jueves, 17 de octubre de 2013

Música y ciencias sociales (IV): ¿somos libres? Gatillazo, "Come libertad"

Tienes que comerte un trabajo asqueroso 
por esa mierda que te suelen pagar 
y en cuanto te pones algo revoltoso 
llega la madera y su amabilidad:
“separa los pies, levanta las manos, 
cierra la boquita y mira a la pared”

Toma democracia, come libertad. 
Come democracia, traga libertad.

Si esto es ser libre 
yo soy el Papa, 
menuda banda de macarras.

Toma democracia, come libertad. 
Come democracia, traga libertad.

Y un, dos, tres, cuatro, vuelve la moda militar, 
un, dos, tres, cuatro, el negocio de matar. 
Y uno, dos, tres, víctimas ensangrentadas 
la función del miedo sigue siendo vital. 

Toma democracia, come libertad. 
Come democracia, traga libertad.

Si esto es ser libre  -¿Me lo vas a decir? 
Yo soy el Papa  -¿O me lo vas a contar? 
Menuda banda de macarras. 
La democracia  -¿Me lo vas a contar? 
Y sus valores  -¿O me lo vas a decir? 
Valla cuadrilla de cabrones.

Tienes libertad para vivir encerrado 
en cuatro paredes que nunca pagarás. 
Tienes libertad para vivir endeudado, 
no apagues la tele o tendrás que pensar. 

Toma democracia, come libertad. 
Come democracia, traga libertad.

Si esto es ser libre  -¿Me lo vas a decir? 
Yo soy el papa  -¿O me lo vas a contar? 
Menuda banda de macarras.
La democracia  -¿Me lo vas a contar? 
Y sus valores  -¿O me lo vas a decir? 
Valla cuadrilla de cabrones, cabrones, cabrones, 
cabrones, cabrones... 

[Repite]

Toma democracia y trágatela. 




Hay quien podría entender, tras escuchar esta canción, que Evaristo considera que los conceptos de “democracia” y “libertad” son, además de conceptos vacíos, algo que va unido al capitalismo. Ambos conceptos, si aceptamos este punto de vista, nunca pasarían de ser más que una apariencia, una formalidad destinada a enmascarar (o asimilar en lo posible) la lucha de clases, el auténtico conflicto político, aquello que impide de hecho (más allá del plano formal) la libertad y la democracia para el 90% de la población. Esto encajaría muy bien con las tesis del marxismo ortodoxo, que consideran que hay que superar las formas y el derecho “burgués” para crear una sociedad justa donde nazca el “hombre nuevo”. Lo normal, aunque no lo parezca, es que los capitalistas estén de acuerdo: Evaristo no es más que un loco comunista y ya sabemos que el comunismo es totalitario, que tratando de “superar” la democracia y la libertad burguesas acabamos en el estalinismo. Con esta jugada dialéctica, un capitalista no solo mancha la imagen del comunismo para generar un rechazo automático a todo lo que se le pueda colgar la etiqueta. Lo más interesante es que por el camino se ha apropiado de los conceptos de democracia y libertad que la ortodoxia les ofrece en bandeja de plata.

La hipótesis de este artículo es que Evaristo no está rechazando ambos conceptos, no los regala, sino que los está reclamando: ha entablado una de las luchas políticas más importantes, esto es, la lucha por el significado, la guerra por la palabra. La canción es en sí una impugnación de lo que aparenta ser pero no es:

Si esto es ser libre 
yo soy el Papa, 
menuda banda de macarras.

Evaristo quiere hacernos dudar de una de las ideas más comunes de esta sociedad postfranquista, la creencia en que vivimos en libertad y bajo un régimen democrático. De hecho, la canción es en gran medida un listado de fenómenos que chocan drásticamente con la idea de que somos libres, trata de devolvernos constantemente a una realidad muy desagradable más allá de toda ensoñación libertina:

Tienes que comerte un trabajo asqueroso 
por esa mierda que te suelen pagar 
y en cuanto te pones algo revoltoso 
llega la madera y su amabilidad:
“separa los pies, levanta las manos, 
cierra la boquita y mira a la pared”.

Nos aprieta la crisis, nos aprietan los organismos económicos internacionales, nos aprietan los banqueros, despedazan nuestra salud y nuestra educación para venderla o regalarla, sustituyen bienestar por caridad, la mayor parte de los políticos solo representan los intereses particulares de unos pocos... Al final, no nos queda más remedio que aceptar trabajos que no queremos por salarios que nunca aceptaríamos y con unas condiciones laborales que no imaginábamos posibles. Pasamos la mayor parte del tiempo trabajando, o buscando trabajo, o pendientes de los horarios disparatados, o trabajando en casa, o trabajando sin cobrar, etc. Y cuando decidimos hacer algo más que lamentarnos en el sofá, cuando organizamos nuestro malestar individualizado y lo entendemos como una lucha política colectiva, entonces el régimen que teóricamente es democrático y nos trae la libertad, responde con la fuerza, con la desaparición de derechos, con el miedo:  

Y un, dos, tres, cuatro, vuelve la moda militar, 
un, dos, tres, cuatro, el negocio de matar. 
Y uno, dos, tres, víctimas ensangrentadas 
la función del miedo sigue siendo vital. 

¿Por qué? ¿Por qué la “función del miedo” sigue siendo vital? ¿Por qué, si no es posible que desaparezcan del todo, la violencia y el miedo no son al menos algo secundario, aislado? ¿Acaso no vivimos en condiciones de libertad y democracia? ¿No son esas ideas incompatibles con el uso sistemático de la violencia y el terror (físico y laboral) contra la mayor parte de la población? ¿A qué se debe que llamemos libertad a malvivir así? ¿Cómo es posible que cuando vemos a un policía agredir brutalmente a un manifestante sigamos pensando que hay libertad? Entre otras cosas, se debe a que desde finales del siglo XVIII convivimos día a día con una falacia que poco a poco ha ido ganando terreno hasta convertirse en una parte esencial de la ideología hegemónica: la supuesta articulación necesaria entre “libertad” y “libertad de mercado” y la imposibilidad de la democracia si no es bajo esas condiciones de producción.

Para aclarar este entuerto necesitamos hacer algo que Evaristo ha obviado, es decir, darle un contenido concreto al concepto de “libertad”. El sentido clásico de la palabra alude a la autonomía, es decir, a ser dueño de uno mismo. Implica participar en los asuntos públicos, ser soberano, no ser súbdito más que de las leyes que uno se ha dado a sí mismo individualmente o como miembro de una comunidad política. Un capitalista dirá que así es como vivimos en la actualidad: votamos a unos representantes que en nuestro nombre escriben unas leyes. Paralelamente, según este punto de vista, el mercado permite que cada uno consiga lo que se propone y ambiciona, es el reino de la libertad (cuando no hay injerencias ajenas a la propia dinámica del mercado), de la meritocracia, de la igualdad de oportunidades y la recompensa del esfuerzo y el trabajo... Pero entonces, ¿por qué ocurre esto?:

Tienes libertad para vivir encerrado 
en cuatro paredes que nunca pagarás. 
Tienes libertad para vivir endeudado, 
no apagues la tele o tendrás que pensar. 

¿Por qué en la sociedad más mercantilizada de la historia la libertad se ve reducida a encerrarse, endeudarse de por vida y pasar el rato? Porque la “libertad”, en manos del capitalismo, ha perdido el significado clásico, que es el que “espontáneamente” utilizamos. Por muy democratizada que esté la política, si en la economía se mantiene el Antiguo Régimen, el feudalismo, la libertad se ve reducida al privilegio de unos pocos. El capitalismo nunca se ha construido a golpe de libertad, como defienden sus ideólogos. El origen del capitalismo no está en la libertad de dos individuos iguales ante la ley que deciden firmar un contrato. De hecho, el capitalismo se basa en lo contrario, es decir, en la violencia, en que existan individuos desiguales. Su fundamento último es la expropiación, necesita que la inmensa mayoría de la población se vea apartada, de una forma u otra, de sus condiciones de subsistencia. Desde el momento en que existen las figuras del empresario (poseedor de capital) y el trabajador (poseedor de nada, de su fuerza de trabajo), desde el momento en que la mayoría de las personas tienen que arrastrarse al mercado laboral para poder subsistir porque se ha eliminado cualquier otra opción, desde el momento en que esa condición de desposeído no es obra de la libertad sino el fruto de un diseño que se ha impuesto siempre por la fuerza (las colonias son un ejemplo claro y macabro), podemos decir que la libertad no ha jugado un papel relevante en la construcción del capitalismo... Es más, son incompatibles, siempre han estado enfrentados.

El capitalismo quiebra el concepto clásico de “libertad” y lo sustituye por una utopía: que una persona (asalariado) que depende de otra (empresario) es libre. Que es la libertad la que lleva a que existan capitalistas y trabajadores. Que quien no tiene nada y necesita un salario para vivir, es igual ante la ley e igual de libre que una persona que posee el capital necesario para generar la obediencia de quien no lo tiene. Y que un contrato nacido de la voluntad de ambas figuras es un contrato entre seres libres e iguales.

Sin embargo, nadie, hasta la irrupción de la ideología liberal-capitalista, hubiese podido defender que un trabajador es una persona libre. La libertad que nos propone el capitalismo no es autonomía, como en el sentido clásico, es heteronomía, el ser para otro. Y esa utopía que llaman “libertad” enmascara, precisamente, la ausencia de libertad, el servilismo. Un siervo es aquella persona que depende de otra para subsistir y a la que debe, precisamente por ello, obediencia. Sin una masa de desposeídos no hay forma de que la mayoría de la sociedad se someta  a la voluntad de la minoría propietaria. Sabiendo esto, sabiendo que los trabajadores no pueden elegir otra cosa, que no pueden garantizar su subsistencia fuera del mercado laboral, los capitalistas se comportan como señores feudales que dictan las condiciones de vida de quien no posee capital. Las empresas son instituciones autoritarias, antidemocráticas, que tienen más impacto en la vida colectiva que las propias instituciones políticas, impotentes ante esos golems que ya constituyen “Repúblicas” Privadas. Son órganos de explotación que no existirían si efectivamente fuésemos libres para decidir, que dependen de que exista una clase social expropiada de las herramientas para subsistir. Solo entonces, solo después de construir este marco, solo después de que se haya institucionalizado la violencia estructural, se puede decir que la “libertad”, de forma “espontánea”,lleva a que capitalistas y trabajadores firmen contratos. Solo en este caso tienen razón los defensores del capitalismo: nadie obliga a un trabajador a firmar un contrato a punta de pistola, ya lo hace el hambre o el miedo.

