sábado, 7 de septiembre de 2013

Música y ciencias sociales (II): ¿debemos obedecer? La Polla Records, "Delincuencia".

Cargaos la delincuencia 
es una plaga social.
Una raza despreciable 
una raza a exterminar. 
Banqueros: unos ladrones sin palancas y de día.
Políticos estafadores juegan a vivir de ti. 

Fabricantes de armamento, eso es jeta de cemento, 
las religiones calmantes y las pandas de uniforme.
La droga publicitaria 
delito premeditado 
y la estafa inmobiliaria 

Delincuencia, delincuencia es la vuestra, 
¡asquerosos!
Delincuencia,  
vosotros hacéis la ley. 

Explotadores profesionales, 
delincuencia es todo aquello 
que os puede quitar el chollo. 




http://www.youtube.com/watch?v=TYt4RGMlq4w 

En el anterior artículo giramos en torno a la pregunta ¿por qué obedecemos? Hoy trataremos de reflexionar con acierto y virtud sobre otra importantísima pregunta para la ciencia política: ¿debemos obedecer? Para tratar de responder, recordemos a Sócrates. Gran pensador, vivió en la zona de Atenas en el siglo V a.C. Autor de la conocida frase “solo sé que no sé nada”, vivió alrededor de 70 años. Sin embargo, su muerte no se produjo de forma natural: Sócrates fue ejecutado. Así lo decidió la asamblea ateniense, máximo órgano de decisión en la Atenas de aquella época. Oficialmente se le ejecutó por introducir dioses falsos y pervertir a la juventud, aunque, como de costumbre, la realidad es algo más complicada y oscura. Por lo visto muchos ciudadanos atenienses se habían hartado del viejo Sócrates, personaje molesto donde los haya, porque no paraba de hacer preguntas molestas cuyo efecto final era demostrar ante el público que la mayoría de las personas hablan sin saber de lo que hablan. Cuando preguntaba insistentemente qué es un zapato a un zapatero, le llamaban loco. Pero cuando preguntaba qué era la virtud o la justicia a las eminencias públicas que se llenaban la boca con esas palabras, le consideraban un peligro. Especialmente la escuela de los sofistas, cuya máxima era “el hombre es la medida de todas las cosas”, es decir, que consideraban que no existe ninguna verdad absoluta y que todo depende de la óptica con que se mire... y de lo capacitado que estés para convencer de tu perspectiva a los demás. Fueron estos los que acusaron Sócrates y convencieron a la asamblea de ciudadanos para declararle culpable y condenarle a muerte.

No obstante, Sócrates tenía amigos dentro de Atenas y, al parecer, consiguieron urdir un plan de fuga, pero él lo rechazó. Pensaba que huir era otra forma más dura de morir: escapar de Atenas era adentrarse en el mundo sin ley, en territorio bárbaro, en el reinado de la fuerza, la violencia, los prejuicios, escapar de la polis significaba someterse a la ley del más fuerte. ¿Qué posibilidades tiene un viejo allí fuera? Pero había otra cuestión y no de menor relevancia: Sócrates consideraba que si había una ley, tenía que obedecerla. Era algo ante lo que no cabe elección alguna, las leyes están para respetarlas, no podemos empezar a violarlas solo porque consideremos que no nos favorecen o que están confundidas. Desobedecer las leyes cuando nos conviene, pensaba Sócrates, es el principio del reinado del caos: nada nos protegerá, por ejemplo, de los que pueden hacernos daño porque son más grandes o más fuertes, necesariamente acabaremos obedeciendo las órdenes de quien es capaz de imponérnoslas, lo que no tiene otro nombre que tiranía. Así que Sócrates, en lugar de huir para salvar la vida, decidió cumplir las leyes atenienses y murió ejecutado.

La actitud de Sócrates nos podría parecer hoy día una cuestión de demencia senil o de brutal depresión, pero debemos tratar de medir sus acciones teniendo en cuenta el contexto político-sociológico de la época. En Atenas, a diferencia de nuestros sistemas actuales, quien debía tomar las decisiones políticas, las decisiones que afectan al conjunto de la polis, era la ciudadanía. Cierto es que la ciudadanía la formaba un pequeño porcentaje de los habitantes de Atenas, porque mujeres, esclavos, extranjeros y la mayor parte de comerciantes y trabajadores manuales estaban excluidos de esa categoría, es decir, no eran ciudadanos, por lo que no tenían ni voz ni voto en la asamblea, no podían ocupar cargos públicos, no tenían derechos propiamente políticos. De hecho, tendremos que esperar hasta la Revolución Francesa (cuya máxima expresión, además de Robespierre, fueron Haití y las mujeres como De Gouges) para que el concepto de ciudadanía se entienda como algo universal, es decir, como algo que existe con independencia del color de piel, estatura, sexo, credo... pero eso es otro tema. Volviendo al caso en cuestión: Sócrates era ciudadano de Atenas. Esto significa que podía tomar parte en las discusiones de la asamblea y, por tanto, tenía la misma capacidad legal que los demás para discutir sobre las leyes.

Sócrates entendía que si se le condenaba a muerte en base a una mala ley (al margen de que las acusaciones fuesen falsas o de que en el juicio la protagonista fue la demagogia hasta el punto que personas que le consideraban inocente votaron luego a favor de castigarle con la muerte), su deber como ciudadano era, en caso de no estar de acuerdo, intentar cambiarla. Sócrates decía que la batalla era previa, que huir no tenía sentido porque lo que tendría que haber hecho era eliminar o cambiar esa ley en la asamblea, asunto del que no se preocupó en su momento.

Hoy, sin embargo, no ocurre exactamente lo mismo: la ciudadanía no toma directamente las decisiones, sino que lo hacen sus representantes. Y estos, en el caso del Estado español, no responden ante la ciudadanía salvo cada cuatro años y envueltos en redes de mentiras, contubernios clientelares y campañas de marketing. Entre elección y elección, diputados, senadores y miembros del gobierno responden ante una idea que no hay quien defina, al menos en este país: la nación. En otras palabras, cuando un partido obtiene escaños en el parlamento, deja de estar (si alguna vez lo estuvo) atado a las decisiones de sus votantes y, legalmente, puede incumplir todo su programa y dedicarse a hacer lo contrario de lo que prometía cuando trataba de captar votos. Nuestra situación, por tanto, parece diferir bastante de la de Sócrates en tanto no son los ciudadanos quienes toman directamente las decisiones, pero siguen existiendo similitudes.

Cargaos la delincuencia 
es una plaga social.
Una raza despreciable 
una raza a exterminar.

