viernes, 19 de marzo de 2010

Curiosos demócratas...














Fuente: cubainformación.tv

martes, 16 de marzo de 2010

Negación ideológica de la ideología

Hoy en día se nos dice, se nos repite hasta la saciedad, que las ideologías han muerto. Sugieren que la caída del muro de Berlín supuso el fin de dos perspectivas contrapuestas: el fin del llamado “socialismo real” daba vía libre al “capitalismo real” para conquistar lo que quedaba de mundo.

El desmantelamiento de la URSS permitió al capitalismo (representado sobre todo por las grandes multinacionales y sus Estados clientes) quitarse la máscara. Liberales y conservadores adquirieron una visión teleológica de la evolución de la humanidad: es “el fin de la historia” decían, “no hay alternativa”, todo apunta al capitalismo, todo acaba en el capitalismo. Siguiendo el esquema de desarrollo propuesto por Rostow, consideran que la sociedad de consumo es la cúspide del desarrollo social, político y económico. No obstante, las invasiones de Panamá por parte de Estados Unidos (1989) y la Guerra del Golfo (1990-1991) parecían indicar tempranamente que la tan ansiada paz mundial (el paseo triunfante del capitalismo), prometida para cuando consiguiesen eliminar a los comunistas, tendría que esperar.

En efecto, tras la caída del muro, las potencias imperialistas cayeron en la cuenta de que, pese a su propaganda, bombardeos, invasiones, inversiones y chantajes, seguían teniendo enemigos. El “eje del mal”, no obstante, ya no está compuesto por países ideológicamente opuestos, sino por Estados tercermundistas (con grandes recursos naturales o con una importante ubicación estratégica) que se niegan a cumplir (al menos en parte) la voluntad de Washington y las multinacionales occidentales. Pero también en el campo ideológico sobreviven algunos enemigos claramente identificables: Cuba sigue resistiendo los ataques de Estados Unidos, el zapatismo se levanta en Chiapas, más adelante aparece el Foro Social Mundial, Chávez, Evo Morales… son sólo algunos ejemplos.

Ante el nuevo panorama globalizado, vista la imposibilidad para el imperialismo moderno de seguir manteniendo la estrategia de polarización del mundo en dos bloques contrapuestos (aunque se sigue intentando desde otros puntos de vista, sirva de ejemplo Huntington y su “choque de civilizaciones”), la estrategia de los agentes públicos y privados del capital cambia: la propaganda ya no se centra en señalar al comunismo como el mal absoluto que viene del este, algo irracional que no merece la pena ni plantearse y que amenaza la libertad del mundo entero. Ahora la estrategia de propaganda y contención del capitalismo tiene otra arista principal: la negación ideológica de la ideología.

Lo contemplamos todos los días: hordas de políticos, medios de comunicación, empresarios, incluso amigos y familiares insisten sin cansarse en que su visión del mundo o de una cuestión en concreto es objetiva, neutral, científica y/o no interesada, cuando lo único que representan es una perspectiva acrítica, contemplativa, incluso justificadora del orden existente. A la hora de reflexionar, todos partimos de una serie de conceptos a los que damos un significado y unas connotaciones determinadas. Nacemos y crecemos en un contexto político, social y económico concreto, donde nos socializamos y aprendemos a ver el mundo. Aunque solo sea por esto, todos tenemos una ideología, una conciencia política, una forma de entender el mundo que puede ser consciente (cuando se disponen de los instrumentos conceptuales necesarios para conocer esa forma y otras) o inconsciente (asumida sin saberlo). La clave reside en que todas estas personas que niegan que su punto de vista sea ideológico han sido socializadas y socializan en una ideología hegemónica que se niega a sí misma como tal para presentarse como ciencia, como pragmatismo “natural”, como algo inherente al ser humano. De esta forma, los agentes del capital pueden adoptar el discurso anti-ideológico del que hacen gala en la actualidad. Así, aquellos que pueden enmarcarse dentro de una corriente ideológica crítica (y no los demás) son presentados como personas sin conciencia propia, identificando el concepto de ideología con el de sesgo. El resultado final es que una ciencia pragmática y universal, el capitalismo, se opone a una serie de fuerzas irracionales, confundidas y anacrónicas.

