violencia no es nuevo en América Latina, especialmente en algunos países como Colombia y El Salvador, envueltos desde hace décadas en crueles luchas intestinas. Pero también podemos afirmar que desde la década de 1980 (en gran medida debido a las reformas neoliberales) la contracción del empleo formal y el aumento de la desigualdad han agravado la situación: el nuevo régimen de “mercado de todos contra todos” ha empujado a miembros de las clases más perjudicadas a buscar justicia fuera del marco normativo, trayendo como consecuencia un aumento de la inseguridad y de la criminalidad (véase el caso de El Salvador, donde muere más gente de forma violenta cada año que durante la época de guerra civil entre ejército y guerrilla). La situación es tal que llega a afectar a la tasa de mortalidad general, especialmente en las grandes urbes, donde coexisten los beneficiados por la apertura neoliberal y los damnificados, invisibles para el sistema pese a que constituyan la mayoría de la población (lo que nos lleva a hablar también de la privación relativa como una posible causa del aumento de la violencia): en 2002 aproximadamente un 38% de los hogares de América Latina cuenta con al menos un miembro de la familia que ha sufrido la victimización de la violencia (Portes y Hoffman, 2003, p. 32).

Como ocurre con la pobreza, no existe una relación lineal entre desigualdad del ingreso y tasas de criminalidad violenta, aunque la tendencia general es que a mayor desigualdad, mayores índices de criminalidad violenta. Sin embargo, es necesario distanciarse de esa violencia “subjetiva” (Zizek, 2009, p. 9) que nos fascina y repugna al mismo tiempo (el navajazo en el callejón, el asesinato en comisaría, el atraco al banco, la quema del cajero automático…) para poder percibir y comprender las condiciones que generan estos arrebatos violentos. La criminalidad (violencia subjetiva) no es otra cosa que la cara visible de otras dos formas de violencia: la simbólica (referida al lenguaje, a la colonización del ser a través del saber, y también a la imposición de un universo de sentido) y la violencia sistémica (la que se deriva del funcionamiento de los sistemas político y económico, objetiva y anónima en tanto no se puede atribuir a individuos concretos) (Zizek, 2009).

Mientras que la violencia subjetiva se percibe como una alteración del estado normal de las cosas (pacífico), la violencia objetiva es precisamente la que sostiene esa supuesta normalidad no violenta, por lo que resulta invisible. Es la violencia inherente a las condiciones sociales impuestas por el capitalismo, aquellas que generan automáticamente individuos desechables (sacrificios necesarios para que el sistema siga funcionando), víctimas invisibles. A la hora de señalar responsables, resulta muy sencillo centrarse en el individuo que actúa mal y comete un acto de violencia subjetiva, pero no ocurre así con la violencia sistémica: la desigualdad, el hambre, la miseria…, parece que todo ocurriera debido a un proceso natural que nadie planea ni ejecuta.

Podemos considerar, por tanto, la desigualdad como una forma de violencia objetiva que hoy es impulsada y generada por el proceso de globalización, es decir, por el proceso de expansión capitalista. La criminalidad, los disturbios callejeros… que genera dicha desigualdad serían algunas de las formas subjetivas que cobra la violencia objetiva. Es decir, resulta un tanto ingenuo asumir que la criminalidad, por ejemplo, es resultado de una elección, como insinúan Portes y Hoffman (Portes y Hoffman, 2003, p. 31). Tampoco los saqueos y actos destructivos pueden considerarse como tales. Pongamos por caso el famoso “Caracazo” que tuvo lugar en 1989 en Venezuela (un ejemplo entre muchos de sucesos parecidos que han tenido lugar por toda Latinoamérica), donde miles de pobres y excluidos que vivían en las barriadas pobres que colman los cerros de Caracas invadieron la parte rica de la ciudad en un esfuerzo por hacerse visibles. El hecho de que la opción de las masas se situase entre aceptar las prohibiciones y limitaciones del programa de ajuste neoliberal que intentaba implantar Carlos Andrés Pérez o cometer un acto violento, ciego y desesperado (incluso poner muertos sobre la mesa) para tratar de forzar un “consenso democrático” que les facilitase su integración política y económica, indica claramente que no existe una verdadera sociedad basada en la libre elección. Lo que nos encontramos es un sistema objetivamente violento que obliga a realizar acciones subjetivamente violentas para reclamar cierta justicia social. La libre elección resulta ser, por tanto, un gesto formal de consentimiento respecto a la opresión y explotación: la elección es libre mientras se escoja la opción adecuada.