Si esto es ser libre  -¿Me lo vas a decir? 
Yo soy el papa  -¿O me lo vas a contar? 
Menuda banda de macarras.
La democracia  -¿Me lo vas a contar? 
Y sus valores  -¿O me lo vas a decir? 
Valla cuadrilla de cabrones, cabrones, cabrones, 
cabrones, cabrones... 

Ya pueden llenarse la boca con esas grandes palabras: libertad, democracia, igualdad. Pueden mentir y confundir todo lo que quieran, incluso pueden creerse su propio cuento. La lucha no consiste en impedirles hablar, sino en que “libertad” signifique autonomía, se de en condiciones de auténtica igualdad y, de este modo, permita la existencia de una democracia, una democracia radical que no sea simplemente una pequeña burbuja de oxígeno a punto de reventar por la presión del océano capitalista. Debemos tenerlo claro: sin las condiciones adecuadas, la democracia no es posible... no existe la República de los Siervos, pero sí la Tiranía de los Pocos. El objetivo, en definitiva, es interpretar la última frase de la canción no como una regañina a quien se cree libre y demócrata porque vota cada cuatro años, sino como una advertencia para quien pretende mantener sus privilegios mediante la explotación y la expropiación de la mayoría. El objetivo es que sean ellos, los capitalistas, los que acaben por temer hablar de libertad o democracia y tengan que asumir que, como nobles y reyes, su tiempo ha pasado, porque para liberarnos, garantizar y mantener la libertad, hemos decidido recuperar el significado de las palabras. Entonces, cuando seamos nosotros los que expropiamos, les diremos a ellos:

Toma democracia, come libertad. 
Come democracia, traga libertad.

Toma democracia y trágatela. 

miércoles, 16 de octubre de 2013

Elysium: ideología dominante y revolución sin revolución.



[Contiene spoilers]

Elysium es una película estadounidense de acción y ciencia ficción estrenada en 2013. Está dirigida por Neill Blomkamp y protagonizada (entre otros) por Matt Damon y Jodie Foster.

Resumen de la película:

Nos encontramos en un futuro no demasiado lejano en el que la humanidad se divide en dos. Por un lado están los que viven en una gigantesca estación espacial (Elysium) tan avanzada que reproduce agradables paisajes terráqueos con praderas y bosques, salpicados de grandes casas donde habitan sus ciudadanos. El aire es limpio y cristalino, incluso la atmósfera y la gravedad son parecidas a las de la Tierra. En nuestro planeta, sin embargo, el aire está sucio, contaminado, los tonos son apagados, todo está cubierto de una capa de polvo. Allí vive la inmensa mayoría de la población en una situación miserable.

En este contexto, nace nuestro protagonista, Max DeCosta (Matt Damon), cuya historia personal es el eje central de la película. Su educación y supervivencia dependen de una monja hasta que crece y comienza a ganarse la vida por sí mismo. Al principio será ladrón de coches, pero la policía le atrapa y pasa por la cárcel, por lo que cambia de idea. Busca entonces un trabajo “honrado” y consigue un puesto en la empresa que fabrica robots y naves automatizadas para Elysium. Sin embargo, un buen día sufre un accidente laboral y recibe una dosis mortal de radiación. Desesperado por curarse, decide ir a Elysium, donde todos los ciudadanos tienen acceso a un aparato milagroso que cura todas las enfermedades, fracturas y destrozos con solo tumbarse en él.

Sin embargo, entrar en Elysium no es nada fácil, a quienes intentan llegar sin permiso de las autoridades se les dispara y los pocos que logran aterrizar son inmediatamente deportados, devueltos a la Tierra. Por eso Max, para lograr un pasaje hacia Elysium, debe acudir a la mafia local, dirigida por un tal Spider (Wagner Moura). El resultado es que antes de viajar hacia la curación, Max tiene que ofrecerse a liderar un complicado robo de datos, en principio las cuentas bancarias de uno de los ciudadanos de Elysium. Pero el plan se vuelve todavía más difícil porque la Secretaria de Defensa, Jessica Delacourt (Jodie Foster), estaba planeando un golpe de Estado en Elysium justo con ese empresario, que dirige la Corporación Armadyne (la que se encarga de casi todos los contratos de defensa de Elysium). El problema es que la información robada a este ciudadano de Elysium es precisamente la que Delacourt necesita para llevar a cabo el golpe, por lo que no puede permitirse perderla y menos que caiga en otras manos.

Los datos robados vienen a ser algo así como un programa informático capaz de “resetear” el sistema de la estación espacial, de devolverlo a punto cero para ser rediseñado. Delacourt quiere ese programa para instaurarse en el poder, pero cuando los terráqueos descubren el potencial del arma, van a utilizarla para convertir en ciudadano de Elysium a toda la humanidad, privilegio que antes solo ostentaban los habitantes de la estación. La nota dramática de la película la pone la muerte de Max, que se ha de sacrificar para que todo esto sea posible.

Algunas reflexiones:

- Una relación colonial. Al comienzo de la película uno tiene inmediatamente la sensación de que hay muchas cosas que le suenan, que no son del todo originales. Por ejemplo: la división que existe entre los ciudadanos de Elysium y los habitantes de la Tierra. Además de los rasgos ya comentados (diferencias en la limpieza, el aire, la luz...), destacan las distintas lenguas y acentos que se utilizan: en Elysium escuchamos un perfecto inglés y algo de francés y los nombres y apellidos comparten este origen; en la Tierra escuchamos el castellano hablado en México y un inglés de fuerte acento latino (salvo el protagonista) y priman los nombres y apellidos de origen español o portugués. El retrato de la Tierra que nos ofrece la película es un mundo globalmente tercermundializado: las calles están en estado de abandono o directamente son caminos de polvo, los grandes edificios están en ruinas (incluso los ocupados), la mayoría de la gente vive en barrios de casas improvisadas construidas anárquicamente. Incluso se habla una lengua y con un acento hoy asociados, obra y gracia de las industrias culturales del norte, a la pobreza o incluso a la ilegalidad (tráfico de drogas, inmigración ilegal, robos, etc.). En Elysium todo está limpio, todo es hermoso y brillante, ordenado, de diseño, planificado. En la Tierra, en concreto Los Ángeles, los colores son mucho más apagados, todo está sucio o estropeado, impera el desorden y la dejadez.

Apenas vemos a nadie de Elysium trabajar, la mayoría parece vivir de las rentas en su paraíso-burbuja mientras unos pocos se dedican a dirigir empresas y a la actividad política (en la película cuesta diferenciar una cosa de otra). En la Tierra encontramos la ley de la jungla: el paro es endémico y el mercado negro y el robo la norma. Los pocos que consiguen un empleo “honrado” son aquellos que trabajan para alguna de las empresas controladas por ciudadanos de Elysium. Las condiciones de trabajo y los salarios son, consecuentemente, la utopía de todo gran empresario: basta que un trabajador se rompa un brazo para despedirle, hay un ejército de reserva haciendo cola; no existen los derechos laborales ni nada parecido, la situación es desesperada y siempre hay alguien dispuesto a arriesgarse más; la estructura de la empresa es absolutamente jerárquica y el ciudadano-empresario de Elysium está en la cúspide, tanto que no quiere que los trabajadores le hablen sin taparse la boca, porque son sucios, contagian enfermedades; la vida de un trabajador vale lo que pueda producir, lo que se refleja en las pastillas que recibe Max tras ser irradiado, que sirven para que pueda seguir trabajando durante unos días hasta que definitivamente muera por “fallo multiorgánico” debido a la radiación; y un largo etcétera.

En definitiva, lo que se nos propone no es nada original: la humanidad está dividida en dos, ricos y pobres. Los ricos, evidentemente, viven en Elysium, mientras que los pobres viven en la Tierra. Los ricos explotan a los pobres para extraer de ellos tanto recursos como mano de obra prácticamente esclava, servil. No contentos con ello, contratan a los trabajadores para fabricar las propias herramientas que perpetúan la dominación de los pocos (los que compraron su derecho a vivir en Elysium) sobre los muchos: son personas como Max las que fabrican los robots de control y represión que les rompen el brazo y les humillan cada día, los policías que mantienen el orden injusto, los misiles que destrozan las naves-patera de “inmigrantes ilegales” que intentan llegar a Elysium, las naves que transportan militares y agentes secretos. El sistema económico imperante es, por tanto, colonial. Pero esta vez la colonia es toda la Tierra. Es como si a base de fomentar la colonización interna en cada país, la clase capitalista hubiese tenido que sustraerse a sí misma del plano físico para adoptar una forma espectral, incorpórea, pero siempre visible desde “abajo” en forma de deseo. Como si la tendencia de agruparse con la gente de tu misma clase social se hubiese convertido en una imperiosa necesidad y en el proceso de acumulación capitalista, al final, todos los recursos quedasen en tan pocas manos que no les ha bastado con construir guetos rodeados por murallas y seguridad privada, sino que esos pocos han tenido que unirse y escapar del resto de la sociedad para formar su pequeño paraíso-isla en el espacio, donde nadie pueda alcanzarles, a salvo de los envidiosos y los ladrones, libres para disfrutar el fruto del esfuerzo, la humillación, la mutilación y la muerte de otros. Elysium es una gigantesca máquina que absorbe recursos y vidas de los de abajo y los transforma en la posibilidad de que existan los de arriba, así como su peculiar e insostenible estilo de vida.