Evaristo odia la delincuencia, como Sócrates. No le gusta nada que haya determinadas personas que, por los motivos que sean, se crean con derecho a pisotear las normas que tenemos que obedecer el común de los mortales. Ahora bien, nótese que Evaristo no ha dicho “carguémonos” la delincuencia, sino que ha utilizado la segunda persona del plural: “cargaos [vosotros] la delincuencia”. Tiene muy claro que no es él (ni cualquier otro ciudadano) el que tiene la capacidad de decidir. Evaristo les habla a los y las representantes, les pide que acaben con la delincuencia, pero lo hace utilizando un lenguaje muy particular: “plaga”, “raza”, “exterminar”. Es el lenguaje del fascismo, el lenguaje que deshumaniza y convierte en animal (plaga), que cristaliza prejuicios sociales adscribiéndolos a una categoría social supuestamente natural (raza) y que considera que todo aquello que se sitúa fuera de los límites es imposible de asimilar y por tanto solo cabe su desaparición (exterminio). Lo que está haciendo Evaristo es utilizar el lenguaje de los que mandaban y, en buena medida, mandan. Está dándoles la razón, hablando como si fuese uno más de la selecta casta de mandatarios. Ahora bien, ¿entienden lo mismo al decir “delincuencia” la casta política y La Polla?

Banqueros: unos ladrones sin palancas y de día.
Políticos estafadores juegan a vivir de ti. 

Fabricantes de armamento, eso es jeta de cemento, 
las religiones calmantes y las pandas de uniforme.

Como seres humanos, todos somos capaces de entender que si nos damos unas normas de convivencia y lo hacemos de común acuerdo, todo acto que atente contra esas normas atenta también contra la convivencia, por no hablar de justicia, de derecho... Es normal, por tanto, que tanto comunistas como fascistas, liberales y socialistas, neoliberales y socialdemócratas, todos, estén de acuerdo en condenar todo acto que transgreda las leyes. Sin embargo, la lucha política es en un principio la lucha por el significado: todos estos grupos que en principio coinciden en algo, van a luchar necesaria y encarnizadamente por definir a nivel social qué es eso de “delincuencia”.  Evaristo por un lado y PSOE, PP, PNV, CIU, ERC, UpyD, etc. por otro, no coinciden a la hora de señalar quién es el delincuente. Para la casta política y sus oligarcas económicos delincuente es, por ejemplo, el que roba a punta de navaja lo que no es suyo. Sin embargo, si nos paramos a ver quién puebla las cárceles y por qué, nos daremos cuenta de que es infinitamente más probable ver a un pobre entre rejas que a un rico, de que el propio término “robar” implica un posicionamiento político. No es una cuestión de que los pobres roben por necesidad mientras que el rico no lo necesita. Cuando Evaristo se refiere a los banquero como ladrones “sin palancas” y que roban de día, está señalando algo que a estas alturas es más que evidente: una persona puede acabar en la cárcel por robar una gallina, pero si el robo es de cientos de millones y en lugar de a una persona se roba a la sociedad entera, basta con pedir perdón públicamente de vez en cuando, cuando te pillan. Llegado el caso, se sacrifica a uno de los peones para escudarse en la teoría de la manzana podrida (véase Bárcenas, Roldán, Vera y Barrionuevo...), pero el hecho innegable es que existe un sesgo de clase, tanto en las apreciaciones subjetivas como en las leyes, que convierten el tejido de la justicia en una tela de araña que solo atrapa a los bichos pequeñitos, a los que no tienen suficiente fuerza (capital) para defenderse, mientras que los moscardones, los grandes ladrones, los que visten con traje y corbata, campan a sus anchas.

La droga publicitaria 
delito premeditado 
y la estafa inmobiliaria.

Visto así, no podemos negar que tenemos un problema serio. Pero me temo que es peor de lo que parece: la cuestión no es solo que la ley falle, esto es, que hay agujeros que permiten a los que la violan desde arriba escapar impunemente; la cuestión principal es, para Evaristo, que los que violan las leyes son, además, los que hacen las leyes. Los que han hecho las leyes publicitarias y las leyes que convierten un derecho como la vivienda en un mercado más, son los delincuentes. La estafa inmobiliaria no es el triste resultado de los cabos sueltos que han dejado una panda de incompetentes que se hacen llamar gobernantes, la estafa inmobiliaria es un diseño, una construcción dedicada al expolio que se ha hecho posible gracias al marco legal que promovieron los principales interesados (banca, grandes constructoras, sector financiero y partidos que les representan) a través de sus lobbys y chantajes económicos. Se trata por tanto, no de un error, lo que nos situaría en el plano borbónico en el que se mueve la casta política cuando ya es inevitable reconocer el daño (la cara más amable de la impunidad: “no lo volveré a hacer, lo siento”), sino que se trata de algo premeditado. Que los banqueros y empresas especuladoras que se dedicaban a extraer grandes beneficios de la deuda y de la vivienda se hagan los sorprendidos y, con los millones a salvo en paraísos fiscales, hagan recaer todo el peso de la crisis sobre las clases subalternas, solo tiene un nombre: delincuencia organizada.

Delincuencia, delincuencia es la vuestra, 
¡asquerosos!
Delincuencia,  
vosotros hacéis la ley. 

El problema, por tanto, es muy grave. Vivimos en un sistema que legaliza y por tanto legitima ciertos tipos de delincuencia (desde la explotación, pasando por el desahucio -oda al derecho a la propiedad sobre todos los demás derechos- al cambio de la constitución y al apoyo a guerras imperiales en contra de la voluntad ciudadana) mientras que criminaliza y castiga severamente otros (robar una gallina para comer, por ejemplo). Mientras cada día miles de personas se tienen que enfrentar a la falta de recursos para comprar material escolar, a desahucios, paro prolongado y sin prestaciones sociales, sueldos miserables, horarios insoportables, etc., para que unos pocos disfruten del sueño americano, los medios de comunicación, la casta política y todo aquel que siente sus privilegios capitalistas amenazados, señalan y fomentan el linchamiento social de los miembros del SAT (Sindicato Andaluz de Trabajadores) que se han atrevido a violar la legalidad vigente para expropiar y repartir material escolar y bienes de primera necesidad. Intentan que los grandes centros comerciales que roban cada día a (entre otros) trabajadores, campesinos, ganaderos, autónomos, pequeños comerciantes y transportistas, aparezcan como víctimas, mientras que el “delincuente” es siempre el que pasa hambre precisamente porque hay quien posee centros comerciales y “necesita” obtener cierta tasa de beneficio.

Explotadores profesionales, 
delincuencia es todo aquello 
que os puede quitar el chollo. 

