Una entradilla de urgencia. Apenas terminado este artículo, se ha producido el último atentado -esta vez mortal- de ETA y las respuestas rituales del PSOE y el PP. Todo ello parece cerrar una vez más un círculo vicioso y acreditar que la paz en este país es definitivamente imposible. En tal situación, angustiosa sin duda, yo no puedo por menos de mantener tozudamente mi esperanza y deseo remitir a las ideas que expuse en mis cinco artículos, en este mismo periódico (del 23 de septiembre al 18 de octubre de 2008), bajo el lema «Si quieres la paz, prepara la paz».
En esta situación, considero así mismo revalidado el pensar expuesto en el artículo escrito hoy como los grandes temores en él expresados. En tales circunstancias, todo parece más fuerte -y hasta arrollador- que el pensamiento, pero las ideas claras también tienen su propia fuerza. Es en esta convicción en la que yo deposito mi esperanza.
Alicia Stürtze ha estado muy bien planteando, como ella lo ha hecho, el tema de la relación, nunca analizada seriamente (que yo sepa, al menos) entre la política y la prosa como expresión literaria, tema sobre el que yo, modestamente, algo tengo dicho en alguno de mis artículos en la revista «Artez».
Sobre el tema de la prosa mis ideas pueden resumirse así, contra la postura burlesca de Molière: yo estimo que nosotros en la vida cotidiana no hablamos en prosa. ¿Y cómo es eso? Pues eso es, sencillamente, porque cuando hablamos en nuestra vida corriente no ponemos el cuidado necesario -generalmente porque no se dan las condiciones para ello- para hablar bien, o sea, para hablar en prosa, siendo como es la prosa una forma elaborada, artística, poética (que no quiere decir metafórica), del lenguaje corriente. (Nuestros amigos no torcerán el gesto exclamando con desdén: «¡Vaya! ¡Cuestiones semánticas!», como se dice efectivamente en la vida para rebajar la importancia de ciertas cuestiones. Nuestros amigos saben que las «cuestiones semánticas» son muy importantes cuando se trata de algo tan serio como es comunicarnos entre nosotros, o sea, romper las barreras de nuestras soledades. Si no empezamos por ponernos de acuerdo sobre el significado que damos a las palabras que usamos, vanos serán nuestros intentos de entendernos).
Las hablas corrientes -que no son todavía prosa propiamente dicha- son lenguajes incorrectos pero no necesariamente mentirosos, y algo análogo, pero al revés, ocurre con la prosa, que es por lo menos un habla o una escritura «correcta», y aún muchas veces algo más (pongamos, por ejemplo, «brillante») si es una «buena prosa», pero puede ser, ¡y lo es tantas veces!, un vehículo de la mentira, una manera de engañar a quienes se dirige. A este tipo de prosa se refiere Alicia Stürtze en la primera parte de su excelente artículo.
La prosa es ya un arte de hablar y de escribir, con sus reglas (y sus libertades, claro), y ese arte puede ponerse al servicio de las causas más ética y políticamente impresentables, pero también puede y sobre todo debería hacerlo siempre al servicio de la verdad y de la belleza, que no es (la belleza, digo), como ya lo sabe la Filosofía desde tiempos remotos, sino «el resplandor de la verdad».
¿Hay, pues, una prosa que, siendo buena como prosa, es mala en el nivel de la ética política? En nuestra opinión, la buena prosa es aquella que, además de elevar el habla vulgar a los dominios del arte (de la poesía), no sólo no se sirve de esa «elevación» para alejar o incluso ocultar la verdad -empezando por desfigurar lo real-, sino que se sirve de esa elevación para profundizar en la realidad y abrir en ella los caminos de la verdad y, en consecuencia, de la justicia.
Entre nosotros, deberíamos hablar en buena prosa, y nunca -¡claro!- reducir nuestras expresiones (Alicia Stürtze lo dice muy bien) a frases como esa de «¡ha sido la hostia!», que no nos deja saber, si no se investiga el contexto, si lo que ha ocurrido es estupendo o lo contrario: horrible. Hablemos bien, hablemos bien; eso para empezar.
Pero hablemos no sólo bien sino además «bueno» (digámoslo así): o sea, en una prosa capaz de fundar y difundir las ideas de la justicia pendiente y de reclamar nuestras libertades, individuales y sociales. Rechacemos en suma la prosa política al servicio de la mentira y de la opresión. Sepamos que la mentira es también un arte -una de las «bellas artes» como el crimen lo era para el irónico y genial Thomas De Quincey- y que, así, hay un arte de mentir, en el que son duchos los políticos pegados a los poderes del capitalismo, que se desarrolla por y para el sistema, con sus propias metáforas y toda clase de «bellezas» (adornos de su basura).
Nuestra prosa no falsea la realidad para ocultar la verdad, como hace la «prosa enemiga», sino que nosotros hallamos nuestras verdades en el corazón mismo de las realidades que se suceden en nuestro mundo, revelando lo que ocurre ciertamente (la «realidad de verdad») y que se nos oculta por todos los medios al servicio de la perpetuación de estos horrores que estamos viviendo día tras día. El nuestro es precisamente el lugar en el que la poesía, la ética y la política (revolucionaria) se dan y se estrechan fraternalmente las manos.
Por lo demás, la «batalla de las ideas» se expresa en una guerra de las prosas que, tal como hoy se practica en América Latina, bajo el prestigio de grandes dirigentes como Fidel Castro y Hugo Chávez, a quienes Alicia Stürtze cita muy justamente, tiene un origen martiano y es el correlato ideológico o, mejor, filosófico, de una batalla de las prosas o, más bien, éstas son la expresión literaria de esa batalla dialéctica que es el pensamiento. Pues bien, entre las prosas latinoamericanas, tan abundantes en grandes glorias literarias, yo estoy convencido de que se halla en uno de los más destacados lugares la «Segunda Declaración de La Habana» de Fidel Castro. También Chávez es un gran prosista de la justicia y de la verdad, que se expresa en un habla muy brillante que ya quisieran para sí quienes lo tachan despectivamente de «populista».
Volviendo a nuestro continente, hemos de decir que Europa es uno de los espacios culturales donde hoy se dan las mayores perversiones y usos mentirosos de la prosa -una prosa al servicio de la mentira- en los ámbitos político, ético e ideológico, y ello pone en evidencia una base cultural muy pobre que a veces roza el analfabetismo y otras directamente la infamia moral, como ha sido ahora el caso de un dirigente del PP, Iturgaiz (de quien me han dicho gentes que lo conocieron de mozo que entre sus vecinos era considerado como «el tonto del pueblo»), el cual ha expresado en una prosa maloliente, propia de una defecación, su deseo de que los miles de personas que hemos votado a Iniciativa Internacionalista-La Solidaridad entre los Pueblos para las elecciones al Parlamento Europeo, seamos «fumigados». En sus sucias palabras se advierte una miserable nostalgia histórica de las cámaras de gas nazis. ¡Qué barbaridad! ¿Y no es perseguible de oficio esta amenaza de que una buena parte de la población que habita en los territorios del Estado español y que, precisamente, aboga por la paz y por una negociación como la única vía que podría conducir a ella, sea encerrada en una cámara gigante y que se abra la espita de un gas letal? ¿Qué se estaría diciendo ahora de nosotros si a alguien de nuestra parte, en un mal momento, se le hubiera ocurrido decir una barbaridad semejante referida al señor Iturgaiz y sus correligionarios? ¿Cómo nos habrían puesto de violentos y peligrosos asesinos y predicadores de la muerte?
Pero, yendo al fondo de la cuestión, y dirigiéndome ahora al PSOE, partido al que me gustaría ver recuperando al menos una parte de su honor perdido, ¿es verdad -es incluso posible- que ustedes no vean que el problema no es que haya una pequeña banda (pero además enorme) (!) de asesinos de largos colmillos y sedientos de sangre que, como ustedes y sus amigos dicen, sólo saben y desean matar? ¿Es verdad, pues, que ustedes no ven algo tan visible como esto: que aquí hay un serio conflicto político que sólo podrá resolverse en términos políticos? ¿Es verdad, en fin, que ustedes no se han dado cuenta todavía de que la solución de este conflicto, que tantos dolores acarrea, está en la posibilidad de una negociación? ¿A qué medios «más contundentes» se refiere usted, señor López? ¿Va a seguir detrás de las ideas gasógenas de ese pobre tipo del PP al que antes he citado?
De ser así, Dios nos coja confesados, porque nos esperarían y amenazarían tiempos de mucho dolor en lugar de la paz, que nunca se conseguirá, evidentemente, si lo que deciden ustedes es aniquilar a una parte mayor o menor de nosotros en esas nuevas cámaras de gas inspiradas por ese personajillo, Iturgaiz. Entonces, ¡pobres de nosotros, pero también de ustedes!
21-6-2009
Anexo- Las referencias citadas:
«Iturgaiz cree que Iniciativa ha dejado con el culo al aire al Constitucional y pide fumigar a los acólitos de la banda». («El Correo Digital», 25 de mayo).
Patxi López: «Desde luego, tenemos que ser, desde la política, mucho más contundentes a la hora de intentar que no haya ni un solo espacio público para los que no asumen las herramientas de la democracia» (?). «Desgraciadamente, ese mundo del abertzalismo radical sigue teniendo su fuerza».
(GARA, 11 de junio de 2009).
Extraído del diario GARA (versión digital).
Titulares de algunos medios de comunicación (también versión digital) respecto a este artículo:
"Políticos y policías reclaman que se actúe contra Alfonso Sastre" "El portavoz de Iniciativa Internacionalista amenaza con «tiempos de mucho dolor» si no se negocia con ETA. Basagoiti: «Lo podría haber escrito cualquier jefe etarra»" La Razón, 22-6-2009.
"ETA. Coacción al Gobierno de López" "Sastre: 'O se abre una negociación o se aproximarán tiempos de dolor'" El Mundo, 21-6-2009.
"Reacciones al atentado de ETA" "Indignación contra el partido de Sastre por sus amenazas" El País, 22-6-2009.
"Rosa Díez dice sentir "asco" por artículo "vomitado" por Sastre, a quien tacha de "garrapata" y "ser inmundo"" Europa Press, 22-6-2009.
El primer enfrentamiento político se da en el campo del lenguaje. Si no tenemos capacidad para enunciar el mundo, otros imponen su dominio sobre la realidad. Es parte de una guerra teorética y política. Debemos rescatar los conceptos e impedir que el capitalismo se apropie de su definición.
lunes, 22 de junio de 2009
jueves, 11 de junio de 2009
¿Democracia? Una reflexión sobre las elecciones europeas.
