jueves, 23 de abril de 2009

La construcción nacional

¿Qué es una nación? ¿Cual es su origen? No cabe duda que el nacionalismo es y ha sido una de las ideas que más ha movilizado a los pueblos a lo largo del globo, capaz de generar lazos muy intensos entre personas que no se conocen. Sin embargo parece que realmente sabemos poco acerca del tema. Es muy común, por ejemplo, encontrarse con gente que confunde el concepto de nación con el de Estado. Es lógico, hasta las instituciones públicas nos inducen al error: la Organización de Naciones Unidas no es otra cosa que una organización de Estados no demasiado unidos.

Tratemos de definir, escuetamente, el término "nación" (que es bastante complejo y confuso) para poder discutir acerca de él. Lo primero que quiero destacar es que en principio la nación no existe. Se trata de algo artificial, construido por el ser humano. El concepto de nación crea una clara diferenciación entre un grupo (el propio) y el resto de seres. Crea vínculos horizontales en una sociedad, al margen de las estructuras jerárquicas que la dominen en un momento concreto de su historia (como pueden ser las económicas, las políticas o las religiosas). Como ya he dicho, genera intensos lazos, pero también es intensamente excluyente.

Pero ¿qué criterios definen a una nación? Muchos autores han intentado dotar al concepto de características objetivas (como puede ser un territorio, una lengua común, la raza...), lo cual resulta imposible salvo que se considere apropiado dejar a la mitad de las naciones fuera de la definición. Otros han tratado de definir la nación en base a unos criterios subjetivos, refiriéndose al sentimiento de pertenencia a una comunidad que desarrollen sus miembros. Actualmente podemos hablar de voluntarismo y organicismo. La postura organicista defendería que la nación "es", existe independientemente de si la vemos o no, o de si nos sentimos identificados con ella o todo lo contrario. Se trata de una realidad previa. El voluntarismo, por contra, entiende que la nación solo existe si así lo perciben las personas, no existe al margen del ser humano ni antes de él.

Por mi parte, coincido con Anderson cuando habla de "comunidades imaginadas" refiriéndose a cualquier otro colectivo al margen de la familia directa (aunque opino que la familia también se trata de una comunidad imaginada). Hobsbawm nos recuerda que el pasado histórico compartido es inventado y no es neutro, responde a posiciones ideológicas. Las tradiciones y el discurso nacional, dice Hobsbawm, tienen tras objetivos: la cohesión social, la reproducción de los sistemas de poder y la socialización en torno a un sistema de creencias y valores concreto.Aunque quizá este autor peca de un exceso de voluntarismo: llega a afirmar que todas las tradiciones son inventadas. Esto es bastante discutible, si asumimos esto como cierto no podríamos explicar la rapidísima difusión que tiene el nacionalismo (en sus distintas formas) por todo el mundo. Sin embargo Hobsbawm si que tiene parte de razón porque, si bien las tradiciones que recogen los nacionalismos no son todas inventadas (algunas sí), desde luego sí están seleccionadas: el pasado es selectivo, está construido desde el presente.

Se trata de un debate que no parece se vaya a resolver nunca. No obstante, cabe recordar la importancia de la guerra por la palabra, que la lucha por las definiciones es una de las luchas políticas más importantes y que toda definición tiene sus consecuencias (si definimos una nación en base a una raza, por ejemplo, todo el que no comparta una serie de rasgos genéticos nunca podrá formar parte de la comunidad).