¿Qué haría Sócrates en esta situación? No lo sabemos, pero podemos aventurar alguna respuesta: si estuviese vivo haría como Evaristo y, fuese a base de preguntas en la plaza pública o fuese agarrado a un micrófono, Sócrates, máximo defensor de la legalidad y el respeto a las leyes, sería hoy uno de los máximos promotores de la desobediencia civil. El por qué ya lo ha sugerido el propio Evaristo: ¿podemos llamar ley a las normas que emanan de un gobierno corrupto, esto es, un gobierno que confunde interesadamente (o por presiones externas) lo público con lo privado? No, Sócrates se quedaría atónito al comprobar en qué medida hemos permitido que sean los delincuentes los que hagan las “leyes” a su medida, se quedaría boquiabierto al comprobar que le hemos puesto el mismo nombre a dos sistemas antagónicos: mediante la democracia formal la tiranía ha conseguido disfrazar sus normas arbitrarias, normas cuya única legitimidad es la fuerza, el privilegio, la tradición o el miedo, y las ha vestido de legalidad, dotándoles así, al menos en apariencia, de una legitimidad de la que nunca dispusieron. Y tanto Evaristo como Sócrates vienen a decirnos lo mismo: debemos obediencia a las leyes, a las normas que emanan del pueblo y que constituyen, en tanto límites a los poderosos, la gramática de la libertad; no debemos nada a los mandatos de una casta privilegiada que simplemente gobierna porque es capaz de convertir sus intereses particulares o los de quienes les llenan el bolsillo en los intereses públicos de toda la sociedad. Nuestro deber hoy, por tanto, no es la obediencia, sino la desobediencia... en nombre de la ley.

martes, 27 de agosto de 2013

Música y ciencias sociales (I): hegemonía. The Meas, “Carnaval”.

Aborrecemos la vida normal, 
vamos de cráneo hacia nuestro final, 
solo poniéndolo todo al revés 
conseguiremos ponernos de pie.

¡Maldita normalidad! 


Cuando los que mandan pierden el control, 

aparece la moralidad. 
Obedeceremos una sola ley:
nadie tiene por qué obedecer. 

¿Qué es lo normal y qué es lo anormal?

¿Quién es el listo que lo decidió? 
¿Por mayoría o consenso social? 
Yo nunca estuve en esa reunión. 

Cuando los que mandan pierden el control, 

aparece la moralidad. 
Obedeceremos una sola ley: 
nadie tiene por que obedecer. 

Porompompom, que joda el pueblo, 

siempre jodidos, no queremos seguir, 
porompompompero, de carnaval. 
Porompompom, quiero estar loco, malditas normas, 
puta legalidad, 
porompompompero, de carnaval.

Siempre cabeza abajo, nos puede dar un algo.

Solo poniéndolo todo al revés
 conseguiremos ponernos de pie. 

¡Maldita normalidad!


Porompompom, que joda el pueblo, 

siempre jodidos, no queremos seguir, 
porompompompero, de carnaval. 
Porompompom, quiero estar loco, malditas normas, 
puta legalidad, 
porompompompero, de carnaval.

Me resisto a ser 

una sombra inexistente en esta oscuridad, 
consumista, consumido con sumo placer. 
A quitarse la careta, fin del carnaval


No vivimos tiempos precisamente felices, la situación no está para tirar cohetes pero sí para apuntar bien con ellos. Ahora bien, una pregunta fundamental de las ciencias sociales en general es: ¿eso que llamamos “normal” agota todas las posibilidades? ¿Es la normalidad que conocemos la única normalidad posible? Si respondemos “sí”, solo nos quedará ir a abastecernos de todos los libros de autoayuda que podamos para saber encajar el golpe, para adaptarnos a la terrible normalidad: si hay crisis económica, hay que reducir los salarios de los trabajadores; si se ponen en cuestión los intereses geopolíticos de uno o varios imperios, es lícito destruir un país; si los tribunales van demasiado despacio, se introduce el filtro económico para que solo los pudientes accedan plenamente (o lo que dé de sí el régimen de turno) a la justicia; si falta dinero, se rescata a la banca y se hunde o se deja hundir a los desahuciados, la educación y la sanidad públicas...

Evaristo podría haber escogido de entre esos y muchísimos más motivos de indignación y rebelión para maldecirlos. Sin embargo, en esta canción ha escogido hablar de la normalidad, de lo que hoy consideramos normal. Y lo ha hecho porque si le preguntásemos él respondería con un rotundo “no” a esos dos interrogantes: existen otras formas de “normalidad”, las cosas que hoy parecen extrañas o ajenas pueden rápidamente convertirse en elementos normales y propios de la vida diaria. Y él mismo se pregunta:

¿Qué es lo normal y qué es lo anormal?
¿Quién es el listo que lo decidió? 
¿Por mayoría o consenso social? 
Yo nunca estuve en esa reunión. 

¿Quién decide aquí qué es normal y qué no lo es? ¿Quién ostenta ese poder? Y ¿se trata verdaderamente de una forma de poder, de un ámbito propio de la política, o es simplemente algo que depende, por ejemplo, de rasgos culturales neutrales en términos ideológicos?

El autor de la canción lo tiene claro: sin llegar a hacerlo explícito, nos conduce a un inevitable encuentro con el concepto “hegemonía”, imprescindible para ver el alcance político que tiene una canción que a simple vista (y oído) podría parecer el solitario lloriqueo de un punki de voz cascada.

Me resisto a ser 
una sombra inexistente en esta oscuridad, 
consumista, consumido con sumo placer. 

¿Se trata de un lamento aislado, de un grito en el desierto? ¿O se trata de una protesta o una demanda política, extrapolable a otros sectores de la población totalmente alejados del ideario y la estética de “La Polla Records”?

Una de las preguntas fundamentales que se hace tarde o temprano todo aquel que se interesa por la política es ¿por qué obedecemos? Ante esa pregunta caben multitud de respuestas si nos detenemos a observar caso por caso sin relacionarlos entre sí: porque si no obedezco, la policía me pega, porque si no mis padres me castigan, porque lo dice la ley, porque he votado al que manda... Pero si nos abstraemos un poco para, desde lejos, tratar de encontrar un hilo que una todas las decisiones y motivos individuales por los cuales acabamos obedeciendo, descubriremos que todas las respuestas se pueden agrupar en dos campos: el de la coerción y el del consenso.

Para que una sociedad obedezca es necesario contar con ambos elementos. La coerción, el uso de la fuerza (o la amenaza), el miedo, la capacidad de obligar para que se cumplan las normas, es imprescindible, pero insuficiente: una sociedad que solo obedece por el miedo a sus dirigentes es una sociedad que tiende a la desobediencia. Es inestable y potencialmente violenta, porque acaba por entenderse que la violencia es la única solución que ofrece el régimen para quien no está de acuerdo.

