martes, 21 de febrero de 2012

Narices rotas


Ahora ya lo sabemos: es ilegal que una minoría ocupe la calle. Lo ha dicho un alto cargo del Gobierno central o del valenciano o del Partido Popular, ya no recuerdo exactamente quién, todos se parecen mucho y dicen más o menos lo mismo. Ahora que ya sabemos esto, podemos concluir el razonamiento: solo es legal la ocupación mayoritaria de la calle. Esta democracia aparece finalmente como lo que siempre fue: un régimen. ¿Qué importan las razones? Solo importan si son las razones de la mayoría. Entonces, exactamente, ¿para qué sirve el derecho de manifestación? ¿Acaso es solo un instrumento de onanismo político? ¿De qué puede servir este derecho a quien ya está conforme con las decisiones del poder? El domingo pasado, los sindicatos mayoritarios organizaron manifestaciones mayoritarias a las que asistieron una mayoría de sus afiliados y otros que pasaban por allí. El resto nos quedamos en casa, con estado de ánimo avinagrado y enfurecido. En esa manifestación no partieron unas cuantas narices. Todo transcurrió en un ambiente festivo y reivindicativo. Pertrechados con silbatos y altavoces, avanzando al ritmo de batucadas e indignadas soflamas, los sindicatos mostraron su fuerza, al tiempo que se negaban a usarla. Por el momento, no habrá huelga general; por el momento, no habrá narices rotas.

La languidez sindical contrasta con la furiosa (que no violenta) reacción estudiantil en Valencia, en Barcelona o en Madrid. En un sistema en el que el poder solo negocia sus decisiones, los estudiantes son parias: no tienen nada que ofrecer. Como en una tragedia griega, son prisioneros de su destino, es decir, ser trabajadores. Y cuando sean trabajadores, tendrán hijos que mantener, hipotecas que pagar y vacaciones que disfrutar. La condición de estudiante es solo un período transitorio de locura entre la mayoría de edad civil y la sana recuperación de la minoría de edad política. Pero mientras tanto, son libres, son ciudadanos, y por lo tanto, enemigos. Cuando la negociación fracasa porque es imposible, siempre queda la ruptura nasal indiscriminada.

Errare humanum est, según ha explicado públicamente otra (o la misma) autoridad para justificar que el Jefe de Policía de Valencia llamara enemigos a los manifestantes. ¿También erraron los agentes que cargaron contra la población? ¿Se limitaron a cumplir órdenes? ¿Acertaron simplemente por el hecho de cumplir órdenes? Aunque quizá la pregunta más adecuada es: los policías, ¿son seres humanos? ¿Tienen derecho a ser seres humanos? ¿Pueden llevar al trabajo sus frustraciones, sus prejuicios, sus cabreos domésticos, sus opiniones? Si son seres humanos, entonces son seres humanos armados que no tienen ningún derecho a usar la violencia: que les retiren la placa. Si son policías, entonces cuando se comportan como se comportan los seres humanos “normales” (es decir, equivocándose) hay que disciplinarles. (Por cierto, la cita completa de Séneca es: Errare humanum est, perseverare diabolicum, es decir, errar es humano, perseverar [es] diabólico)

---------------------------

A lo largo de 2011, se puso de manifiesto el éxito rotundo de la política de fraccionamiento de intereses. La respuesta a los primeros recortes de derechos de funcionarios y trabajadores fue dos improductivas huelgas, una de funcionarios, otra de trabajadores. No ocurrió nada, solo sonaron tambores, silbatos y gritos. No es extraño que la primera manifestación que aglutinaba intereses “ciudadanos” (si es que esta palabra todavía significa algo), la que se celebró el 15 de mayo bajo el lema “No nos representan”, fuese el primer acto ligeramente revolucionario desde 1936. Durante unas maravillosas semanas, los españoles nos sentimos ciudadanos. Quizá gritamos demasiado alto, a lo mejor conjuramos un hechizo al verbalizar unas palabras arcanas largamente olvidadas. Pedimos representación y se presentaron “los mercados”: constitucionalizaron el techo de gasto y priorizaron el pago de la deuda del Sector Público frente al resto de gastos. Nos rompieron las narices derogando de facto la Constitución.

----------------------------

Finalmente hubo acuerdo para el segundo rescate de Grecia: han acordado una quita de la deuda a cambio de limitar la soberanía del pueblo griego. Sabíamos que el capitalismo es destructivo, infinitamente voraz, gris, dinámico, beligerante, insostenible, antidemocrático, injusto, veloz, banal hasta lo insufrible, consumista, flexiseguro, clasista, incoherente, desconcertante, violento y triste. Lo que no sabíamos es que también es pedagógico: nos ha enseñado algo que no previeron ni Bodino, ni Hobbes, ni Rousseau. La soberanía nacional también se vende.

Esperemos que los griegos nos ofrezcan una segunda lección de democracia, o que al menos sus narices quiebren en el intento.


miércoles, 11 de enero de 2012

Del arte de la alquimia (o cómo transformar los problemas en hechos): el patriarcado y la irracionalidad de las mujeres

Este artículo está motivado por el cansancio. Es verdaderamente agotador escuchar una y otra vez los mismos prejuicios caducos, tanto en boca de amigos como de enemigos. Vivimos un momento en el que, pese a que comienzan a aceptarse ciertos valores feministas, asistimos paralelamente a la “resurrección” de ciertos prejuicios machistas que parecían desterrados. Existe tal grado de desconocimiento acerca de las teorías feministas (lo que no impide los ataques más furibundos) que hasta las personas que no dudarían en definirse a sí mismas como feministas rechazan el término como si se tratase de un estigma. La idea es, por tanto, arrojar un poco de luz sobre algunos conceptos e ideas de tal forma que quien quiera criticar los feminismos, verdaderamente pueda hacerlo. Sin embargo, no hemos podido evitar estructurar nuestras ideas en torno a una de las frases machistas que más se repite últimamente. Lo normal sería que quien dijese algo así tuviese que justificarlo, pues esa persona se está tratando de oponer a algo que es claro y evidente. Sin embargo, parece que ocurre lo contrario: que quienes defendemos que el hecho de ser mujer u hombre no implica un desigual acceso a la razón somos quienes tenemos que aportar los argumentos. Le dice el varón a la hembra:

Tú eres irracional. Eres más irracional que yo. Forma parte de tu esencia como mujer, y no es necesariamente malo”.

Es grande la responsabilidad que debe asumirse cuando se trata de defender una afirmación tan grave como esta, más aún si se hace en público.

Lo primero en lo que debemos detenernos es en su carácter negativo: no se dice qué son las mujeres, se afirma lo que no son. Las diferentes teorías feministas han analizado los discursos machistas con ahínco y han constatado que todos coinciden en lo mismo: una notable incapacidad para definir a las mujeres. Como producto del patriarcado que son (y del androcentrismo que le es inherente), la definición de las mujeres se reduce a una premisa muy sencilla: las mujeres no son hombres. Son lo otro”, lo que no es hombre, lo que las teorías sociológicas feministas han llamado Alteridad (con merecida mayúscula, ya que se refiere nada menos que a más de la mitad de la humanidad...).

Las mujeres no son hombres. Los hombres son racionales. Por tanto, las mujeres no son racionales. Por supuesto, hay otras muchas cosas que las mujeres sí son de acuerdo con estas teorías. Vivimos en tiempos en los que la aceptación de ciertas premisas feministas (o la asunción de que cuesta discutirlas) no permite afirmar la irracionalidad de las mujeres sin acompañar la premisa con bellas palabras relacionadas con su naturaleza, su esencia, la belleza de ser mujeres, los instintos que la acompañan a lo largo de toda su vida, la hermosura y la necesidad de la maternidad. Pasión, sentimientos, risas y lágrimas, poesía, música, danza y alegría... realidades que no son ajenas a las mujeres (por mucho que el patriarcado las haya despreciado), pero tampoco a los hombres. Realidades que, en cualquier caso, no definen (ni limitan) a las mujeres como seres irracionales.