- La promesa del paraíso. Queda claro desde el principio de la película, además, que si bien no es posible ni deseable que todo el mundo viva en Elysium, eso no significa que muchos de los privilegios de los que allí disfrutan (en concreto se centra en la sanidad) no puedan ser generalizados incluso sin cambiar el régimen de explotación al que se ven sometidos los no-ciudadanos. Sin embargo, los dirigentes de la estación espacial no comparten con la Tierra las máquinas de curación. ¿Por qué? ¿Por qué, si tienen los recursos y tienen la tecnología, no hacen nada por difundir y hacer accesible un invento que sin duda alguna beneficiaría a toda la humanidad? Solo hay dos respuestas posibles, porque o bien los dirigentes de Elysium (y sus partidarios) son muy, muy, muy malos y sádicos (lo que parece sugerir la película), o porque el hecho de controlar una tecnología milagrosa que lo cura todo da un poder inigualable si quien no puede acceder a ella carece de conciencia política: se trata de controlar el deseo de los oprimidos, de los explotados.

Cuando Max, el protagonista, sufre ese “accidente laboral” (es amenazado por su jefe con el despido hasta que él mismo se introduce en la máquina que lo mata), lo primero que piensa es “debo ir a Elysium para curarme”. La sociedad de la Tierra está tan descompuesta que de forma casi espontánea no se piensa más que en soluciones individuales destinadas a satisfacer una necesidad a corto plazo. El protagonista en ningún momento de la película piensa en lo común, no va a Elysium para colectivizar la máquina de curar, a priori le da igual el resto de la humanidad, solo le importa su mundo privado. Toda la película se desarrolla a partir de decisiones egoístas e individuales que, finalmente, traen el bien a todo el ser humano. Max nos transmite así la ideología dominante de hoy, que preconiza que es la persecución de intereses privados la que trae el bien común. Y es en este marco en el que se inserta el control de la sanidad: en una sociedad individualista hasta el extremo, nadie se plantea cambiar las cosas para el conjunto, solo se piensa en el bien propio. De esta forma, lo que al espectador (todavía) le parece una barbaridad en la pantalla, que no se comparta la tecnología sanadora, en la sociedad de la película funciona como un dispositivo de deseo: uno no quiere cargarse la posibilidad de que exista algo como Elysium, uno quiere ser parte de ello, ser uno de los elegidos para poder curarse.

- Código rojo. Este es el secreto de Elysium: para que exista una sociedad de ricos privilegiados que viven a cuerpo de rey, tiene que existir esa voluntad política de no repartir recursos y tiene que morir gente, tanto por enfermedad como por “accidentes laborales” o por fletar pateras espaciales que son destruidas por los sistemas de defensa. Los líderes de la estación espacial no son vistos como criminales por la población local (y debido a la falta de conciencia política, tampoco por la población terráquea), sino que se les elige precisamente para que hagan lo que tienen que hacer y Elysium siga siendo posible. El hecho de que los ciudadanos puedan mirar para otro lado, que puedan elegir representantes que tomen las decisiones duras por ellos de tal forma que la apariencia de paraíso, esa mentira colectiva, siga siendo posible, no esté salpicada de sangre, es una de las condiciones de posibilidad más importantes. Por eso, la Secretaria Delacourt se irrita tanto cuando una nave llega o se estrella en el territorio de Elysium, porque es crucial que los ciudadanos no vean lo que es necesario hacer para vivir como lo hacen, envueltos en el lujo.

La Secretaria de Defensa es un personaje fundamental en la película. Desde el momento en que vemos que quiere tomar el poder por vías ajenas a la legalidad de Elysium, se nos invita a colocarla en el lado de los “malos”. Es un personaje que debemos odiar y temer: ordena disparar contra las naves patera, quiere dar un golpe de Estado que justifica utilizando un lenguaje fascista, no duda en contratar mercenarios crueles y sádicos para conseguir sus objetivos... Tenemos que detestarla desde el principio, etiquetarla y asumir que todo lo que hace es porque es pura maldad y ambiciona el poder como todos los malos. Sin embargo, es el personaje más sincero de toda la película y probablemente el más interesante.

Después de eliminar 46 civiles en el espacio debido a su intento de entrada en Elysium, Delacourt tiene que acudir a una especie de comité revisor que evalúa sus decisiones. El problema, según el comité, es que se le ordenó “encargarse de los civiles con discreción”, algo que resulta del todo incompatible con las explosiones y las muertes recién acaecidas. Además, el comité le recrimina a Delacourt el hecho de haber utilizado un agente infiltrado en la Tierra, lo que viene a ser una especie de desafío burocrático por parte de la Secretaria, que había recibido órdenes de no utilizar esa herramienta. Entonces Delacourt, al más puro estilo de Jack Nicholson en “Algunos hombres buenos”, se defiende recriminando al comité (en concreto al Presidente), alegando que para que Elysium siga funcionando y tenga futuro, es necesario pensar y actuar como ella lo ha hecho, independientemente de lo impopular que resulte. “[...] cuando vayan a por su casa, la que ha construido para sus hijos [...], no serán las relaciones públicas ni las promesas de campaña las que les impedirá la entrada [a los inmigrantes ilegales], seré yo misma.” El Presidente se enfada y no es de extrañar: de un plumazo, Delacourt le ha recordado que su papel es prescindible, que es pura fachada, simple y llana apariencia de normalidad. No es que no sea importante, pero es un papel secundario respecto al de la Secretaria: ella es el auténtico motivo por el que Elysium sigue funcionando. El Presidente, los empresarios, los ciudadanos... todos son prescindibles o sustituibles. Pero la figura de la Secretaria de Defensa, sus prerrogativas y sus funciones, la forma en que Delacourt las ha entendido y las aplica, son vitales, imprescindibles, totalmente necesarios para la supervivencia de el proyecto.

Para que una pequeña parte de la humanidad mantenga su riqueza, una riqueza fundamentada en la explotación y la deshumanización sistemáticas, es necesario el uso constante de la violencia. En Elysium se podrá votar o no, habrá unas leyes mejores u otras peores, pero la cuestión sigue siendo la misma: es necesario el uso constante de la violencia y el terror, del asesinato puro y duro, para que los “inmigrantes ilegales” no destruyan ese paraíso del privilegio. En lo que respecta a la Tierra, poco importa si quien gobierna Elysium es una persona, pocas o muchas. Tampoco si esas personas cumplen o no sus propias leyes, puesto que si se encargan de blindar este sistema serán, por definición, malas leyes, injustas.

Los habitantes de Elysium son los que de una forma u otra han comprado el privilegio del paraíso para sí y sus descendientes. Se les considera ciudadanos y, por tanto, miembros de la comunidad política, sujetos a derechos y deberes. Los demás, los terrícolas, están fuera, han sido expulsados. Se les considera formalmente humanos (“civiles” es la palabra no peyorativa que más usan), pero al situarlos fuera de la comunidad política se les está negando precisamente aquello que es exclusivamente humano y que va más allá de la mera existencia material. El concepto “civil” o “inmigrante ilegal”, esconde, en la película, la terrible verdad de la política de Elysium: que su soberanía y su poder político se basan en la determinación de un afuera y un adentro de la condición humana, esto es, en la existencia de lo que Giorgio Agamben llamaba “homo sacer”, seres desechables, los nadies, en este caso los terrícolas. He ahí el auténtico fundamento de la política y el poder en Elysium: la violencia más descarnada, la capacidad de decidir quién es parte y quién no de la comunidad política. Esto no es baladí: al final de la película nos enteramos de que la policía automatizada, los robots encargados de registrar, humillar, apalear y perseguir a los terrícolas, no puede detener a los “ciudadanos”. Están diseñados exclusivamente para el “homo sacer”, que en tanto que exiliado de la comunidad política no está sujeto a ninguna regulación jurídica, no puede ser juzgado ni condenado como un ciudadano... pero sí puede ser eliminado sin ningún tipo de juicio (como de hecho ocurre en la película).

Delacourt representa, por tanto, la cara más sincera y consciente del régimen de Elysium. Ella sabe que las apariencias son importantes, que la “normalidad” de los ciudadanos debe continuar para que la estación espacial sea un paraíso y no una trinchera, la violencia debe ser invisible para los privilegiados. Pero de la misma forma que sabe que, sin alguien como ella, ese lugar no tiene futuro alguno. Delacourt representa el Estado de excepción permanente que funciona hacia fuera de la estación y que, con el golpe de Estado, pretende institucionalizarse, convertir la excepcionalidad en norma, en derecho positivo. Es el paso lógico si se quiere mantener el orden actual, pero el golpe no se consuma y finalmente lo que ocurre es lo contrario, que se redefinen las fronteras de inclusión/exclusión de la comunidad política. La película, por supuesto, no pretende llegar tan lejos y acaba por disfrazarlo todo con la dicotomía bien/mal a la que nos tiene tan acostumbrados el cine de Hollywood. Usurpa así buena parte del debate político al espectador, que finalmente acaba viendo la espectacular lucha entre el bien, el mal y la locura egocéntrica del más malo de todos, el agente encargado de perseguir al protagonista. En consecuencia, el final de la película tiene muchas más dosis de acción, violencia y sentimentalismo que de reflexión (o incluso acción) política.

- El papel de las mujeres. Uno de esos papeles ya lo hemos comentado. La mujer más importante de la película es la mala, Delacourt, que muere como deben morir todos los malos, sin ningún tipo de honor y traicionada por uno de sus subordinados (el que es más malo todavía). Es, curiosamente, la mujer más inteligente que aparece en la película pero, más allá de los rasgos femeninos propios del físico de Jodie Foster, tiene características generalmente asociadas con el género masculino: está en las altas esferas de la política, se encarga de la seguridad, tiene autoridad sobre los militares, tiene una fuerte voluntad de poder... Esto (que en sí no tiene nada de malo), unido al hecho de que es la mujer más inteligente, la que mejor sabe desenvolverse, la que no pide ayuda, pero también la mala de la película, arroja una imagen un tanto siniestra de lo que representa una mujer que escapa a los tradicionales roles de género. Es, de hecho, la única mujer que vemos en las altas esferas del poder (político o económico) y lo que parece transmitir la película es que ella está fuera de su lugar, del lugar que le corresponde por ser mujer, y eso siempre es síntoma de algún tipo de maldad subrepticia.