Otros sucesos, como el feminicidio que ha tenido lugar y tiene lugar en Ciudad Juárez (uno de los casos más famosos, pero lamentablemente no el único y ni si quiera el peor), dan cuenta de la desarticulación de la sociedad y la creciente desigualdad. “El monopolio de las creencias y el monopolio del poder político y el monopolio del poder económico y el monopolio de la conducta admisible se integran en un haz de voluntades tiránicas. Se margina a mayorías y minorías y se considera natural o normal su destino atroz” (Monsiváis, 2009). Son cerca de mil ya las jóvenes (oficialmente) asesinadas desde 1993, la mayor parte de ellas trabajadoras de las maquilas, mujeres pobres. El miedo al que es sometida la mujer en Ciudad Juárez garantiza su invisibilidad social, impide e impugna el supuesto desarrollo económico, por no hablar de la democracia capitalista. Sin embargo, todo esto sigue sin reconocerse, o solo se admite después de tremendas presiones, lo cual no implica que se esté haciendo nada para solventarlo: más bien al contrario, se utilizan sucesos como estos para transmitir el miedo, convirtiendo al terror en el principal agente movilizador de la sociedad. En otras palabras: casos llamativos de violencia subjetiva como el feminicidio de Ciudad Juárez (junto con el miedo y la repugnancia que suscita) son utilizados para ocultar y asegurar el funcionamiento de la violencia objetiva, sistémica, inseparable del desarrollo del capitalismo.

Pese a que este tipo de ejemplos nos incita a hacerlo, reducir la violencia a algo “malo” no deja de ser operación ideológica destinada a procurar la invisibilización de las formas fundamentales de violencia social, así como sus causas últimas (Zizek, 2009). Además del hecho de ignorar intencionadamente que puede existir una violencia emancipadora (pongamos por caso, las guerras de independencia o la violencia revolucionaria), cuando un liberal tolerante condena toda forma de violencia subjetiva, parece que en realidad lo que quiere decir es que resulta más beneficioso dejársela a la mano invisible del mercado. En ese sentido, la progresiva privatización de la solidaridad, del Estado, de la seguridad y hasta de la propia guerra, constituyen síntomas evidentes del camino que se está tomando.

De esta forma, aquellos que generan las mayores desigualdades, que ejercen los mayores niveles de violencia objetiva (de forma directa) así como subjetiva (de forma indirecta), como el recientemente galardonado con el título de individuo más rico del mundo, el mexicano Carlos Slim, se convierten por obra y gracia del mercado en los mayores filántropos de la historia: personajes como Slim o Bill Gates son dos de las personas que más dinero han donado contra el hambre, ciertas enfermedades, a organizaciones no lucrativas… Pero para dar, primero hay que tomar (o “crear”, según los más optimistas). Con la caridad, además de posponer la propia crisis capitalista restableciendo cierto equilibrio en la distribución de la riqueza, se teje una máscara que oculta la persecución despiadada del beneficio personal. El nuevo argumento para mantener y reproducir la desigualdad y el resto de formas que cobra la violencia objetiva o sistémica parece ser la propia desigualdad: en la medida que los ricos sean más ricos (y por lo tanto los pobres más pobres), tendrán más recursos para, de forma individual y privada, ayudar a cambiar el mundo.


REFERENCIAS:

- Atria, R. (2004). Estructura ocupacional, estructura social y clases sociales. Santiago de Chile: CEPAL – Serie Políticas Sociales, Nº 96.

- Barbero, J. M. (1998). Modernidades y destiempos latinoamericanos. Bogotá: Revista Nómadas Nº 8, p. 20-34.