De nuevo nuestro Partido Único ha superado con éxito otras elecciones donde no ha votado ni la mitad de la población con derecho a voto. PSOE y PP han obtenido casi todos los diputados que España manda al órgano de menos poder, el más insignificante en cuanto a la toma de decisiones dentro de la Unión Europea. Los medios de comunicación, más que cómplices, son absolutamente responsables de permitir que nuestra clase dirigente se comporte de manera tan vergonzante. Los periodistas, salvo honrosas excepciones que deberían constituir la normalidad y no la excepción, se han limitado a glorificar un bando y criminalizar al otro en función de los intereses de los grupos empresariales que les contratan.
La democracia parece consistir en votar cada tantos años. Y da igual cuanta gente vote y a quien, siempre que voten a algún grupo perteneciente al partido único. Los debates se convierten en anuncios de un producto, los anuncios en técnicas de marketing y manipulación que anulan cualquier principio de debate... Es el sueño de Schumpeter, la pesadilla de los pueblos. Las diferencias entre los partidos que tienen posibilidades de obtener la victoria son mínimas y/o se trata de cuestiones técnicas. Se protegen los unos a los otros: nadie tira de la manta porque el contrario puede tirar también y dejar al aire las vergüenzas que han acumulado en poco más de 30 años de supuesta democracia.
Nuestro sistema político y económico es fruto de la continuidad, un regalo del régimen franquista después de aplicar durante 40 años la "pedagogía del voto": se tortura, elimina, atemoriza, amenaza... a la izquierda hasta que la población aprende a quién debe votar y a quién no. Cuando constataron que la izquierda ya no podía vencer, nos regalaron el voto. Pero no fue lo único. También hemos heredado su cultura política. Y gracias al capitalismo y a la Unión Europea la hemos llevado al extremo.
Los votantes no somos más que consumidores, la política es el producto que consumen y los partidos políticos la marca que diferencia un producto de otro. Somos consumidores vigilados por nuestra propia seguridad. Nixon advirtió, refiriéndose a la victoria de Allende en Chile: "no podemos permitir que un pueblo caiga bajo las garras del marxismo por su propia incompetencia". Un ejemplo clarísimo de en qué consiste verdaderamente la democracia. Pinochet apuntilló esta idea al asegurar (en 1989) “estoy dispuesto a aceptar el resultado de las elecciones, con tal de que no gane ninguna opción de izquierdas”.
Pero la democracia, al menos en teoría, no la hacen solo los políticos. La democracia se supone que es una construcción diaria donde el pueblo se gobierna a sí mismo. Pero ¿cómo se va a autodeterminar un pueblo cuando han asumido que el gobierno no es suyo, sino de los políticos? El votante medio considera ir a votar como un puro trámite. Y no por casualidad, también considera que ese trámite agota de forma efectiva la democracia. Y la concepción del voto es absolutamente individualista: yo voto en función de mis intereses y si son los de la mayoría, ganamos. La idea de que los grupos no son más que la suma de individuos ha penetrado en lugares insospechados.
Los votantes constituyen hoy por hoy un grupo de gente q no puede diferenciar entre una conversación sobre fútbol, una sobre muñecas y peluqueros y una sobre política. Para ellos la democracia consiste en una jodienda que de vez en cuando, el día del señor, te obliga (o no) a moverte de casa pese a la resaca. Lo más normal del mundo (una normalidad criminal) es no hablar de política antes de unas elecciones. Normal es sentarse a ver Antena 3 y luego, si hay tiempo y ganas, discutir sobre las sandeces que transmiten los ("mercenarios,muñidores, sicofantes, criminales
blandos...") periodistas. Quizá soy demasiado osado al pedir unos minutitos de reflexión, aunque sea después de que se celebre tan bochornoso acontecimiento cuyo único mérito es recordarnos lo poco democrático que es nuestro mundo occidental (aunque los medios de comunicación se empeñen en enterrar la alta abstención -más de la mitad de los votantes- o la interpreten para robarle cualquier intención de protesta).
Si la política versa sobre el ámbito colectivo pero este no es más que un reflejo de la falsa sensación de comunidad que da la televisión -todos vemos lo mismo sin ser vistos desde esa falsa ventana que ha reordenado la distribución de los muebles y los espacios dentro de la casa-, nos encaminamos hacia un mundo donde necesariamente el "Hola" (o alguna de sus versiones audio-visuales o escritas) se convertirá en el centro del debate cada vez q haya elecciones o iniciemos una guerra. Nihilismo y sentimentalismo dirigido, poderosa combinación: sentimos lástima de la pobre Leonor pese a verla corretear feliz cual hijo de monarca, pero cuando vemos un bombardeo por televisión...
Cuando vemos por televisión explosiones y muertes que suceden en tierras lejanas -aunque quizá no sean tan lejanas como lo es una institución medieval- nuestra sensación no se distingue demasiado de la que sentíamos al ver reventar al famoso coyote de dibujos mientras trata de cazar al correcaminos. En realidad, podemos incluso llegar a afirmar ya (y en el futuro probablemente será peor) que la realidad política occidental no dista mucho de este planteamiento; en el circo del espectáculo mundial se ha reservado para las conciencias críticas -los que tratan de descodificar la realidad y no se limitan a sumar sus cuerpos vacíos a la avalancha de (consumidores) piedras rodantes- el lugar que ocupaba el coyote en la serie "El correcaminos": al coyote ni se le menciona en el título, se le nadifica respecto al avestruz, que se ve recompensada con el don del protagonismo por el mero hecho de frustrar al coyote. Por otra parte, el coyote está destinado a fracasar siempre, pero no sólo eso. Como en las tragedias griegas, está condenado a intentar capturar a la veloz ave una y otra vez, aún sabiendo que su fracaso es inevitable. El coyote representa el papel de malvado, pero un malvado inofensivo del que uno se puede compadecer -y compadecerse suele implicar una relación jerárquica de superioridad para el que compadece, de inferioridad para el objeto de la compasión- porque no se da cuenta de que si algún día alcanzase su meta, se liberase de la maldición griega y asase a fuego lento al pajarraco, su existencia dejaría de tener sentido, acabaría la serie.
Como ya he dicho, el coyote representaría en la realidad a las conciencias críticas (aquellas que tratan de descodificar la realidad y no se contentan con dejarse llevar por la corriente), mientras que el correcaminos reflejaría al modelo de hombre hegemónico hoy: una conciencia que se mueve de acuerdo con la velocidad que marca la
sociedad capitalista, es decir, constante renovación de mercancías, modas y tendencias destinadas a ser devoradas por el consumo. El único momento en el que el correcaminos se arriesga es cuando se detiene y frena con él esa ilusión de movimiento y avance perpetuos. Porque en ese momento el coyote puede alcanzarle, ponerse a su nivel. La velocidad, el cambio constante, el transformarlo todo en producto para el consumo, es lo que mantiene a salvo al capitalismo de cualquier crítica: intenta trasladarse fuera del tiempo -con gran ayuda de los medios de comunicación, que no paran de proclamar que este o aquel suceso es "histórico", como si no hubiese todo un contexto en el que enmarcarlo- convirtiendo hasta la historia (la memoria colectiva) en un objeto de consumo destinado a ser devorado por el hambre capitalista. Cuenta Galeano que una mano anónima escribió en una pared: "cuando sabíamos las respuestas nos cambiaron las preguntas".
Sin embargo, según marca el guión capitalista neoliberal, el coyote nunca llegará a atrapar al correcaminos, nunca podrá comérselo, nunca llegarán a formar una síntesis que combine a ambos y los supere. El papel reservado a aquellos que no se contentan con los castigos divinos del Olimpo (económico-político) será ejercer de ejemplo de fracaso para el resto de seres, asumir la función de condenados que viven de no poder conseguir sus objetivos, como si se tratase de un trabajo en el McDonald's. Se trata de convertir a los coyotes en el lubricante que permite aceptar, en definitiva, que no hay alternativa al sistema que produce cada vez más correcaminos sin frenos y menos coyotes pensantes. Su misión es permitir que se cumpla la pedagogía del voto, esa ilusión de libertad según la cual el coyote tiene derecho a participar en la lucha pero no a ganarla, derecho a participar en las elecciones pero no a obtener una victoria. Y el que se mueva, que asuma las consecuencias: no sale en la foto. No son pocos los que han decidido comulgar con estos planteamientos y se han dejado comprar por el miedo, los privilegios o el dinero. No en vano le llueven premios a la que debe ser la peor bloguera de Cuba, que hasta ve en los cortes de electricidad que sufre toda la población una trama para acabar con su insignificancia.
Un buen amigo vio claro el futuro: "ya ha pasado todo, podemos respirar hasta la próxima [elección], que se saldará con el mismo gesto inopinado: meto papeleta en sobre, meto sobre en urna. La democracia 'mola', porque se despacha rápido y luego puedes pasarte cuatro años pensando que eres libre. Pensando que eres libre pero sin ejercer la libertad y sin comprenderla. Si [los ciudadanos] piensan que ese gesto casi mecánico es la expresión de su libertad, estamos apañados. El voto solo vale algo si sabes por qué votas, y para saber por qué votas hay que haber ejercido una libertad que va algo más allá de el trámite de la urna. Por eso no son libres y por eso son felices".
La democracia parece consistir en votar cada tantos años. Y da igual cuanta gente vote y a quien, siempre que voten a algún grupo perteneciente al partido único. Los debates se convierten en anuncios de un producto, los anuncios en técnicas de marketing y manipulación que anulan cualquier principio de debate... Es el sueño de Schumpeter, la pesadilla de los pueblos. Las diferencias entre los partidos que tienen posibilidades de obtener la victoria son mínimas y/o se trata de cuestiones técnicas. Se protegen los unos a los otros: nadie tira de la manta porque el contrario puede tirar también y dejar al aire las vergüenzas que han acumulado en poco más de 30 años de supuesta democracia.
Nuestro sistema político y económico es fruto de la continuidad, un regalo del régimen franquista después de aplicar durante 40 años la "pedagogía del voto": se tortura, elimina, atemoriza, amenaza... a la izquierda hasta que la población aprende a quién debe votar y a quién no. Cuando constataron que la izquierda ya no podía vencer, nos regalaron el voto. Pero no fue lo único. También hemos heredado su cultura política. Y gracias al capitalismo y a la Unión Europea la hemos llevado al extremo.
Los votantes no somos más que consumidores, la política es el producto que consumen y los partidos políticos la marca que diferencia un producto de otro. Somos consumidores vigilados por nuestra propia seguridad. Nixon advirtió, refiriéndose a la victoria de Allende en Chile: "no podemos permitir que un pueblo caiga bajo las garras del marxismo por su propia incompetencia". Un ejemplo clarísimo de en qué consiste verdaderamente la democracia. Pinochet apuntilló esta idea al asegurar (en 1989) “estoy dispuesto a aceptar el resultado de las elecciones, con tal de que no gane ninguna opción de izquierdas”.