Otra de las mujeres protagonistas, en este caso la buena, es Frey (Alice Braga). Frey no solo cumple con los cánones de belleza norteamericanos, sino que, al contrario que su antagonista, también cumple con los estereotipos de género actuales: se dedica a los cuidados, es enfermera. Su mayor contribución a la causa del protagonista es cuidarle durante un tiempo y curarle las heridas para que pueda proseguir su lucha. Intenta que Max, ya que pretende ir a Elysium, salve a su hija, pero a falta de argumentos (“hazlo por mi, hazlo por ella”) utiliza las “armas de mujer” que le concede una sociedad machista, es decir, su cara bonita y una mezcla entre sentimentalismo y chantaje emocional. Además, el papel que el guión reserva para ella es el más habitual: Frey viene a ser el motivo por el que el protagonista se ve envuelto en más problemas de los que ya tenía. Es una persona-apéndice que necesita ser constantemente salvada por el varón protagonista, el auténtico centro de la historia. Por otro lado, Frey es madre y se comporta como en teoría debe ser una madre: protectora y temerosa, incapaz de pensar en otra cosa más que en su hija (y además a corto plazo), incluso se señala que tiene un fuerte “instinto maternal”, esa determinación biológica que atrapa a las mujeres y les impide elegir, esa especie de esencia mágica (naturalizada) que es lo que les hace ser mujeres de verdad.

La hija de Frey, Matilda (Emma Tremblay) tiene leucemia y necesita la máquina de curación para no morir pronto. Es la causa por la que su madre actúa y el motivo por el cual Max se sacrifica al final de la película. Se comporta exactamente como se espera de una menor de edad: no actúa, solo obedece; sus diálogos están diseñados para hacer más claro y evidente (además de sentimental) el dilema al que se enfrenta el protagonista, es decir, salvarse a sí mismo o ayudar a que toda la humanidad progrese y viva mejor. Junto con su madre, Matilda viene a representar a los terrícolas en conjunto: ingenua, inocente, a la espera del salvador capaz de cambiar su destino (sufrimiento y muerte), incapaz de actuar por su cuenta. La película nos cuenta que la humanidad que sobrevive fuera de Elysium es así: está a la espera del regreso del padre, la figura del protector-benefactor, el líder natural de la manada.

Los últimos instantes de su vida, Max los dedica a convencerse a sí mismo de que debe obrar bien y sacrificarse para que otras personas vivan. Se centra en Frey y Matilda y decide a su favor. Sin embargo, la forma que tiene la película de presentarnos esta decisión es, siguiendo la pauta de la ideología (hoy) dominante, la de una especie de contrato. Matilda le había contado a Max una enternecedora historia acerca de un hipopótamo que ayuda a otro animal a comer, ante lo cual al protagonista solo se le ocurre preguntar “¿y qué gana el hipopótamo a cambio?”. La niña, mera vocera de ideas que no son suyas, responde “el hipopótamo quiere un amigo”. De forma análoga, el razonamiento final de Max es que a cambio de su vida (y puesto que su amigo del alma ha muerto en una de las muchas escenas de acción), se ganará una amiga (Matilda) y, de paso, se convertirá en amigo de toda la humanidad. De nuevo son intereses personales y sentimientos los que deciden, nunca una idea del deber, ni de la fraternidad, ni del bien común, la voluntad general o el progreso. Es el ámbito privado del protagonista (donde se enmarcan las chicas buenas) el que inclina la balanza.

- La revolución sin revolución. La película nos introduce en un mundo capitalista llevado al extremo, un mundo en el que las desigualdades sociales son tan grandes que las élites económicas han tenido que crear otro espacio físico desde el que explotar y gobernar. En el propio acto de separación (la construcción de Elysium), no solo han modificado el mapa geopolítico y dejado obsoleta la idea de nación (ya no parece haber países, solo dos entidades identitarias: Elysium y la Tierrra), sino que además se han apropiado de la política, han centralizado todas las decisiones colectivas excluyendo de ellas a la inmensa mayoría de la humanidad sin ningún disimulo: la tecnología y la separación física entre ricos y pobres lo permite.

Sería de esperar que en un contexto así, donde es tan sencillo señalar al enemigo y posicionarse, donde ya existen potentísimas identidades políticas (un “nosotros” y un “ellos” claramente diferenciados), apareciese algún tipo de movimiento revolucionario dedicado a combatir al régimen de Elysium. Sin embargo, no lo hay, eso implicaría asumir la existencia de lugares comunes. Lo más parecido a una oposición al régimen es la mafia de Spider, que combina la caridad (enviar familias a Elysium para que logren curarse antes de ser deportadas) con el negocio (venta de identidades y plazas en la nave-patera para alcanzar el paraíso), pero desde luego no intenta ni comprender, ni derrocar, ni tan si quiera cambiar el régimen. Simplemente actúa en los límites de sus fronteras, aprovecha sus fallos, saca beneficio de los puntos ciegos... Más que una organización revolucionaria parece una ONG bastante despiadada y lucrativa.

Precisamente, la decisión de Spider de robar a un ciudadano de Elysium (motivación económica) es la que desencadena el resto de acontecimientos, puesto que sin saberlo roban el programa para reiniciar el sistema que tenía planeado utilizar Delacourt. Y esa es, paradójicamente, la oportunidad para la revolución: reiniciar el sistema significa que quien esté al control de los mandos podrá rediseñarlo a su voluntad. Es, por decirlo así, el momento constituyente de Elysium, el momento en que se decide, entre otras cosas, quién está incluido y quién excluido de la comunidad política. Toda revolución, en el proceso de derribar el poder establecido, crea su propia legitimidad y trunca la del régimen existente. Abre un espacio, una ventana de oportunidad para que las reglas, los objetivos, las metas, etc., sean redefinidas. Cuando Spider se da cuenta del potencial de este programa informático que han robado, decide utilizarlo.

Pero Spider no tiene conciencia política, es una oveja más dentro del redil, si bien es una oveja insolente. Por eso, cuando cae en la cuenta de que pueden “cambiar la historia”, lo único que se le ocurre es extender el círculo de la ciudadanía: en el momento clave, cuando Elysium se va a reiniciar, cambia la palabra “illegal” por “legal” en el apartado “Earth Population”. Es decir, convierte a los terrícolas, antes civiles o inmigrantes ilegales, “homo sacer” en ciudadanos, en miembros de la comunidad política. Así acaba la película, como diciéndonos “¡misión cumplida!”.

Extender la ciudadanía, como es de suponer, no es moco de pavo. Implica una serie de cambios tan importantes como inmediatos: el acceso a la sanidad y el fin de la represión automatizada, entre otros. Sin embargo, resulta muy ingenuo pensar que el hecho de cambiar una palabra en un programa informático vaya a socavar y destruir las relaciones de poder que han llevado a la humanidad precisamente a esa situación de colonialismo global. La película nos propone una revolución sin revolución: con apenas unas pocas víctimas que han caído por el camino y un pequeño cambio (dos letras) de una palabra, todo ha acabado y la humanidad vuelve a ser una, sin divisiones. La inclusión formal de las clases subalternas dentro del aparato político (derechos, deberes...) parece finiquitar la cuestión. Sin embargo, nadie toca a los empresarios que se han enriquecido a costa de matar y explotar trabajadores y trabajadoras y que podrán seguir haciéndolo, pues los terrícolas siguen siendo pobres. Nadie se preocupa tampoco por cambiar el sistema político. Es como extender el sufragio en una sociedad regida por una constitución que consagra una dictadura. En otras palabras, ¿qué impide al aparato político de Elysium compartir algunas cosas, como la sanidad, para seguir explotando la Tierra y a sus habitantes en su provecho? Es más, ¿qué les impide, una vez recuperado el control de la estación, volver a excluir de la ciudadanía a quien se les antoje? Al no producirse un cambio de poder, la población terrícola está, con toda seguridad, condenada a volver a la misma situación más pronto que tarde.



Los estadounidenses, de nuevo, han necesitado llevarse determinados problemas actuales a un futuro improbable y lo más lejos posible, al espacio. Ricos y pobres, miembros de pleno derecho y excluidos de la ciudadanía, inmigrantes ilegales, pateras, muertes de familias enteras que intentan llegar al paraíso de las oportunidades, leyes que forman parte de los más preciados sueños del Gran Hermano, explotación laboral, sustracción de recursos para engordar los bolsillos de una oligarquía que parece que vive en otro planeta, la elección del lobo (me muero de hambre o colaboro en la fabricación de robots-policía que van a venir a por mi), represión sistemática... Esta película no nos cuenta nada nuevo y, teniendo en cuenta el mensaje que transmite, su éxito en taquilla no dice nada bueno de nuestras sociedades: ¿quién quiere que gane Delacourt, quién se siente identificado con la ciudadanía de Elysium? Nadie, al ver la película todos nos sentimos identificados con el protagonista y sus amigos terráqueos. Sin embargo, esa misma gente que es capaz de soltar unas lágrimas al final de la película por el sacrificio de Max, es la misma gente que en Texas o Nuevo México, en Melilla o en Lampedusa, miran para otro lado. Quizá eso es lo mejor que tiene esta película, puesto que el mensaje viene a ser el de siempre: que se puede utilizar para medir el grado de hipocresía de las sociedades occidentales, empeñadas en no reconocer esa terrible verdad política que, día tras día, de una forma o de otra, les acosa: no es posible mantener privilegios sin ejercer de forma constante y sistemática la violencia contra quienes no los tienen. No es posible el cielo de los elegidos sin el infierno de los desechados. 

lunes, 23 de septiembre de 2013

Música y ciencias sociales (III): pensamiento positivo. La Polla Records, "Día positivo".