- Briceño-León, R. (2002). La nueva violencia urbana en América Latina. Porto Alegre: Dossiê Sociologías, Nº 8, p. 34-51.

- CEPAL (2005), Objetivos de Desarrollo del Milenio: una mirada desde América Latina y el Caribe. En la red: http://www.cinu.org.mx/ODM/Documentos/ObjetivosDesarrollo/lnforme%20cepal%202005.pdf

- Figueira, C. (2001). La actualidad de viejas temáticas: sobre los estudios de clase, estratificación y movilidad social en América Latina. Santiago de Chile: CEPAL – Serie Políticas Sociales, Nº 51.

- Fernández Franco, L. (2007). Sociología de América Latina. Madrid: CECAL-Universidad Complutense de Madrid.

- Monsiváis, C. (2009). México en 2009: la crisis, el narcotráfico, la derecha medieval, el retorno del PRI feudal, la nación globalizada. Gijón: Abaco, Revista de cultura y ciencias sociales, Nº 58.

- PNUD (2005), Informe de Desarrollo Humano. En la red: http://www.undp.org/annualreports/2005/espanol/

- Paramio, L. (1994), Gobernabilidad democrática, violencia y desigualdad en América Latina. Salamanca: América Latina Hoy, p. 15-19.

- Portes, A. y Hoffman, K. (2003), Las estructuras de clase en América Latina: composición y cambios durante la época neoliberal. Santiago de Chile: CEPAL – Serie Políticas Sociales, Nº 68.

- Zizek, S. (2007), En defensa de la intolerancia. Madrid: Sequitur.

- Zizek, S. (2009), Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales. Barcelona: Paidós.

miércoles, 26 de mayo de 2010

¿Quienes y por qué atacan a Cuba desde España? La fe de los conversos. (Pedro de la Hoz)

El lenguaje es cavernario y falaz. "Cuba —dicen— está soportando una feroz y dolorosa dictadura que mantiene al país en la miseria". El maniqueísmo panfletario se hace ostensible: "La elección está, sencillamente, entre democracia o totalitarismo". El fariseísmo salta a la vista: "¡No los dejemos solos!"

Con tales gastados y menguados bemoles se presentó hace pocos días una llamada Plataforma de Españoles por la Democratización de Cuba. En una de las respuestas que desde este lado del mundo se dio a ese pronunciamiento se habló de cómo este responde a "una para nada casual concertación entre determinados medios de comunicación y distintas iniciativas neocoloniales e injerencistas".

Tampoco es casual el contexto en el que apareció: las jornadas previas a la Cumbre Unión Europea–América Latina y Caribe, efectuada en Madrid, y cuando se acerca la recta final de la presencia de España a la cabeza de la Presidencia rotativa de la UE, un marco en el que el gobierno de la Moncloa ha mostrado la intención de promover una nueva política del bloque hacia Cuba, que deje atrás la obsoleta y desacreditada "posición común", impuesta a Europa por Aznar para rendir obsecuente pleitesía a sus idolatrados yankis.

Ante la alharaca de varios de los más influyentes medios y agencias de noticias españoles, que desde inicios de este año han recrudecido sus dicterios contra la isla, y sabiendo cómo funcionan muchas veces estas convocatorias —el reclutamiento telefónico intempestivo, el cuerdazo emocional, y el alineamiento automático de quienes responden a los intereses de las mismas corporaciones de la industria cultural—, es muy posible que algunos se hayan visto arrastrados a refrendar un documento carente del más mínimo argumento.

Concediéndoles el beneficio de la duda, Silvio Rodríguez, escribió este juicio en un artículo que remitió a la dirección del diario madrileño El País, la cual, en el acuse de recibo, le recordó que "están en su derecho de cambiar y reducir artículos no solicitados". Dijo Silvio: "Nuestra larga experiencia en ‘propuestas’ foráneas nos dice que esta acción no es más que un nuevo artilugio para obligarnos a hacer lo que otros consideran que debemos hacer. Partiendo de que se trata de personas bien intencionadas, no sé cómo no entienden la ofensa de pretender que nos volvamos como ellos, con las reservas que despiertan esas democracias de banqueros ladrones y ejércitos ocupantes. (...) Es triste ver lo poco que les interesa profundizar en la realidad cubana, cuando sus conclusiones son las mismas que las de los peores enemigos de nuestra dignidad".