Existen muchos tipos distintos de nación, pero podemos agruparlos principalmente en dos categorías: naciones culturales y naciones políticas. Las primeras son aquellas que se centran en elementos étnicos, lingüísticos, culturales... Busca que los límites culturales también se correspondan con los de la nación. Por otro lado, la nación política no parte de una cultura, una etnia o una religión compartidas, ni si quiera una lengua común. Se trata de naciones construidas sobre elementos simbólicos y abstractos, como pueden ser la constitución, la bandera, un sistema político... En principio la segunda sería más incluyente, mientras que la primera categoría corre más riesgo de devenir en "religión política" o simple racismo (lo que no quita que también pueda ocurrir en las naciones políticas). Pese a que en la realidad todas las naciones combinan elementos de ambos tipos de nacionalismo y se muestran de forma híbrida, siempre predomina una de las dos categorías. El mejor ejemplo de nación cultural lo encontramos en Alemania: el nacionalismo alemán encuentra sus raíces en el romanticismo y en parte surge como rechazo a la violenta expansión de la ilustración francesa (recordemos que el momento en el que surge el nacionalismo alemán es en plena convulsión por la revolución francesa y la expansión de Napoleón). Autores como Fichte hablan de abandonar las influencias francesas y recobrar una autenticidad perdida, la esencia primigenia que ha sido pervertida. Se trata de una arqueotopía, es decir, como una utopía pero situada en el pasado. La retórica de este tipo de nacionalismo tiende a ser ruralista (el campesino es el que más esencias ha guardado, el que más se parece al pasado), lo cual resulta algo paradójico ya que la construcción nacional proviene esencialmente de las urbes. La nación alemana no surge en un Estado preexistente, como es el caso francés, el español, el inglés... sino que es la propia identidad cultural la que construye esa unidad, reclamando una especifidad que choca de lleno con la "universalidad" de los principios franceses y su modelo ideal de nación. El mejor ejemplo del caso contrario, de nación política, es quizá Estados Unidos. Aunque esta construcción nacional ha coqueteado desde el principio con la idea religiosa de ser los elegido entre los elegidos y del destino manifiesto, las características políticas parece que priman frente a las demás (siempre y cuando nos olvidemos un poco del galopante racismo del que todavía quedan algunos vestigios, véase la película "El surgimiento de una nación"). Estados Unidos es una de las naciones que más apela a los elementos abstractos para constituir su unidad, para establecer el marco que permita la integración de distintas etnias, religiones, culturas... En teoría, en este país se consigue disgregar la identidad étnica de la cultural, aunque en la actualidad esto es bastante discutible: muchas minorías están eligiendo, en lugar de aceptar el modelo de "melting pot" cultural, conservar su propia identidad e incluso su lengua en lugar de integrarse.

Tanto la nación cultural como la nación política comparten la construcción de un pasado común basado en intereses del presente. Pero comparten más. Toda construcción nacional recurre en algún momento de su evolución a una construcción simbólica muy fuerte: la proyección de la familia sobre la nación. Esta técnica, además de ser fácil de difundir, tiende a dotar a la nación de carácter natural, como lo puede ser la familia, por lo que desobedecer al padre de familia (el líder del gobierno) es no sólo éticamente reprobable, sino también antinatural. Las comunidades religiosas también practican habitualmente este tipo de simbolismo. Así mismo, el simbolismo religioso también ha penetrado el ámbito del nacionalismo. Pese a siglos de secularización, cuando un movimiento nacionalista se ve amenazado, no duda en acudir a la simbología religiosa, aunque no sea de forma explícita ni reconocida. Un ejemplo perfecto de ello son las quemas de banderas: en muchos países se considera prácticamente una blasfemia y se castiga en consecuencia. Estados Unidos utiliza la constitución como si se tratase de un texto sagrado, por no hablar de las promesas de paraíso que ofrece el "estilo de vida americano". Otro elemento común a todas las naciones es la construcción de mitos nacionales. Se trata de héroes de la construcción nacional, personas en las que nos podemos identificar y además constituyen modelos a imitar. Un ejemplo muy claro y reciente de esta glorificación de un individuo en el que se reconocen todas las virtudes de la nación a la que encarna es el caso de Mustafa Kemal "Atatürk" en Turquía. Al derribar los restos del ya vencido Imperio Otomano y someter al antiguo sultán, Atatürk se convierte mediante el ejército en el líder indiscutible de una nueva nación que no espera a su muerte para nombrarle "padre de los turcos" y estampar su imagen en estatuas, monumentos, billetes y monedas. Un nuevo dios para la nueva religión de Anatolia, que ya ha demostrado a armenios y kurdos lo que ocurre con los herejes. Del mismo modo hoy se consideran mitos "españoles" a los fanáticos cristianos que combatían contra los musulmanes en la península ibérica (como Pelayo o El Cid) y "reconquista" a cientos de guerras distintas que se prolongaron durante siglos por el control de un territorio en nombre de distintos monarcas y de la religión. Bolívar en Sudamérica, Martí en Cuba, Lincoln en Estados Unidos... los ejemplos son innumerables.