Pero la democracia, al menos en teoría, no la hacen solo los políticos. La democracia se supone que es una construcción diaria donde el pueblo se gobierna a sí mismo. Pero ¿cómo se va a autodeterminar un pueblo cuando han asumido que el gobierno no es suyo, sino de los políticos? El votante medio considera ir a votar como un puro trámite. Y no por casualidad, también considera que ese trámite agota de forma efectiva la democracia. Y la concepción del voto es absolutamente individualista: yo voto en función de mis intereses y si son los de la mayoría, ganamos. La idea de que los grupos no son más que la suma de individuos ha penetrado en lugares insospechados.
Los votantes constituyen hoy por hoy un grupo de gente q no puede diferenciar entre una conversación sobre fútbol, una sobre muñecas y peluqueros y una sobre política. Para ellos la democracia consiste en una jodienda que de vez en cuando, el día del señor, te obliga (o no) a moverte de casa pese a la resaca. Lo más normal del mundo (una normalidad criminal) es no hablar de política antes de unas elecciones. Normal es sentarse a ver Antena 3 y luego, si hay tiempo y ganas, discutir sobre las sandeces que transmiten los ("mercenarios,muñidores, sicofantes, criminales
blandos...") periodistas. Quizá soy demasiado osado al pedir unos minutitos de reflexión, aunque sea después de que se celebre tan bochornoso acontecimiento cuyo único mérito es recordarnos lo poco democrático que es nuestro mundo occidental (aunque los medios de comunicación se empeñen en enterrar la alta abstención -más de la mitad de los votantes- o la interpreten para robarle cualquier intención de protesta).
Si la política versa sobre el ámbito colectivo pero este no es más que un reflejo de la falsa sensación de comunidad que da la televisión -todos vemos lo mismo sin ser vistos desde esa falsa ventana que ha reordenado la distribución de los muebles y los espacios dentro de la casa-, nos encaminamos hacia un mundo donde necesariamente el "Hola" (o alguna de sus versiones audio-visuales o escritas) se convertirá en el centro del debate cada vez q haya elecciones o iniciemos una guerra. Nihilismo y sentimentalismo dirigido, poderosa combinación: sentimos lástima de la pobre Leonor pese a verla corretear feliz cual hijo de monarca, pero cuando vemos un bombardeo por televisión...
Cuando vemos por televisión explosiones y muertes que suceden en tierras lejanas -aunque quizá no sean tan lejanas como lo es una institución medieval- nuestra sensación no se distingue demasiado de la que sentíamos al ver reventar al famoso coyote de dibujos mientras trata de cazar al correcaminos. En realidad, podemos incluso llegar a afirmar ya (y en el futuro probablemente será peor) que la realidad política occidental no dista mucho de este planteamiento; en el circo del espectáculo mundial se ha reservado para las conciencias críticas -los que tratan de descodificar la realidad y no se limitan a sumar sus cuerpos vacíos a la avalancha de (consumidores) piedras rodantes- el lugar que ocupaba el coyote en la serie "El correcaminos": al coyote ni se le menciona en el título, se le nadifica respecto al avestruz, que se ve recompensada con el don del protagonismo por el mero hecho de frustrar al coyote. Por otra parte, el coyote está destinado a fracasar siempre, pero no sólo eso. Como en las tragedias griegas, está condenado a intentar capturar a la veloz ave una y otra vez, aún sabiendo que su fracaso es inevitable. El coyote representa el papel de malvado, pero un malvado inofensivo del que uno se puede compadecer -y compadecerse suele implicar una relación jerárquica de superioridad para el que compadece, de inferioridad para el objeto de la compasión- porque no se da cuenta de que si algún día alcanzase su meta, se liberase de la maldición griega y asase a fuego lento al pajarraco, su existencia dejaría de tener sentido, acabaría la serie.
Como ya he dicho, el coyote representaría en la realidad a las conciencias críticas (aquellas que tratan de descodificar la realidad y no se contentan con dejarse llevar por la corriente), mientras que el correcaminos reflejaría al modelo de hombre hegemónico hoy: una conciencia que se mueve de acuerdo con la velocidad que marca la
sociedad capitalista, es decir, constante renovación de mercancías, modas y tendencias destinadas a ser devoradas por el consumo. El único momento en el que el correcaminos se arriesga es cuando se detiene y frena con él esa ilusión de movimiento y avance perpetuos. Porque en ese momento el coyote puede alcanzarle, ponerse a su nivel. La velocidad, el cambio constante, el transformarlo todo en producto para el consumo, es lo que mantiene a salvo al capitalismo de cualquier crítica: intenta trasladarse fuera del tiempo -con gran ayuda de los medios de comunicación, que no paran de proclamar que este o aquel suceso es "histórico", como si no hubiese todo un contexto en el que enmarcarlo- convirtiendo hasta la historia (la memoria colectiva) en un objeto de consumo destinado a ser devorado por el hambre capitalista. Cuenta Galeano que una mano anónima escribió en una pared: "cuando sabíamos las respuestas nos cambiaron las preguntas".
Sin embargo, según marca el guión capitalista neoliberal, el coyote nunca llegará a atrapar al correcaminos, nunca podrá comérselo, nunca llegarán a formar una síntesis que combine a ambos y los supere. El papel reservado a aquellos que no se contentan con los castigos divinos del Olimpo (económico-político) será ejercer de ejemplo de fracaso para el resto de seres, asumir la función de condenados que viven de no poder conseguir sus objetivos, como si se tratase de un trabajo en el McDonald's. Se trata de convertir a los coyotes en el lubricante que permite aceptar, en definitiva, que no hay alternativa al sistema que produce cada vez más correcaminos sin frenos y menos coyotes pensantes. Su misión es permitir que se cumpla la pedagogía del voto, esa ilusión de libertad según la cual el coyote tiene derecho a participar en la lucha pero no a ganarla, derecho a participar en las elecciones pero no a obtener una victoria. Y el que se mueva, que asuma las consecuencias: no sale en la foto. No son pocos los que han decidido comulgar con estos planteamientos y se han dejado comprar por el miedo, los privilegios o el dinero. No en vano le llueven premios a la que debe ser la peor bloguera de Cuba, que hasta ve en los cortes de electricidad que sufre toda la población una trama para acabar con su insignificancia.
Un buen amigo vio claro el futuro: "ya ha pasado todo, podemos respirar hasta la próxima [elección], que se saldará con el mismo gesto inopinado: meto papeleta en sobre, meto sobre en urna. La democracia 'mola', porque se despacha rápido y luego puedes pasarte cuatro años pensando que eres libre. Pensando que eres libre pero sin ejercer la libertad y sin comprenderla. Si [los ciudadanos] piensan que ese gesto casi mecánico es la expresión de su libertad, estamos apañados. El voto solo vale algo si sabes por qué votas, y para saber por qué votas hay que haber ejercido una libertad que va algo más allá de el trámite de la urna. Por eso no son libres y por eso son felices".
jueves, 4 de junio de 2009
La pedagogía del millón de muertos (Santiago Alba Rico)
Hace unos días tuve ocasión de ver una vieja y extraordinaria película, Sierra de Teruel, rodada durante la guerra civil española en los escenarios mismos de las batallas que una parte del mundo seguía entonces con la respiración suspendida. Basada en una novela de André Malraux y dirigida por él mismo, narra en un tono casi documental las dificultades de una escuadrilla de aviadores internacionalistas llegados a España desde todos los rincones de la tierra y la muerte heroica de algunos de ellos en una última acción que logra detener provisionalmente el avance fascista. Hay tres escenas particularmente elocuentes y conmovedoras. En la primera, las mujeres y viejitos de Teruel, ante la falta de armas de fuego para defender la ciudad, acarrean enseres domésticos –cisternas, botellas, cajas y latas- que puedan ser rellenados de dinamita y convertidos en bombas. En la segunda, un campesino republicano que ha localizado la base aérea del enemigo y que no sabe interpretar un mapa, decide acompañar en el avión al comandante de la escuadrilla para señalarle desde el aire su ubicación; atónito y un poco mareado, esa visión desde lo alto de los campos en los que siempre ha vivido se le presenta como un jeroglifo o un enigma, de manera que, cuando el comandante le indica en un tono casi filosófico a través de la ventanilla “ésa es la tierra”, el campesino no acaba de creérselo: “¿la nuestra?”, perplejidad apoyada en un pronombre ambiguo que saca de pronto al aviador de su ensoñación metafísica y le devuelve al solar de la confrontación política: “no, la suya”, responde refiriéndose ahora, no ya a la casa un poco abstracta de la Humanidad, sino a las tierras concretas que los fascistas se quieren apropiar. En la tercera escena, homenaje épico a la solidaridad internacionalista, cientos y cientos de campesinos acuden a la vera del camino por el que trasladan montaña abajo, en ataúdes o en parihuelas, a los aviadores caídos en combate; las viejitas quieren saber de dónde son esos hombres que han venido desde tan lejos a defenderlas (un árabe, un italiano, un alemán) y los serranos, cocidos al sol, se quitan la boina y levantan el puño cerrado al paso de la comitiva. Rodada en 1939, cuando las últimas esperanzas españolas adelgazaban rápidamente, Sierra de Teruel se estrenó en Francia en 1945, cuando las esperanzas de victoria mundial sobre el fascismo parecían mejor fundadas, y quizás por eso la película de Malraux recibió el título con el que desde entonces se la conoce, el mismo que la famosa novela que la inspiró, L’espoir, la esperanza, un nombre que, sesenta años después, sólo sirve para agravar la melancolía del que la contempla y la insatisfacción del que no se contenta.