Pero lo curioso, no lo olvidemos, es que no se define a las mujeres con todas esas realidades. Se las define como lo que no son... porque no son hombres. Ya lo decía Aristóteles: “La hembra es una hembra en virtud de cierta falta de cualidades”.

Este tipo de teorías, muy insistentes a lo largo de la historia del pensamiento humano, presentan a los hombres como sujeto que representa al ser humano, es decir, como sujeto universal. A las mujeres, como decimos, se les reserva el papel de “lo otro”, lo que no es un hombre. Así, se ha repetido una y mil veces a lo largo de los siglos que las mujeres piensan algo “porque son mujeres”: es una forma de ser, de pensar, de opinar, de actuar e incluso de sentir. Y es una forma de la que no se puede escapar y ante la que no cabe impugnación alguna mediante la razón. A las mujeres se las ata así a su cuerpo y a su sexo: ser mujer es una singularidad de la que no se pueden liberar y consecuentemente las condena a esa forma de ser propia de ellas. Las mujeres no pueden razonar porque no pueden situarse en el lugar de cualquier otro, es decir, ese lugar en el que se reflexiona sin tener en cuenta si eres hombre o mujer, blanca o negra, francesa o belga, judía o musulmana... su condición de mujeres no se lo permite.

Los hombres, sin embargo, no están atados a su sexo: nadie va a acusar a un hombre de opinar lo que opina o de actuar como lo hace “porque es un hombre” (por lo menos no en el sentido de tajante limitación), lo normal es ser hombre y lo anormal es no serlo. Que este tipo de planteamientos sigan vivos, adopten la forma que adopten y sea cual sea el campo de la ciencia en el que se quieran camuflar, se debe a que no se ha conseguido borrar todavía una mentira universal e histórica: que ser hombre no es una singularidad. Para los discursos patriarcales ser varón no significa nada más que eso. Los hombres son libres porque viven en un cuerpo que no les condiciona. La testosterona, los testículos... todo eso no actúa sobre la razón del hombre, es decir, su “naturaleza” no les condiciona. Así, el hombre domina la naturaleza y la mujer a su vez es dominada por ella. La razón sólo es privilegio del primero. La irracionalidad, sin embargo, es esencial para la segunda.

Conviene, quizá, que sigamos deteniéndonos en la frase, y analicemos la curiosa afirmación de que existe una “esencia” de las mujeres. Más adelante profundizaremos en la gravedad de acusar a las mujeres de ser irracionales.

Resulta impactante, cuanto menos, que se defienda que existe una esencia femenina y acto seguido se incurra en el más absoluto desprecio por la Razón al afirmar que las mujeres son irracionales (o, en cualquier caso, más irracionales que los hombres). ¿Una esencia? Aún más, ¿una esencia que no es la del ser humano, sino sólo la de las mujeres? ¿Una esencia de solo parte de la humanidad y que consiste (en contra de lo que entendemos por ser humano) en ser irracional?

La diferencia entre las teorías sociológicas machistas y las feministas es que las segundas afirman que gran parte de las diferencias entre hombres y mujeres (y, desde luego, todas las que se refieren a lo político, lo social, lo familiar, lo jurídico, lo educacional) son producto de una socialización diferenciada. Las teorías machistas, por su parte, biologizan las diferencias y las desigualdades que construyen a su alrededor, insisten con tesón en que es la naturaleza la que nos ha otorgado diferentes capacidades, distintos gustos, distintas posiciones y roles en la sociedad. Sin embargo, a ninguna mujer le costará identificar la socialización diferenciada a la que ha sido sometida. No sólo es evidente, sino que además es empírico y sistemático.

Es perfectamente lícito y necesario hablar de socialización diferenciada, no hay más que mirar alrededor, ver las enormes diferencias de lo que significa “ser mujer” (una mujer “como Dios manda”) en los distintos países y épocas. Pero afirmar la existencia de una esencia femenina (y suponemos, aunque no se suele hablar de ella, de otra masculina) es pedirnos que demos un salto de fe, es el momento en que se pasa de la racionalidad a la pura metafísica, a hablar largo y tendido sobre nada (¿cuántos ángeles pueden bailar en la punta de un alfiler?). Y defender un supuesto monopolio masculino de la razón usando la esencia femenina como argumento es el colmo del absurdo.

Ya es del todo cuestionable que el ser humano tenga algo así como una esencia, es decir, una especie de naturaleza teleológica, una especie de fin divino para el que ha sido diseñado. El ser humano no es otra cosa que lo que decide ser, el único ser que se concibe y define a sí mismo. El ser humano comienza por existir, sin diseño, sin plan divino, sin determinaciones más allá de las leyes físicas; solo después de existir y de moldearse como desea se define, compone o construye su “esencia” o “naturaleza”. Dicho de otra forma: no puedes decir que un chaval ha nacido para ser bombero, pero ese chaval sí puede decirlo de sí mismo una vez se ha hecho bombero, una vez se ha construido a sí mismo como tal. En el ser humano, la existencia precede a la esencia. Por tanto, podemos decir que no existe tal cosa como la esencia o la naturaleza del ser humano de la misma forma que no existe un dios todopoderoso y creador con un plan divino para la humanidad (y cada uno de sus individuos).

La base del machismo consiste precisamente en la biologización de las diferencias sociales entre hombres y mujeres. Negar la socialización diferenciada de los géneros es insinuar que forma parte de la esencia de mujer (de su naturaleza) la preferencia de las muñequitas sobre el fútbol, de la cocina sobre el póker, del cuidado de niños y personas enfermas sobre el whisky de después de comer. Se insinúa que todo eso es natural y por tanto inevitable, algo que se sitúa fuera del plano de la decisión y del juicio ético (lo que ocurre de forma natural no lo decide nadie, no es ni justo ni injusto, simplemente ocurre). Ir en contra de cualquiera de estos comportamientos y de estas preferencias es, por tanto, ir contra natura, y este es el mismo argumento que se usa contra las personas homosexuales. La homofobia y el machismo, de hecho, están muy relacionados porque ambas temen el desafío que supone transgredir los roles y las relaciones que, “de forma natural”, deberían unirnos a hombres y mujeres: las relaciones de sumisión, el patriarcado. Por eso, las personas homosexuales y las heterosexuales que no cumplen con el rol de género despiertan un gran recelo, especialmente en el caso de las mujeres. Porque para los hombres existe un gran interés de género en que las mujeres sigan siendo sumisas, en que sigan constituyendo el campo de batalla en el que los hombres demuestran su virilidad y su poder. Se pretende que las mujeres se sometan a lo que el patriarcado ha decidido que es “lo femenino”. Sin embargo, la historia ha enseñado a las mujeres y a muchos hombres una valiosa lección: huye de la definición con la que te moldee el poder establecido, reconstrúyete a ti misma, decide conforme a la razón cómo deberías comportarte para ser feliz y libre, tú y quienes te rodean. Libertad y raciocinio es lo que defienden las teorías feministas. La sumisión a roles irracionales, “esenciales”, construidos para consagrar la injusticia, es lo que exige el patriarcado. Es la razón la que nos libera, mientras que la esencia nos esclaviza a ambos sexos. Y sólo a través de la razón es posible la justicia.

La mayor dificultad para discutir la razón, la justicia y la libertad defendida por las teorías feministas es la férrea autodefensa que practica el patriarcado. Miles de discursos (mayormente irracionales y poco fundamentados) tratan de redefinir las teorías feministas para evitar la lucha por la liberación de ambos sexos respecto de sus géneros asignados. Este es un problema sistémico, no dista mucho de las barbaridades con las que las teorías capitalistas se defienden de las comunistas. Por ello, es de vital importancia que entendamos en qué consiste exactamente el feminismo o de lo contrario acabaremos hablando de cualquier otra cosa a la que hayamos decidido bautizar con ese nombre.