Todo régimen político establece unos límites, unas fronteras, entro lo que se acepta y lo que se prohíbe, entre lo que se puede discutir y lo que no (así como las condiciones en las que se discute), lo que se puede cambiar y lo que es intocable. Y además envuelve su fuerza, su capacidad de obligar a respetar esos límites, su puño de hierro (como decía Gramsci), en un guante de seda. La seda es el consenso: son toda una serie de instituciones estatales y no estatales que a través de dispositivos sociales, culturales, lingüísticos, educacionales, etc., colaboran en la normalización, naturalización y cristalización de las relaciones de poder de una sociedad determinada. Es decir, medios de comunicación, escuelas, diccionarios, tradiciones, iglesias, revistas del corazón... contribuyen a construir la legitimidad de ese orden (uno de los ejercicios fundamentales del poder político), convencen para obedecer estableciendo con su discurso y sus acciones los límites de lo normal, lo aceptable, lo tolerable, lo adecuado, lo bueno y lo contrario.

En otras palabras, la lucha por la hegemonía no se reduce a la disputa directa de dos o más fuerzas opuestas previamente definidas: la lucha es eminentemente política, no bélica, y se da antes de la confrontación directa y física. El momento fundamental de la política ya ha pasado cuando dos bandos se enfrentan en una batalla, porque ese momento es la propia construcción de los bandos: la definición de las lealtades, la ordenación del campo político, la construcción bien delimitada de un “nosotros” frente a un “ellos” (o “nosotras” - “ellas”). De ese momento depende la mayor o menor capacidad de generar mayorías. En la actualidad, un buen ejemplo lo constituye el llamado “chavismo” en Venezuela. La marca que han dejado los gobiernos de Chávez ha sido tan profunda que ha modificado el lenguaje político hasta tal punto que el defensor de la derecha tradicional y los partidos “turnistas” anteriormente en el poder, han tenido que presentarse a sí mismos como “progresistas” y utilizar el lenguaje “chavista” para tratar de construir una mayoría capaz de ganar las elecciones presidenciales. Mientras que el PSUV se ha construido sobre una diferenciación clara entre un “nosotros” (el pueblo, la mayoría, los pobres) y un “ellos” (la 4ª República, los partidos que se turnaban en el poder, la oligarquía económica), la oposición busca difuminar esa diferencia, eliminar ese eje de disputa y trasladar el debate político a ámbitos más controlables y favorables, como la gestión o la corrupción, en un intento de romper la mayoría social que otorga una y otra vez la victoria al partido fundado por Chávez.

Siquiera las condiciones de vida que podemos llamar objetivas (el número y el nivel de pobreza, el nivel de analfabetismo, la situación del mercado laboral, vivir en un país colonizado o uno colonizador, etc.), tienen voz propia: en lo que concierne a la lucha política ningún hecho social o natural habla por sí mismo, hay que darle significado. Pongamos el caso del terremoto de Haití (12 enero de 2010): tras la masacre los habitantes del país bien podrían culpar a los dioses por la fatalidad, a la naturaleza, a los astros, a los blancos, al gobierno, a un sistema político-económico que solo les permite (mal)vivir en trampas que esperan al siguiente temblor para destruir a quien se encuentre dentro... Al final, todo depende de la construcción discursiva (relatos explicativos, discursos políticos, leyes, monumentos, nombres de calles y estadios...) que hagamos sobre lo ocurrido: por eso se dice que los vencedores escriben la historia, porque un auténtico vencedor no solo triunfa en el campo de batalla, sino que además es capaz de relatar la historia, su historia, e imponerla sobre otras visiones de lo ocurrido.

Decía que el momento esencial de la política es la definición de los bandos en liza, así que también lo es, por tanto, el momento de definición de los conceptos y la lucha por el significado de las palabras, los objetos, los hechos, etc. Como en el caso del terremoto de Haití, a menudo la lucha por la hegemonía se disputa en todos aquellos hechos, símbolos y conceptos que parecen neutrales, apolíticos, que aparentan estar en “tierra de nadie”. O qué mejor ejemplo que esa larga lista de conceptos y medidores económicos que intencionalmente tratan de convertir en mera cuestión técnica cada vez más parcelas de la esfera política y que, por supuesto, tratan de ocultar las relaciones de desigualdad, injusticia y antagonismo entre quien posee medios de producción y quien es siervo y víctima de los vaivenes del mercado laboral.

Aborrecemos la vida normal, 
vamos de cráneo hacia nuestro final, 
solo poniéndolo todo al revés 
conseguiremos ponernos de pie.

¡Maldita normalidad! 

Vivimos en un mundo muy poco amable, el mundo del capitalismo, la plutocracia, el gobierno de los ricos para los ricos. El capitalismo es hegemónico, no solo puede obligar mediante porras, tanques o amenazas de despidos, también ha conquistado el sentido común, la percepción de lo que es normal o no. Son los planteamientos capitalistas, especialmente las ramas neoliberales (hoy), las que dictan los límites de lo aceptable y lo inaceptable, de lo bueno y lo malo, lo que merece la pena y lo que no, lo que se debe y no se debe hacer. Su penetración en la sociedad ha sido tan salvaje que aún cuando sus representantes provocan desastres sociales, destruyen instituciones públicas necesarias para el cumplimiento efectivo de los derechos humanos, reprimen con violencia a quien se atreve a protestar, manipulan los medios teóricamente públicos, etc., y aunque todo ello ha supuesto perder algo de legitimidad para el régimen (incumplimiento de programas, casos de corrupción, mentiras, discursos huecos...), en el caso español estamos muy lejos del cambio porque es asumido como algo normal (incluso bueno o “lo menos malo”) por una buena parte de la sociedad, que ha aprendido a vivir en una especie de estado de indefensión aprendida permanente y ve las decisiones políticas como si se tratasen de fatalidades naturales. Es, sin duda, la consecuencia de cuarenta años de dictadura y otros tantos de “democracia” en los que una idea no ha dejado de flotar en el aire: “haga como yo y no se meta en política”.

Quien no coge el sobre y ese mes pasa hambre tiene un problema: hay quien asume que si no lo coge él otro lo hará, que “así somos”, que la corrupción política y la presión de los grandes capitales es lo normal. El problema no es que Evaristo esté loco, sino que la normalidad es una auténtica locura. Lo sano, lo cuerdo, es rechazar esa normalidad. No es Evaristo el que tiene que darse la vuelta, hay que darle la vuelta a esta normalidad para conseguir que la gente digna pueda estar de pie, hay que quitarle la careta, el disfraz de normalidad, a la explotación: imaginarse que caminamos con los pies en el suelo no evitará que se nos suba la sangre a la cabeza cuando colgamos boca abajo. Démosle la vuelta a la tortilla, pues, asaltemos el sentido común y convirtamos en anormal al que coja el sobre y normalicemos el rechazarlo y denunciar a quien lo ofrece y los motivos por los que lo hace (no hay corruptos sin corruptores). El problema es que si avanzamos en esa dirección y finalmente nos convertimos en algo que amenace a quienes defienden la normalidad plutocrática, nos vamos a encontrar con que se defienden:

Cuando los que mandan pierden el control, 
aparece la moralidad. 