Sin embargo, a ciertos personajes los conocemos de memoria. Hay quienes alientan la campaña anticubana con plena conciencia y no se perderían por nada del mundo la oportunidad de figurar a la cabeza de una causa innoble. Ahí está el inefable Mario Vargas Llosa, que un buen día se descubrió a sí mismo como vocero del neoliberalismo, después de haber coqueteado con la izquierda, y otro día se descubrió como español después de haber sido rechazado en las urnas por la mayoría de los ciudadanos peruanos.

Tiene razón el escritor chileno Arturo Alejandro Muñoz cuando recuerda, en el caso de Vargas Llosa, cómo "toda persona reconvertida a una nueva fe, resulta ser definitivamente más dura e intransigente en la defensa de su nuevo estado que los propios mentores que le llevaron a él". De ahí que no sea de extrañar que emborrone decenas de cuartillas al año para atacar a Chávez, Correa y Evo. Resulta totalmente incongruente que alguien capaz de haber escrito novelas como La ciudad y los perros y La guerra del fin del mundo defienda a capa y espada una frase acuñada por un economista norteamericano de filiación fascista: "El subdesarrollo es una enfermedad mental".

Idéntico y triste sayo viste Jorge Semprún, novelista español que escribe en francés y que lleva sobre sí el peso de ser un ex. Ex luchador de la resistencia antifascista francesa, ex prisionero del campo de concentración de Buchenwald, ex dirigente del Partido Comunista Español, ex ministro de Cultura, desde hace décadas sufre de regresión histórica y amnesia ideológica.

Ahí está el no menos inefable J.J. Armas Marcelo, periodista y escritor español largamente obsesionado con una Cuba a la que imagina como un enclave neocolonial a la medida de sus deseos.

Está también, no faltara más, la periodista y escritora Rosa Montero, a quien la onda anticubana no le viene de ahora, sino desde hace varios años. Por ejemplo, en el 2008 se mostró orgullosa de compartir una tribuna contra la Revolución cubana con el terrorista Carlos Alberto Montaner, la política del Partido Popular, Esperanza Aguirre y un representante de la Embajada de Estados Unidos en Madrid.

Desde aquí sabemos que esas voces no representan a España. Los jóvenes escritores y artistas cubanos reconocieron "el esencial aporte de la cultura de los pueblos de España" y asumieron "la ética de la España republicana y antifascista". Fue emocionante escuchar a Aitana Alberti, la hija del gran Rafael, leer el mensaje del Festival Internacional de Poesía de La Habana en el que se dice: "Cuba no es sólo un nombre bajo el dedo acusador. Cuba es una cultura, una ética, una historia, una identidad resistente, una mística nacida de la poesía y de la imaginación. Esta que algunos pretenden que nos agreda, no es la España que hemos querido y admirado siempre: La España de Juan Ramón Jiménez, de Antonio Machado y de León Felipe; la de Federico García Lorca, Rafael Alberti y Miguel Hernández; la de María Teresa León y María Zambrano, la de Pablo Casals y Pablo Picasso, la España de intelectuales y artistas contemporáneos siempre fraternos, la de innumerables amigos que nos acompañan día a día con su solidaridad".

Estos promotores de una "plataforma" condenada al hundimiento no harán variar ni un ápice la defensa de nuestros principios ni la irreductible voluntad de la sociedad cubana de perfeccionar nuestro socialismo.