Las ideologías siguen vivas pese a que el capitalismo ha conquistado el planeta entero: el pensamiento único se ha convertido en hegemónico a nivel global, pero no ha acabado con las distintas ideologías que se le oponen, y de ahí la estrategia de negación ideológica de la ideología. Decimos que es ideológica porque el objetivo final de esta estrategia de negación es impedir tanto la reflexión crítica y la conciencia de clase como su posible difusión; porque busca, no por casualidad, que asumamos los desastres y contradicciones del capitalismo como algo inevitable e inmejorable, como algo natural o una especie de destino manifiesto a nivel global. De esta forma podemos asumir, por ejemplo, que los centenares de miles de muertos en Haití son obra y gracia del terremoto y no víctimas de un sistema socio-económico perverso que les ha condenado a sobrevivir en la miseria, a ser invisibles entre desastre y desastre, a vivir en chabolas endebles que esperan a que sople el lobo para venirse abajo sobre sus habitantes. Y puesto que la culpa y la responsabilidad de lo ocurrido es de la naturaleza, nosotros, los que vivimos en países donde no hay terremotos o los edificios aguantan embates de la naturaleza aún mayores que los de Haití, podemos seguir con nuestra vida dedicada al consumo “sin hacer daño a nadie”.

viernes, 5 de marzo de 2010

Mercantilización del saber

En 1994, los países desarrollados dieron un nuevo paso hacia la mercantilización absoluta de las relaciones sociales. La privatización generalizada del mundo (desde los bienes y servicios a la violencia, desde el conocimiento a los genes) conduce a convertirlo todo, incluida la fuerza de trabajo humana, en una mercancía destinada a la venta: la Ronda Uruguay (de donde surgió la Organización Mundial del Comercio) supuso, entre otras cosas, el respeto y el reconocimiento mundial a las patentes. Anteriormente, más de 50 países se negaban a reconocer la patente sobre cualquier sustancia y solo aceptaban la posibilidad de patentar el procedimiento de fabricación.

Desde los años 70 del siglo pasado, asistimos al proceso mediante el cual las grandes multinacionales se van apropiando del conocimiento y de cualquier producción intelectual y artística en general. La información pasa a convertirse en una nueva forma de capital, crece el número de patentes presentadas cada año: en 2007, sólo Monsanto, Bayer y BASF presentaron 532 patentes sobre los genes de resistencia a la sequía que han manipulado.

Se pone precio a cualquier idea que sea susceptible de generar una actividad económica. Es otra carrera cuya meta es la apropiación, las ganancias, la destrucción, privatización o mercantilización de las solidaridades tradicionales (ayer la familia, hoy los sistemas de protección social). Ya no se comparte conocimiento ni arte, se captura, se secuestra, se trafica con él. Si las cosas siguen así vendrá el tiempo en que será imposible decir cualquier frase sin descubrir que ya ha sido debidamente patentada y sometida al derecho de propiedad.

Primero se autorizó la propiedad de variedades de plantas cultivadas o animales de crianza para luego autorizar la propiedad sobre las sustancias de los seres vivos, abriendo el camino al pillaje neoimperialista: el problema no es que un Dios todopoderoso vaya a enfadarse por manipular y privatizar su obra, el ADN por ejemplo, sino que hemos atravesado la frontera que separa los fenómenos naturales del derecho a la propiedad. Si Lavoisier hubiese contado con nuestro sistema legal y de valores, no hubiese dudado en patentar el oxígeno nada más descubrirlo. Lo mismo hubiese podido hacer Einstein con la teoría de la relatividad, confundiendo lo que es un descubrimiento con un invento-mercancía. Sin embargo no lo hicieron, al contrario, divulgaron sus descubrimientos favoreciendo revoluciones técnicas y científicas.

Hoy el mapa de la propiedad intelectual y la patente sobre el conocimiento es mucho más sombrío que entonces. La privatización de las innovaciones contradice el propio discurso liberal sobre los beneficios de la competencia y supone, más que nunca, una traba tanto para la libre competencia como para la libre cooperación. Asistimos como espectadores al proceso mediante el cual el capitalismo, a través de sus agentes más poderosos (las multinacionales) colonizan el ser a través del saber.

Desde 1994 este expolio espurio del conocimiento y del arte, además de chocar frontalmente con el ideal individualista de los liberales, pone de manifiesto una de las contradicciones inherentes a la expansión del capitalismo: poco a poco van desapareciendo los países colonizadores y van quedando sólo colonias, sometidas al nuevo poder imperial-colonizador: las trasnacionales. Cuando la información, el conocimiento científico, el arte y el entretenimiento están controlados por un puñado de personas nada neutrales empeñadas en convertir los inventos, descubrimientos, telediarios, películas, canciones, cuadros, ensayos, novelas y estudios en plataformas para la publicidad, en fuentes de beneficio y transmisión de la cultura del consumo, poco importa cada cuantos años se vote. De nada sirve empeñarnos en sostener la imagen democrática de nuestras sociedades capitalistas cuando el propio acto reflexivo se ve condicionado, incluso determinado, por las leyes del mercado.

lunes, 4 de enero de 2010

Cuba en la vanguardia de la historia (Atilio Borón)

Es una tarea ciclópea resumir en unas pocas líneas el significado de un algo tan especial como la Revolución Cubana, que el viejo Hegel no hubiera dudado un instante en caracterizar como un acontecimiento “histórico-universal.” Una revolución que destruyó mitos y prejuicios profundamente arraigados: que la revolución jamás podría triunfar en una isla situada a 90 millas de Estados Unidos; que el imperialismo jamás permitiría la existencia de un país socialista en su patio trasero; que la revolución era impensable en un país subdesarrollado y, para colmo, sin el protagonismo de un partido “marxista-leninista” conduciendo la insurrección de las masas. Todos estos pronósticos, y muchos otros que sería largo enumerar, fueron refutados por el triunfo del Movimiento 26 de Julio y la consolidación y heroica sobrevivencia de la Revolución Cubana.