He dicho muchas veces que lo que llamamos “transición democrática” en España es en realidad el paradójico y obsceno proceso en virtud del cual, tras un golpe de Estado fascista, una guerra civil que restó brutalmente un millón de vivos y una dictadura de cuarenta años –con sus cadáveres enterrados en las cunetas, sus desaparecidos, sus represaliados, sus miles de exiliados y torturados- los vencedores condescendieron por fin a perdonar a los vencidos, los verdugos se avinieron a ser generosos con sus víctimas. Por contraste con otras latitudes, donde las víctimas son obligadas a perdonar a los verdugos, el caso de España es particularmente ejemplar y quizás por eso se propone una y otra vez como artículo de exportación: los españoles aceptamos mansa y alborozadamente el perdón de Franco y su sucesores y, a cambio, se nos permitió tener la vida nocturna más alocada de Europa, hacer el cine más irreverente y comprar el mayor número de automóviles. No digo esto contra mí mismo y mis compatriotas –o no sólo- sino para iluminar la violencia terrible que los pueblos de España soportaron durante cuarenta años, una cifra que tiene algo al mismo tiempo simbólico y reglamentario. Durante cuarenta años vagaron los judíos por el desierto tras su salida de Egipto y el gran historiador árabe Ibn Jaldún, muerto a principios del siglo XV, atribuía esta concreta duración a una estrategia de Dios, el cual habría querido eliminar de esta forma la generación más vieja a fin de que en la tierra nueva entrase también un pueblo enteramente nuevo, liberado del recuerdo de la esclavitud. En España, de la misma manera pero al contrario, fueron necesarios cuarenta años de dictadura para que los sucesores de Franco gobernasen un pueblo enteramente nuevo que había olvidado –o aprendido a temer- la libertad. Hubo que matar a los viejitos de Teruel que acarreaban sus latas de aceite y enterrar a sus hijos valientes en las cunetas de los caminos y expulsar, encarcelar y aterrorizar a sus nietos para que finalmente, tras hacer de España un desierto, los sucesores de Franco pudiesen permitirse convocar elecciones, a sabiendas de que los españoles habían aprendido ya a votar correctamente; y legalizar incluso al Partido Comunista, con la certeza de que la pluralidad de partidos no iba a poner en peligro la soberanía natural del capitalismo y la gestión del imperialismo estadounidense.
Porque lo que no se explica en nuestras escuelas es que la “transición democrática” comenzó en España el 18 de julio de 1936, cinco meses después de la victoria electoral del Frente Popular, y que la guerra civil española no fue, como se dice, un “ensayo de la Segunda Guerra Mundial” sino más bien un episodio más, dificultado por la resistencia democrática de los pueblos, en la colosal e inescrupulosa obra ortopédica del capitalismo, en su minuciosa, versátil y finalmente sangrienta iniciativa pedagógica destinada a enseñar a votar juiciosamente; es decir, destinada a ajustar la voluntad de los ciudadanos a la reproducción automática de los grandes intereses económicos. Es comprensible, y desgraciadamente inevitable, que en un mundo en el que la Democracia invade países, bombardea ciudades y construye campos de concentración, el sistema mismo de elecciones nos parezca solamente una trampa concebida y fabricada por los poderosos. Pero olvidamos que el derecho al voto, extendido muy recientemente a las mujeres, fue una conquista popular duramente arrancada a los gobernantes; y que la democracia, incluso en su modelo representativo y sufragista, fue ganada en una lucha a muerte con un altísimo coste en vidas humanas; y que el capitalismo, como demuestra el helenista italiano Luciano Canfora, se limita a manejarla mediante una estrategia pedagógica que no excluye ningún método, según las circunstancias y los países: manipulación legal, propaganda, soborno y, llegado el caso, fascismo. Si de algo fue un “ensayo” la guerra civil española fue de las intervenciones estadounidenses en Latinoamérica a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, según un principio que ya he enunciado en otras ocasiones: cada treinta años se mata a casi todo el mundo y después se deja votar a los supervivientes. Cien años de levantamientos y revoluciones en Francia acabaron en 1871 con el establecimiento de una república democrática: los 30.000 fusilados de la Comuna de París constituyen el modelo “democratizador” que sesenta años más tarde dará al traste con la República española y que todavía hoy se sigue aplicando en muchas regiones del globo.
La “guerra civil” española, pues, no fue sino una manifestación más de esa “pedagogía del voto” capitalista que la recurrencia estadística ha acabado por asociar a América Latina. No está de más, por tanto, recordar algunos datos de todos conocidos.
En Argentina, entre 1976 y 1983, la dictadura militar produce 30,000 muertos y desaparecidos, como consecuencia del principio establecido en 1977 por el general de brigada Manuel Saint Jean, gobernador de Buenos Aires: “Primero vamos a matar a todos los subversivos, después a sus colaboradores; después a los simpatizantes; después a los indiferentes, y por último, a los tímidos”.
En Chile, entre 1973 y 1988, Pinochet hace desaparecer al menos a 3197 personas y tortura a más de 35.000. Los propósitos “pedagógicos” del dictador, y los límites de la democracia restaurada por él mismo, fueron explícitamente expresados en una famosa declaración en vísperas de las elecciones de 1989: “Estoy dispuesto a aceptar el resultado de las elecciones, con tal de que no gane ninguna opción de izquierdas”.
En El Salvador, entre 1980 y 1991, la guerra civil ocasiona 75.000 muertos y desaparecidos.
Al régimen del general Strossner, que zapateó Paraguay entre 1954 y 1989, se le imputan alrededor de 11 mil desaparecidos y asesinados, además de centenares de presos políticos y exilios forzados.
Según el informe de la Comisión por la Verdad y la Reconciliación, entre 1980 y el año 2000 el balance en Perú es de 70.000 muertos y 4.000 desaparecidos. El general Luis Cisneros Vizquerra, presidente del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas declara en octubre de 1983: "Para que las Fuerzas policiales puedan tener éxito, tienen que comenzar a matar senderistas y no senderistas. Matan a 60 personas y a lo mejor entre ellos hay tres senderistas. Esta es la única forma de ganar a la subversión".
En Guatemala, entre 1960 y 1996 se registran 50.000 desaparecidos y 200.000 muertos, según la comisión de Esclarecimiento Histórico de 1999, que atribuye el 93% de las víctimas a los militares.
En Uruguay, entre Junio de 1973 a Febrero de 1985, uno de cada cinco ciudadanos pasó por las cárcel; uno de cada diez fue torturado; una quinta parte de la poblacion (unas 600.000 personas) se vio obligada a emigrar, cientos desaparecieron; otros sencillamente fueron asesinados.
En Haití, bajo la dinastía de los Duvalier entre 1957 y 1986, son asesinadas más de 200.000 personas, a las que hay que añadir las miles de víctimas del golpe de Estado de Raoul Cedras contra Aristide y las que se han producido en los dos últimos años tras el nuevo derrocamiento violento del presidente electo y antes de la victoria electoral de René Preval.
En Nicaragua, la dictadura de los Somoza produce al menos 50.000 muertos, a los que hay que sumar otras 38.000 víctimas mortales como consecuencia de la guerra de baja intensidad sostenida en la década de los 80, con el apoyo y financiamiento estadounidense, contra el gobierno democrático sandinista.
El caso de Colombia adquiere dimensiones casi dantescas. La magnitud del exterminio es tal que no hay cifras totales, ni siquiera aproximadas, para los últimos 40 años de “pedagogía del voto” capitalista. A partir de los años 80 se calcula en torno a los 20.000 muertos todos los años, 4.000 de ellos relacionados con la violencia política (lo que, extrapolando abusivamente los datos, daría un cómputo global de unos 200.000 muertos desde 1965). Sólo en los últimos años, las Asociaciones de Familiares Desaparecidos han denunciado 7.000 desapariciones; el número de desplazados internos en los últimos 20 años es de 3.500.000. Colombia registra el único caso conocido de un verdadero y sistemático “genocidio” político ejecutado contra una fuerza legal, la Unión Patriótica, 5.000 de cuyos miembros –diputados, senadores, afiliados- fueron asesinados en 10 años, haciendo ciertas las declaraciones de un miembro del ELN, según el cual en Colombia “es mucho más peligroso hacer política que luchar en la guerrilla”.
A los muertos de la “pedagogía del voto” capitalista en los países mencionados, habría que añadir las miles de víctimas en la República Dominicana, Honduras, Brasil, México, Bolivia o la propia Venezuela, ortopédicamente dirigida durante décadas por las dos tenazas del cangrejo adeco-copeyano y cuyo último episodio sangriento fue el llamado “caracazo” de 1989 con sus entre 400 y 2000 civiles asesinados, según las fuentes.
La “pedagogía del voto” capitalista, con sus millones de muertos, ha pretendido que los latinoamericanos supervivientes acudiesen a las urnas, cuando eso se les ha permitido, bajo la amenaza oligárquica de esta alternativa terrible: el voto o la vida. Pero precisamente Venezuela ha demostrado que se puede votar libremente y, del mismo modo que el miedo es contagioso, también lo es la audacia. Los latinoamericanos, a pesar de los muertos, los torturados y los desaparecidos, a pesar del desierto inducido en el que sólo crecen el olvido y el terror, ha perdido el miedo a votar incorrectamente. Es decir, democráticamente. La nueva democracia latinoamericana, como nos lo recuerdan las jornadas de abril del 2002 en Venezuela, expone a un peligro adicional a sus pueblos: cuanto más incorrectamente voten más recurrirán los EEUU (y sus aliados europeos) a “pedagogías” clásicas y extremas. Cuanto más aislados estén sus pueblos, más tentados se sentirán los EEUU (y sus aliados europeos) de recurrir a la violencia “educativa”. Por eso la defensa de Venezuela debe ser epidémica; es decir, bolivariana; es decir, depende del contagio irresistible de la audacia –que ya se anuncia- al mayor número de países, de manera que, como quería Bolívar, una vasta confederación latinoamericana sea capaz, mediante ALBAS o auroras, de disuadir de momento (a la espera del despertar de su propio pueblo) al imperialismo estadounidense y a las fuerzas que lo apoyan.