En cuanto al origen, descarto todas las teorías primordialistas que sitúan el origen de la nación en tiempos inmemoriales. En el caso español, una de estas teorías consideraba que más que hijos de Pelayo, somos descendientes de Noé. Un famoso historiador franquista recordaba en más de una ocasión que la primera contribución española al Arte fueron las pinturas de Atapuerca. Sin embargo, tampoco me convencen las tesis contrarias que defienden los modernistas. Para estos la nación es un producto de la modernidad que se manifiesta por primera vez con la revolución francesa de 1789. No existe, pues, nación anterior a esa fecha. Antes solo podemos hablar de monarquías y reinos, imperios, ciudades-estado... pero no de nación. En este sentido, comparto la postura de Anthony D. Smith que podríamos calificar de perennialista: si bien antes de la revolución francesa no podemos hablar de nación, sí que podemos hablar de "identidad nacional" anterior a 1789. Es decir, podemos establecer un vínculo entre el antiguo régimen y el estado-nación basado en el sentimiento de pertenencia a un grupo, de tal forma que evitamos la flaqueza teórica del modernismo, que no puede explicar, entre otras cosas, cómo ese sentimiento nacional se propaga tan rápido por todo el mundo generando vínculos tan fuertes si el origen está en la revolución francesa. La respuesta es lógica: ya existía una identidad nacional previa al nacimiento de la nación.

Marx aportó una perspectiva interesante acerca del tema, aunque pecó de funcionalismo: consideraba que la nación, como el Estado, era un instrumento burgués. Consideraba que el nacionalismo era una construcción ideológica de la clase dominante destinada a distraer y controlar a las masas e impedir el florecimiento de su auténtica identidad, la identidad de clase. Desde mi punto de vista, puede que la burguesía y las clases dominantes realmente utilizaran ese sentimiento nacional para controlar a las masas e impedir que se organicen para conquistar su emancipación, pero no podemos asegurar que fue así como surgió, ni con ese objetivo.

jueves, 16 de abril de 2009

El "show" de Obama.

Obama comparece casi a diario ante los medios. Cuando anuncia una medida, los periodistas contratados por los grandes oligopolios mediáticos aplauden y difunden las buenas nuevas. El mensaje no importa, cuando contemplamos al nuevo super-héroe americano hasta las malas noticias son recibidas con agrado y complacencia. Si él no lo evitó, nadie puede: la inevitabilidad exculpa a este personaje de cómic de cualquier responsabilidad negativa. Los periodistas no presentan más que un pedacito de información estéril que mejor podría transmitir una cámara sola, sin pastores ciegos a su alrededor que traduzcan e interpreten para sus ovejas . La maquinaria mediática, si no sus mercenarios, se encargará de descontextualizar toda información para darle el trasfondo que requiere el mensaje que verdaderamente quieren transmitir.

Cuando se acercan al fenómeno Obama, los grandes medios de difusion muestran una conformismo y una ausencia de crítica absolutamente escalofriantes. Las voces disonantes o bien se pierden en el laberinto del mercado (que sustituye a la censura en los países "desarrollados") o son minimizadas, marginadas y ridiculizadas. Es lo que ha ocurrido con Fidel Castro en los últimos días.

Este nuevo capítulo del show presidencial de Obama parece diseñado para, entre otras cosas, atacar al gobierno de Cuba, ocultando para ello el bloqueo criminal tras una rama de olivo que ya veremos si es auténtica o falsa. Obama continúa legitimando las acciones del gobierno de Bush, entre otros, al convertir asuntos como el de Guantánamo en meras opciones políticas: al "cerrar" esa cárcel de tortura y no perseguir a los responsables, convierte semejante espectáculo macabro, este crimen contra la humanidad, en una mera política pública que, eso sí, considera equivocada. Lo que implícitamente significa que los derechos humanos son una especie de potestad de la que dispone el presidente de Estados Unidos.

Sin embargo, en su comunicado, la Casa Blanca alude al cumplimiento de los derechos humanos en Cuba para que el receptor del mensaje crea que ese es el motivo del bloqueo y las sanciones económicas, dignas de un país en guerra. Y el hecho de aflojar dos de las leyes de la administración Bush que estrangulan la isla (concretamente la de viajes de familiares residentes en EEUU y la del envío de remesas hacia Cuba) dejando el bloqueo intacto convierte, gracias a la magia de los medios de comunicación, al verdugo-agresor en caballero-justiciero-dialogante. Y cuando una voz disonante y con cierto eco, la de Fidel Castro, nos recuerda que el bloqueo sigue ahí y sin motivo, los creadores de opinión se ponen manos a la obra. Primero, convierten el mensaje de Fidel, cargado de contenido, en un par de frases dignas de un viejo enfurruñado con su gato. Llega a parecer que Fidel se opone a esa pequeña apertura. Todos los medios occidentales comparten esta técnica, sean públicos o privados. También coinciden en la segunda parte de esta estrategia de desestabilización y adoctrinamiento: después de convertir el rechazo de Fidel al bloqueo en rechazo a cualquier apertura por parte de Estados Unidos, después de incidir varias veces en este hecho, son entrevistados varios cubanos que muestran su total conformidad con la medida de Obama, en especial la referente a los viajes de familiares. Plantean estos hechos de tal forma que la opinión de Fidel parece chocar con la de su propio pueblo. Fidel Castro aparece como el "malo" de este show, mientras que su protagonista, Obama (que en realidad es el actual responsable del bloqueo) es el "bueno". A los lobotomizados tertulianos les da pie a infinitas discusiones estériles acerca de si al gobierno cubano le viene bien el bloqueo económico para mantenerse en el poder. Justifican y legitiman con ello la flagrante violación de los derechos humanos y del derecho internacional que suponen leyes como la Helms-Burton.