Es habitual que hoy se trate de demonizar la palabra “feminismo” adjudicándole el significado de la palabra “hembrismo”, esto es, aquellas teorías y formas de pensar que preconizan la superioridad de las mujeres sobre los varones. Feminismo, sin embargo, no implica superioridad en ningún sentido, ni mucho menos una guerra contra los hombres o contra toda forma de masculinidad. Pongamos un ejemplo de una teoría menos criticada que las feministas: imaginemos a un pobre. Imaginemos que este pobre tiene una mínima idea de cómo funcionan las cosas en el sistema capitalista. Este pobre imaginario, al que podemos llamar Paupe, tiene dos opciones: una, buscarse la vida para aspirar a ascender en la escala jerárquica de la sociedad, es decir, aspirar a dejar de ser pobre para convertirse en uno de los ricos. Dos, Paupe puede aspirar a que deje de haber pobres y ricos. La diferencia entre ambos casos es que en el primero Paupe actúa de acuerdo a sus peculiaridades y singularidades personales, es decir, se comporta exclusivamente como Paupe, de tal forma que su comportamiento de ninguna manera se puede convertir en norma de comportamiento para todos los demás (“para ser rico hundiré en la pobreza a quien haga falta”). Sin embargo, en el segundo caso, Paupe está dando un paso mucho mayor, porque en lugar de comportarse exclusivamente como Paupe se estaría comportando como lo haría cualquier otra persona, independientemente de la clase a la que pertenezca, del color de su piel, del sexo, la nacionalidad, etc (“como no podemos ser todos ricos, habrá que terminar con el sistema que nos divide entre ricos y pobres y excluye a estos últimos de la sociedad”). Lo que cambia de un caso a otro es que Paupe en el primero usa la razón privada (la razón mediada por su identidad particular -hombre blanco, pobre, español, etc.-) y en segundo utiliza la razón pública (aquella que todo el mundo puede usar siempre que se comporte como lo haría cualquier otra persona independientemente del sexo, la nacionalidad, la religión, etc.). En el primer caso Paupe busca el beneficio personal mientras que en el segundo busca el bien común.

Pues bien, en el caso de hembrismo y feminismo viene a ocurrir lo mismo: en el primer caso hablamos de que Paupe, como hembrista, pretende que la mujer domine al hombre, es decir, simplemente pretende cambiar los roles en el plano jerárquico de la sociedad (“que los amos se conviertan en esclavos y los esclavos en amos”). Si Paupe fuese feminista, no querría que la mujer dominase al hombre, sino que acabasen las relaciones de dominación entre ambos (“ni amos ni esclavos”). Este es el primer punto que debe quedar meridianamente claro: no es lo mismo un impulso de poder (hembrismo) que un impulso igualitario-emancipatorio (feminismos). También cabe destacar que desde que investigamos las teorías de género jamás nos hemos encontrado con movimiento político alguno que defienda el hembrismo.

La siguiente cuestión que debe quedar bien clara es que los feminismos consideran que el machismo es un problema social. No es algo que afecte exclusivamente a los hombres, ni mucho menos. Eso de la “guerra de sexos” (¿alguna vez hubo paz entre sexos?) no tiene un significado muy claro, pero huele a argumento conservador para tratar de frenar la liberación que supone el feminismo. Es imposible que una teoría feminista que considera que tanto hombres como mujeres tienden a ser machistas y están encadenados por ello (si bien uno en la posición de amo y la otra en la de siervo) trate de demonizar a los hombres y la masculinidad en bloque, como si se tratase de una división exclusivamente entre los dos sexos. Si esto fuese así, ya haría tiempo que todas las mujeres feministas hubiesen abandonado nuestra sociedad, pues solo les quedaría vivir juntas alejadas de los hombres. Cierto es que hay quien lo ha intentado, pero ha sido tan minoritario que no merece más comentarios, por no mentar que habría que discutir sobre si se trataba de feminismo o de hembrismo. El problema del machismo, como decimos, afecta a ambos sexos, a todas las nacionalidades y etnias y a todas las clases sociales, no se puede simplificar hasta el absurdo, como si las personas feministas odiasen a todo ser vivo que tuviese un pene. Si eso de la guerra de sexos significa “lucha de ambos sexos por la justicia y la emancipación”, pues entonces existe y debemos ganarla. Si guerra de sexos es algo así como “las feministas han puesto a las mujeres en contra de los hombres criminalizando a estos últimos, abriendo una brecha social donde antes no la había”, simplemente podemos decir que no existe más que en las mentes conservadoras y machistas. Poco sabe de las teorías feministas quien defiende esta definición.

Esa acusación, la de que las mujeres feministas han iniciado una guerra de sexos, es desde hace tiempo un punto de encuentro entre la derecha más rancia y conservadora y la presunta izquierda. La paz entre los hombres machistas no ha sido otra cosa a lo largo de la historia que la guerra contra las mujeres, de la misma forma que la paz entre los capitalistas es la guerra contra los trabajadores: ¿la paz es que mujeres o trabajadores asuman su rol de sumisión, que asuman la injusticia como algo inevitable? No habrá paz, pues. Pero tampoco será una lucha entre sexos, sino una lucha entre feministas (defensores de la justicia, la libertad y la igualdad) y machistas (defensores de los privilegios de nacimiento, de la ley de la fuerza). Acusar a las mujeres de ser las responsables de que exista esta lucha es como acusar a la violada de la violación, algo muy parecido a lo que hacen en Bolivia con Evo Morales: se le acusa de haber dividido a la sociedad entre indígenas y blancos, división que era muy anterior a Evo, pero que pasaba desapercibida por el mero hecho de que los indígenas asumían su posición subordinada y no protestaban ni se organizaban (o lo hacían y eran aniquilados en silencio). De la misma forma se pretende acusar al feminismo de que ha dividido a la sociedad por el mero hecho de denunciar situaciones de injusticia y actuar conforme a la razón, es decir, en la dirección de suprimir la injusticia.

Pero los feminismos no se dedican solo a luchar, sino que también han realizado un aporte teórico imprescindible para comprender muchos de los problemas a los que se enfrenta toda sociedad. Es el caso, por ejemplo, del concepto “patriarcado”: todos conocemos muchas de las manifestaciones que adoptan los problemas que genera para la humanidad la lógica del capital; pero junto a eso, nos encontramos otros factores de diversa índole que generan otras formas particulares de discriminación, opresión o exclusión. Todos estos factores aparecen siempre entrelazados de tal forma que, por ejemplo, no es lo mismo ser un parado que un parado negro, ni es lo mismo ser un parado negro a ser una parada negra, soltera y embarazada. Es decir, las distintas formas de discriminación se conjugan entre sí, se entrelazan, lo que no significa que todos estos factores sean distintas caras del mismo problema. Factores de discriminación como el racismo o el machismo son anteriores al capitalismo, por mucho que ahora aparezcan ligados, y por tanto son perfectamente capaces de sobrevivir a este. Por eso es importante comprender que se trata de problemas distintos que requieren de mecanismos diferentes para solucionarlos, necesariamente tenemos que hablar de luchas distintas (por mucho que ahora la autonomía de los distintos factores de discriminación sea relativa y los enemigos sean en muchísimos casos comunes). Debemos, pues, descartar toda simplificación que lleve a reducir todos los factores de discriminación a una única causa (real o imaginaria: sea el capitalismo, sea la esencia del ser humano, sean conspiradores en la sombra, etc.). Y no solo eso: debemos asumir que cualquier alternativa seria al mundo injusto de hoy tiene que tener en cuenta los diversos sistemas de discriminación, no puede ignorarlos. Y este es un mandato de la razón: desde la explotación laboral hasta la homofobia, desde el racismo hasta el machismo, todos deben desaparecer por igual, porque resulta injustificable (al menos racionalmente) la defensa de ciertos privilegios que conducen necesariamente a la injusticia.