En efecto: ha sido -y sigue siendo- una hazaña resistir a medio siglo de un bloqueo económico sin precedentes en la historia de la humanidad y que año a año es condenado por casi todos los países de la ONU, con la excepción de Estados Unidos y un puñado de sus indignos “estados-clientes”. Pensemos simplemente lo que hubiera ocurrido en la Argentina (o cualquier otro país) ante un bloqueo de apenas un año, limitando drásticamente desde la importación de bienes esenciales hasta el ancho de banda de la Internet: este país se habría desintegrado producto de la conmoción social y la crisis integral que los sufrimientos y privaciones del bloqueo habrían desencadenado.

Es precisamente por eso que quien no quiera hablar del imperialismo norteamericano y sus políticas de permanente bloqueo y agresión hacia Cuba debería abstenerse de formular cualquier tipo de crítica a la revolución. Es bien importante marcar esta postura porque tanto dentro como fuera de la isla -especialmente el “progresismo bienpensante”, una especie ampliamente difundida en la región- no son pocos quienes disparan sus dardos contra las asignaturas pendientes de la revolución sin hacer la menor mención al influjo radicalmente desestabilizador de la política del imperio. Es cierto que hay mucho por hacer todavía en Cuba pero, ¿cómo explicar esas falencias al margen de un bloqueo de medio siglo cuyo costo, según cálculos muy conservadores, oscila en torno a los 93.000 millones de dólares, una cifra dos veces superior al Producto Bruto de Cuba, más allá de otras consecuencias que trascienden lo económico y que se miden en vidas humanas y en sufrimientos innecesarios e indiscriminados de toda la población? Cualquier crítica a la política, la economía o la sociedad cubana que no comience por un análisis del bloqueo y su demoledor impacto termina siendo -involuntariamente pero eso no importa- objetivamente reaccionaria. Equivaldría, salvando las distancias, a criticar a los judíos que lucharon con extraordinaria valentía y dignidad en la defensa del ghetto de Varsovia por su incapacidad para resistir a los embates de la maquinaria militar de los nazis, explicando su aniquilamiento como producto exclusivo de la situación interna del ghetto e ignorando por completo el contexto más amplio que hizo posible su derrota.

A las restricciones propias del bloqueo habría que agregar, entre muchas otras, el humillante servilismo de la casi totalidad de los países de la región, con la honrosa excepción de México, que ante un úkase del imperio cortaron relaciones con la patria de Martí a partir de 1962, profundizando los efectos deletéreos del bloqueo. Pese a ello, los cincuenta años de la revolución encuentran a Cuba sólidamente a la cabeza en una amplia diversidad de índices de desarrollo social. Este es un asunto que ya se da por descontado pero conviene recordarlo puesto que tales logros se alcanzaron bajo la hostilidad permanente de Estados Unidos y debiendo además sobreponerse a las tremendas consecuencias derivadas de la implosión de la Unión Soviética y la desaparición del Comecón. Los otros países de la región, rutinariamente cubiertos de elogios por la prensa imperialista y sus voceros en el mundo político, registran índices de desarrollo social muy inferiores –en algunos casos vergonzosamente inferiores- a los cubanos pese a que a lo largo de este medio siglo contaron con el permanente apoyo financiero y político de Washington. Un solo indicador habla con elocuencia: la tasa de mortalidad infantil por cada 1.000 nacidos vivos coloca claramente a Cuba por encima de cualquier otro país de las Américas, con un nivel semejante al de Canadá (5/1000) y aventajando a Estados Unidos (7/1000), para no hablar de países como Argentina, Brasil, México en donde estas tasas triplican o cuadruplican a las cubanas.