Pedro de la Hoz

Fuente: http://www.lajiribilla.cu/2010/n471_05/471_49.html

jueves, 20 de mayo de 2010

La condición post-letrada (Santiago Alba Rico)

Lo he dicho otras veces: el capitalismo va tan deprisa que ha dejado atrás al hombre mismo, el cual corre sin aliento, siempre rezagado, para acomodar su paso a una historia que ya no puede ser la suya. Un invento muy reciente, extraordinariamente poderoso, está a punto de desaparecer o quedar marginado sin haber agotado todas sus posibilidades internas: la escritura. Nació hace poco más de 4.000 años en Oriente Medio, Egipto y China y recibió un impulso decisivo hacia el año 900 a. de C. en Grecia, cuyo alfabeto preciso, elegante y ligero ayudó a engendrar una mente nueva al mismo tiempo que un mundo susceptible -por vez primera- de orden y consenso. El alfabeto se convirtió en el umbral de lo que llamaré la condición letrada, un molde de percepción -maldito y venturoso- inseparable de todos esos hallazgos que identificamos con la historia misma del hombre: la objetividad, la división verdad/error, la ciencia y el derecho, el cuestionamiento de la fuerza y la autoridad personal, el carácter público de las leyes, el tiempo narrativo, la posibilidad misma de pensar de dentro afuera, al margen de las tradiciones colectivas y las inercias tribales. Hace poco más de 500 años la condición letrada encontró un potente vehículo de expansión en la imprenta de Gutenberg, gracias a la cual conseguimos robar la fabulosa técnica de Tot a los sacerdotes, gobernantes y burócratas para devolvérsela a los hombres.

De la revolución francesa a la rusa, de las luchas anticoloniales al socialismo cubano, se comprendió enseguida que la condición letrada era de algún modo -valga la redundancia- la condición misma de la emancipación; es decir, de la igualdad, la democracia y la justicia o, lo que es lo mismo, de una auténtica condición humana. Para la izquierda fue siempre una cuestión de vida o muerte la alfabetización de esa mayoría planetaria sumergida en la miseria e intencionadamente separada de su propia conciencia, de manera que la escuela se convirtió -y sigue siendo- objetivo prioritario de todas las revoluciones victoriosas, tal y como recientemente hemos visto en Venezuela y Bolivia. Pero los progresos son lentos y allí donde se producen llegan demasiado tarde. Apenas 4.000 años después la condición letrada no sólo no se ha generalizado sino que retrocede en todo el mundo; antes de haber aprendido realmente a leer, se exige que nos adaptemos a un nuevo paradigma tecnológico y gnoseológico.

La insistencia socialista en la educación letrada era desesperadamente certera. El problema es que la técnica de Tot es muy difícil; y la paradoja es que es esta misma dificultad la que proporciona a la escritura una ventaja incomparable que ningún otro medio posee. La dificultad de las letras estriba en que integran orgánicamente actividad y pasividad: no se puede aprender a leer sin aprender al mismo tiempo a escribir y todos los lectores, por el simple hecho de serlo, son al mismo tiempo escritores. En realidad el solfeo, la programación informática o la manufacturación de imágenes -por citar algunas- son técnicas mucho más complicadas que la escritura. Pero, al contrario de lo que ocurre con la lectura, uno puede disfrutar de Beethoven sin saber armonía, contemplar y entender una película de Kurosawa sin aprender dirección cinematográfica y chatear y navegar por Internet sin estar familiarizado con la informática. La paradoja es que si hace falta promocionar heroicamente la lectura, si hay que dedicar dinero y esfuerzo a hacer campañas en favor de la condición letrada, si es tan difícil conquistar un nuevo lector -mientras la televisión y el ordenador se imponen solos- es justamente por su superior calidad democrática. Por decirlo con Pitágoras, los lectores son matemáticos -activos, productivos, creativos- mientras que los espectadores e internautas, a merced de opacos programadores, son sólo acusmáticos.

No sabemos aún qué son exactamente las nuevas tecnologías ni qué nueva mente están engendrando. No sabemos si Internet es una técnica como la escritura, una herramienta como la imprenta, un nuevo continente como América o un órgano como nuestro riñón derecho. Probablemente es todo eso al mismo tiempo. Lo que sí podemos decir es que nos introduce -nos está introduciendo ya- en una condición post-letrada; en una condición en la que lo decisivo, como nuevo marco de percepción, no es ya la letra pública ni, como a menudo se cree, el dígito oculto sino la pantalla encendida. La expresión no es elegante, pero a la espera de forjar una mejor podríamos hablar de condición pantállica.