El patriarcado es, en este sentido, la estructura sobre la que reposa la desigualdad de género. Es aquello que tienen en común todas las formas de machismo allí donde se den, aquella estructura que trata de convencernos de que las desigualdades entre hombres y mujeres son coincidencias o mero efecto de la naturaleza. Uno de los elementos centrales de la teoría marxista es ser capaces de diferenciar entre las propiedades naturales de las personas o las cosas y la posición social que les asignan las estructuras económicas. Es decir, un negro es un negro; solo bajo determinadas circunstancias el negro se convierte en esclavo. En otras palabras, no son las cualidades de los negros las que les convierten en esclavos, sino determinados sistemas de relaciones sociales (racistas) que generan una estructura de desigualdad concreta, en este caso la esclavitud. Mutatis mutandis: una mujer es una mujer, solo en determinadas circunstancias, solo mediante determinado tipo de relaciones sociales (machistas) se convierte en lo que el patriarcado quiere que sea: un ser sumiso a su rol, siempre condicionada o determinada, atada a su sexo y a su “destino biológico”. Las desigualdades entre los sexos no pueden explicarse, por tanto, atendiendo a las diferencias entre sexos. Para poder entender la desigualdad necesariamente se ha de acudir a las relaciones sociales que transforman esas diferencias biológicas en injusticias. De la diferencia entre tener pene o vagina no se puede deducir una desigualdad natural.

Casi nadie cuestiona que existen diferencias entre hombres y mujeres, pero lo que está claro es que esas diferencias no justifican la desigualdad entre unos y otras, de la misma forma que la diferencia de color de piel no justifica que los que la tengan de un color concreto se sitúen en un peldaño superior en la escala jerárquica de una sociedad dada. La transformación de esas diferencias en desigualdades no se debe a las diferencias mismas, sino al sistema de relaciones sociales al que llamamos, en el caso que nos ocupa, patriarcado. Allí donde no hay relaciones patriarcales de antemano, no es posible establecer la sumisión de las mujeres en ningún sentido. El problema es que de la misma forma que siempre ha habido diferencias entre los dos sexos, siempre ha habido patriarcado. Se trata de una estructura tan profunda y arraigada que hasta el momento ni siquiera hemos sido capaces de conocerla por completo ni de tener en cuenta todos sus efectos, por lo que desembarazarse de ella resulta una tarea dificilísima, agotadora.

Pero, ¿qué está diciendo exactamente una persona que niega la existencia del patriarcado? Muy sencillo: está negando que exista un problema de injusticia. Es como negar la violencia machista. La idea de rechazar este tipo de conceptos es negar la totalidad del problema. Un buen ejemplo lo plantea el análisis de la película “American History X”. En ella, sólo alguien empeñado en negar el problema del avance de postulados nazis en la sociedad puede asumir que lo que ocurre no es racismo, sino acoso escolar o un problema de bandas. Al fin y al cabo, ocurre en la escuela y su entorno, ¿por qué iba a llamarse de otra forma?

El inconveniente que tiene negar el problema mediante un uso fraudulento del lenguaje es que el problema no queda resuelto, sino que en el mejor de los casos se pueden tratar algunos de los síntomas (sin llegar a tocar la enfermedad). Si decimos, como hacen desde la derecha hasta desde posiciones teóricamente izquierdistas (no es casualidad que coincidan), que la violencia machista es en realidad violencia doméstica o una mera trifurca entre dos individuos, estamos ignorando de forma interesada parte de la realidad: por ejemplo, no es lo mismo que a una mujer le peguen por estar en una manifestación cuando la policía carga, que por el hecho de ser mujer, de la misma forma que no es lo mismo que a un negro le peguen en un atraco que por el hecho de ser negro. Otro ejemplo aún más claro: si decimos que la muerte de un trabajador mientras trabaja es un simple accidente, negamos que tenga algo que ver ver con la inseguridad en el trabajo a la que nos arrojan día a día como consecuencia de la lógica del máximo beneficio; convertimos una crítica justificada a un sistema de explotación-dominación profundamente injusto en un lamento en el desierto, como si la muerte en horario laboral fuese un inevitable destino. Dependiendo de cómo definamos lo ocurrido, el problema resultante no es el mismo (a lo mejor ni se considera problema) y los efectos que genera tampoco, aunque puedan parecerse. Y quede claro que las mujeres no son las únicas que sufren la violencia machista, ¿cuántas veces han estado los varones cerca de recibir una paliza por hablar o mirar a la chica equivocada, es decir, a la chica que “pertenece” a otro varón (porque es su hermana, novia, hija, etc.)?


La irracionalidad de las mujeres

Quienes repiten la histórica y grave afirmación de que las mujeres no son racionales tienen el mérito de haber conseguido retroceder en la línea de pensamiento más allá de Platón, más allá del siglo V a.C. Es inherente al patriarcado tratar de impedir que a las mujeres se las considere plenamente capaces de razonar. El discurso, no obstante, se ha ido modificando a medida que caían los tópicos y prejuicios en los otoños de la ignorancia y la superstición. Hoy, el discurso patriarcal apela especialmente al carácter o a la psicología de las mujeres para negar su capacidad de razonar (lo que no es otra cosa que modos modernos de apelar a la naturaleza o la esencia).

Desde que la sociedad contrapuso los términos de cultura y naturaleza, se ha tratado de entender a las mujeres como aquella parte de la naturaleza que permanece en el interior de la cultura. Esto no es algo inocente: pensar en las mujeres como pertenecientes a la naturaleza (en contraposición a los hombres, que pertenecen a la cultura) implica pensar en ellas como una parte de ese orden que debe ser superado, dominado, controlado, domesticado. Y no por casualidad, el que queda, el varón, el que representa la razón, debe ser el que domine y domestique esa naturaleza. La asociación de las mujeres con la naturaleza no es otra cosa que un intento más de justificar algún tipo de sistema patriarcal. La conclusión inevitable de todo este tipo de razonamiento es que las mujeres no pueden alcanzar la mayoría de edad, no llegan a conquistar el juicio, la capacidad de juzgar de modo independiente y autónomo. Son, por tanto, seres dependientes que necesitan de algún tipo de tutela por parte del varón. Aún más: una persona sólo puede hacer un buen juicio sobre lo que considera justo, lo que está bien y lo que está mal, a través de la razón. Al llamar irracionales a las mujeres se les niega, por extensión, la ética, la moral e incluso la humanidad, puesto que es precisamente eso lo que nos diferencia de otros animales. Se les convierte en seres irresponsables (“no se lo eches en cara, es mujer”).

Sacar a las mujeres del mundo de la razón es condenarlas. Fuera de él están perdidas, pues sólo pueden recurrir a las costumbres, las religiones, la mitología, los cuentos, las películas, los anuncios y otras fantasías. Y en todas ellas, no por casualidad, se las condena a la sumisión y a la violencia (sea cual sea la forma que adopte). Sólo las vías abiertas por la razón en contra de prejuicios, supersticiones, tradiciones, etc., nos han hecho libres (o más libres), tanto a hombres como a mujeres. Negárselas a la mitad de la humanidad es como una condena sin juicio y sin apelación posible. El problema es que, puesto que estamos negando la mitad de la potencialidad de la humanidad, esa condena nos arrastra a todos al abismo, no solo a las mujeres. Es importante asumir las consecuencias de lo que se dice.

Quedan todavía algunas dudas: si las mujeres son irracionales, ¿por qué votan, por qué tienen propiedades? ¿De dónde salen las científicas y las filósofas? ¿Debemos darle la razón a la Iglesia y a los imanes cuando alejan a las mujeres del poder y las consideran un pecado, una perversión andante? ¿Simone Weil y Hannah Arendt, Simone de Bauvoir y Marie Curie... eran irracionales o es que eran hombres muy en el fondo? ¿Por qué incluso las mujeres han llegado a gobernar en algún país? ¿Podemos poner a un ser irracional al frente de los asuntos de la polis? ¿No es como poner a un gato a dirigir los asuntos públicos?