En el momento en que los defensores del régimen se dan cuenta de que la percepción social cambia, de que ya no son ellos los que definen qué es bueno y qué es malo y ya no son capaces de elevar sus intereses particulares y convertirlos en universales, en los intereses de toda la sociedad, en ese momento utilizan todas sus armas disponibles. Una es, por supuesto la fuerza y la amenaza, las comisarías, el miedo. Pero otra es ese especial sentido de la moralidad que adquieren los gobernantes, los mismos que han roto el pacto social y con ello han deslegitimado todo el régimen, esos que ante la desesperación popular piden cosas como el respeto a las leyes. Leyes que benefician a unos pocos y suponen un yugo para la mayoría, leyes que no son leyes en tanto que en lugar de garantizar la justicia están directamente pensadas para sostener y reproducir las injusticias, especialmente las económicas, por lo que más bien se trata de mandatos arbitrarios, órdenes que imparten quienes tienen capacidad para usar la fuerza si no los obedecemos.

Obedeceremos una sola ley: 
nadie tiene por que obedecer. 

Porompompom, quiero estar loco, malditas normas, 
puta legalidad, 
porompompompero, de carnaval.

Evaristo propone la desobediencia: la única ley vigente es que no tenemos que obedecer sus normas, que debemos revolucionar el sentido común hasta hacerlo nuestro y subvertir sus mandatos, hacernos ingobernables para el régimen, desbordarlo. Esa “legalidad de carnaval” no es otra cosa que los intereses particulares de unos pocos convertidos, por obra y gracia de una casta política al servicio de los grandes centros de poder económico, en mandatos generales. Es apariencia de legalidad, es un disfraz de legalidad: su “ley” no atrapa a las moscas grandes y sí a las pequeñas, banqueros que han estafado millones de euros a particulares y a sociedades enteras, que han engordado las arcas de los paraísos fiscales para estafar a hacienda, que ahora hacen recaer el peso del riesgo, del fraude y de la burbuja especulativa en los hombros de los económicamente más débiles, campan a sus anchas y tienen la osadía de poner el grito en el cielo cuando una de las personas a las que le han hundido la vida quema un cajero. “Cumplid la ley” exigen quienes han diseñado las reglas de juego pensando en su beneficio y no dudan en ignorarlas o violarlas cada vez que pueden, que resulta ser casi siempre.


A quitarse la careta, fin del carnaval.

domingo, 7 de julio de 2013

¡Que no somos hienas!

Una serie de reflexiones y aclaraciones sobre el matrimonio, tanto el heterosexual como el homosexual, a raíz de una discusión sobre el tema el Día del Orgullo LGTB:

1. Los seres humanos en tanto que racionales, sociales y políticos, no somos lobos, ni hienas, ni patos. Somos seres que pretenden superar las injusticias propias de la naturaleza, entendiendo por naturaleza lo que lleva ocurriendo toda la historia: el pez grande se come al pequeño porque puede y tiene hambre. Las comunidades humanas aspiran a que determinadas palabras como justicia tengan sentido, tengan reflejo en la realidad. Es decir, las comunidades humanas crean relaciones, leyes, instituciones que les protegen de los tornados, las sequías, los animales feroces, etc. Que protegen al pez pequeño para que no sea inevitablemente deglutido por el grande. El ser humano se quiere organizar en torno a ideas como la justicia, asunto puramente humano, pero nunca la naturaleza (el reinado de los leones y las hienas). Dicho esto, pretender una especie de retorno a lo salvaje, a lo natural, es lo mismo que pretender dejar de ser racionales y dejarnos llevar por la corriente biológica: no solo es el fin de la razón, también de la libertad. Si decide la naturaleza, no decido yo. Si tengo que hacer caso de mis genes necesariamente (habría que ver qué dicen), no hay espacio para la reflexión ni para la decisión. Una cigüeña no decide actuar como cigüeña y migrar todos los años, simplemente se mueve cuando sus instintos se lo mandan. ¿Debemos los humanos hacer lo mismo?
2. Las familias humanas no son manadas: ni se organizan a partir de leyes naturales ni cumplen la misma función. No es función natural de la familia o del padre de familia proteger a los infantes, ni al resto de los miembros que la forman, ese es el deber de la sociedad. Es por esto que no nos organizamos en familias atomizadas, sino en sociedades. Otra cosa es lo que de hecho suceda en las sociedades capitalistas, que son, dicho sea de paso, las que más se parecen a ese estado de naturaleza en el que el pez grande tiene derecho a comerse al pequeño por el hecho de ser más fuerte.
3. El origen de la familia no es el matrimonio. Es más, éste es un contrato exclusivamente humano: no existe en la naturaleza ni se basa en ella. ¿Qué organización natural se parece al matrimonio? ¿Existe alguna institución política “natural”, fuera del mundo humano? Los ejemplos que suelen usarse son la prueba de ello: en las manadas tanto de leones como de chimpancés (mencionadas en muy a menudo por algún motivo) no existe nada parecido al matrimonio. En muchas especies animales, de hecho, existe un macho alfa, que es quien tiene el contacto sexual reproductivo con las hembras. Uno gana. Los demás quedan excluidos. No encontramos ningún parecido con la especie humana... o quizá sí, porque otras tantas especies no sólo practican el sexo para reproducirse, sino por puro placer y en muchos casos entre miembros del mismo sexo.
4. Esto nos lleva a una necesaria crítica sobre la visión que mucha gente tiene del sexo y de la orientación sexual (conceptos que, por cierto, se confunden una y otra vez). No se mantienen relaciones sexuales sólo para procrear, ni en las relaciones humanas ni en las de otros animales. De la misma manera, y esto sí es parte de la organización humana, no nos emparejamos ni casamos para tener hijos. Afirmar que el matrimonio o las relaciones sexuales existen sólo para tener hijos es negar posibilidades como la planificación familiar, fenómeno exclusivamente humano por lo racional, por la capacidad de decidir que otros animales no tienen.
5. Otra característica propia del matrimonio que no se conoce en la naturaleza es el hecho de ser un contrato vitalicio, o con pretensión de serlo. Este no es un hecho determinado por nuestra naturaleza (ni genes ni instintos intervienen en el proceso), es un fenómeno genuinamente social. De la misma manera, no existe ninguna ley natural que imponga una forma de entender las relaciones, el sexo o con quién tienes que pasar el resto de tu vida.
6. El matrimonio no es patrimonio de la Iglesia ni de la cultura cristiana, obviar los cambios y distintos modelos de familia que se han sucedido a lo largo de la historia es tan inútil como interesado.
7. La comparación entre los matrimonios homosexuales y una posible unión entre distintas especies o miembros de una misma familia es tan absurda como añeja. Ya se utilizó en su día para criticar las parejas entre blancos y negros. Detrás de ese discurso subyace siempre la idea de aberración, de comportamiento contra natura. Es muy propio de los discursos heteropatriarcales (y racistas, o cualquier discurso que trate de naturalizar las injusticias sociales). Por otra parte, resulta muy interesante cómo quien defiende que el matrimonio homosexual es antinatural no aplica el mismo criterio a la medicina: la naturaleza nos da una esperanza de vida muy corta en comparación con lo que la medicina, ciencia humana, nos proporciona gracias al progreso de la razón.
8. El motivo por la que las uniones entre homosexuales y heterosexuales deben llamarse de la misma manera es sencilla: se está firmando exactamente el mismo contrato. Hay parejas heterosexuales que no tienen hijos, o que ni siquiera se casan, y parejas homosexuales (no pocas) que los tienen. Siguiendo los argumentos expuestos, cabría esperar que las personas que defienden la supuesta pureza del concepto “matrimonio” luchasen por la legalización de las uniones homosexuales para que estas parejas puedan “proteger” a sus hijos, de la misma manera que dos personas de distintos sexos que quieren unirse y no tener hijos no deberían llamar a ese contrato “matrimonio”. Los mismos derechos (no más, ni menos) exigen la misma categoría legal.
9. Pero, ¿por qué este empeño en el concepto de “matrimonio homosexual”? ¿Qué es lo que se quiere proteger realmente? ¿Acaso muchos españoles han sufrido un repentino ataque de pasión por la “corrección” lingüística en general... o solo para algún tema? ¿En un mundo donde “maricón” es un insulto, ser afeminado es negativo y en lugar de lesbiana eres bollera, de verdad lo más importante es impedir que el concepto de “matrimonio” cristiano europeo sufra modificación alguna en un intento de extender los derechos a toda la población? Una unión homosexual no es distinta a una unión heterosexual. No podemos pretender que una de ellas sea especial o buena respecto a las demás sin más argumento que el de la descendencia, la tradición o la naturaleza. Detrás de esto subyace, entre otros, nada menos que el dogma católico: sólo una de las uniones se fundamenta en el amor y la interpretación del sexo como un acto para procrear; la otra es lujuriosa, sexual, basada en el disfrute carnal, sucia... pecaminosa, al fin y al cabo. Darles el mismo nombre mancharía la inmaculada pureza de la primera... y pondría al mismo nivel a homosexuales y heterosexuales, al menos ante la ley. ¿Será esto lo que tanto molesta? ¿Es esta una nueva versión del “yo no soy machista, pero...”? 