Es un nuevo ejemplo de cómo los grupos empresariales tipo PRISA mienten, no sólo administrando noticias en función de sus intereses, sino administrando también memorias, las memorias de los lectores/oyentes/espectadores. Lo que un medio de comunicación se empeña en recordar u olvidar resulta más importante que la noticia en sí, que aquello sobre lo que se decide informar. Fernández Liria lo expresa magníficamente en "Periodismo y crimen. El caso Venezuela 11-4-2002": "El trabajo sobre la memoria ciudadana administra los contextos de la información, de modo que es muy fácil hacer que la misma información, según lo que se recuerde o se silencie, signifique una cosa o la contraria". Por tanto concluimos que la intención de la noticia transmitida por los medios acerca de este suceso entre Obama y Castro no era informar acerca del hecho en sí (la noticia carece de importancia para los medios), sino transmitir un mensaje de rechazo hacia el gobierno cubano y adoración hacia el estadounidense (que efectivamente logran transmitir si el lector/oyenete/espectador no acude a las fuentes originales). Oponerse al imperio implica enfrentarse a sus amigos y clientes: el bloqueo parece ser culpa de la propia Cuba por autodeterminarse, mientras que el responsable de que se mantenga, Obama, aparece abriendo la mano, sometiéndose por voluntad cristiana al diálogo con un monstruo al que la mayoría de la prensa todavía califica de Presidente de Cuba (cuando no de dictador). La voluntad de informar de la que hacen gala los medios privados es inversamente proporciona a su nivel de impunidad. Chesterton lo advertía ya en 1917:

"Hasta nuestros días se ha confiado en los periódicos por ser portavoces de la opinión pública. Pero muy recientemente, algunos nos hemos convencido, y de un modo súbito, que no gradual, de que no son en absoluto tales. Son, por su misma naturaleza, los juguetes de unos pocos hombres ricos. El capitalista y el editor son los nuevos tiranos que se han apoderado del mundo. Ya no hace falta que nadie se oponga a la censura de la prensa. La prensa misma es la censura. Los periódicos comenzaron a existir para decir la verdad y hoy existen para impedir que la verdad se diga".

jueves, 2 de abril de 2009

Estado, multiculturalismo y capital (Zizek)

En nuestra era de capitalismo global, ¿cuál es, entonces, la relación entre el universo del Capital y la forma Estado-Nación? "Auto-colonización", quizá sea la mejor manera de calificarla: con la propagación directamente multinacional del Capital, ha quedado superada la tradicional oposición entre metrópoli y colonia; la empresa global, por así decir, cortó el cordon umbilical con su madre-patria y trata ahora a su país de origen igual que cualquier otro territorio por colonizar.[...] La culminación de este proceso es la actual paradoja de la colonización: sólo quedan colonias y desaparecieron los países colonizadores; el Estado-Nación ya no encarna el poder colonial, lo hace la empresa global. Con el tiempo, acabaremos todos no ya sólo vistiendo camisetas de la marca Banana Republic, sino viviendo en repúblicas bananeras.
La forma ideológica ideal de este capitalismo global es el multiculturalismo. [...] Al igual que el capitalismo global supone la paradoja de la colonización sin Estado-Nación colonizador, el multiculturalismo promueve la eurocéntrica distancia y/o respeto hacia las culturas locales no-europeas. Esto es, el multiculturalismo es una forma inconfesada, invertida, autorreferencial de racismo, un "racismo que mantiene las distancias": "respeta" la identidad del Otro, lo concibe como una comunidad "auténtica" y cerrada a sí misma respecto de la cual él, el multiculturalista, mantiene una distancia asentada sobre el privilegio de su posición universal. [...]
El problema del imperante multiculturalismo radica en que proporciona la forma (la coexistencia híbrida de distintos mundos de vida cultural) que su contrario (la contundente presencia del capitalismo en cuanto sistema mundial global) asume para manifestarse: el multiculturalismo es la demostración de la homogeneización sin precedentes del mundo actual. Puesto que el horizonte de la imaginación social ya no permite cultivar la idea de una futura superación del capitalismo - ya que, por así decir, todos aceptamos tácitamente que el capitalismo está aquí para quedarse -, es como si la energía crítica hubiese encontrado una válvula de escape sustitutoria, un exutorio, en la lucha por las diferencias culturales, una lucha que deja intacta la homogeneidad de base del sistema capitalista mundial. El precio que acarrea esta despolitización de la economía es que la esfera misma de la política, en cierto modo, se despolitiza: la verdadera lucha política se transforma en una batalla cultural por el reconocimiento de las identidades marginales y por la tolerancia con las diferencias. No sorprende, entonces, que la tolerancia de los multiculturalistas liberales quede atrapada en un círculo vicioso que simultáneamente concede DEMASIADO y DEMASIADO POCO a la especifidad cultural del Otro.