Pero la “pedagogía del voto” capitalista, con sus horribles cifras de cadáveres, debe ser evocada también a favor de Cuba, obstinada anomalía que se sustrajo al siniestro balance de “la educación para el capitalismo”. El pueblo de Cuba se autodeterminó mediante una revolución armada y desde entonces se ha defendido sola, con las dificultades y deformaciones que de un milagro semejante se derivan. En comparación con lo que ha sido la situación del resto de Latinoamérica, podemos no tener en cuenta, si despreciamos la humanidad, las vidas que ha salvado la revolución gracias a su medicina pública, la eliminación de la desnutrición o la desaparición de la marginalidad y la violencia mafiosa –por citar apenas tres factores de letal eficacia en todo el mundo. De hecho, estos logros inapreciables son habitualmente silenciados o menospreciados, desde los medios de comunicación, por los que consideran que el riesgo (para los otros) es inseparable de la (propia) libertad; y que más vale que se mueran de hambre (o de gripe o baleados) los demás a morir uno mismo de aburrimiento. Pero lo que no se puede de ninguna manera menospreciar, y sin embargo nunca lo mencionamos, ni siquiera desde la izquierda, es que la revolución cubana, durante más de cuarenta años, ha mantenido al pueblo cubano protegido de la “pedagogía del voto” capitalista que ha devastado, con la regularidad de una marea y la precisión de un esquema, uno por uno y todos a la vez, todos los países de América Latina. Si nos atenemos a los datos citados y hacemos una media ajustada hacia abajo, podemos concluir muy prudentemente que, cuarenta años después, la revolución cubana ha salvado por lo menos a 30.000 personas de morir brutalmente asesinadas. En este mismo período, digámoslo así, en Cuba no sólo se ha vivido mejor que en el resto de Latinoamérica sino que han vivido muchas más personas, todos esos miles de ciudadanos que habrían sido torturados y asesinados por ejércitos, paramilitares, escuadrones de la muerte, dictadores y demócratas afascistados a fin de que los supervivientes votasen al candidato de los EEUU en las intermitencias electorales. Cuba se ha ahorrado 30.000 muertos y sólo por esto valdría la pena apoyarse en su revolución y seguir su ejemplo; y porque este incalculable ahorro de violencia y de cadáveres, después de cuarenta años, ha constituido para los cubanos una verdadera pedagogía cotidiana que, después de cuarenta años y con un resultado exactamente contrario al de España, ha fecundado un pueblo nuevo liberado de la esclavitud mental y material. Por eso Cuba es, al mismo tiempo, fuerte e ingenua; por eso Cuba no ha cedido y difícilmente cederá. Fidel Castro advertía recientemente sobre los peligros de un fracaso endógeno de la revolución; pero entre la reversibilidad desde dentro de la revolución cubana y la irreversibilidad desde dentro del capitalismo español, la diferencia sigue siendo enorme y es la diferencia de dos pedagogías y dos pueblos diferentes, productos respectivamente de una victoria y una derrota: la victoria de la Cuba socialista, con sus límites y sus deformaciones, y la derrota de la España republicana, con sus viejitos firmes, sus campesinos valientes y sus intelectuales despiertos enterrados en las cunetas.
Prólogo de "Comprender Venezuela, pensar la democracia. El colapso moral de los intelectuales occidentales".
He dicho muchas veces que lo que llamamos “transición democrática” en España es en realidad el paradójico y obsceno proceso en virtud del cual, tras un golpe de Estado fascista, una guerra civil que restó brutalmente un millón de vivos y una dictadura de cuarenta años –con sus cadáveres enterrados en las cunetas, sus desaparecidos, sus represaliados, sus miles de exiliados y torturados- los vencedores condescendieron por fin a perdonar a los vencidos, los verdugos se avinieron a ser generosos con sus víctimas. Por contraste con otras latitudes, donde las víctimas son obligadas a perdonar a los verdugos, el caso de España es particularmente ejemplar y quizás por eso se propone una y otra vez como artículo de exportación: los españoles aceptamos mansa y alborozadamente el perdón de Franco y su sucesores y, a cambio, se nos permitió tener la vida nocturna más alocada de Europa, hacer el cine más irreverente y comprar el mayor número de automóviles. No digo esto contra mí mismo y mis compatriotas –o no sólo- sino para iluminar la violencia terrible que los pueblos de España soportaron durante cuarenta años, una cifra que tiene algo al mismo tiempo simbólico y reglamentario. Durante cuarenta años vagaron los judíos por el desierto tras su salida de Egipto y el gran historiador árabe Ibn Jaldún, muerto a principios del siglo XV, atribuía esta concreta duración a una estrategia de Dios, el cual habría querido eliminar de esta forma la generación más vieja a fin de que en la tierra nueva entrase también un pueblo enteramente nuevo, liberado del recuerdo de la esclavitud. En España, de la misma manera pero al contrario, fueron necesarios cuarenta años de dictadura para que los sucesores de Franco gobernasen un pueblo enteramente nuevo que había olvidado –o aprendido a temer- la libertad. Hubo que matar a los viejitos de Teruel que acarreaban sus latas de aceite y enterrar a sus hijos valientes en las cunetas de los caminos y expulsar, encarcelar y aterrorizar a sus nietos para que finalmente, tras hacer de España un desierto, los sucesores de Franco pudiesen permitirse convocar elecciones, a sabiendas de que los españoles habían aprendido ya a votar correctamente; y legalizar incluso al Partido Comunista, con la certeza de que la pluralidad de partidos no iba a poner en peligro la soberanía natural del capitalismo y la gestión del imperialismo estadounidense.
Porque lo que no se explica en nuestras escuelas es que la “transición democrática” comenzó en España el 18 de julio de 1936, cinco meses después de la victoria electoral del Frente Popular, y que la guerra civil española no fue, como se dice, un “ensayo de la Segunda Guerra Mundial” sino más bien un episodio más, dificultado por la resistencia democrática de los pueblos, en la colosal e inescrupulosa obra ortopédica del capitalismo, en su minuciosa, versátil y finalmente sangrienta iniciativa pedagógica destinada a enseñar a votar juiciosamente; es decir, destinada a ajustar la voluntad de los ciudadanos a la reproducción automática de los grandes intereses económicos. Es comprensible, y desgraciadamente inevitable, que en un mundo en el que la Democracia invade países, bombardea ciudades y construye campos de concentración, el sistema mismo de elecciones nos parezca solamente una trampa concebida y fabricada por los poderosos. Pero olvidamos que el derecho al voto, extendido muy recientemente a las mujeres, fue una conquista popular duramente arrancada a los gobernantes; y que la democracia, incluso en su modelo representativo y sufragista, fue ganada en una lucha a muerte con un altísimo coste en vidas humanas; y que el capitalismo, como demuestra el helenista italiano Luciano Canfora, se limita a manejarla mediante una estrategia pedagógica que no excluye ningún método, según las circunstancias y los países: manipulación legal, propaganda, soborno y, llegado el caso, fascismo. Si de algo fue un “ensayo” la guerra civil española fue de las intervenciones estadounidenses en Latinoamérica a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, según un principio que ya he enunciado en otras ocasiones: cada treinta años se mata a casi todo el mundo y después se deja votar a los supervivientes. Cien años de levantamientos y revoluciones en Francia acabaron en 1871 con el establecimiento de una república democrática: los 30.000 fusilados de la Comuna de París constituyen el modelo “democratizador” que sesenta años más tarde dará al traste con la República española y que todavía hoy se sigue aplicando en muchas regiones del globo.
La “guerra civil” española, pues, no fue sino una manifestación más de esa “pedagogía del voto” capitalista que la recurrencia estadística ha acabado por asociar a América Latina. No está de más, por tanto, recordar algunos datos de todos conocidos.
En Argentina, entre 1976 y 1983, la dictadura militar produce 30,000 muertos y desaparecidos, como consecuencia del principio establecido en 1977 por el general de brigada Manuel Saint Jean, gobernador de Buenos Aires: “Primero vamos a matar a todos los subversivos, después a sus colaboradores; después a los simpatizantes; después a los indiferentes, y por último, a los tímidos”.
En Chile, entre 1973 y 1988, Pinochet hace desaparecer al menos a 3197 personas y tortura a más de 35.000. Los propósitos “pedagógicos” del dictador, y los límites de la democracia restaurada por él mismo, fueron explícitamente expresados en una famosa declaración en vísperas de las elecciones de 1989: “Estoy dispuesto a aceptar el resultado de las elecciones, con tal de que no gane ninguna opción de izquierdas”.
En El Salvador, entre 1980 y 1991, la guerra civil ocasiona 75.000 muertos y desaparecidos.
Al régimen del general Strossner, que zapateó Paraguay entre 1954 y 1989, se le imputan alrededor de 11 mil desaparecidos y asesinados, además de centenares de presos políticos y exilios forzados.
Según el informe de la Comisión por la Verdad y la Reconciliación, entre 1980 y el año 2000 el balance en Perú es de 70.000 muertos y 4.000 desaparecidos. El general Luis Cisneros Vizquerra, presidente del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas declara en octubre de 1983: "Para que las Fuerzas policiales puedan tener éxito, tienen que comenzar a matar senderistas y no senderistas. Matan a 60 personas y a lo mejor entre ellos hay tres senderistas. Esta es la única forma de ganar a la subversión".
En Guatemala, entre 1960 y 1996 se registran 50.000 desaparecidos y 200.000 muertos, según la comisión de Esclarecimiento Histórico de 1999, que atribuye el 93% de las víctimas a los militares.
En Uruguay, entre Junio de 1973 a Febrero de 1985, uno de cada cinco ciudadanos pasó por las cárcel; uno de cada diez fue torturado; una quinta parte de la poblacion (unas 600.000 personas) se vio obligada a emigrar, cientos desaparecieron; otros sencillamente fueron asesinados.
En Haití, bajo la dinastía de los Duvalier entre 1957 y 1986, son asesinadas más de 200.000 personas, a las que hay que añadir las miles de víctimas del golpe de Estado de Raoul Cedras contra Aristide y las que se han producido en los dos últimos años tras el nuevo derrocamiento violento del presidente electo y antes de la victoria electoral de René Preval.
En Nicaragua, la dictadura de los Somoza produce al menos 50.000 muertos, a los que hay que sumar otras 38.000 víctimas mortales como consecuencia de la guerra de baja intensidad sostenida en la década de los 80, con el apoyo y financiamiento estadounidense, contra el gobierno democrático sandinista.
El caso de Colombia adquiere dimensiones casi dantescas. La magnitud del exterminio es tal que no hay cifras totales, ni siquiera aproximadas, para los últimos 40 años de “pedagogía del voto” capitalista. A partir de los años 80 se calcula en torno a los 20.000 muertos todos los años, 4.000 de ellos relacionados con la violencia política (lo que, extrapolando abusivamente los datos, daría un cómputo global de unos 200.000 muertos desde 1965). Sólo en los últimos años, las Asociaciones de Familiares Desaparecidos han denunciado 7.000 desapariciones; el número de desplazados internos en los últimos 20 años es de 3.500.000. Colombia registra el único caso conocido de un verdadero y sistemático “genocidio” político ejecutado contra una fuerza legal, la Unión Patriótica, 5.000 de cuyos miembros –diputados, senadores, afiliados- fueron asesinados en 10 años, haciendo ciertas las declaraciones de un miembro del ELN, según el cual en Colombia “es mucho más peligroso hacer política que luchar en la guerrilla”.
A los muertos de la “pedagogía del voto” capitalista en los países mencionados, habría que añadir las miles de víctimas en la República Dominicana, Honduras, Brasil, México, Bolivia o la propia Venezuela, ortopédicamente dirigida durante décadas por las dos tenazas del cangrejo adeco-copeyano y cuyo último episodio sangriento fue el llamado “caracazo” de 1989 con sus entre 400 y 2000 civiles asesinados, según las fuentes.