Voy a encarar el día con actitud positiva:
luce el sol y cantan los pajarillos. 
Los hombres salen hacia el trabajo 
modernos esclavos de un mal salario. 
Unas chavalas van para el mismo sitio 
a cobrar menos para que otros hagan turismo.

En fin, no jodo yo por nada mi día positivo, 
problemas sociales de raíces muy profundas, bla, bla, bla... 

En el cielo un avión de la OTAN, 
a saber donde irá a echar ese las bombas. 
Después algún locutor idiota 
dirá a los muertos que todo ha sido una broma, ja, ja, ja.

En fin, no jodo yo por nada mi día positivo, 
razones políticas y causas muy complejas.....yo qué se. 

¡Hombre! Un carro de los maderos, 
mira tú en qué se gasta el dinero.
¿Para qué pagar los putos impuestos?
¿Para que algún día nos hostien los vagos estos?

En fin, por nada jodo...
(vaya puta mierda 
pues menuda mierda)
mi día positivo 
(vaya puta mierda 
pues menuda mierda 
una puta mierda 
cuatro veces mierda 
vaya puta mierda 
pues menuda mierda 
una puta mierda 
ocho veces mierda). 


Pensamiento positivo. Todo está en tu mente. Querer es poder, sólo hay que desearlo. Imagina el camino, visualízalo. Para que te pasen cosas buenas, hay que ser optimista. Los pensamientos negativos atraen la mala suerte. Todo funciona mejor con una sonrisa. El secreto está dentro de ti, no culpes a los demás. Eres poderoso, puedes recorrer el camino tú solo, no necesitas a nadie. Deshazte del lastre que te impide alcanzar el éxito. Ser feliz depende exclusivamente de ti. Y un largo etcétera.

A estas alturas todas nos hemos encontrado con este tipo de planteamientos. De hecho, desde que el ser humano es ser humano hemos utilizado el pensamiento mágico para aliviar la incertidumbre sobre el futuro, para animarnos, para tratar de mantener vínculos con los muertos, para crear lazos comunitarios, para ir más confiados a la entrevista de trabajo... Ahora bien, ninguno de nuestros antepasados tuvo que enfrentarse a una cultura hegemónica como la nuestra. Poco a poco se ha construido un mito en torno a la figura del individuo que nos permite entenderlo como algo separado de su entorno, como un Robinson en su isla. Individuo es, según este punto de vista, un todo separado de la realidad social. La sociedad o bien no existe porque solo existen los contactos entre Robinsones, o bien es el escenario de batalla por la supervivencia porque el hombre es un lobo para el hombre. Es una forma de fundamentalismo: el individuo se ha convertido en una persona “liberada” de todo deber con la comunidad, es una persona que se hace a sí misma. Es ante todo, un ser egoísta para el cual el resto de seres humanos son siempre un medio y nunca un fin.

Ante la ruptura de los vínculos sociales tradicionales (el capitalismo disuelve hasta lo que es sólido: familias, iglesias, partidos, sindicatos, comunidades políticas....),  ante la concepción de lo social como el ámbito de la competencia despiadada y ante la dificultad de construir un contra-poder capaz de disputar la hegemonía, muchísimas personas se han creído abandonadas en el desierto del individualismo y han actuado en consecuencia: se han armado de vídeos y panfletos de autoayuda; han roto amistades y familias para perseguir sus sueños; han cogido el sobre antes de que lo hiciese otro. ¿Cómo no dejarse llevar por la imponente fuerza de la corriente? Hagámoslo pues, afrontemos la vida con actitud positiva, sonriendo, dispuestos a que nada ni nadie nos haga infelices pase lo que pase, porque podemos, tenemos la fuerza dentro:


Voy a encarar el día con actitud positiva:
luce el sol y cantan los pajarillos. 
Los hombres salen hacia el trabajo 
modernos esclavos de un mal salario. 
Unas chavalas van para el mismo sitio 
a cobrar menos para que otros hagan turismo.

En el cielo un avión de la OTAN, 
a saber donde irá a echar ese las bombas. 
Después algún locutor idiota 
dirá a los muertos que todo ha sido una broma, ja, ja, ja.

Eso es, hace un día estupendo, hermoso, el sol nos acaricia y las aves canoras nos deleitan con sus dulces melodías. Paseemos por la calle o miremos por la ventana contentos de estar felices, de ser capaces de disfrutar de lo que hay. Todos y todas podemos hacerlo. Ahora bien, las personas no ven lo mismo cuando miran hacia el mismo lugar: Evaristo no ve gente maravillosa andando felizmente sin más, sino que ve trabajadores y trabajadoras sometidas a un sistema productivo indecente en el que además se van superponiendo las injusticias y las estructuras de explotación (capitalismo y machismo en este caso). No ve solo el cielo azul de una mañana de verano, sino que también se fija en el avión de la OTAN. Uno puede alegrarse mucho de escuchar a los pajaritos o puede entristecerse porque recuerda que hace unos años había el doble de aves cantarinas, puede asumir lo que hay como inevitable o sentirse responsable (en tanto que miembro de una comunidad política) porque no hay otra cosa. Es decir, cuando uno mira puede acabar viendo hechos (es hermoso cómo cantan los pájaros), pero si se esfuerza además puede ver problemas, conflictos, política (si esto sigue así, ¿habrá pájaros dentro de unos años?). Pero no hay problema, esas personas, nos dice el dogma individualista, solo tienen que esforzarse más para ser felices, la ignorancia es tan solo la vía rápida y sencilla. Aunque veamos los problemas, todos podemos hacer como Evaristo e intentar olvidarnos del nosotros y convertirlo en un solitario yo-mi-me-conmigo:

En fin, no jodo yo por nada mi día positivo, 
problemas sociales de raíces muy profundas, bla, bla, bla... 

En fin, no jodo yo por nada mi día positivo, 
razones políticas y causas muy complejas.....yo qué se. 

Al no haber sociedad, al ser el análisis y la búsqueda de alternativas tan complejos, se adopta el desconocimiento como escudo para no tener que reflexionar, no digamos ya posicionarse ante un problema dado. Se racionaliza el atroz egoísmo. Entonces la huida se produce hacia adelante: los vínculos sociales se sustituyen con altas dosis de individualismo “yomismista” en el que el yo y el entusiasmo son la clave. Si proyecto una imagen de éxito y lo hago con entusiasmo, tendré una vida exitosa. Si proyecto una imagen de felicidad seré feliz porque me ocurrirán cosas felices. Tengo que convencerme a mi mismo de que soy feliz para serlo. Para ello aparece la industria de la autoayuda, dispuesta a brindarnos todo tipo de terapia “fast food” para que sigamos adelante, para que asumamos que el problema es nuestro, que nosotros provocamos el llanto de los niños y también los huracanes (acumulación de pensamientos negativos). Podemos incluso llegar más allá y, dependiendo de lo que consumamos, empezar a creer que nuestros deseos son realidades tangibles: decir que el SIDA no existe o que se cura comiendo maní, que podemos sustituir la comida por meditación y luz solar... El individualismo y el pensamiento positivo se entroncan con el postmodernismo más aberrante y arrojan como resultado una herramienta de control social nada desdeñable: un mecanismo autodisciplinario que nos lleva a soportar con una sonrisa el proceso productivo, a implicarnos emocionalmente en nuestra propia explotación.

Ya lo dijo Mario Monti, modelo de político para el régimen: un trabajo estable y fijo es “aburrido”, lo bueno es trabajar un mes acá, estar dos en paro y luego viajar aracullá para trabajar dos días por un sueldo miserable. Monti no hace más que verbalizar las necesidades de los mercados, seas quienes sean, pero lo importante de esta frase es la forma que ha elegido para “convencer” a las víctimas del terror mercantil. La clave es que la escasa estabilidad y seguridad lograda por décadas de luchas populares es aburrida y por tanto negativa. Eso no se puede consentir -piensa Monti- porque el trabajador no busca un puesto de trabajo para obtener un salario que le permita cubrir sus necesidades básicas, sino que lo busca para ser feliz: la autorrealización solo puede darse en el puesto de trabajo. La felicidad solo te la puede dar un empresario y ese empresario hoy nos dice que hay que adaptarse a las exigencias de la competitividad. Y lo dice preocupado por nuestro bien, por nuestra felicidad... No puedo evitar acordarme de aquel anuncio de una multinacional de calzado deportivo en el que aparecía Bruce Lee con una flamante sonrisa advirtiéndonos: “be water my friend”. Si metes agua en una jarra, se convierte en jarra, si la metes en una taza de té, se convierte en una taza de té. Sé agua. Adáptate a lo que demanda una institución injusta y totalitaria, cubre las necesidades del más fuerte y hazlo con una sonrisa.

¡Hombre! Un carro de los maderos, 
mira tú en qué se gasta el dinero.
¿Para qué pagar los putos impuestos?
¿Para que algún día nos hostien los vagos estos?

Es posible que si les hubiésemos puesto juntos en ese momento, el Bruce Lee de la marca deportiva  y Evaristo nos hubiesen proporcionado una batalla épica. Porque Evaristo no está conforme, por mucho que lo intente no puede olvidarse del hecho de que no hay individuo sin sociedad, de que vivir en una comunidad política y por tanto como algo más que animales implica una serie de relaciones y una serie de derechos y deberes. Cuando en una manifestación nos topamos con la policía, poco importa la cantidad de flores y de sonrisas que llevemos con nosotros. Poco importa que la violada sonría al violador o que el negro salude efusivamente al nazi: no hay secreto para “liberarse” de la sociedad, de las relaciones de poder, del deber y la responsabilidad. Evaristo no se engaña y no culpa a la falta de positividad ni a quienes han traído el conflicto donde antes solo había aparente paz: él mismo es responsable, en tanto miembro de la sociedad, de que los policías agredan a quienes teóricamente defienden, pero no por las emociones que siente y que desprende, sino porque contribuye a pagar el salario de los agresores. Y ante este hecho, se pregunta qué puede hacer, completando así la gran transformación: con los ojos de la cara ha visto el hecho, el furgón de policía, con los de la razón, con la conciencia política, ha visto una maraña de relaciones sociales cuyo efecto es la violencia impune de unas personas sobre otras, la institucionalización de la banalidad del mal (“solo cumplía órdenes”), la defensa de un régimen injusto, la forma de Estado de excepción permanente que necesita la oligarquía para obtener mayores tasas de beneficio. La felicidad, piensa Evaristo, no depende de mi como individuo, sino de mi como miembro de la comunidad. No es síntoma de buena salud el ser feliz en una sociedad enferma, injusta, explotadora.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Música y ciencias sociales (II): ¿debemos obedecer? La Polla Records, "Delincuencia".