El papel está condenado a desaparecer no porque sea ecológicamente insostenible o caro sino porque está muerto: recibe la luz de nuestros ojos y exige por lo tanto una atención intensa y disciplinada. Por eso la filosofía está orgánicamente atada a la madera y no sobrevivirá a su muerte. En su lugar, la pantalla está viva; emite su propia luz y, si resulta por ello más atractiva, demanda una atención mucho más débil y superficial; una atención dispersa, fugitiva, vaporizada, si se quiere, en la simultaneidad de las muchas pantallas abiertas al mismo tiempo ante nuestros ojos. Ningún cerebro finito estará jamás a la altura de la infinita potencia tecnológica de la red; ninguna razón finita podrá encontrar ahí la linealidad y sucesión que le proporcionan la frase y la hoja de papel -que sólo se puede pasar despacio.

Nunca fuimos realmente letrados; nunca llegamos a ser letrados, y ya no podremos serlo. La población mundial está cada vez más dividida entre analfabetos y post-letrados. La franja propiamente letrada se encoge cada vez más y con ella todas las posibilidades entrevistas hace 4.000 años y nunca desplegadas por completo. ¿También el socialismo? Frente al entusiasmo acrítico de tantos internautas, la izquierda debe atreverse quizás a reconocer que también tecnológicamente está perdiendo la partida. Enseñar a leer ya no sirve. Y es a partir de este hecho desnudo -la condición post-letrada y tal vez post-humana de la historia- que debe replantearse todas sus estrategias.


Santiago Alba Rico, fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=105989

jueves, 22 de abril de 2010

Garzón, ¿un héroe antifascista? (Carlos Taibo)

Son muchos los amigos latinoamericanos que, comprometidos con la causa de la memoria de las víctimas de las dictaduras en sus países, muestran su extrañeza por los avatares que ha acabado por asumir el ‘caso Garzón’. No faltan entre esos amigos, por añadidura, los que se sorprenden ante los recelos que muchos -más de los que pudiera parecer- hemos mostrado a la hora de apoyar al juez que tanta tinta ha hecho correr en las últimas semanas.

Vaya por delante que no se me escapa que lo que ocurre en estas horas con Garzón tiene una dimensión que de forma inequívoca debe preocupar a quienes, entre nosotros, han tomado cartas en el asunto de recordar a la ciudadanía algo de singular relieve: la Transición política, treinta años atrás, canceló cualquier posibilidad de enjuiciamiento crítico público de lo que el franquismo supuso y, con ello, cerró las puertas que conducían a un deseable resarcimiento material y moral para las víctimas de la dictadura.

Tampoco quiero olvidar que en la trifulca que en estos días tiene al juez Garzón como centro se hacen valer muchas de las miserias del juego partidario que nos acosa, y ello de la mano de una regla que no parece tener excepciones: si los partidos apoyan a los jueces cuando las decisiones de éstos les benefician, bien que se encargan de denostarlos cuando aquéllas les perjudican.

Mucho me temo, sin embargo, y vuelvo al principio, que la honrosa tarea que debía conducir a rectificar lo que tres decenios atrás se hizo manifiestamente mal aparece hoy lastrada de la mano del mentado ‘caso Garzón’. Ello es así por dos razones que, en virtud de caminos distintos, rodean a la figura del juez. La primera de esas razones bebe de la condición del propio Garzón. Qué excelsa paradoja es que en estas horas se nos presente como abanderado de una reconsideración crítica de muchas de las miserias que rodearon a la Transición española un personaje que por muchos conceptos ha estado inmerso de lleno en esas miserias.

Y es que haríamos mal en olvidar que la misma persona que tuvo el coraje de encausar a Pinochet se nos ofrece a muchos con un rostro que no es el del héroe popular sometido al acoso de las fuerzas más oscuras.