La “pedagogía del voto” capitalista, con sus millones de muertos, ha pretendido que los latinoamericanos supervivientes acudiesen a las urnas, cuando eso se les ha permitido, bajo la amenaza oligárquica de esta alternativa terrible: el voto o la vida. Pero precisamente Venezuela ha demostrado que se puede votar libremente y, del mismo modo que el miedo es contagioso, también lo es la audacia. Los latinoamericanos, a pesar de los muertos, los torturados y los desaparecidos, a pesar del desierto inducido en el que sólo crecen el olvido y el terror, ha perdido el miedo a votar incorrectamente. Es decir, democráticamente. La nueva democracia latinoamericana, como nos lo recuerdan las jornadas de abril del 2002 en Venezuela, expone a un peligro adicional a sus pueblos: cuanto más incorrectamente voten más recurrirán los EEUU (y sus aliados europeos) a “pedagogías” clásicas y extremas. Cuanto más aislados estén sus pueblos, más tentados se sentirán los EEUU (y sus aliados europeos) de recurrir a la violencia “educativa”. Por eso la defensa de Venezuela debe ser epidémica; es decir, bolivariana; es decir, depende del contagio irresistible de la audacia –que ya se anuncia- al mayor número de países, de manera que, como quería Bolívar, una vasta confederación latinoamericana sea capaz, mediante ALBAS o auroras, de disuadir de momento (a la espera del despertar de su propio pueblo) al imperialismo estadounidense y a las fuerzas que lo apoyan.
Pero la “pedagogía del voto” capitalista, con sus horribles cifras de cadáveres, debe ser evocada también a favor de Cuba, obstinada anomalía que se sustrajo al siniestro balance de “la educación para el capitalismo”. El pueblo de Cuba se autodeterminó mediante una revolución armada y desde entonces se ha defendido sola, con las dificultades y deformaciones que de un milagro semejante se derivan. En comparación con lo que ha sido la situación del resto de Latinoamérica, podemos no tener en cuenta, si despreciamos la humanidad, las vidas que ha salvado la revolución gracias a su medicina pública, la eliminación de la desnutrición o la desaparición de la marginalidad y la violencia mafiosa –por citar apenas tres factores de letal eficacia en todo el mundo. De hecho, estos logros inapreciables son habitualmente silenciados o menospreciados, desde los medios de comunicación, por los que consideran que el riesgo (para los otros) es inseparable de la (propia) libertad; y que más vale que se mueran de hambre (o de gripe o baleados) los demás a morir uno mismo de aburrimiento. Pero lo que no se puede de ninguna manera menospreciar, y sin embargo nunca lo mencionamos, ni siquiera desde la izquierda, es que la revolución cubana, durante más de cuarenta años, ha mantenido al pueblo cubano protegido de la “pedagogía del voto” capitalista que ha devastado, con la regularidad de una marea y la precisión de un esquema, uno por uno y todos a la vez, todos los países de América Latina. Si nos atenemos a los datos citados y hacemos una media ajustada hacia abajo, podemos concluir muy prudentemente que, cuarenta años después, la revolución cubana ha salvado por lo menos a 30.000 personas de morir brutalmente asesinadas. En este mismo período, digámoslo así, en Cuba no sólo se ha vivido mejor que en el resto de Latinoamérica sino que han vivido muchas más personas, todos esos miles de ciudadanos que habrían sido torturados y asesinados por ejércitos, paramilitares, escuadrones de la muerte, dictadores y demócratas afascistados a fin de que los supervivientes votasen al candidato de los EEUU en las intermitencias electorales. Cuba se ha ahorrado 30.000 muertos y sólo por esto valdría la pena apoyarse en su revolución y seguir su ejemplo; y porque este incalculable ahorro de violencia y de cadáveres, después de cuarenta años, ha constituido para los cubanos una verdadera pedagogía cotidiana que, después de cuarenta años y con un resultado exactamente contrario al de España, ha fecundado un pueblo nuevo liberado de la esclavitud mental y material. Por eso Cuba es, al mismo tiempo, fuerte e ingenua; por eso Cuba no ha cedido y difícilmente cederá. Fidel Castro advertía recientemente sobre los peligros de un fracaso endógeno de la revolución; pero entre la reversibilidad desde dentro de la revolución cubana y la irreversibilidad desde dentro del capitalismo español, la diferencia sigue siendo enorme y es la diferencia de dos pedagogías y dos pueblos diferentes, productos respectivamente de una victoria y una derrota: la victoria de la Cuba socialista, con sus límites y sus deformaciones, y la derrota de la España republicana, con sus viejitos firmes, sus campesinos valientes y sus intelectuales despiertos enterrados en las cunetas.
Prólogo de "Comprender Venezuela, pensar la democracia. El colapso moral de los intelectuales occidentales".
jueves, 14 de mayo de 2009
Petróleo y revolución (Santiago Alba Rico)
A V., que no es Venezuela.
Ningún placer se puede comparar –ni el sexo ni la velocidad ni el supermercado- al de saber algo y poder transmitirlo en voz alta, como lo demuestra el ejemplo universal del viandante oscuro que, preguntado en la calle por una dirección, se vuelve repentinamente sabio, alegre, locuaz, bueno y hasta feliz. Pero para saber que sabemos algo, como sabía Platón, es necesario que nos pregunten, pues es precisamente “la espera atenta de una respuesta” (el contrato nuevo del preguntar mismo) el que nos permite descubrir de pronto que también nosotros, hasta ese momento ignorantes, indignos y despreciables, tenemos algo que decir y que, aún más, tenemos también los recursos mentales para decirlo. Eso es la revolución. Eso es el socialismo. Hace ahora diez años los venezolanos se preguntaron por primera vez los unos a los otros, esperaron atentamente la respuesta y resultó que todos tenían algo que decir en voz alta, algo que decirse sin vergüenza y con argumentos, algo importante que comunicar al resto del mundo. A los que faltaban las palabras, la revolución bolivariana les dio nuevas instituciones –para la acumulación y la difusión- y una verdadera epidemia de proyectos participativos comenzó a curar a un pueblo hasta entonces herido y silenciado: Misiones, Núcleos de Desarrollo Endógeno, Aldeas Universitarias, Consejos Comunales, radios y televisiones comunitarias, etc. Si algo impresiona hoy de Venezuela es que una gran parte de su población, entre los 4 y los 84 años, se pasa el día aprendiendo y enseñando, enseñando y aprendiendo, y ello con la felicidad inigualable que acompaña al placer superior de retirarse las legañas de los ojos y saber lo que uno se trae entre las manos. “Éramos seres humanos y no lo sabíamos”, me dice Carmen en la Casa del Poder Comunal de Chapellín, una barriada de Caracas. “Antes a los intelectuales nosotros los veíamos por la televisión y ahora vienen ustedes a preguntarnos”, me dice Manuel, miembro de una cooperativa del núcleo Fabricio Ojeda. Venezuela es uno de los países del mundo donde más fácil es enamorarse y más difícil estar de mal humor. Ninguna miss universo de cuerpo neumático, ninguna modelo esculpida en plástico puede rivalizar en belleza con estas amas de casa panzudas y desafiantes, con estas trabajadoras trabajadas por la vida, de pechos caídos y hombros altivos, rejuvenecidas en la cuna de la conciencia. Ningún actor de Hollywood moldeado en quirófanos y gimnasios puede hacer sombra a estos agrietados mortales que demuestran con su estatura nueva que es la dignidad política la que hace buenos, felices, listos y deseables a los seres humanos.
Pero el amor también necesita combustible. Venezuela tiene una ventaja: petróleo. Venezuela tiene un problema: petróleo. Un país con petróleo puede comprar alimentos ya hechos en lugar de hacerlos; puede comprar ingenieros y físicos y profesores ya hechos en lugar de hacerlos; puede comprar una cultura ya hecha en lugar de hacerla. Así ocurre bajo el capitalismo. Pero un país con petróleo y ansias de justicia puede también comprar una revolución ya hecha en lugar de hacerla o en lugar de dejar que la hagan sus ciudadanos. La ingente riqueza petrolífera de Venezuela permitió al gobierno bolivariano construir –digamos- el socialismo al lado del capitalismo, en un mundo paralelo, poniendo en marcha una institucionalidad replicante, motor de logros sin precedentes, que ha cambiado más, sin embargo, a la población que a los dirigentes, que ha transformado más deprisa las conciencias que las estructuras. Es dudoso que esos dos mundos –Sambil y Bolívar, Nestlé y Marx- puedan convivir sin devorarse; es dudoso que el primero de esos mundos no esté ganando terreno. Diez años después del triunfo de Chávez, los mismos que lo llevaron al gobierno, los mismos que lo devolvieron a Miraflores en las jornadas de abril de 2002, los mismos que lo defienden con vehemencia y fundamento en los Consejos Comunales, en las barriadas, en las cooperativas, ven frenados sus proyectos por el Estado que los hizo posibles y se lamentan de ello. Mientras el capitalismo sigue obteniendo enormes beneficios, la reserva activa de la Cuarta República –la burocracia, la corrupción, el oscurantismo político- inyecta su cardenillo en el socialismo incipiente de la Quinta. Mientras el capitalismo gestiona a placer sus instituciones, no es seguro ya que el socialismo haga lo mismo con las suyas.
Lo que la Venezuela bolivariana ha hecho ya por todo el continente –y por el pensamiento político universal- será reconocido con independencia de lo que ocurra a partir de ahora. Pero cuando a un pueblo se le pregunta y se le deja responder, y descubre por primera vez la inteligencia, la felicidad, la belleza, la bondad (valga decir, la dignidad política) y eso después de siglos de silencio y de dolor, y sabe qué ha dejado detrás y quiere ir hacia delante, y anhela seguir aprendiendo y enseñando, enseñando y aprendiendo, no se conforma con el enamoramiento de los extranjeros ni con la cuota de progreso global que representa: quiere para sí mismo más felicidad, más inteligencia, más belleza y más bondad. Y eso es –o llamémoslo- el socialismo, el cual reclama no un mundo paralelo –no- sino el mundo entero.