De hecho, desde la Ilustración, la negación del acceso a la mayoría de edad de las mujeres (a la capacidad de razonar y establecer juicios independientes y por tanto participar en los asuntos públicos como cualquier otro) solo ha podido hacerse en contra de los principios de la razón y del derecho, nunca respetándolos. Sencillamente porque es imposible justificar algo así, de la misma forma que no se puede justificar que una diferencia en el color de piel implique una diferencia de acceso a la razón universal. Aquellos que defienden el desigual acceso del varón y la mujer a la razón recuerdan mucho a los que defendían los privilegios de nacimiento feudales durante la Revolución Francesa: se decía que la costumbre, la tradición, la religión, el sistema estamental, etc., habían moldeado la sociedad como si de un puzle se tratase, de tal forma que todas las piezas encajaban para construir una comunidad. Los revolucionarios franceses, al pretender emanciparse de todo aquello que no fuese dictado por la razón, estaban, en opinión de los reaccionarios, limando las piezas del puzle de tal forma que al final no encajarían de ninguna forma, lo que significaría el fin de la sociedad, el caos y la violencia. De la misma forma pero refiriéndose a los roles de género, el patriarcado nos cuenta el relato de que pretender utilizar la razón en lo que se refiere a la construcción de nuevas formas de masculinidad y feminidad es un atentado contra el orden natural de las cosas que solo nos puede llevar a la completa autodestrucción. Recuerda a las extravagantes teorías de los apologistas del apocalipsis del medievo (y de los modernos).

La defensa de la irracionalidad de las mujeres, la negación de las teorías de género, de la socialización diferenciada, el discurso de la guerra de sexos... son posturas políticas muy claras. No podemos menos que llamar a la reflexión ante la defensa de argumentos que ya han caído bajo el peso de la razón (una y otra vez) y cuya defensa reproduce la sumisión de hombres y mujeres ante los roles sociales que dicta una de las fuentes de injusticia más antiguas.

Confiemos en que la razón nos guíe, como siempre lo ha hecho, hacia la justicia y la libertad. Así caerán clases sociales, géneros dictados por el patriarcado, superioridad de razas y pueblos, todos los sistemas y estructuras injustas defendidas por teorías basadas en la “magia” de un supuesto orden natural de las cosas que no hace más que llevarnos a la paz de la sumisión, la paz de la injusticia, la paz de la violencia y la ley del más fuerte. En definitiva: una paz que significa una forma de guerra contra quienes tienen la osadía de exigir justicia.


Ana García Romero
Guillermo García del Busto Miralles

jueves, 22 de diciembre de 2011

Héroes y gilipollas.

Existe una pegatina bastante conocida que pertenece a la simbología anarquista en la que vemos dos viñetas: en la primera observamos como un pez grande persigue con la boca abierta a muchos peces pequeñitos que huyen a la desesperada y de forma caótica; en la viñeta de al lado, por el contrario, es el pez grande el que huye ante un pez mucho mayor. La clave está en que este nuevo pez todavía más grande está formado por los peces pequeñitos que antes huían pero que ahora han decidido actuar conjuntamente en contra de su depredador. El mensaje es claro: si no hacemos nada, si cada uno va por su lado y se preocupa tan sólo de su pellejo, la historia no dejará de repetirse y el pez gordo seguirá comiéndose al pez chico. Sin embargo, si nos organizamos y luchamos hombro con hombro por las causas comunes será el opresor el que huya. Pero más allá de este mensaje hay otro: de nada nos sirve ser libres si no podemos ejercer la libertad.


Continuando con el ejemplo, en la primera viñeta el pez gordo no tiene ninguna barrera más allá de su propio apetito que le impida comerse a los peces que son más débiles. Podemos decir que es libre, igual que los peces pequeños, puesto que ninguna autoridad externa les coacciona para comportarse de una manera u otra. En condiciones de libertad, por tanto, es imprescindible que impere la igualdad o de lo contrario corremos el riesgo de retroceder de nuevo a la ley del más fuerte. Es por eso por lo que los pececillos susceptibles de ser devorados se inventan algo así como el Derecho: se crea una barrera inviolable entre aquellas cosas que, pase lo que pase, no se pueden discutir (no se pueden decidir) y todo aquello que es susceptible de debate. Por ejemplo, tener derecho a la libertad de expresión significa que no es posible que otro decida callarte por capricho, independientemente de quién sea esta persona y de qué legitimidad le ampare (propiedad de un medio de comunicación, cargo electo....). Ser sujeto de derecho implica un cambio de poder: si efectivamente tengo derecho a algo, la capacidad de decidir sobre ese algo deja de ser del Estado o del empresario (al contrario de lo que ocurre con los permisos, en los que el Estado o el empresario consienten algo pero se reservan el derecho de dejar de consentirlo).


Ahora bien, el capitalismo ha encontrado la manera de sortear el Derecho, ese campo de minas que el ser humano ha interpuesto a los que de una forma u otra acumulan el poder en su beneficio y lo ejercen de forma tiránica sobre las demás personas. La fórmula es sencilla: formalmente se otorgan derechos (incluso se reconocen en la constitución) pero por la vía de los hechos se niegan las condiciones para que estos se puedan ejercer. Siguiendo con el ejemplo de la libertad de expresión: en ningún momento podemos decir que está garantizada si para alcanzar a buena parte de la población es necesario contar con una cantidad desmesurada de capital, por lo que solo los que posean esa cantidad pueden hacerlo; en ningún momento está garantizada si es tan fácil ejercer la censura como despedir al periodista que no sigue la línea editorial.


Desde hace más de un mes, un grupo de personas de Galapagar se ha empeñado en navegar firmemente contra la corriente que genera el sistema capitalista. ¿Cómo? Defendiendo lo común frente al hambre insaciable de la lógica del máximo beneficio. De hecho, hay quien no dudaría en llamar a lo ocurrido “milagro”: todas esas buenas palabras sobre la defensa de lo público y lo común, sobre la solidaridad y la democracia, etc., que se manejan en las asambleas de barrios, en las comisiones y grupos de trabajo, se hicieron carne de la noche a la mañana, se convirtieron en hechos contantes y sonantes.


Pero no nos imaginemos nada extravagante, esta gente no multiplica los panes y los peces ni hace desaparecer monedas. Lo que ocurre aquí es que varias personas, cansadas de ejercer el rol que esta sociedad reserva para ellas (el de ovejas consumidoras políticamente pasivas), han decidido convertirse en ciudadanas. Y la forma en que lo han hecho es liberando de las garras de la especulación y el consumismo exacerbado un espacio abandonado, un antiguo centro de salud en perfecto estado que iba a ser demolido para construir un centro comercial. Como si se tratase de la época medieval, el centro de salud parecía un condenado a muerte que esperaba expuesto en la plaza pública el momento de su ejecución. Ahora vuelve a ser libre y es un símbolo de que lo aparentemente imposible (que la ciudadanía tome las riendas de su destino) está mucho más cerca de la realidad que lo aparentemente posible (continuar con la marcha y el ritmo que impone el capitalismo).


De forma consciente o inconsciente esta gente ha librado dos batallas paralelas y lo ha hecho con éxito. Por un lado han dado un sonado toque de atención que nos ha obligado a girarnos y abrir los ojos ante otro caso más de cercamiento de lo común, asalto que tiene lugar a nivel nacional e internacional con absoluta impunidad. Pero es que además han hecho aquello que hasta ayer pensábamos que era imposible y aún nos cuesta digerir: se han proporcionado a sí mismos (y a aquellos ciudadanos que así lo han deseado) las condiciones materiales para ejercer de forma efectiva alguno de los derechos que sistemáticamente se nos niega a la inmensa mayoría de la población.