Del libro "En defensa de la intolerancia", de Slavoj Zizek.

lunes, 30 de marzo de 2009

Invitación a la bomba (de Santiago Alba Rico)

Teníamos que haber reservado un poco de ingenuidad para esta ocasión. Los últimos años nos han ofrecido un repertorio tal de horrores que se nos ha constipado la conciencia. España se estremeció con el derribo de las Torres gemelas y sus 3000 muertos; se estremeció con las bombas de la estación de Atocha y sus 200 sencillos peatones despedazados; se estremeció incluso con los misiles sobre Bagdad y las torturas de Abu-Gharaib y se ha estremecido con las escenas de la Nueva Orleans volteada por el agua y abandonada por su gobierno. Y sin embargo mucho más impresionante que todo esto -como interpelación y como imagen- es el tratamiento zoológico dispensado a los africanos en el telón de acero de Melilla. El tiroteo, deportación y enjaulamiento de miles de personas que pedían ayuda, eso que llaman "política migratoria" como Hitler llamaba "política demográfica" al traslado a Auschwitz de los judíos europeos, impugna de hecho, ante los ojos del mundo, la legitimidad, viabilidad y justicia del orden político y económico vigente. Al mismo tiempo, la reacción de nuestros políticos, nuestros medios de comunicación y nuestra opinión pública impugna nuestro derecho a la riqueza, nuestro derecho a instituciones democráticas y, sobre todo, nuestro derecho presente y futuro a sentirnos buenos. Después de todo, el dolor del 11-S y el del 11-M pueden atribuirse a "malvados terroristas"; y el dolor de los niños de Bagdad cabe atribuirlo a "malvados imperialistas". Pero en el caso de Melilla no hay duda: hemos fotografíado el sistema mismo, hemos fijado para siempre la imagen de un orden que tiene que tirotear al que pide ayuda, que no puede dejar de tratar como animales a los que tienen hambre, que no puede permitirse siquiera la hospitalidad. Que los africanos vengan a pedir socorro a los mismos que les roban demuestra su desesperación; que los que les roban reciban su demanda de socorro con balas y palos demuestra la irrevocable ignominia del capitalismo. Podemos hacer guerras lejanas, imponer programas de ajuste estructural, firmar en un despacho un acuerdo comercial y destruir diez países sin violar en apariencia ningún mandamiento. Pero si llaman a nuestra puerta unos hombres que tienen hambre y sed, entonces no nos queda más remedio que romperles la cabeza, dispararles y abandonarlos en el desierto. Se crea o no en Dios, esto es un pecado y un pecado tan vergonzoso, tan sucio, tan abyecto, tan despreciable, que no es raro que hagamos un esfuerzo tan grande por ocultarlo, olvidarlo o justificarlo. Zapatero ha mandado al ejército español a asesinar a un mendigo que extendía la mano, como hacen las bandas de neonazis con los que duermen entre cartones, y España aplaude o calla. Carlos Fernández Liria nos reproducía en estas mismas páginas la broma de la católica COPE, celebrada por miles de oyentes, sobre la prueba olímpica de "salto a España"; José Daniel Fierro nos recordaba los delirios bellacos de Libertad-Digital sobre esta "invasión" que no se rechaza con la suficiente contundencia; y basta leer los titulares, noticias y comentarios de El País y de El Mundo para ver trocarse toda esta vergüenza indisimulable en eufemismos, perífrasis e hipérbatos tan complicados y frágiles como un churro de vidrio: "Melilla está viviendo de cerca el drama de la inmigración", como si fuesen los melillenses las víctimas y como si se tratase sencillamente de vivirlo de lejos; "doble perímetro de impermeabilización fronteriza", eufemismo siniestramente sanitario que encubre bajo un tecnicismo aséptico una valla erizada de pinchos y deshumaniza a los que intentan saltarla; "algunos han muerto en el intento y otros llevan en el cuerpo las secuelas de esta acción desesperada", como si se hubiesen herido solos en una prueba de alpinismo; "su situación pone en cuestión la moralidad del reino de Marruecos", porque el reino de España preferiría, en efecto, que los mataran por el camino, según lo acordado, dejando para los musulmanes un trabajo que los cristianos no pueden hacer sin que se resienta su sentido de la moral y se les atragante el polvorón de la democracia y los derechos humanos con que se llenan eternamente la boca.