Santiago Alba Rico, extraído de rebelion.org
Ningún placer se puede comparar –ni el sexo ni la velocidad ni el supermercado- al de saber algo y poder transmitirlo en voz alta, como lo demuestra el ejemplo universal del viandante oscuro que, preguntado en la calle por una dirección, se vuelve repentinamente sabio, alegre, locuaz, bueno y hasta feliz. Pero para saber que sabemos algo, como sabía Platón, es necesario que nos pregunten, pues es precisamente “la espera atenta de una respuesta” (el contrato nuevo del preguntar mismo) el que nos permite descubrir de pronto que también nosotros, hasta ese momento ignorantes, indignos y despreciables, tenemos algo que decir y que, aún más, tenemos también los recursos mentales para decirlo. Eso es la revolución. Eso es el socialismo. Hace ahora diez años los venezolanos se preguntaron por primera vez los unos a los otros, esperaron atentamente la respuesta y resultó que todos tenían algo que decir en voz alta, algo que decirse sin vergüenza y con argumentos, algo importante que comunicar al resto del mundo. A los que faltaban las palabras, la revolución bolivariana les dio nuevas instituciones –para la acumulación y la difusión- y una verdadera epidemia de proyectos participativos comenzó a curar a un pueblo hasta entonces herido y silenciado: Misiones, Núcleos de Desarrollo Endógeno, Aldeas Universitarias, Consejos Comunales, radios y televisiones comunitarias, etc. Si algo impresiona hoy de Venezuela es que una gran parte de su población, entre los 4 y los 84 años, se pasa el día aprendiendo y enseñando, enseñando y aprendiendo, y ello con la felicidad inigualable que acompaña al placer superior de retirarse las legañas de los ojos y saber lo que uno se trae entre las manos. “Éramos seres humanos y no lo sabíamos”, me dice Carmen en la Casa del Poder Comunal de Chapellín, una barriada de Caracas. “Antes a los intelectuales nosotros los veíamos por la televisión y ahora vienen ustedes a preguntarnos”, me dice Manuel, miembro de una cooperativa del núcleo Fabricio Ojeda. Venezuela es uno de los países del mundo donde más fácil es enamorarse y más difícil estar de mal humor. Ninguna miss universo de cuerpo neumático, ninguna modelo esculpida en plástico puede rivalizar en belleza con estas amas de casa panzudas y desafiantes, con estas trabajadoras trabajadas por la vida, de pechos caídos y hombros altivos, rejuvenecidas en la cuna de la conciencia. Ningún actor de Hollywood moldeado en quirófanos y gimnasios puede hacer sombra a estos agrietados mortales que demuestran con su estatura nueva que es la dignidad política la que hace buenos, felices, listos y deseables a los seres humanos.
Pero el amor también necesita combustible. Venezuela tiene una ventaja: petróleo. Venezuela tiene un problema: petróleo. Un país con petróleo puede comprar alimentos ya hechos en lugar de hacerlos; puede comprar ingenieros y físicos y profesores ya hechos en lugar de hacerlos; puede comprar una cultura ya hecha en lugar de hacerla. Así ocurre bajo el capitalismo. Pero un país con petróleo y ansias de justicia puede también comprar una revolución ya hecha en lugar de hacerla o en lugar de dejar que la hagan sus ciudadanos. La ingente riqueza petrolífera de Venezuela permitió al gobierno bolivariano construir –digamos- el socialismo al lado del capitalismo, en un mundo paralelo, poniendo en marcha una institucionalidad replicante, motor de logros sin precedentes, que ha cambiado más, sin embargo, a la población que a los dirigentes, que ha transformado más deprisa las conciencias que las estructuras. Es dudoso que esos dos mundos –Sambil y Bolívar, Nestlé y Marx- puedan convivir sin devorarse; es dudoso que el primero de esos mundos no esté ganando terreno. Diez años después del triunfo de Chávez, los mismos que lo llevaron al gobierno, los mismos que lo devolvieron a Miraflores en las jornadas de abril de 2002, los mismos que lo defienden con vehemencia y fundamento en los Consejos Comunales, en las barriadas, en las cooperativas, ven frenados sus proyectos por el Estado que los hizo posibles y se lamentan de ello. Mientras el capitalismo sigue obteniendo enormes beneficios, la reserva activa de la Cuarta República –la burocracia, la corrupción, el oscurantismo político- inyecta su cardenillo en el socialismo incipiente de la Quinta. Mientras el capitalismo gestiona a placer sus instituciones, no es seguro ya que el socialismo haga lo mismo con las suyas.
Lo que la Venezuela bolivariana ha hecho ya por todo el continente –y por el pensamiento político universal- será reconocido con independencia de lo que ocurra a partir de ahora. Pero cuando a un pueblo se le pregunta y se le deja responder, y descubre por primera vez la inteligencia, la felicidad, la belleza, la bondad (valga decir, la dignidad política) y eso después de siglos de silencio y de dolor, y sabe qué ha dejado detrás y quiere ir hacia delante, y anhela seguir aprendiendo y enseñando, enseñando y aprendiendo, no se conforma con el enamoramiento de los extranjeros ni con la cuota de progreso global que representa: quiere para sí mismo más felicidad, más inteligencia, más belleza y más bondad. Y eso es –o llamémoslo- el socialismo, el cual reclama no un mundo paralelo –no- sino el mundo entero.
Santiago Alba Rico, extraído de rebelion.org
domingo, 10 de mayo de 2009
Marihuana
Hoy ha tenido lugar uno de esos acontecimientos que se repiten tan cotidianamente que casi se han impuesto como normales. Más bien son ya hechos normales que solo algunos consideramos extraños, como empeñados en llevar la contraria a la sociedad y la racionalidad que la envuelve.
Situémonos: una casa normal, con una familia normal, con unos invitados normales sentados a la mesa. Casi desde el principio, quizá porque le dije que confiaba más en el Granma que en la BBC, uno de los invitados, apuesto y valiente, parecía empeñado en demostrarse a sí mismo y a los demás su sabiduría sin parangón, basada en datos de más que dudosa procedencia. Este hombrecillo estaba muy interesado en la historia militar y trataba de embaucarnos a través de un recital de datos inconexos y superficiales. Sus padres parecían convencidos: "cómo sabe este chaval". Resultaba extraño. Sin haber dicho más que dos palabras, parecía que yo era el objetivo último de sus comentarios. No es que sea egocéntrico, es que de vez en cuando me dedicaba una frasecilla pedante y prepotente, no tengo claro si era para provocar o porque así es su carácter. El caso es que decidí refugiarme en la comida y sonreír ante todo. No había ningún ánimo de caer en la tentación de una discusión inútil de salón.
Cuando acaba la comida y llega el tiempo de la sobremesa y el café, mi madre, gran fumadora, enciende su cigarro habitual, así como una de las invitadas, madre del gran sabio occidental que nos honraba con su ilustrísima presencia. Este insignificante hecho no suscitó ninguno de sus perspicaces comentarios. En seguida veremos por qué me detengo en esta tontería. Creo que todos los que nos sentábamos a la mesa (salvo esta persona y yo mismo) se dispusieron a tomar un café, acompañando el cigarro en el caso de los fumadores. Es el momento en el que decido, en este ambiente relajado, hacerme un porrillo de marihuana. Así que me dispongo a ello y saco todo el material necesario: papel, tabaco, mechero y la propia hierba. El primer comentario de nuestro protagonista es un tanto jocoso, algo así como: "bonita colección de cardos". Otra persona en la mesa, no recuerdo quién, siguió el juego y me recriminó, aunque consideré que era broma. El tono de voz lo sugería, o esa impresión me dio.
La cosa empezó a calentarse sin que me diera tiempo a reaccionar. El más ilustrado de la mesa no pudo contener un sermón sobre el alquitrán que me disponía a introducir en mi organismo. Mientras, su madre fumaba impunemente un cigarro, marca LM, que efectivamente sí lleva alquitrán, no como la marihuana. Parecía no importarle. Al ver que mi actitud no cambiaba, que seguía liando el porro, pasó a señalarme (coca-cola en mano) que él no se introducía sustancias químicas en su cuerpo (aparte de la coca-cola), menos aún aquellas que acababan con su cerebro. Mordiéndome la lengua, acabo mi pequeña manufactura y me lo enciendo, confiando en que al comprobar que no me transformo en un retrasado mental dejará de repetir lo que la Iglesia y la derecha nos enseñan sobre los porros. No fue así.
En cuanto lo enciendo, el triste filósofo de sofá, ingeniero informático (una carrera de verdad, no como la ciencia política), se levanta de la mesa y me reprende, vituperándome por que no se merecía el olor "psicotrópico", recordándome la científica ley de Murphy según la cual el humo siempre va a los no fumadores. Atónito, casi divertido, miro a las dos personas sentadas a la mesa que fuman sus cigarros y que no habían suscitado comentario alguno. Al ver que me encontraba solo ante el peligro, pregunto a todos si les molesta mi atrevimiento, un tanto sorprendido porque siempre he considerado que la marihuana al quemarse huele infinitamente mejor que el tabaco industrial y su papel con anillos de fósforo. Por no hablar de que me encuentro en mi casa, cómodo y relajado, y de que después de fumar me disponía a echar una siesta. Aún sin siesta, la marihuana no me imposibilita de ninguna manera para seguir con mis labores el resto del día, menos este domingo lluvioso. Ante mi pregunta un invitado no responde, otro dice que sí y que no le molesta en la misma frase y un tercero, nuestro afamado erudito, responde que sí, que efectivamente le molesta.
Me retiré de la mesa, en mi propia casa, con mi familia delante, porque unos señores de bien, ejemplares ciudadanos que consideran que el cénit del periodismo es la BBC, reaccionaron como les han educado: ni el vino, ni el tabaco, ni el café, ni la coca-cola, ni el arroz hervido con caldo de cocido madrileño y salpicado con tocino, chorizo, morcilla, carne de ternera, de pollo... El problema en la mesa era que yo me había encendido un porro. Al darme cuenta de ello, decidí marcharme. No es que sea drogadicto y prefiera fumarme un porro a la compañía. Es que fue la gota que colmó el vaso. O me iba con mi porro, allí donde pudiese fumármelo relajadamente y sin molestar a nadie, o me quedaba allí para poner punto y final a todo lo que tenía de pacífico la velada.
Basta ya de críticas injustificadas, incoherentes, cargadas de doble moral, irracionales al fin y al cabo. La marihuana no es peor que el vino, no es peor que el café o el té y desde luego no es peor que un cigarro que sale de cualquier fábrica de Phillip Morris. Todo depende de la forma y la cantidad en que la consumas, como todos los alimentos del mundo. Sin embargo el rechazo que despierta parece basado en el miedo. Tanto por su magnitud como por su desvergüenza. Será porque es ilegal, será porque la gente que la consume de vez en cuando tiende a ser más feliz y tolerante, la cuestión es que la marihuana despierta miedos y reacciones totalmente disparatadas. Y no me refiero a los que la fuman, sino a los que de hecho no la prueban. ¿Qué clase de sociedad es esta donde, después de obligarnos a elegir entre individualismo o individualismo fanático, nos convence de que no podemos controlar nuestro cuerpo, nuestro cerebro y pensamientos, mientras estamos bajo la influencia de la marihuana?