martes, 18 de junio de 2013

Platón en Matrix: el imperio de los sofistas.


En situaciones de crisis de régimen como la actual, a todos se nos ofrece diariamente la elección a la que se tiene que enfrentar Neo en Matrix: la pastilla roja o la pastilla azul. La azul, dice Morfeo, nos hará dormir y nos permitirá creernos lo que queramos creernos, elemento indispensable para continuar de forma despreocupada con nuestra rutina, aunque sea nefasta. La pastilla roja, por su parte, simplemente ofrece la verdad. Pero la elección no es tan sencilla como parece, porque la fuerza de la gravedad del régimen juega a favor de una de ellas. En efecto, no hay nada más sencillo que dejar que la pereza, el miedo o la comodidad elijan por ti, dejarse llevar por la misteriosa atracción que ejerce la pastilla azul, la promesa de que mañana despertaremos en la cama y podremos encajar lo aprendido en el entramado de relatos que componen el cristal con el que tratamos de enfocar el mundo.

Escoger el camino de la pastilla roja es otra cosa: para empezar la píldora sabe a mierda. Aprender la realidad no implica placer, no conlleva una liberación inmediata, no es un atajo a la gloria, ni sirve para enriquecerse. Aprender a ver el mundo que va más allá de las apariencias y los conceptos vacíos implica esfuerzo, dolor, tomar partido, cambiar, reaccionar. En definitiva: se trata de un camino bronco, muchas veces apabullante, normalmente cansino y de vez en cuando desesperante. Es, por tanto, una senda difícil, fea, que limita la libertad individual al hermanar a unos humanos con otros e impedir que miremos hacia otro lado con tranquilidad, que elimina la recurrente excusa del desconocimiento y frena el feroz individualismo, siempre hambriento. La pastilla roja despierta la intransigencia con el gobierno de las apariencias y de las malas palabras. Te obliga a declarar la guerra a lo que parece ser y a quienes construyen las apariencias, te obliga a mirar lo que verdaderamente es y a admirar a quienes se empeñan con tozudez en arrojar luz sobre las tinieblas.

En cuanto a los sofistas, aquellas personas que utilizan el lenguaje para proteger sus privilegios, para obtener mayor rentabilidad o alcanzar sus metas egoístas, esa gente que siente una profunda indiferencia por el significado de las palabras y solo las utilizan para beneficiarse a base de interesadas connotaciones y fantasías, aquellos sujetos que a falta de argumentos cambian constantemente de tema para tratar de jugar el partido siempre en casa, esas personas que por pura conveniencia toleran todo tipo de contradicciones obtusas, que se conforman con los relatos que confirman sus prejuicios y sustituyen la reflexión sincera por el autobombo racionalizado, aquellas personas que envuelven pedacitos de verdad con toneladas de mentiras, que ayudan a diseñar callejones sin salida... son, en definitiva, figuras que van a tratar de impedir que salgamos de la cueva con mucho más éxito que quien trata de impedir la emancipación con porras, gases o tanques.

Los sofistas disfrazan las cadenas que nos atan (las apariencias, los prejuicios, los privilegios) con malas preguntas ante las que solo caben malas respuestas. Saben lo que hacen, porque son las preguntas las que nos mueven. “Es la pregunta la que te ha traído hasta aquí, Neo”, le dice Trinity. “¿Qué es Matrix?”, o dicho de otra forma, ¿qué es real, qué es lo que no acaba de encajar, el mundo en el que creo vivir es lo que hay o existe algo más bajo el mantel, algo que no puedo ver con los ojos, que tengo que ver con palabras? Son las buenas preguntas las que nos obligan a levantarnos y, en ese acto, muestran las ataduras: las cadenas dejan de parecer joyas aunque sean doradas y se revelan como lo que son, es decir, limitaciones, taras, instrumentos para recortar libertad, justicia y dignidad, enormes bolas de plomo que impiden moverse a las personas más allá del lugar elegido para ellas.