Hay contradicciones que sólo pueden salvarse con un relleno de vacío; es decir, con más y más nihilismo armado. Si un soldado se dedica a torturar prisioneros y, al volver a casa por las tardes, quiere ser un ejemplo para sus hijos, esos prisioneros tienen que ser nada. Si una sociedad elige ininterrumpidamente la pobreza de África y tiene que contenerla a golpes cuando amenaza nuestro culpable bienestar y quiere, además, conservar sus valores y su superioridad moral, tiene que convencerse de que esos africanos se merecen su destino como nosotros nos merecemos nuestros supermercados y nuestros móviles. La valla de Melilla es tan natural como el mar Mediterráneo y tan justa como la luz del día.

Pero esa valla, que corta el mundo en dos sin umbrales ni transiciones, es también una pantalla donde se reflejan indisimulables dos contradicciones que es más fácil olvidar en otras partes. La primera tiene que ver con la dirección y posibilidad misma de los desplazamientos individuales en un espacio económico desigual en el que los Estados-Nación, formalmente homogéneos, tienen una capacidad desigual para imponer su soberanía. Convenciones internacionales y constituciones locales, con arreglo a los principios de la ONU, reconocen y exigen respetar el derecho individual de los ciudadanos a salir de sus países. Pero esas mismas convenciones y constituciones, con arreglo a los principios de la ONU, dejan en manos de los Estados el derecho de entrada. Salir es un derecho individual; entrar es un derecho de Estado. En un espacio económicamente desigual donde la soberanía está también desigualmente repartida, si los españoles parecen tener el derecho individual a entrar en Marruecos o en Indonesia es sólo porque el Estado español tiene la suficiente fuerza para debilitar o doblegar la soberanía marroquí o indonesia; si los senegaleses, los nigerianos o los propios marroquíes parecen, por el contrario, no tener el derecho a salir de África es sólo porque la soberanía española es lo suficientemente soberana para impedirles entrar en España. De hecho, los españoles pueden entrar en Marruecos o en Indonesia porque no son individuos sino manifestaciones impersonales de un Estado soberano; de hecho, los senegaleses no pueden salir de Africa porque son sólo individuos indefensos desprendidos de Estados sin soberanía. Paradójicamente y contra las apariencias, la libertad de movimientos sólo está prohibida a los individuos.

Esta contradicción, en cualquier caso, permite a los Estados occidentales -mientras no se les obligue a disparar contra las vallas- escandalizarse moralmente por las restricciones impuestas en otro tiempo en la Unión Soviética o en la RDA a los que querían salir de su país y al mismo tiempo suspender de facto ese derecho, sin violar ningún mandamiento ni conmoverse en sus valores, impidiendo la entrada, por todos los medios, legales y/o violentos, a los que salen individualmente de sus naciones intervenidas y deshilachadas (convertidas en verdaderos "contenedores" mediante acuerdos bilaterales con gobiernos más que dudosamente democráticos). Pero esta contradicción determina también, y es la condición, de un doble desplazamiento en el espacio, en direcciones contrarias, ascendente y descendente, que coincide con esas figuras activamente políticas que llamamos respectivamente turista e inmigrante. Millones de turistas occidentales entran libremente todos los años, como depositarios abstractos de un poder superior, en Egipto, Bali, Marruecos, Túnez, mientras millones de inmigrantes latinoamericanos y africanos son rechazados, como puros individuos desamparados, en las fronteras de EEUU y de Europa. De hecho, y en términos estructurales, los inmigrantes lo son desde su nacimiento, ahora y siempre, en su propio país, aunque no salgan de sus fronteras, como lo demuestra el hecho de que los turistas, por su parte, viajan provistos, e imponen allí donde van, sus vallas melillenses: hoteles blindados con fuertes medidas de seguridad, playas privadas, circuitos cerrados protegidos de los nativos, los cuales sólo pueden penetrar agachados y clandestinamente y a los que siempre se juzga importunos, molestos o sospechosos. Pero de esta manera, en el contexto aceptado por todos de una desigualdad de soberanías que veta los desplazamientos individuales -y sólo éstos- y que enfrenta a turistas e inmigrantes con independencia de dónde estén, las bombas de Bali, Egipto o Kenia son sólo el equivalente, a escala menos dañina, de las medidas "migratorias" occidentales que, únicamente en el Estrecho de Gibraltar y en la frontera de México con EEUU, han matado en los últimos diez años a 35.000 personas. La lógica de Libertad-Digital, de la COPE, de El Mundo y de El País, de nuestros políticos y de la opinión pública española, obliga a considerar los atentados terroristas contra turistas occidentales como legítimos dispositivos de soberanía restrictora, a igual título que los telones de acero, los disparos y las deportaciones contra los subsaharianos en Melilla. La valla de Melilla es, pues, una invitación a la bomba y una legitimación de sus efectos.