El centro de salud, rebautizado como Centro Social Liberado (CSL), es ahora un espacio en el que la reflexión y la democracia tienen sentido, es decir, son algo más que papel mojado o palabrería electoral. Cruzar la puerta que este grupo de ciudadanos y ciudadanas ha abierto es como atravesar la frontera entre dos países bien distintos: en uno reina el capital, en otro la razón; en uno se obedece al cálculo interesado-individualista de quien puede imponer sus intereses a los demás, en otro a la voluntad general emanada de la ciudadanía; en uno ata el miedo, en otro libera el entusiasmo; en uno las palabras no significan nada, en otro recuperan su significado. Conceptos como el de democracia no se pronuncian en vano dentro del CSL. Allí democracia significa, llanamente, que la ciudadanía decide. Una asamblea del CSL no es una tertulia donde cada uno manifiesta sus deseos y aspiraciones onanistas o donde se defienden intereses empresariales ajenos al bien común, sino un espacio donde, siguiendo el peligroso ejemplo de gente como el Che Guevara, lo que se piensa, se dice y se decide... se hace.


Quizá es por esto mismo por lo que el ayuntamiento de Galapagar se ha mostrado tan torpe y tan asustado: resulta que por fin ha ocurrido algo en sus “dominios”. Y es que normalmente en Galapagar, como en el resto de España, no ocurre nada. La corriente de sucesos sigue su curso habitual sin que nadie vea perturbada la rutina trabajo-supervivencia-hedonismo. La liberación del espacio que ha supuesto la creación del CSL se ha traducido en una especie de pequeño dique que amenaza con atrapar, poco a poco, otras piedras rodantes que no quieren seguir dejándose llevar por la corriente. Y es que hay un peligro real de que este tipo de acontecimientos aúne tanta gente que empecemos a creernos capaces de construir una presa que frene el despiadado y desenfrenado avance del capital e incluso cambie el sentido de la corriente. Cuando se discutía en el parlamento, durante la II República, si se debía otorgar a las mujeres el derecho a voto, el argumento de Clara Campoamor resultó incontestable: aunque las mujeres voten en contra de la República (lo que de hecho no ocurrió), estas deben votar, no solo porque es su derecho como personas, sino porque el camino de la libertad se aprende caminándolo, no esperando pacientemente a que sea tu turno. Mutatis mutandis, el camino de autogestión y racionalidad que nos ofrece el CSL difícilmente se podrá olvidar y por ello podemos decir que este acontecimiento ha sido y es todo un éxito, independientemente de lo que ocurra en el futuro. Es normal que la clase política tradicional se vea amenazada por algo así: el mero hecho de que el CSL exista nos recuerda cuán prescindibles son, cuánto mejor viviríamos si tuviésemos representantes de verdad o no tuviésemos ninguno (en el caso de que estos no existan).


Por otra parte, el Ayuntamiento de Galapagar, pese a lo retorcido, no es del todo inútil y saben muy bien lo que tienen que hacer para proteger los privilegios que se granjean desde su posición como representantes (formalmente) legítimos de la ciudadanía: rápidamente se ha puesto del lado de los peces gordos, llegando incluso al sabotaje para tratar de controlar y limitar los efectos de algo tan perturbador. La alcaldía llama totalitarios a los ciudadanos y ciudadanas que han decidido creerse que tienen derechos (como el de participar activamente en los asuntos públicos) y que tienen el valor de ejercerlos aunque se los nieguen. Utiliza a la policía y a los jueces para atemorizar y desmoralizar a las personas que quieren hacer uso del CSL y para criminalizarles de cara al resto del país (cuantos más policías, imputados y denuncias, más justificada parecerá la represión: “algo habrán hecho”). También utiliza la ficción jurídica que es el Estado de Derecho actual para seguir cometiendo tropelías: se apoya en el derecho a la propiedad y en las leyes que la protegen para impedir que se ejerzan el resto de derechos.


Sin embargo, en un país donde mandan los mercados de forma tiránica no podemos decir que exista la ley. Al contrario, solo encontraremos normas arbitrarias que sirven al explotador para reproducir el sistema de explotación-dominación. Es, por tanto, deber de toda persona seguir el ejemplo del CSL y desobedecer las normas que nos anulan como ciudadanos y ciudadanas para abrir un espacio en el que sí podamos hablar de ley: aquellas normas que emanan de la voluntad general, esto es, las normas de las que se dotan ciudadanos y ciudadanas reunidos en condiciones de libertad e igualdad para reflexionar y utilizar la razón pública, evitando toda superstición o prejuicio y todo cálculo interesado.


Ahora bien, si el CSL nos aporta muchas cosas positivas sobre las que reflexionar y aprender, también es nuestro deber aprender de los errores y dificultades que se han presentado y se presentarán. El camino de la libertad resulta agotador y abrumador: hay tanto que hacer, tanto que discutir, tanto que improvisar, tanto que aprender y compartir... Y el CSL no aísla del exterior: es muy duro compaginar la vida familiar, el trabajo y las necesidades del CSL. Y es todavía peor cuando, pese a las buenas intenciones, son siempre la misma decena de personas la que se encarga de que todo siga funcionando, de que el símbolo siga en pie y siga aportando cosas a la ciudadanía (incluido el espacio donde ser ciudadanía). Además del hastío, el agotamiento y el mal humor, este tipo de situaciones traen consigo otros peligros. Por ejemplo: se corre el riesgo de privatizar el espacio. No es algo que se haga voluntariamente, pero el hecho de que unas personas se ocupen siempre de determinados asuntos va generando un hábito y las asambleas podrían llegar a convertirse en un cara a cara entre algunas de estas personas por el control del espacio, lo que significaría que se ha perdido el bien común por el camino. El absentismo, la falta recurrente de voluntarios o voluntarias, representan un gran peligro para el correcto funcionamiento del CSL y para el bienestar emocional y psicológico de las personas que lo hacen posible.


Había un cuento en el que se narraba la historia de un bosque incendiado. Los animales huían despavoridos abandonando hasta a sus crías para tratar de escapar de las llamas (como si pudiesen vivir sin el bosque...). Pero un pequeño pájaro, en vez de huir, se dedicaba a tratar de apagar el fuego recogiendo gotitas de agua con el pico y lanzándolas a las llamas. La gente que hace posible el CSL se encuentra en la misma situación que el pajarito: el incendio que tratan de apagar es demasiado grande. No podrán solos. Cuando alguien le preguntó al pajarillo por qué intentaba apagar el fuego aún sabiendo que no podría hacer nada, este respondió que simplemente estaba haciendo su parte. Con un grito silencioso, la ciudadanía activa que ha liberado el centro social nos está demandando, nos exige mediante el ejemplo, que hagamos de una vez por todas nuestra parte. El destino del pájaro, así como el del CSL, está ligado al de los demás, los que observamos desde nuestro cómodo sofá en la distancia, los que huimos ante el avance del capital o los que no nos preocupamos de nada que quede más allá de nuestro ombligo. Si rechazamos nuestro deber y no hacemos nuestra parte (dentro o fuera de los espacios liberados), el CSL y el pajarillo están condenados a quemarse en el incendio.


En el caso de no tener los apoyos suficientes para poder prolongar esta nueva aventura de la ciudadanía, las personas que participan activamente en el CSL están obligadas a recordar algo: el ojo de mucha gente está puesto sobre Galapagar. La forma en que acabe el CSL, si es que acaba, es muy importante, no sólo para aquellas personas que se tendrán que enfrentar, en nombre de todos y todas, a un sistema judicial puesto al servicio del capital; también para el resto de personas que, desde la distancia insalvable o la distancia voluntaria, observan estos acontecimientos esperanzados. Llegado el caso, el CSL nos debe a toda la ciudadanía un buen desenlace que no signifique el fin de nada, sino el principio de otra cosa.