Cargaos la delincuencia 
es una plaga social.
Una raza despreciable 
una raza a exterminar. 
Banqueros: unos ladrones sin palancas y de día.
Políticos estafadores juegan a vivir de ti. 

Fabricantes de armamento, eso es jeta de cemento, 
las religiones calmantes y las pandas de uniforme.
La droga publicitaria 
delito premeditado 
y la estafa inmobiliaria 

Delincuencia, delincuencia es la vuestra, 
¡asquerosos!
Delincuencia,  
vosotros hacéis la ley. 

Explotadores profesionales, 
delincuencia es todo aquello 
que os puede quitar el chollo. 




http://www.youtube.com/watch?v=TYt4RGMlq4w 

En el anterior artículo giramos en torno a la pregunta ¿por qué obedecemos? Hoy trataremos de reflexionar con acierto y virtud sobre otra importantísima pregunta para la ciencia política: ¿debemos obedecer? Para tratar de responder, recordemos a Sócrates. Gran pensador, vivió en la zona de Atenas en el siglo V a.C. Autor de la conocida frase “solo sé que no sé nada”, vivió alrededor de 70 años. Sin embargo, su muerte no se produjo de forma natural: Sócrates fue ejecutado. Así lo decidió la asamblea ateniense, máximo órgano de decisión en la Atenas de aquella época. Oficialmente se le ejecutó por introducir dioses falsos y pervertir a la juventud, aunque, como de costumbre, la realidad es algo más complicada y oscura. Por lo visto muchos ciudadanos atenienses se habían hartado del viejo Sócrates, personaje molesto donde los haya, porque no paraba de hacer preguntas molestas cuyo efecto final era demostrar ante el público que la mayoría de las personas hablan sin saber de lo que hablan. Cuando preguntaba insistentemente qué es un zapato a un zapatero, le llamaban loco. Pero cuando preguntaba qué era la virtud o la justicia a las eminencias públicas que se llenaban la boca con esas palabras, le consideraban un peligro. Especialmente la escuela de los sofistas, cuya máxima era “el hombre es la medida de todas las cosas”, es decir, que consideraban que no existe ninguna verdad absoluta y que todo depende de la óptica con que se mire... y de lo capacitado que estés para convencer de tu perspectiva a los demás. Fueron estos los que acusaron Sócrates y convencieron a la asamblea de ciudadanos para declararle culpable y condenarle a muerte.

No obstante, Sócrates tenía amigos dentro de Atenas y, al parecer, consiguieron urdir un plan de fuga, pero él lo rechazó. Pensaba que huir era otra forma más dura de morir: escapar de Atenas era adentrarse en el mundo sin ley, en territorio bárbaro, en el reinado de la fuerza, la violencia, los prejuicios, escapar de la polis significaba someterse a la ley del más fuerte. ¿Qué posibilidades tiene un viejo allí fuera? Pero había otra cuestión y no de menor relevancia: Sócrates consideraba que si había una ley, tenía que obedecerla. Era algo ante lo que no cabe elección alguna, las leyes están para respetarlas, no podemos empezar a violarlas solo porque consideremos que no nos favorecen o que están confundidas. Desobedecer las leyes cuando nos conviene, pensaba Sócrates, es el principio del reinado del caos: nada nos protegerá, por ejemplo, de los que pueden hacernos daño porque son más grandes o más fuertes, necesariamente acabaremos obedeciendo las órdenes de quien es capaz de imponérnoslas, lo que no tiene otro nombre que tiranía. Así que Sócrates, en lugar de huir para salvar la vida, decidió cumplir las leyes atenienses y murió ejecutado.

La actitud de Sócrates nos podría parecer hoy día una cuestión de demencia senil o de brutal depresión, pero debemos tratar de medir sus acciones teniendo en cuenta el contexto político-sociológico de la época. En Atenas, a diferencia de nuestros sistemas actuales, quien debía tomar las decisiones políticas, las decisiones que afectan al conjunto de la polis, era la ciudadanía. Cierto es que la ciudadanía la formaba un pequeño porcentaje de los habitantes de Atenas, porque mujeres, esclavos, extranjeros y la mayor parte de comerciantes y trabajadores manuales estaban excluidos de esa categoría, es decir, no eran ciudadanos, por lo que no tenían ni voz ni voto en la asamblea, no podían ocupar cargos públicos, no tenían derechos propiamente políticos. De hecho, tendremos que esperar hasta la Revolución Francesa (cuya máxima expresión, además de Robespierre, fueron Haití y las mujeres como De Gouges) para que el concepto de ciudadanía se entienda como algo universal, es decir, como algo que existe con independencia del color de piel, estatura, sexo, credo... pero eso es otro tema. Volviendo al caso en cuestión: Sócrates era ciudadano de Atenas. Esto significa que podía tomar parte en las discusiones de la asamblea y, por tanto, tenía la misma capacidad legal que los demás para discutir sobre las leyes.

Sócrates entendía que si se le condenaba a muerte en base a una mala ley (al margen de que las acusaciones fuesen falsas o de que en el juicio la protagonista fue la demagogia hasta el punto que personas que le consideraban inocente votaron luego a favor de castigarle con la muerte), su deber como ciudadano era, en caso de no estar de acuerdo, intentar cambiarla. Sócrates decía que la batalla era previa, que huir no tenía sentido porque lo que tendría que haber hecho era eliminar o cambiar esa ley en la asamblea, asunto del que no se preocupó en su momento.

Hoy, sin embargo, no ocurre exactamente lo mismo: la ciudadanía no toma directamente las decisiones, sino que lo hacen sus representantes. Y estos, en el caso del Estado español, no responden ante la ciudadanía salvo cada cuatro años y envueltos en redes de mentiras, contubernios clientelares y campañas de marketing. Entre elección y elección, diputados, senadores y miembros del gobierno responden ante una idea que no hay quien defina, al menos en este país: la nación. En otras palabras, cuando un partido obtiene escaños en el parlamento, deja de estar (si alguna vez lo estuvo) atado a las decisiones de sus votantes y, legalmente, puede incumplir todo su programa y dedicarse a hacer lo contrario de lo que prometía cuando trataba de captar votos. Nuestra situación, por tanto, parece diferir bastante de la de Sócrates en tanto no son los ciudadanos quienes toman directamente las decisiones, pero siguen existiendo similitudes.

Cargaos la delincuencia 
es una plaga social.
Una raza despreciable 
una raza a exterminar.

Evaristo odia la delincuencia, como Sócrates. No le gusta nada que haya determinadas personas que, por los motivos que sean, se crean con derecho a pisotear las normas que tenemos que obedecer el común de los mortales. Ahora bien, nótese que Evaristo no ha dicho “carguémonos” la delincuencia, sino que ha utilizado la segunda persona del plural: “cargaos [vosotros] la delincuencia”. Tiene muy claro que no es él (ni cualquier otro ciudadano) el que tiene la capacidad de decidir. Evaristo les habla a los y las representantes, les pide que acaben con la delincuencia, pero lo hace utilizando un lenguaje muy particular: “plaga”, “raza”, “exterminar”. Es el lenguaje del fascismo, el lenguaje que deshumaniza y convierte en animal (plaga), que cristaliza prejuicios sociales adscribiéndolos a una categoría social supuestamente natural (raza) y que considera que todo aquello que se sitúa fuera de los límites es imposible de asimilar y por tanto solo cabe su desaparición (exterminio). Lo que está haciendo Evaristo es utilizar el lenguaje de los que mandaban y, en buena medida, mandan. Está dándoles la razón, hablando como si fuese uno más de la selecta casta de mandatarios. Ahora bien, ¿entienden lo mismo al decir “delincuencia” la casta política y La Polla?

Banqueros: unos ladrones sin palancas y de día.
Políticos estafadores juegan a vivir de ti. 

Fabricantes de armamento, eso es jeta de cemento, 
las religiones calmantes y las pandas de uniforme.

Como seres humanos, todos somos capaces de entender que si nos damos unas normas de convivencia y lo hacemos de común acuerdo, todo acto que atente contra esas normas atenta también contra la convivencia, por no hablar de justicia, de derecho... Es normal, por tanto, que tanto comunistas como fascistas, liberales y socialistas, neoliberales y socialdemócratas, todos, estén de acuerdo en condenar todo acto que transgreda las leyes. Sin embargo, la lucha política es en un principio la lucha por el significado: todos estos grupos que en principio coinciden en algo, van a luchar necesaria y encarnizadamente por definir a nivel social qué es eso de “delincuencia”.  Evaristo por un lado y PSOE, PP, PNV, CIU, ERC, UpyD, etc. por otro, no coinciden a la hora de señalar quién es el delincuente. Para la casta política y sus oligarcas económicos delincuente es, por ejemplo, el que roba a punta de navaja lo que no es suyo. Sin embargo, si nos paramos a ver quién puebla las cárceles y por qué, nos daremos cuenta de que es infinitamente más probable ver a un pobre entre rejas que a un rico, de que el propio término “robar” implica un posicionamiento político. No es una cuestión de que los pobres roben por necesidad mientras que el rico no lo necesita. Cuando Evaristo se refiere a los banquero como ladrones “sin palancas” y que roban de día, está señalando algo que a estas alturas es más que evidente: una persona puede acabar en la cárcel por robar una gallina, pero si el robo es de cientos de millones y en lugar de a una persona se roba a la sociedad entera, basta con pedir perdón públicamente de vez en cuando, cuando te pillan. Llegado el caso, se sacrifica a uno de los peones para escudarse en la teoría de la manzana podrida (véase Bárcenas, Roldán, Vera y Barrionuevo...), pero el hecho innegable es que existe un sesgo de clase, tanto en las apreciaciones subjetivas como en las leyes, que convierten el tejido de la justicia en una tela de araña que solo atrapa a los bichos pequeñitos, a los que no tienen suficiente fuerza (capital) para defenderse, mientras que los moscardones, los grandes ladrones, los que visten con traje y corbata, campan a sus anchas.