La segunda contradicción de la Valla es una prolongación de la primera y tiene que ver con la ya conocida paradoja de los Derechos Humanos. Contra los principios universales de la Revolución francesa, el reaccionario Joseph de Maistre recordaba que en el mundo no había nada que pudiésemos llamar hombres sino sólo españoles, franceses, ingleses e incluso persas (si es que se aceptaba el testimonio de Montesquieu, que había escrito sobre ellos). Esta burla certera desnudó, siglo y medio después, las consecuencias absurdas y trágicas de pretender defender los derechos humanos en un espacio económico desigual regido formalmente por el Estado-Nación. Ya Hannah Arendt llamó la atención sobre el hecho de que, una vez desprovistos de patria, de familia, de dinero, reducidos a su pura condición humana, los apátridas y refugiados de la Segunda Guerra Mundial quedaban por eso mismo al margen de todo derecho. Individuos puros, los hombres que saltan la valla de Melilla y destruyen su pasaporte para que no se les devuelva a sus naciones minusoberanas, privados por tanto de toda tutela, sin recursos y sin nacionalidad, se convierten en hombres, en hombres a secas, y no tienen más que su desnuda condición humana para resistir. Y precisamente a partir de ese momento y por eso mismo dejan de ser sujetos de derecho y su destino es el desierto. El reaccionario Joseph de Maistre tenía razón y quien se la da es el mismo neoliberalismo capitalista que, al mismo tiempo, sigue proclamando el carácter sagrado y universal de los derechos humanos. Los hombres, en cuanto que hombres, no tienen aquí y ahora ningún derecho y todo el que no sea algo más que hombre, todo el que no sea algo más que un individuo -español o millonario o mafioso o alguna combinación de estas tres cosas- sólo puede aspirar a que lo encarcelen o lo maten. Los españoles que se pasean ufanos y orgullosos por la plaza de Marrakesh en sí mismos no son nada; y su seguridad en sí mismos, y el desprecio de los otros, y su invulnerabilidad asumida, no es el resultado de nada que hayan hecho o merecido sino exclusivamente de la posesión de un pasaporte cuyo valor aleatorio puede, de pronto, desaparecer.

Los apaleamientos e insultos a los subsaharianos en Melilla son algo más radical y temible que el racismo; son la manifestación de un anti-humanismo beligerante y potencialmente homicida. Lo peor que se puede decir de alguien es que es sólo un hombre; lo peor que se puede hacer con alguien es tratarlo como si fuera un hombre. No hay nada más peligroso en este mundo que ser sencillamente un hombre. O quizás sí, quizás es aún peor ser... senegalés.

Propongo a la COPE que proponga a los organizadores del rally París-Dakar bonificar con algunos segundos de premio a los pilotos que, en su vertiginoso correr por el desierto, atropellen a un niño africano que así ya no podrá viajar a España en el futuro. Y propongo a Al-Zawahiri que proponga a Al-Qaida bonificar con unos segundos más de paraíso a los nativos que le rompan la pierna a un turista en una tienda de souvenirs de Bali o de El Cairo, para que no vuelva a estos países de vacaciones. El nihilismo de unos y de otros forma parte de la siniestra lógica de las cosas, aunque también la inocencia de las víctimas es desigual y al revés de lo que nos parece. La diferencia entre el integrismo occidental y el islamista, en cualquier caso, es que en Occidente el integrismo ya está en el poder y es seguido, votado y aplaudido por la mayor parte de la población, la cual, además, se pasea por todos los rincones del mundo, sin que nadie se lo impida, en pantalones cortos.