Un buen sofista, por tanto, seduce con sus propias preguntas, las que le convienen a corto plazo, y en ese acto refuerza los grilletes: sus preguntas no mueven hacia la salida de la caverna, empujan hacia las profundidades, hacia las sombras. Construyen con preguntas y malas palabras un nuevo cuento, un nuevo relato, que distrae al incauto y beneficia al aprovechado: al fin y al cabo, los grilletes no sólo los lleva gente gris y triste, también gente muy alegre y orgullosa de su ignorancia. “La ignorancia es la felicidad”, decía Cifra, otro personaje de Matrix, cuando comprendió que el camino fácil es el del sometimiento a la dictadura de las apariencias: “quiero que me reinserten en Matrix, pero no quiero acordarme de nada. Y quiero ser alguien importante y rico... un actor, por ejemplo”. A cambio sólo tiene que vender a toda la humanidad, lo cual no es demasiado caro ni supone un problema ético para Cifra, pues representa a la perfección a quienes se dejan guiar por las mentiras y los prejuicios: la apariencia, las malas palabras, valen más que cualquier hecho, que cualquier argumento y que cualquier significado. Da igual que exista un “afuera” de Matrix si lo ignoro, si dentro de Matrix puedo ser alguien respetado... a la apariencia no le falta potencia. Es el mundo del caos y la brutalidad, la tiranía del sofista elegido para hacer y deshacer las palabras, herramientas imprescindibles para el análisis de la realidad. Es el mundo del hedonismo suicida, del privilegio vestido de derecho, del prejuicio con aspecto de naturaleza y de la ignorancia disfrazada de saber emancipatorio.

Ese es el mundo del sofista, el fondo de la caverna, la apariencia de realidad de Matrix. No lo queremos. Quizá sea ya tarde o quizá demasiado pronto, pero para cortar definitivamente las ataduras, romper las cadenas y abandonar ese espejismo de comodidad no solo habrá que crear anhelo de liberación, ganas de andar, lanzando buenas preguntas a quien quiera escucharlas, sino que además tendremos que plantearnos qué hacer con los agentes de la ignorancia y el miedo, con los sofistas. Y si la guillotina nos parece excesivo, habrá que plantearse recuperar, por lo menos, la figura del ostracismo: no merece compartir los derechos y deberes de una comunidad política quien elige traicionar a la humanidad colaborando y contribuyendo día a día en la reproducción del circo de las cosas que parecen pero no son.

lunes, 10 de junio de 2013

Todos los caminos llevan a Roma.

Hace dos siglos, Karl Marx, empeñado en entender y explicar qué es eso que llamamos “capitalismo”, se topó con un curioso caso: un empresario británico, el señor Peel, ejemplo de emprendedor, entendió que si trasladaba su industria (localizada en Inglaterra) a las colonias, podría abaratar costes y aumentar su margen de beneficio. Así pues, “deslocalizó” su empresa y puso rumbo a la tierra prometida. Se lo llevó todo: desde las herramientas a los tornillos, sin olvidar a los trabajadores, todo lo empaquetó y lo metió en un barco. Cuando llegaron, el señor Peel se puso “manos a la obra” y comenzó a reconstruir su imperio. Sin embargo, al poco tiempo comenzó a percatarse de un pequeño problema: cada vez había menos trabajadores. Y el problema acabó por convertirse en desastre, porque ante la escasez de mano de obra tuvo que parar la producción y abandonar su ambicioso proyecto.

¿Qué había pasado? Si había llevado hasta los trabajadores, tan serviles y complacientes en Inglaterra, y lejos de lo que podamos pensar, la misteriosa desaparición de estos no tenía nada que ver con la muerte por agotamiento, falta de alimento o enfermedades. ¿Por qué entonces? Porque faltaba, nos dice Marx, el principal e imprescindible elemento que hace posible el capitalismo: el proletariado. El señor Peel, efectivamente, había trasladado proletarios ingleses junto al resto de equipaje. Pero el problema es que esas personas que eran proletarias en Inglaterra, dejaron de serlo al pisar las colonias. ¿Y cómo es posible esto, qué cambió además del lugar geográfico cuando el señor Peel trasladó su industria? Cambiaron las condiciones de producción. Porque lo que el señor Peel, debido a su desconocimiento, no pudo plantearse a tiempo, es por qué había gente dispuesta a vender su tiempo y el fruto de su trabajo a cambio de un mísero salario. Un proletario es aquella persona que no tiene nada, que está liberada de toda propiedad (de los medios de producción), una persona que cuando acude al mercado a intercambiar productos y servicios, lo único que puede ofrecer es su pellejo, su fuerza de trabajo, ofrecerse a sí misma como mercancía.

El error del señor Peel fue que no cayó en la cuenta de que cuando una persona tiene alternativas, no necesita señores Peel. No necesita venderse y vender su trabajo cuando puede apropiarse de sus medios de producción y garantizar su supervivencia. Es decir, lo que ocurrió cuando el señor Peel desembarcó en las colonias fue que los que en Inglaterra eran meros trabajadores se encontraron con tierras, bosques vírgenes... territorio donde asentarse libremente para ser granjeros, ganaderos, etc., y así garantizar sus condiciones de subsistencia y, de paso, concurrir al mercado como propietarios del fruto de su trabajo. Dicho de otra forma, la dura lección que tuvo que aprender el señor Peel es que para que el capitalismo funcione, es necesario crear las condiciones adecuadas. Y esas condiciones implican, entre otras cosas, la existencia de una clase social desposeída, expropiada y separada de sus condiciones de subsistencia. Pero claro, esa clase social no surge libremente, no es un hecho espontáneo ni el resultado de una decisión racional o un acuerdo entre particulares libres e iguales. Hay que forzar su aparición. Y así llegaron los ejércitos y demás guardias pretorianas al servicio del capital: porque lo que no se puede hacer en condiciones de libertad, hay que hacerlo en condiciones de bayoneta, hay que obligar a la gente a tomar la senda adecuada.