Las personas que de una manera u otra colaboraron en la liberación del espacio del antiguo centro de salud consiguieron una buena difusión del acontecimiento de entrada, ¿por qué no conseguir lo mismo para la salida? La lucha no termina en el CSL: aunque lo desalojen no podemos interpretarlo como una derrota, tenemos que leerlo como una metamorfosis. La lucha sigue, dentro y fuera del centro. Los frentes son múltiples y los recursos de los que disponemos muy limitados. Si se hizo notar la liberación de ese espacio y ahora se decide salir o las fuerzas policiales actúan para expulsar a la ciudadanía de su espacio, que se note más que estamos fuera, que entiendan que es un error ignorar nuestros derechos.


Vivimos tiempos revueltos y oscuros. Desde hace algunos siglos ocurre algo muy peculiar que bien podría haber impulsado a Platón a salir de su tumba: resulta que aquella persona que hace lo que es justo en lugar de lo que le conviene es considerada o bien un héroe (alguien que parece que se ha escapado de las películas o de la Biblia, que está fuera de contexto), o bien un gilipollas (alguien que no ha entendido el contexto, que actúa de forma irracional). Lo normal, se dice, es que cojas el sobre porque si no otra persona lo cogerá. Lo normal es que persigas tus intereses por encima de todo. Lo normal es que no te mojes por nada salvo por obtener un mayor beneficio.


Por eso, pase lo que pase, no debemos olvidar ni dejar de transmitir lo que puede ser la mayor lección de esta experiencia: que en el CSL de Galapagar se ha creado un espacio de igualdad y libertad donde conviven unos extraños seres (ciudadanos y ciudadanas) que se empeñan en recordarnos que hacer lo justo, hacer lo que se debe hacer independientemente de los sacrificios que eso conlleve, no es asunto de héroes ni de gilipollas. Es un deber que concierne a la gente normal y corriente. Lo que no es normal es lo que ocurre fuera del CSL: hambre insaciable, depredación económica, canibalismo mediado por el dinero, alienación. Casi dan ganas de gritar “¡o CSL o barbarie!”.

lunes, 21 de noviembre de 2011

La gran fiesta de la democracia (ensayito sobre la lucidez).

¡SORPRESA ELECTORAL!

En la jornada de ayer volvimos a rendir homenaje a la libertad celebrando unas nuevas elecciones. Hablamos como pueblo soberano y, contra todo pronóstico, decidimos que el Partido Popular obtuviera una holgada victoria: 186 escaños. El segundo partido más votado, el PSOE, tampoco esperaba recibir semejante apoyo, que le ha colocado (también por primera vez) como principal actor de la oposición. “Debido a las trabas que nos pone el sistema electoral, nuestro resultado final ha sido toda una sorpresa, pero está claro que nos merecemos esto y más por el trabajo que hemos ido desempeñando años anteriores”, dice Paquito, después de conocer que el PSOE ha obtenido 110 escaños..

La ciudadanía ha hablado. Sus nuevos representantes serán los encargados de defender sus intereses a partir de ahora. “Estas elecciones son la esencia de la libertad”, afirma Fulano, del PP. Y continúa visiblemente emocionado: “Nunca un partido como el nuestro, que partía de cero y con todas las desventajas, había logrado semejante mayoría”, “¡Menuda sorpresa, nadie lo esperaba!”. En efecto, todas las encuestas señalaban que los máximos beneficiarios de este sistema democrático, la izquierda totalitaria, iba a obtener una contundente victoria, favorecidos por la situación de desesperación y de crisis. Sin embargo, los dos partidos más votados en estas elecciones son los que mejor encarnan las virtudes de nuestro sistema: fomento de la libertad económica, desarrollo, participación ciudadana, democracia en todos los niveles, esfuerzo sincero por el bien ciudadano... El resto de partidos apenas han obtenido un puñado de votos, probablemente fruto del desconocimiento y del proceder irreflexivo de esa izquierda caníbal. “Es la mejor prueba de madurez democrática en estas difíciles circunstancias”, sentenció Mariano.

Sin embargo, no todos los españoles celebran la victoria de la democracia sobre el terror y el totalitarismo. Un grupo de desharrapados y de violentos ha mantenido protestas y han celebrado distintos actos con la intención (fracasada, inmediatamente abortada con la ayuda del Cuerpo Nacional de Policía, que actuó resuelta y contundentemente contra los enemigos de la libertad) de “reventar” este esplendoroso momento. Durante unos momentos corrió el rumor de un intento de golpe de Estado, que resultó ser falso, pero no deja de ser indicativo de la forma en que estos delincuentes “respetan” la voluntad de la mayoría. “¡Esto es democracia y no lo de Sol!”, exclaman al unísono miles de ciudadanos [Imaginemos una piedra que cae por efecto de la fuerza de la gravedad. Supongamos que esa piedra adquiere conciencia de sí misma en mitad del trayecto y que inmediatamente piensa dos cosas: primero, puesto que la piedra no sabe por qué está cayendo, asume que si está en movimiento es por su propia voluntad; en segundo lugar, asume que ese movimiento de arriba a abajo es indefinido, que no tiene por qué llegar al final y estamparse, sino que puede seguir cayendo eternamente. Es por eso que además de pensar “soy libre porque decido ir hacia abajo”, la piedra también va pensando “por ahora todo va bien” mientras se acerca al suelo.

La sociedad española se ha convertido (si no lo era antes) en esa piedra. Sin embargo, sería un error asumir que esta metamorfosis por la cual pasamos de ser ciudadanas a objetos inertes que caen por la acción de fuerzas que escapan a su control ha sido fruto de una decisión racional. Si analizamos los resultados de las elecciones al congreso podremos comprobar que el bipartidismo en general ha perdido más o menos cinco millones de votos: el PP apenas ha conseguido sumar algo más de medio millón de votantes respecto a las elecciones pasadas, mientras que el PSOE ha perdido aproximadamente seis millones, lo que significa que entre ambos han perdido 27 escaños. Por otro lado, los votos de PP y PSOE sumados apenas agrupan a la mitad del electorado, lo que gracias a nuestro sistema electoral se ha traducido en casi lo contrario, aproximadamente el 84% de los escaños del Congreso de los Diputados. He aquí el gran secreto de nuestra democracia, he aquí una de las mejores formas de convertir el oro en hierro: con tan solo 600.000 votos más, el PP ha obtenido 32 nuevos diputados en la cámara, mientras que partidos como IU, que han logrado un crecimiento en votos similar, apenas ha obtenido 9 diputados más. Esto significa que cada uno sus nuevos diputados le han costado a IU aproximadamente 66.667 votos, mientras que al PP le han costado 18.750, casi cuatro veces menos.

Pero además de tener una ley electoral perversa que castiga a los partidos pequeños y sobrerrepresenta a la derecha, los pueblos del Estado español se han visto sometidos a otro tipo de “condicionamientos” que han hecho de estas elecciones algo especial. Por un lado tenemos la situación de crisis económica o los altísimos niveles de paro, elementos que imprimen carácter de urgencia a todas nuestras decisiones y que funcionan como herramienta de chantaje en manos de los poderosos (“si no votas a mi partido, no tendrás trabajo”). Pero es que además estamos sufriendo un ataque especulativo que ha elevado la prima de riesgo de nuestra deuda por encima de la de Italia. Se trata, por tanto, de unas elecciones celebradas en situación de asedio, la ciudadanía está sitiada por los mercados. Es evidente que empresarios e inversionistas sabían que cualquiera de las opciones del bipartidismo les valía. Estaban tan convencidos de ello que no han recurrido a la vieja técnica de intervenir activamente en los asuntos internos de un país desde plataformas como el BM o el FMI, no ha hecho falta redactar una carta de compromiso con las políticas neoliberales, no ha hecho falta obligar a los candidatos (bajo amenaza de ataque masivo-especulativo-financiero) con opciones a victoria a firmarla...