La droga publicitaria 
delito premeditado 
y la estafa inmobiliaria.

Visto así, no podemos negar que tenemos un problema serio. Pero me temo que es peor de lo que parece: la cuestión no es solo que la ley falle, esto es, que hay agujeros que permiten a los que la violan desde arriba escapar impunemente; la cuestión principal es, para Evaristo, que los que violan las leyes son, además, los que hacen las leyes. Los que han hecho las leyes publicitarias y las leyes que convierten un derecho como la vivienda en un mercado más, son los delincuentes. La estafa inmobiliaria no es el triste resultado de los cabos sueltos que han dejado una panda de incompetentes que se hacen llamar gobernantes, la estafa inmobiliaria es un diseño, una construcción dedicada al expolio que se ha hecho posible gracias al marco legal que promovieron los principales interesados (banca, grandes constructoras, sector financiero y partidos que les representan) a través de sus lobbys y chantajes económicos. Se trata por tanto, no de un error, lo que nos situaría en el plano borbónico en el que se mueve la casta política cuando ya es inevitable reconocer el daño (la cara más amable de la impunidad: “no lo volveré a hacer, lo siento”), sino que se trata de algo premeditado. Que los banqueros y empresas especuladoras que se dedicaban a extraer grandes beneficios de la deuda y de la vivienda se hagan los sorprendidos y, con los millones a salvo en paraísos fiscales, hagan recaer todo el peso de la crisis sobre las clases subalternas, solo tiene un nombre: delincuencia organizada.

Delincuencia, delincuencia es la vuestra, 
¡asquerosos!
Delincuencia,  
vosotros hacéis la ley. 

El problema, por tanto, es muy grave. Vivimos en un sistema que legaliza y por tanto legitima ciertos tipos de delincuencia (desde la explotación, pasando por el desahucio -oda al derecho a la propiedad sobre todos los demás derechos- al cambio de la constitución y al apoyo a guerras imperiales en contra de la voluntad ciudadana) mientras que criminaliza y castiga severamente otros (robar una gallina para comer, por ejemplo). Mientras cada día miles de personas se tienen que enfrentar a la falta de recursos para comprar material escolar, a desahucios, paro prolongado y sin prestaciones sociales, sueldos miserables, horarios insoportables, etc., para que unos pocos disfruten del sueño americano, los medios de comunicación, la casta política y todo aquel que siente sus privilegios capitalistas amenazados, señalan y fomentan el linchamiento social de los miembros del SAT (Sindicato Andaluz de Trabajadores) que se han atrevido a violar la legalidad vigente para expropiar y repartir material escolar y bienes de primera necesidad. Intentan que los grandes centros comerciales que roban cada día a (entre otros) trabajadores, campesinos, ganaderos, autónomos, pequeños comerciantes y transportistas, aparezcan como víctimas, mientras que el “delincuente” es siempre el que pasa hambre precisamente porque hay quien posee centros comerciales y “necesita” obtener cierta tasa de beneficio.

Explotadores profesionales, 
delincuencia es todo aquello 
que os puede quitar el chollo. 

¿Qué haría Sócrates en esta situación? No lo sabemos, pero podemos aventurar alguna respuesta: si estuviese vivo haría como Evaristo y, fuese a base de preguntas en la plaza pública o fuese agarrado a un micrófono, Sócrates, máximo defensor de la legalidad y el respeto a las leyes, sería hoy uno de los máximos promotores de la desobediencia civil. El por qué ya lo ha sugerido el propio Evaristo: ¿podemos llamar ley a las normas que emanan de un gobierno corrupto, esto es, un gobierno que confunde interesadamente (o por presiones externas) lo público con lo privado? No, Sócrates se quedaría atónito al comprobar en qué medida hemos permitido que sean los delincuentes los que hagan las “leyes” a su medida, se quedaría boquiabierto al comprobar que le hemos puesto el mismo nombre a dos sistemas antagónicos: mediante la democracia formal la tiranía ha conseguido disfrazar sus normas arbitrarias, normas cuya única legitimidad es la fuerza, el privilegio, la tradición o el miedo, y las ha vestido de legalidad, dotándoles así, al menos en apariencia, de una legitimidad de la que nunca dispusieron. Y tanto Evaristo como Sócrates vienen a decirnos lo mismo: debemos obediencia a las leyes, a las normas que emanan del pueblo y que constituyen, en tanto límites a los poderosos, la gramática de la libertad; no debemos nada a los mandatos de una casta privilegiada que simplemente gobierna porque es capaz de convertir sus intereses particulares o los de quienes les llenan el bolsillo en los intereses públicos de toda la sociedad. Nuestro deber hoy, por tanto, no es la obediencia, sino la desobediencia... en nombre de la ley.

martes, 27 de agosto de 2013

Música y ciencias sociales (I): hegemonía. The Meas, “Carnaval”.

Aborrecemos la vida normal, 
vamos de cráneo hacia nuestro final, 
solo poniéndolo todo al revés 
conseguiremos ponernos de pie.

¡Maldita normalidad! 


Cuando los que mandan pierden el control, 

aparece la moralidad. 
Obedeceremos una sola ley:
nadie tiene por qué obedecer. 

¿Qué es lo normal y qué es lo anormal?

¿Quién es el listo que lo decidió? 
¿Por mayoría o consenso social? 
Yo nunca estuve en esa reunión. 

Cuando los que mandan pierden el control, 

aparece la moralidad. 
Obedeceremos una sola ley: 
nadie tiene por que obedecer. 

Porompompom, que joda el pueblo, 

siempre jodidos, no queremos seguir, 
porompompompero, de carnaval. 
Porompompom, quiero estar loco, malditas normas, 
puta legalidad, 
porompompompero, de carnaval.

Siempre cabeza abajo, nos puede dar un algo.

Solo poniéndolo todo al revés
 conseguiremos ponernos de pie. 

¡Maldita normalidad!


Porompompom, que joda el pueblo, 

siempre jodidos, no queremos seguir, 
porompompompero, de carnaval. 
Porompompom, quiero estar loco, malditas normas, 
puta legalidad, 
porompompompero, de carnaval.

Me resisto a ser 

una sombra inexistente en esta oscuridad, 
consumista, consumido con sumo placer. 
A quitarse la careta, fin del carnaval


No vivimos tiempos precisamente felices, la situación no está para tirar cohetes pero sí para apuntar bien con ellos. Ahora bien, una pregunta fundamental de las ciencias sociales en general es: ¿eso que llamamos “normal” agota todas las posibilidades? ¿Es la normalidad que conocemos la única normalidad posible? Si respondemos “sí”, solo nos quedará ir a abastecernos de todos los libros de autoayuda que podamos para saber encajar el golpe, para adaptarnos a la terrible normalidad: si hay crisis económica, hay que reducir los salarios de los trabajadores; si se ponen en cuestión los intereses geopolíticos de uno o varios imperios, es lícito destruir un país; si los tribunales van demasiado despacio, se introduce el filtro económico para que solo los pudientes accedan plenamente (o lo que dé de sí el régimen de turno) a la justicia; si falta dinero, se rescata a la banca y se hunde o se deja hundir a los desahuciados, la educación y la sanidad públicas...

Evaristo podría haber escogido de entre esos y muchísimos más motivos de indignación y rebelión para maldecirlos. Sin embargo, en esta canción ha escogido hablar de la normalidad, de lo que hoy consideramos normal. Y lo ha hecho porque si le preguntásemos él respondería con un rotundo “no” a esos dos interrogantes: existen otras formas de “normalidad”, las cosas que hoy parecen extrañas o ajenas pueden rápidamente convertirse en elementos normales y propios de la vida diaria. Y él mismo se pregunta:

¿Qué es lo normal y qué es lo anormal?
¿Quién es el listo que lo decidió? 
¿Por mayoría o consenso social? 
Yo nunca estuve en esa reunión. 

¿Quién decide aquí qué es normal y qué no lo es? ¿Quién ostenta ese poder? Y ¿se trata verdaderamente de una forma de poder, de un ámbito propio de la política, o es simplemente algo que depende, por ejemplo, de rasgos culturales neutrales en términos ideológicos?

El autor de la canción lo tiene claro: sin llegar a hacerlo explícito, nos conduce a un inevitable encuentro con el concepto “hegemonía”, imprescindible para ver el alcance político que tiene una canción que a simple vista (y oído) podría parecer el solitario lloriqueo de un punki de voz cascada.

Me resisto a ser 
una sombra inexistente en esta oscuridad, 
consumista, consumido con sumo placer. 

¿Se trata de un lamento aislado, de un grito en el desierto? ¿O se trata de una protesta o una demanda política, extrapolable a otros sectores de la población totalmente alejados del ideario y la estética de “La Polla Records”?

Una de las preguntas fundamentales que se hace tarde o temprano todo aquel que se interesa por la política es ¿por qué obedecemos? Ante esa pregunta caben multitud de respuestas si nos detenemos a observar caso por caso sin relacionarlos entre sí: porque si no obedezco, la policía me pega, porque si no mis padres me castigan, porque lo dice la ley, porque he votado al que manda... Pero si nos abstraemos un poco para, desde lejos, tratar de encontrar un hilo que una todas las decisiones y motivos individuales por los cuales acabamos obedeciendo, descubriremos que todas las respuestas se pueden agrupar en dos campos: el de la coerción y el del consenso.