(Artículo de Santiago Alba Rico, extraído de Rebelión.org)

domingo, 29 de marzo de 2009

El desarrollo del capitalismo en América Latina

A continuación un pequeño resumen sobre el libro "El desarrollo del capitalismo en América Latina" de Agustín Cueva:

El desarrollo del capitalismo en América Latina y el Caribe estuvo y está determinado por las condiciones históricas concretas en las que se desenvuelve. La fase de acumulación originaria (el establecimiento del divorcio entre el productor directo y los medios de producción) comenzó aquí, América Latina, una vez el capitalismo central había entrado en su fase imperialista. Este hecho, sumado a la incapacidad de imponer el capitalismo mediante una revolución democrático-burguesa que destruyera de manera efectiva los cimientos del antiguo orden, determinará el complejo proceso de transición hacia una sociedad capitalista donde prevalezca un modo de producción concreto: la vía oligárquica o reaccionaria dependiente de desarrollo del capitalismo. La principal particularidad de esta es que no consigue transformar por completo las estructuras precapitalistas, sino que las subordina al capital, manteniendo una heterogeneidad estructural visible en los diversos modos de producción que conviven, asentando su evolución en la pauperización de los productores directos y los trabajadores. El resultado son economías “híbridas”, cuyo grado de “hibridez” determinará el ritmo del desarrollo. Insertas en la división internacional del trabajo que les reservaba el puesto de economías primario-exportadoras complementarias del capitalismo industrial del capital central, incluso el naciente capital industrial de los países latinoamericanos estará sometido a los vaivenes de la actividad primario-exportadora, sujeta a su vez a los avatares del capitalismo imperial y sus ciclos económicos. Los efectos que se desprenden de esta situación son principalmente tres: la desnacionalización de las economías dependientes, la aplicación “extremista” de las contradicciones y desigualdades del capitalismo y el desarrollo basado en las necesidades de las economías metropolitanas (no las propias).
El Estado liberal-oligárquico resultante, expresión superestructural del proceso de implantación del capitalismo, será de carácter no democrático, autoritario (pese ser teóricamente liberal), como el proceso que lo generó. Consecuentemente, en un primer momento y hasta bien avanzado el siglo XX las luchas sociales estarán encaminadas (y limitadas) a conseguir una democracia, una transformación efectiva de la estructura agraria y a impulsar medidas nacionalistas en oposición a la dominación imperial. Mientras, el Estado oligárquico se encarga de supeditar a los elementos de poder precapitalistas y de eliminar cualquier alternativa progresista de desarrollo del capitalismo. Los grandes comerciantes exportadores e importadores junto al capital monolítico extranjero sellan la alianza que conformará al nuevo bloque dominante, eje fundamental del desarrollo reaccionario del capitalismo. El nuevo Estado aparece como el instrumento de esta nueva oligarquía. La coacción extraeconómica se hace necesaria. El carácter reaccionario del desarrollo del capitalismo era incompatible, evidentemente, con las vías democráticas: hasta las capas medias se veían marginadas del proceso y sometidas a una inestabilidad permanente.
El fin de este Estado oligárquico y el cambio de fase hacia una simplemente burguesa dependerá de cada matriz estructural, de la relación que cada país guarda con el exterior y de la correlación de fuerzas sociales y la orientación que va adquiriendo la lucha de clases. La revolución democrático-burguesa no es más que una alternativa histórica que no tiene por qué darse para que se desarrolle una economía capitalista. En el caso latinoamericano, donde la principal vía de acumulación de capital fue el sector primario exportador, el sector industrial nunca se atrevió a llevar a cabo una transformación profunda, se detuvo en el mero reformismo. La gran acumulación de contradicciones que se originan determina el sentido de la lucha de clases, cuya primera expresión significativa será la rebeldía del campesinado en proceso de proletarización. Estos movimientos, aunque lograron grandes gestas, serán incapaces de estructurar un proyecto global de reordenamiento de la sociedad. La propia estructura desigual y heterogénea del subdesarrollo determina una gran variedad de situaciones. Incluso el proletariado propiamente dicho encontrará dificultades para insertarse en la estructura de la sociedad y no desarrollará una conciencia propiamente proletaria hasta la fase post-oligárquica, cuando las estructuras de clases adquieren un carácter más capitalista. Estas clases proletarias lucharán en un primer momento por una democracia, pero dada la índole de estos grupos, esta lucha incluirá muchas medidas sociales que van más allá de la simple democracia liberal.