Estamos hablando -no se olvide- del responsable de muchos de los desafueros legales que han marcado indeleblemente una lucha contra el terrorismo de la que han sido víctimas tantas gentes inocentes; no es casual que en el País Vasco el nombre de Garzón se identifique a menudo con prácticas judiciales y policiales nada edificantes, comúnmente ocultadas tras un universal y cómplice silencio. Hablamos también de quien, en un momento de singular podredumbre de la vida política española, no dudó en acudir al llamado de Felipe González para secundar a éste en una polémica, y luego fallida, operación electoral. Cerremos nuestro recorrido con el recordatorio de los nombres, no precisamente heterodoxos, de las personas -desde el propio González hasta José Bono, pasando por Rosa Díez- que Garzón tuvo a bien invitar, unos años atrás, a sus cursos de Nueva York. Parece que los tres hitos que acabamos de rescatar bastan para concluir que nuestro juez se ha movido con singular soltura en algunos de los teatros más deplorables que la Transición española ha acabado por forjar. La imagen de luchador antifascista que tantos han alimentado ingenuamente en América Latina y que hoy vemos refrendada, mal que bien, entre nosotros no es sino un mito interesado que el propio Garzón ha puesto todo el empeño en promover.

Mayor relieve tiene, con todo, la segunda de las razones que antes invocaba. Aunque los protagonistas bienintencionados de la solidaridad con Garzón parezcan ignorarlo, es muy grave que el debate sobre la memoria histórica haya quedado engullido por una discusión relativa a si un juez prevaricó o no. Lo diré de otra forma: ya no se discute, hablando en propiedad, sobre la memoria y sí sobre Garzón. Aunque las explicaciones conspiratorias me han gustado siempre poco, no me resisto a sugerir que algo hay, en la trastienda, de inteligentísima y ocultatoria operación. Y es que, al cabo, el Partido Socialista, que nada hizo durante tres décadas para restaurar una memoria pisoteada, y que en los últimos años ha promovido una timorata y corta ley que nada resuelve al respecto, ha conseguido que la mayoría de quienes se sintieron defraudados por esta última hayan olvidado hacia dónde deben lanzar muchos de sus tiros y rodeen hoy arrobados a un juez de equívoca trayectoria y ego desmesurado. Nadie sale mejor parado de esta trifulca que ese Partido Socialista, responsable evidente de las miserias que han rodeado -que rodean- a la ley de memoria histórica.

Qué triste es contemplar, en fin, cómo algunos de los segmentos de la izquierda que resiste han preferido cruzar en estos días una frontera delicada: la que lleva a adentrarse en un mundo que obliga por igual a aceptar las reglas que otros imponen y a defender a quienes, al cabo, no lo merecen.


Carlos Taibo

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=104453

jueves, 8 de abril de 2010

El sesgo de los derechos humanos (Vicenç Navarro)

El título del artículo se refiere al sesgo conservador mostrado por los mayores medios de difusión del país en su cobertura de las violaciones de los derechos humanos en América Latina. Imagínese el lector que se hubiera descubierto este año en Cuba una sepultura desconocida en la cual yacieran más de 2.000 personas ejecutadas por el ejército cubano en los últimos años, y que una de las personas cubanas que hubieran denunciado las desapariciones y ejecuciones de tales personas hubiera sido asesinada también por el mismo ejército. La movilización mediática por parte de los mayores medios de información hubiera sido enorme. Y más de un Gobierno, además de denunciar al Gobierno cubano, habría roto las relaciones diplomáticas con aquel país. Y, cómo no, el Parlamento Europeo (con mayoría conservadora y liberal) habría aprobado una resolución condenatoria, interrumpiendo cualquier relación diplomática y comercial con aquel país. Y, probablemente, hubiera propuesto para el Premio Nobel de la Paz a título póstumo al ciudadano asesinado por el ejército. El Gobierno federal de EEUU hubiera aumentado la avalancha mediática, política y económica en contra del Gobierno cubano, acentuando todavía más el bloqueo económico. Y, cómo no, la prensa de mayor difusión en España criticaría, una vez más, a muchos intelectuales de izquierda por su falta de entusiasmo en su denuncia del hecho.