Para que una sociedad obedezca es necesario contar con ambos elementos. La coerción, el uso de la fuerza (o la amenaza), el miedo, la capacidad de obligar para que se cumplan las normas, es imprescindible, pero insuficiente: una sociedad que solo obedece por el miedo a sus dirigentes es una sociedad que tiende a la desobediencia. Es inestable y potencialmente violenta, porque acaba por entenderse que la violencia es la única solución que ofrece el régimen para quien no está de acuerdo.

Todo régimen político establece unos límites, unas fronteras, entro lo que se acepta y lo que se prohíbe, entre lo que se puede discutir y lo que no (así como las condiciones en las que se discute), lo que se puede cambiar y lo que es intocable. Y además envuelve su fuerza, su capacidad de obligar a respetar esos límites, su puño de hierro (como decía Gramsci), en un guante de seda. La seda es el consenso: son toda una serie de instituciones estatales y no estatales que a través de dispositivos sociales, culturales, lingüísticos, educacionales, etc., colaboran en la normalización, naturalización y cristalización de las relaciones de poder de una sociedad determinada. Es decir, medios de comunicación, escuelas, diccionarios, tradiciones, iglesias, revistas del corazón... contribuyen a construir la legitimidad de ese orden (uno de los ejercicios fundamentales del poder político), convencen para obedecer estableciendo con su discurso y sus acciones los límites de lo normal, lo aceptable, lo tolerable, lo adecuado, lo bueno y lo contrario.

En otras palabras, la lucha por la hegemonía no se reduce a la disputa directa de dos o más fuerzas opuestas previamente definidas: la lucha es eminentemente política, no bélica, y se da antes de la confrontación directa y física. El momento fundamental de la política ya ha pasado cuando dos bandos se enfrentan en una batalla, porque ese momento es la propia construcción de los bandos: la definición de las lealtades, la ordenación del campo político, la construcción bien delimitada de un “nosotros” frente a un “ellos” (o “nosotras” - “ellas”). De ese momento depende la mayor o menor capacidad de generar mayorías. En la actualidad, un buen ejemplo lo constituye el llamado “chavismo” en Venezuela. La marca que han dejado los gobiernos de Chávez ha sido tan profunda que ha modificado el lenguaje político hasta tal punto que el defensor de la derecha tradicional y los partidos “turnistas” anteriormente en el poder, han tenido que presentarse a sí mismos como “progresistas” y utilizar el lenguaje “chavista” para tratar de construir una mayoría capaz de ganar las elecciones presidenciales. Mientras que el PSUV se ha construido sobre una diferenciación clara entre un “nosotros” (el pueblo, la mayoría, los pobres) y un “ellos” (la 4ª República, los partidos que se turnaban en el poder, la oligarquía económica), la oposición busca difuminar esa diferencia, eliminar ese eje de disputa y trasladar el debate político a ámbitos más controlables y favorables, como la gestión o la corrupción, en un intento de romper la mayoría social que otorga una y otra vez la victoria al partido fundado por Chávez.

Siquiera las condiciones de vida que podemos llamar objetivas (el número y el nivel de pobreza, el nivel de analfabetismo, la situación del mercado laboral, vivir en un país colonizado o uno colonizador, etc.), tienen voz propia: en lo que concierne a la lucha política ningún hecho social o natural habla por sí mismo, hay que darle significado. Pongamos el caso del terremoto de Haití (12 enero de 2010): tras la masacre los habitantes del país bien podrían culpar a los dioses por la fatalidad, a la naturaleza, a los astros, a los blancos, al gobierno, a un sistema político-económico que solo les permite (mal)vivir en trampas que esperan al siguiente temblor para destruir a quien se encuentre dentro... Al final, todo depende de la construcción discursiva (relatos explicativos, discursos políticos, leyes, monumentos, nombres de calles y estadios...) que hagamos sobre lo ocurrido: por eso se dice que los vencedores escriben la historia, porque un auténtico vencedor no solo triunfa en el campo de batalla, sino que además es capaz de relatar la historia, su historia, e imponerla sobre otras visiones de lo ocurrido.

Decía que el momento esencial de la política es la definición de los bandos en liza, así que también lo es, por tanto, el momento de definición de los conceptos y la lucha por el significado de las palabras, los objetos, los hechos, etc. Como en el caso del terremoto de Haití, a menudo la lucha por la hegemonía se disputa en todos aquellos hechos, símbolos y conceptos que parecen neutrales, apolíticos, que aparentan estar en “tierra de nadie”. O qué mejor ejemplo que esa larga lista de conceptos y medidores económicos que intencionalmente tratan de convertir en mera cuestión técnica cada vez más parcelas de la esfera política y que, por supuesto, tratan de ocultar las relaciones de desigualdad, injusticia y antagonismo entre quien posee medios de producción y quien es siervo y víctima de los vaivenes del mercado laboral.

Aborrecemos la vida normal, 
vamos de cráneo hacia nuestro final, 
solo poniéndolo todo al revés 
conseguiremos ponernos de pie.

¡Maldita normalidad! 

Vivimos en un mundo muy poco amable, el mundo del capitalismo, la plutocracia, el gobierno de los ricos para los ricos. El capitalismo es hegemónico, no solo puede obligar mediante porras, tanques o amenazas de despidos, también ha conquistado el sentido común, la percepción de lo que es normal o no. Son los planteamientos capitalistas, especialmente las ramas neoliberales (hoy), las que dictan los límites de lo aceptable y lo inaceptable, de lo bueno y lo malo, lo que merece la pena y lo que no, lo que se debe y no se debe hacer. Su penetración en la sociedad ha sido tan salvaje que aún cuando sus representantes provocan desastres sociales, destruyen instituciones públicas necesarias para el cumplimiento efectivo de los derechos humanos, reprimen con violencia a quien se atreve a protestar, manipulan los medios teóricamente públicos, etc., y aunque todo ello ha supuesto perder algo de legitimidad para el régimen (incumplimiento de programas, casos de corrupción, mentiras, discursos huecos...), en el caso español estamos muy lejos del cambio porque es asumido como algo normal (incluso bueno o “lo menos malo”) por una buena parte de la sociedad, que ha aprendido a vivir en una especie de estado de indefensión aprendida permanente y ve las decisiones políticas como si se tratasen de fatalidades naturales. Es, sin duda, la consecuencia de cuarenta años de dictadura y otros tantos de “democracia” en los que una idea no ha dejado de flotar en el aire: “haga como yo y no se meta en política”.

Quien no coge el sobre y ese mes pasa hambre tiene un problema: hay quien asume que si no lo coge él otro lo hará, que “así somos”, que la corrupción política y la presión de los grandes capitales es lo normal. El problema no es que Evaristo esté loco, sino que la normalidad es una auténtica locura. Lo sano, lo cuerdo, es rechazar esa normalidad. No es Evaristo el que tiene que darse la vuelta, hay que darle la vuelta a esta normalidad para conseguir que la gente digna pueda estar de pie, hay que quitarle la careta, el disfraz de normalidad, a la explotación: imaginarse que caminamos con los pies en el suelo no evitará que se nos suba la sangre a la cabeza cuando colgamos boca abajo. Démosle la vuelta a la tortilla, pues, asaltemos el sentido común y convirtamos en anormal al que coja el sobre y normalicemos el rechazarlo y denunciar a quien lo ofrece y los motivos por los que lo hace (no hay corruptos sin corruptores). El problema es que si avanzamos en esa dirección y finalmente nos convertimos en algo que amenace a quienes defienden la normalidad plutocrática, nos vamos a encontrar con que se defienden:

Cuando los que mandan pierden el control, 
aparece la moralidad. 

En el momento en que los defensores del régimen se dan cuenta de que la percepción social cambia, de que ya no son ellos los que definen qué es bueno y qué es malo y ya no son capaces de elevar sus intereses particulares y convertirlos en universales, en los intereses de toda la sociedad, en ese momento utilizan todas sus armas disponibles. Una es, por supuesto la fuerza y la amenaza, las comisarías, el miedo. Pero otra es ese especial sentido de la moralidad que adquieren los gobernantes, los mismos que han roto el pacto social y con ello han deslegitimado todo el régimen, esos que ante la desesperación popular piden cosas como el respeto a las leyes. Leyes que benefician a unos pocos y suponen un yugo para la mayoría, leyes que no son leyes en tanto que en lugar de garantizar la justicia están directamente pensadas para sostener y reproducir las injusticias, especialmente las económicas, por lo que más bien se trata de mandatos arbitrarios, órdenes que imparten quienes tienen capacidad para usar la fuerza si no los obedecemos.

Obedeceremos una sola ley: 
nadie tiene por que obedecer. 

Porompompom, quiero estar loco, malditas normas, 
puta legalidad, 
porompompompero, de carnaval.

Evaristo propone la desobediencia: la única ley vigente es que no tenemos que obedecer sus normas, que debemos revolucionar el sentido común hasta hacerlo nuestro y subvertir sus mandatos, hacernos ingobernables para el régimen, desbordarlo. Esa “legalidad de carnaval” no es otra cosa que los intereses particulares de unos pocos convertidos, por obra y gracia de una casta política al servicio de los grandes centros de poder económico, en mandatos generales. Es apariencia de legalidad, es un disfraz de legalidad: su “ley” no atrapa a las moscas grandes y sí a las pequeñas, banqueros que han estafado millones de euros a particulares y a sociedades enteras, que han engordado las arcas de los paraísos fiscales para estafar a hacienda, que ahora hacen recaer el peso del riesgo, del fraude y de la burbuja especulativa en los hombros de los económicamente más débiles, campan a sus anchas y tienen la osadía de poner el grito en el cielo cuando una de las personas a las que le han hundido la vida quema un cajero. “Cumplid la ley” exigen quienes han diseñado las reglas de juego pensando en su beneficio y no dudan en ignorarlas o violarlas cada vez que pueden, que resulta ser casi siempre.


A quitarse la careta, fin del carnaval.