En Europa acabamos de ser testigos de cómo se debe dar un golpe de Estado hoy en día. Tanto en Grecia como en Italia, se ha excluido a la ciudadanía de toda decisión sobre su presente y su futuro. En ambos países ya tenemos un gobierno de tecnócratas elegidos directamente por los mercados. Y en estas condiciones se nos ha dicho a la ciudadanía: “votad, sois libres, elegid lo que queráis, pero ateneos a las consecuencias: si no gusta a los mercados, vendrán de una forma u otra a por vosotras”. Es la Ley de Hierro del sistema capitalista: o “eliges” lo que los “expertos” (aquellos que ostentan el saber objetivo y desinteresado y que tanto trabajan para Pinochet como para Zapatero) te dicen que debes elegir o te enfrentas a ataques especulativos, bloqueos económicos, golpes de Estado... Por suerte en España hemos evitado todo esto: no hace falta un golpe que venga de fuera ni más ataques, mediante una ley electoral tramposa e injusta, aquellas personas que pase lo que pase votan al bipartidismo han obtenido una grandísima victoria y han instaurado a “tecnócratas” en el poder por sí mismos. Mediante nuestra ley electoral, un tercio de la ciudadanía le ha dado un golpe de Estado al resto. Tanto es así que los próximos cuatro años sus representantes pueden olvidarse de todo y dejarse llevar por la “necesidad”. Pero si, como el PSOE, a la hora de decidir eliminar derechos y mantener privilegios el PP agita la bandera de la necesidad, de la falta de opciones, de la imposibilidad de elegir, entonces, ¿para qué hemos votado? Si gane quien gane tiene que hacer lo que se le dicta desde los centros de poder del capital como si se tratase de algo inevitable, ¿para qué cambiar a la gente que está en el gobierno y en el parlamento? Votando al bipartidismo nos negamos la posibilidad de decidir, es la muerte de la democracia y la muerte de la política. Bienvenida sea la dictadura del capital, la mera administración de los ricos sobre los pobres: por fin reconocemos tanto el derecho del león a comer cordero como el derecho del cordero a ser comido por el león.

A partir de hoy, el PP se basará en una legitimidad que no tiene para continuar la obra del PSOE: legislar en contra de la razón, en contra de la voluntad general y en contra de lo público. Insistirá en que puede hacer lo que se le antoje (traducción: lo que le manden desde Europa y el FMI más los favores que deba a Botín y compañía) porque las españolas les hemos dado la mayoría. Sin embargo, no han sido ni un tercio de las votantes las que le han dado su voto. Lo que significa que dos tercios de las electoras o no han votado o han votado algo distinto. Aún así, el PP cuenta con mayoría absoluta, la fórmula jurídica perfecta para tiempos de crisis: no tendrá que hacer como el PSOE y gobernar a base de decreto, se pueden permitir los debates en el parlamento porque solo sus votos cuentan para algo. Dejémoslo bien claro: el triunfo del PP no ha sido democrático, sino formal. Su triunfo (la mayoría absoluta) se lo da la ley electoral, no la población del Estado español. Esta mayoría no es un reflejo de la confianza, sino un reflejo de lo corruptas y/o mutiladas que están las instituciones “democráticas” en este país. El voto en blanco, la abstención y el voto nulo han crecido. También el voto a los partidos que se escapan del bipartidismo. De hecho, da que pensar que el único lugar donde ha aumentado la participación es en el País Vasco, donde han votado en masa a AMAIUR, un partido marcadamente antisistema.

¿Qué nos queda a las ciudadanas de a pie? ¿Qué nos queda a las personas que tenemos conciencia política? ¿Debemos asumir que lo que Unamuno le dijo al fascismo, “venceréis pero no convenceréis”, es una condena más que una advertencia? ¿Estamos condenados a convencer pero a cambio de perder? O, parafraseando a Savater, ¿estamos condenados a ser el antiácido del sistema digestivo del capitalismo y nada más? Lo cierto es que la campaña electoral, al igual que buena parte de la política del bipartidismo, se ha convertido en una especie de campaña de marketing. Igual que venden la “marca España” fuera, dentro del país los dos grandes partidos venden sus propias marcas, tratando de diferenciarse cuando se acerca la hora de elegir entre uno u otro. Nos tratan como a tontos consumidores: no nos convencen, no hace falta, nos seducen y nos manipulan sin un solo argumento y luego no aceptan la devolución del producto de los miles de consumidores insatisfechos.

Estas elecciones vuelven a dejar claro que la lucha, si no toda buena parte, se debe dar en la calle: las instituciones no nos dejan ni un solo espacio más allá del testimonial, dentro de ellas solo existimos para reconocer nuestra derrota y legitimar su victoria. Desde las plazas hemos dado al gobierno bipartidista muchas y buenas oportunidades para que nos escuche. Es una concesión por nuestra parte el ser tan pacíficos y respetar hasta tal punto las normas, incluidas las arbitrarias y humillantes. Hasta el punto de que muchas veces se nos olvida a nosotras mismas que ser respetuosa y pacífica no es lo mismo que ser obediente. Pero ¿qué nos queda si desde las instancias del poder formal se nos ignora sistemáticamente y se nos apalea cada vez con mayor frecuencia? ¿Fue Kennedy el que dijo algo así como “aquellos que hacen la revolución pacífica imposible, hacen la revolución violenta inevitable”? De hecho, la administración bipartidista ya ha respondido a muchas de estas preguntas: los que estaban en la oposición llevan tiempo pidiendo que nos barran de las calles, mientras que los que estaban en el poder han iniciado un proceso que seguramente se agrave durante esta legislatura: recortes en derechos laborales y sociales (especialmente llamativos son los casos de educación y sanidad) y aumento de la dotación de la policía hasta alcanzar máximos históricos. Así es como se defiende una dictadura frente a la razón y a la voluntad general, no nos engañemos: cuando faltan los argumentos y la manipulación mediática se muestra insuficiente, su única opción es recurrir a la fuerza, no en vano se sientan en el trono del poder.] que se manifiestan en Ferraz y en Génova para celebrar el triunfo de la libertad frente al terror y el autoritarismo. La única pega, dicen algunos, es que “el terrorismo etarra haya conseguido unos escaños aprovechándose de nuestra tolerancia democrática”. En efecto, AMAIUR, partido liderado por ETA, ha conseguido 7 escaños.

Ciudadanos entrevistados a pie de calle no podían contener su emoción ante los resultados y su disgusto ante los manifestantes antidemocráticos: “¡No es justo! Cuando ellos estaban en el poder nosotros lo respetamos, que ahora nos respeten ellos”, de lamenta Miguel. “A nosotros nos han votado millones de personas y por tanto representamos a la nación, que se enteren esos perroflautas...”, decía Manoli, impaciente por empezar a trabajar por la libertad desde su nuevo cargo electo.

Los dos sindicatos mayoritarios también han celebrado este gran acontecimiento: “Aunque el partido al que apoyamos no ha ganado, nos sentimos orgullosos de vivir en un sistema tan democrático. Esos indignados seguramente ni saben lo que es una constitución, no aceptan que la mayoría queramos ser libres”, decía Mengano al salir de la fiesta en la sede de UGT, asomando la cabeza desde su Audi último modelo. Además, muestran su confianza en el futuro del PSOE ya que, aseguran, si trabajan duro por la ciudadanía, aunque sea desde la oposición, puede que gane dentro de cuatro u ocho años.

Pero si las calles parecían un festival en honor a la democracia, la auténtica fiesta se vive en el corazón de cada uno de los españoles de bien, que ha visto como el resto de los ciudadanos ha decidido seguir los cauces establecidos para hacer de nuestro convivir algo atractivo, pacífico y productivo.