Ha pasado mucho tiempo desde que murió el señor Peel, y aún más tiempo desde que en nuestras sociedades se construyeron las condiciones necesarias para que la inmensa mayoría de la población necesite dejarse curtir el lomo en el mercado laboral para vivir otro día más. El sistema capitalista se vale de unas estructuras económicas que reproducen cada día la expropiación que necesitaron los señores Peel que vinieron tras el original. Y aún así, debido a que el mercado capitalista no avanza a un ritmo constante sino en función del equilibrio de fuerzas de cada momento, quedaban algunos espacios relativamente a salvo del voraz hambre mercantil. En el caso del Estado español, dos islas aguantaban todavía (con sus penas y sus glorias) el embate del maremoto: la sanidad y la educación públicas. Hay otras islas, pero la magnitud y la importancia de estas dos son indiscutibles, así como abrumadora la perspectiva de su hundimiento.

Lo que está ocurriendo ahora con estas dos instituciones públicas viene a ser, mutatis mutandis, básicamente lo mismo que ocurrió en aquellos tiempos. La titularidad pública de la sanidad y la educación garantiza que las prioridades de ambas instituciones pueden y deben ser otras distintas a las del mercado, esto es, en un caso la buena salud y en otro la buena educación, pero en ningún caso la rentabilidad o las necesidades del mercado laboral. Parece algo básico, y lo es, pero también es necesario: no se puede garantizar una buena salud si la prioridad son las primas por mandar pacientes a casa. No se puede garantizar una buena educación si es la empresa, mediante el terror al paro, la que decide qué puede decir y qué no un profesor en el aula. Es decir, no se puede garantizar una buena salud y una buena educación si introducimos en la ecuación intereses y prioridades que no son la buena salud y la buena educación. Y si la titularidad pública sirve (o debería servir, no respondo de los malos políticos) de caparazón contra la depredación del capital, la pregunta que consecuentemente se hacen los capitalistas es, ¿cómo abrir los mercados allá donde están cerrados, cómo impulsar la sanidad y la educación privadas (sometidas a los intereses mercantiles particulares) si la gente no las necesita?

Y resulta que es que los comunistas no fueron los únicos que aprendieron de la tragicómica historia del señor Peel: si existen la sanidad y la educación públicas, piensan, y encima funcionan pese a sus tropiezos, significa que tenemos un problema, porque es otra forma de decir que se dan las condiciones necesarias en estos dos campos para que la inmensa mayoría de la gente elija no someterse a las condiciones de “la economía”, nadie elige convertirse en un esclavo (ser para otro) si no se le empuja a ello... si no hay otra opción. Y entonces comienza el asalto: apretado el botón del pánico, creadas las condiciones de desesperación necesarias (paro, hambre, desahucios, tasas universitarias impagables...), aplicando la doctrina del “shock” para así evitar en la medida de lo posible las resistencias, se comienza a desmantelar lo público. Comienza a escalarse y derribarse el muro que protege la sanidad y la educación del hambre insaciable, de la dictadura de las tasas de beneficio.

Pero claro, las condiciones materiales de la población no lo son todo si tiene una conciencia política madura. Y pese al miedo, a las pocas horas de sueño, pese a tener que dedicar prácticamente todo el día a buscar cómo sobrevivir otro día, buena parte de la población se levanta ante el expolio. La resistencia crece, el desencanto se transmite, “¡el príncipe está desnudo!”: la inmensa mayoría de la población, de una forma o de otra, no quiere que ni la sanidad ni la educación se vean reducidas a un negocio más. Y si ya habíamos hablado de la bayoneta, ahora son las porras, las detenciones, las multas desmesuradas, las falsas acusaciones, la humillación pública, los huesos rotos, el miedo al paro... los que hacen el trabajo. Así se cierra el círculo: la sanidad y la educación son, para el capitalista, un negocio más, un negocio que no acababa de explotarse porque hace unas décadas no pudieron apropiarse de él. Así que aprovechando las condiciones excepcionales, invaden ese territorio no sometido a sus reglas e intereses.

Este asalto, por su parte, está muy bien planificado. Si se tratase de un asalto directo y brutal, las resistencias que despertarían serían probablemente mayores y los cambios previsiblemente rectificados con posterioridad, por lo que lo más inteligente es poner al Estado y la sociedad en una pendiente resbaladiza y dejar que la gravedad actúe por sí misma. Además de privatizar poco a poco (o mucho a mucho), el truco consiste en estrangular lo público, transformar un derecho en un regalo asistencial, y someterlo a criterios e intereses ajenos a lo público. Así, por ejemplo, para crear la necesidad o la voluntad en los padres de escoger el ámbito de la educación privada, se recortan presupuestos, se despiden profesores, se empeoran las condiciones de trabajo, se ahogan becas, etc. En la sanidad ocurre más de lo mismo. Se atacan las condiciones materiales de lo público para posteriormente señalar la propia idea de lo público como la causante de los desastres que esos “recortes” provocan. A la vez, se privatiza de facto aunque se mantenga la titularidad pública, esto es, se introducen los criterios mercantiles, externos e independientes del ámbito educativo y sanitario, a la hora de evaluar la “calidad” y la “productividad” de los centros educativos y sanitarios. Así es como se llega a conclusiones como elevar las ratios de alumnos en cada aula, medir el trabajo de los médicos por número de pacientes atendidos independientemente del tiempo que requieran, reducir la educación secundaria obligatoria y someterla a las necesidades del mercado laboral, elevar las tasas de las universidades y eliminar la licenciatura, implantar el tristemente famoso euro por receta, privatizar centros de salud para que deriven más pacientes a otras instituciones privadas... Y por si esto no fuera poco, el partido del gobierno nos recuerda que se han emancipado de la sociedad cuando Wert anuncia que elimina Educación para la Ciudadanía (no vaya a ser que alumnos y alumnas crean que son parte de la ciudadanía además de consumidores) y que la nota de Religión contará para el expediente (porque tener esa asignatura en el templo del saber no era, a su entender, motivo de suficiente vergüenza). Nos recuerdan que la educación es algo así como una parcelilla privada donde cada partido puede hacer lo que le dé la gana y satisfacer así a grupos de presión como la Iglesia que actúan casi como patronos del Partido Popular, que bien podría llamarse Partido Clientelar.

Ésta es una de las formas que tienen los mercados (quienes hablan en su nombre) de encauzar la corriente hacia donde les interesa. Aprendieron la lección tanto del señor Peel como de los grandes estrategas y genios del asedio. Por nuestra parte, debemos ir abandonando el que podríamos llamar “síndrome de la carretera”, que nos hace ponernos nerviosos cuando se nos ocurre plantearnos la posibilidad de abandonar el camino que otros han construido para nosotros, para así recuperar el valor y la voluntad de una sociedad que ya demostró en otras fases de la historia que se pueden practicar otros caminos, que la libertad reside no en recorrer la terrible y previsible carretera del destino, ya asfaltada y por tanto inamovible, sino en escoger tanto la senda como la meta. Es más duro atravesar el campo, pero es el precio que hay que pagar para llegar allí donde nunca nos llevará una autopista.