Las drogas, sean blandas como la marihuana y la cafeína o duras como el alcohol y el tabaco, no son malas de por sí. Más nos perjudica vivir en Atocha, rodeados de polución el 100% del tiempo, que fumarse un porro o dos cada día. No, lo que pasa es que lo que nos permite producir más y nos hace quejarnos menos, desde el coche que contamina al café que nos mantiene despiertos durante jornadas laborales interminables, no sólo está permitido. Nos inducen a consumirlo. Y no despierta el mismo tipo de crítica, no convierte al que lo consume en un criminal o un drogadicto. La palabra "droga" asusta hasta a los más valientes ciudadanos, que pronto reclaman protección contra una planta (lo que obliga al Estado a invertir millones de euros en una supuesta "guerra" que es imposible ganar) mientras sus presidentes y diputados colaboran en el desarrollo de la General Motors o en el bombardeo sobre el tercer mundo. El paro avanza de forma galopante, pero el problema es la marihuana. El empresario se ahorra en medidas de seguridad miles de euros, tan solo a cambio de unos cuantos miembros y unas cuantas vidas de los trabajadores, pero la policía debe dedicarse a perseguir una planta y a aquellos que tengan un poco en su bolsillo.
Y así, los ciudadanos de bien, ideológicamente lobotomizados, fieles repetidores de lo que aprenden en los anuncios y lo que va entre uno y otro (las noticias), sienten el no tan espontáneo impulso de representar a la voz de la razón y la superioridad ante los bárbaros de costumbres perturbadoras. Estoy verdaderamente harto de la intolerancia que despiertan los porros. No digo que la respuesta sea legalizarlos, puesto que convertirlo en un mercado regulado (y no un mercado libre como es hoy en día) al final significaría fumar marihuana de plástico bien cara, para beneficio de uno o dos señores que compraron las patentes de unas plantas, especiales ellos porque tienen el dinero suficiente. Tampoco digo que la situación actual de libre mercado sea mejor. Pero lo que sí habría que plantearse es la despenalización de la posesión para consumo propio y el autocultivo. Por otro lado, hay toda una resistencia ideológica a aceptar los porros como un hecho cotidiano, pese a que desde hace siglos lo son, que necesariamente habrá de ser vencida para que podamos invertir ese razonamiento que nos lleva a sentirnos orgullosos y felices por comprar un balón fabricado por un niño (con contrato, luego libre) de un país olvidado en el que el sueldo (si le pagan) no da para comer una semana, mientras que debemos sentirnos culpables por consumir una droga que no solo sirve para evadirse de una realidad muy poco gratificante, sino que también nos permite pensar sin prisa y desde otra perspectiva sobre lo que nos ocupa y preocupa. Fumo marihuana, no soy un criminal.
Situémonos: una casa normal, con una familia normal, con unos invitados normales sentados a la mesa. Casi desde el principio, quizá porque le dije que confiaba más en el Granma que en la BBC, uno de los invitados, apuesto y valiente, parecía empeñado en demostrarse a sí mismo y a los demás su sabiduría sin parangón, basada en datos de más que dudosa procedencia. Este hombrecillo estaba muy interesado en la historia militar y trataba de embaucarnos a través de un recital de datos inconexos y superficiales. Sus padres parecían convencidos: "cómo sabe este chaval". Resultaba extraño. Sin haber dicho más que dos palabras, parecía que yo era el objetivo último de sus comentarios. No es que sea egocéntrico, es que de vez en cuando me dedicaba una frasecilla pedante y prepotente, no tengo claro si era para provocar o porque así es su carácter. El caso es que decidí refugiarme en la comida y sonreír ante todo. No había ningún ánimo de caer en la tentación de una discusión inútil de salón.
Cuando acaba la comida y llega el tiempo de la sobremesa y el café, mi madre, gran fumadora, enciende su cigarro habitual, así como una de las invitadas, madre del gran sabio occidental que nos honraba con su ilustrísima presencia. Este insignificante hecho no suscitó ninguno de sus perspicaces comentarios. En seguida veremos por qué me detengo en esta tontería. Creo que todos los que nos sentábamos a la mesa (salvo esta persona y yo mismo) se dispusieron a tomar un café, acompañando el cigarro en el caso de los fumadores. Es el momento en el que decido, en este ambiente relajado, hacerme un porrillo de marihuana. Así que me dispongo a ello y saco todo el material necesario: papel, tabaco, mechero y la propia hierba. El primer comentario de nuestro protagonista es un tanto jocoso, algo así como: "bonita colección de cardos". Otra persona en la mesa, no recuerdo quién, siguió el juego y me recriminó, aunque consideré que era broma. El tono de voz lo sugería, o esa impresión me dio.
La cosa empezó a calentarse sin que me diera tiempo a reaccionar. El más ilustrado de la mesa no pudo contener un sermón sobre el alquitrán que me disponía a introducir en mi organismo. Mientras, su madre fumaba impunemente un cigarro, marca LM, que efectivamente sí lleva alquitrán, no como la marihuana. Parecía no importarle. Al ver que mi actitud no cambiaba, que seguía liando el porro, pasó a señalarme (coca-cola en mano) que él no se introducía sustancias químicas en su cuerpo (aparte de la coca-cola), menos aún aquellas que acababan con su cerebro. Mordiéndome la lengua, acabo mi pequeña manufactura y me lo enciendo, confiando en que al comprobar que no me transformo en un retrasado mental dejará de repetir lo que la Iglesia y la derecha nos enseñan sobre los porros. No fue así.
En cuanto lo enciendo, el triste filósofo de sofá, ingeniero informático (una carrera de verdad, no como la ciencia política), se levanta de la mesa y me reprende, vituperándome por que no se merecía el olor "psicotrópico", recordándome la científica ley de Murphy según la cual el humo siempre va a los no fumadores. Atónito, casi divertido, miro a las dos personas sentadas a la mesa que fuman sus cigarros y que no habían suscitado comentario alguno. Al ver que me encontraba solo ante el peligro, pregunto a todos si les molesta mi atrevimiento, un tanto sorprendido porque siempre he considerado que la marihuana al quemarse huele infinitamente mejor que el tabaco industrial y su papel con anillos de fósforo. Por no hablar de que me encuentro en mi casa, cómodo y relajado, y de que después de fumar me disponía a echar una siesta. Aún sin siesta, la marihuana no me imposibilita de ninguna manera para seguir con mis labores el resto del día, menos este domingo lluvioso. Ante mi pregunta un invitado no responde, otro dice que sí y que no le molesta en la misma frase y un tercero, nuestro afamado erudito, responde que sí, que efectivamente le molesta.
Me retiré de la mesa, en mi propia casa, con mi familia delante, porque unos señores de bien, ejemplares ciudadanos que consideran que el cénit del periodismo es la BBC, reaccionaron como les han educado: ni el vino, ni el tabaco, ni el café, ni la coca-cola, ni el arroz hervido con caldo de cocido madrileño y salpicado con tocino, chorizo, morcilla, carne de ternera, de pollo... El problema en la mesa era que yo me había encendido un porro. Al darme cuenta de ello, decidí marcharme. No es que sea drogadicto y prefiera fumarme un porro a la compañía. Es que fue la gota que colmó el vaso. O me iba con mi porro, allí donde pudiese fumármelo relajadamente y sin molestar a nadie, o me quedaba allí para poner punto y final a todo lo que tenía de pacífico la velada.
Basta ya de críticas injustificadas, incoherentes, cargadas de doble moral, irracionales al fin y al cabo. La marihuana no es peor que el vino, no es peor que el café o el té y desde luego no es peor que un cigarro que sale de cualquier fábrica de Phillip Morris. Todo depende de la forma y la cantidad en que la consumas, como todos los alimentos del mundo. Sin embargo el rechazo que despierta parece basado en el miedo. Tanto por su magnitud como por su desvergüenza. Será porque es ilegal, será porque la gente que la consume de vez en cuando tiende a ser más feliz y tolerante, la cuestión es que la marihuana despierta miedos y reacciones totalmente disparatadas. Y no me refiero a los que la fuman, sino a los que de hecho no la prueban. ¿Qué clase de sociedad es esta donde, después de obligarnos a elegir entre individualismo o individualismo fanático, nos convence de que no podemos controlar nuestro cuerpo, nuestro cerebro y pensamientos, mientras estamos bajo la influencia de la marihuana?
Las drogas, sean blandas como la marihuana y la cafeína o duras como el alcohol y el tabaco, no son malas de por sí. Más nos perjudica vivir en Atocha, rodeados de polución el 100% del tiempo, que fumarse un porro o dos cada día. No, lo que pasa es que lo que nos permite producir más y nos hace quejarnos menos, desde el coche que contamina al café que nos mantiene despiertos durante jornadas laborales interminables, no sólo está permitido. Nos inducen a consumirlo. Y no despierta el mismo tipo de crítica, no convierte al que lo consume en un criminal o un drogadicto. La palabra "droga" asusta hasta a los más valientes ciudadanos, que pronto reclaman protección contra una planta (lo que obliga al Estado a invertir millones de euros en una supuesta "guerra" que es imposible ganar) mientras sus presidentes y diputados colaboran en el desarrollo de la General Motors o en el bombardeo sobre el tercer mundo. El paro avanza de forma galopante, pero el problema es la marihuana. El empresario se ahorra en medidas de seguridad miles de euros, tan solo a cambio de unos cuantos miembros y unas cuantas vidas de los trabajadores, pero la policía debe dedicarse a perseguir una planta y a aquellos que tengan un poco en su bolsillo.
Y así, los ciudadanos de bien, ideológicamente lobotomizados, fieles repetidores de lo que aprenden en los anuncios y lo que va entre uno y otro (las noticias), sienten el no tan espontáneo impulso de representar a la voz de la razón y la superioridad ante los bárbaros de costumbres perturbadoras. Estoy verdaderamente harto de la intolerancia que despiertan los porros. No digo que la respuesta sea legalizarlos, puesto que convertirlo en un mercado regulado (y no un mercado libre como es hoy en día) al final significaría fumar marihuana de plástico bien cara, para beneficio de uno o dos señores que compraron las patentes de unas plantas, especiales ellos porque tienen el dinero suficiente. Tampoco digo que la situación actual de libre mercado sea mejor. Pero lo que sí habría que plantearse es la despenalización de la posesión para consumo propio y el autocultivo. Por otro lado, hay toda una resistencia ideológica a aceptar los porros como un hecho cotidiano, pese a que desde hace siglos lo son, que necesariamente habrá de ser vencida para que podamos invertir ese razonamiento que nos lleva a sentirnos orgullosos y felices por comprar un balón fabricado por un niño (con contrato, luego libre) de un país olvidado en el que el sueldo (si le pagan) no da para comer una semana, mientras que debemos sentirnos culpables por consumir una droga que no solo sirve para evadirse de una realidad muy poco gratificante, sino que también nos permite pensar sin prisa y desde otra perspectiva sobre lo que nos ocupa y preocupa. Fumo marihuana, no soy un criminal.
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