Pues bien, los 2.000 asesinatos de desaparecidos existen, como también existía la persona que los denunció y que fue asesinada por el ejército. La única diferencia es que el país no es Cuba, sino Colombia. En aquel país, una tumba desconocida fue hallada este año, por casualidad, cerca de la base militar colombiana situada en el municipio de La Macarena, en el departamento de Meta, al sur de la capital, Bogotá. La tumba fue descubierta cuando los vecinos se percataron de que muchas personas enfermaban por beber agua de manantiales en el bosque, que había sido contaminada por lo que, como se descubrió más tarde, eran cadáveres enterrados en aquella tumba desconocida. La única señal era una bandera con las fechas del enterramiento, 2002-2009. La subsecuente investigación descubrió que había más de 2000 personas enterradas allí. El ejército colombiano reconoció su autoría, indicando que eran miembros de las guerrillas capturados o muertos en combate. Pero no explicó por qué se habían enterrado secretamente y sin seguir las mínimas reglas exigibles del registro de los muertos.

En realidad, el caso era muy parecido a otro anterior –el caso de “falsos positivos”– en que otras 2.000 personas habían sido asesinadas por el ejército, presentándolas falsamente como guerrilleras, cuando se demostró que no lo eran. Johnny Hurtado, el sindicalista y presidente del Comité de Derechos Humanos Venezolano, que había denunciado tal hallazgo, había indicado a una delegación de miembros del Parlamento de Reino Unido, de visita en Colombia, que los asesinados enterrados en la tumba de La Macarena no eran miembros de las guerrillas, sino personas que habían desaparecido y que no tenían ninguna conexión con las guerrillas (cuyas prácticas criticó y denunció). El Gobierno y las Fuerzas Armadas estaban utilizando –según él– la lucha antiguerrilla para eliminar físicamente a todos sus opositores, presentándolos como guerrilla. Y, en ocasiones, ni siquiera eran opositores. Pero el ejército los mataba para identificarlos como guerrilleros como forma de expresar su eficacia. El 15 de marzo de este año fue asesinado Johnny Hurtado mientras soldados de la odiada y temida Brigada Móvil nº 7 patrullaban el área donde vivía. Pasó a ser el número 7 de los sindicalistas asesinados en los primeros meses del año 2010 en aquel país (en 2009 fueron 39).

Todos estos asesinatos se hicieron durante el mandado del presidente Uribe y de su ministro de Defensa Juan Manuel Santos (el candidato a la sucesión de Uribe como presidente de Colombia). Y, a pesar de sus negativas, es altamente improbable que no fueran conscientes de estos hechos, pues el ejército ha defendido tales acciones como “actos de la necesaria lucha contra la guerrilla”. La Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, sin embargo, ha pedido que se realice una investigación de las violaciones de los derechos humanos en aquel país, definidas como “sistemáticas y ampliamente extendidas”, considerándolas “crímenes contra la humanidad”.

Frente a esta horrible situación ha habido un silencio ensordecedor de los supuestos defensores de los derechos humanos. El Parlamento Europeo no ha dicho nada. El Gobierno de Obama (cuyas Fuerzas Armadas estaban asesorando a los militares colombianos en la base de La Macarena) va a reanudar el Tratado Bilateral con Colombia (que inició el presidente Bush con Uribe). Y los medios de mayor difusión, supuestamente defensores de los derechos humanos, han permanecido, en general, silenciosos sobre este caso. En realidad, en España, el presidente Uribe y su Gobierno han tenido muy buena prensa. Varios de los rotativos de mayor difusión han publicado entrevistas muy favorables a Uribe y a su sucesor. Y los supuestos grandes defensores de la libertad –incluyendo a Mario Vargas Llosa– han permanecido en completo silencio. Ni que decir tiene que los portavoces de aquel Gobierno, ayudados por los medios que les ofrecerán grandes cajas de resonancia, negarán estos hechos. Mientras, los que se autodefinen como defensores de los derechos humanos, que continuamente hacen críticas (algunas de ellas justificadas) a Cuba, seguirán ignorando las horribles violaciones de tales derechos en otros países, cuyos gobiernos son considerados amigos, convirtiendo en una farsa su supuesto compromiso con los derechos humanos.



Vicenç Navarro.