Este cincuentenario plantea renovados desafíos a la Revolución Cubana, originados en: (a) los grandes cambios que caracterizan a la economía mundial y que provocan la obsolescencia del viejo modelo de planificación ultra-centralizada; (b) la creciente beligerancia de un imperialismo que se enfrenta con renovadas resistencias a lo largo y ancho del globo, sobre todo luego de la crisis global estallada pocos meses atrás; y, (c) la necesidad de renovar el impulso revolucionario y, sobre todo, transmitirlo a las nuevas generaciones. Desafíos que requieren de respuestas innovadoras pero, como el mismo Fidel lo recordara, para nada significa caer en el “error histórico” de creer que “con métodos capitalistas se puede construir el socialismo.” En otras palabras: la indispensable reforma que Cuba necesita no puede significar la reintroducción de métodos capitalistas en la gestión de la economía, como se hizo en China o Vietnam. Cuba, colocada una vez más en la vanguardia de la historia, como a mediados del siglo pasado, deberá transitar por un estrecho sendero en donde se mantenga la planificación de las actividades económicas y el papel rector del estado pero apelando a estructuras más flexibles de planificación y control y a procesos más ágiles de conducción y ejecución. De lo contrario las desigualdades se multiplicarían y la corrupción y la desmoralización resultante de las mismas podrían, al cabo de un tiempo, debilitar irreparablemente el impulso revolucionario y favorecer los planes de la reacción imperialista. Fue ese el mensaje claramente expresado por Fidel en su discurso de Noviembre de 2005 en la Universidad de La Habana. Por eso Cuba está a la vanguardia de la historia, realizando un experimento sin precedentes: reformar al socialismo pero profundizando el socialismo. Al igual que antes, Cuba rompe con todos los manuales y con el saber convencional. Estamos seguros que también en esta oportunidad el éxito rubricará su osadía.

Una reflexión final: imaginemos lo que habría sucedido en América Latina si la Revolución Cubana hubiese sucumbido ante las agresiones del imperialismo o como consecuencia del derrumbe de la Unión Soviética. La respuesta es clara y contundente: en tal hipotético caso nuestra historia habría sido radicalmente diferente. Sin el fuego emancipador preservado heroicamente por Cuba durante medio siglo los pueblos de las Américas difícilmente habrían tenido la inspiración y la audacia para resistir la renovada opresión de que eran objeto y para rebelarse en contra del imperio y sus lugartenientes locales. Fue su vibrante ejemplo el que incendió la pradera de América Latina en los años sesentas, lo que alimentó las grandes movilizaciones que impulsaron el ascenso de la Unidad Popular en Chile y el triunfo de Héctor Cámpora en la Argentina. Fue su ejemplo el que abrió el espacio para el giro radical de Juan Velasco Alvarado en el Perú y para la instauración de la Asamblea Popular y el gobierno de Juan José Torres en Bolivia; fue el rotundo mentís que Cuba le propinó al fatalismo y al inmovilismo lo que nutrió la insurgencia constitucionalista del Coronel Francisco Caamaño Deñó en la República Dominicana ultrajada por el invasor yankee. Fue la inconmovible lealtad y solidaridad de Cuba con todos los pueblos en lucha lo que hizo posible resistir las atrocidades de las dictaduras que asolaron la región en los años setentas y, entre tantas otras cosas, asegurar el triunfo del Sandinismo en Nicaragua y, con el sacrificio de sus hijas e hijos derrotar al apartheid sudafricano y garantizar la independencia de Angola. Fue la inconmovible fortaleza de Cuba la que la convirtió en referencia obligada cuando, a mediados de los ochentas, el continente retomaba el escarpado –¡y todavía inconcluso!- sendero de la “transición democrática” agobiado por el peso de una deuda externa que ya en 1985 la definió en La Habana como “incobrable e impagable”. Ejemplo que adquirió dimensiones gigantescas cuando la isla demostró ser capaz de resistir a pie firme el derrumbe de los mal llamados “socialismos realmente existentes”, desplomados precisamente por no ser socialismos. Y la isla resistió en esos terribles momentos las presiones y los cantos de sirenas de los agentes del imperialismo y sus publicistas (entre los cuales sobresale por su dedicación el lobbista número uno de las transnacionales españolas: Felipe González) que le recomendaban a La Habana “volver a la sensatez” y olvidarse de la revolución, para re-emerger victoriosa, como el ave Fénix en medio de la debacle de la Unión Soviética y el Comecón para animar a los pueblos del mundo entero a decir ¡basta! Es en este escenario, que lleva la marca indeleble de la resistencia de Cuba como una de sus señas de identidad, que irrumpe la Revolución Bolivariana y la figura excepcional de Hugo Chávez, mientras que más al sur Rafael Correa ponía en marcha su Revolución Ciudadana y en la Bolivia del Che un extraordinario dirigente cocalero, Evo Morales, se proyectaba como el líder de un pueblo en pos de una reivindicación que se le debía desde hacía más de cinco siglos. Hay también otros procesos en marcha en Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay y, en general, en casi toda nuestra geografía. Con características externas diferentes según los casos pero, invariablemente –al menos en el espíritu de los pueblos- como expresión de un intransigente rechazo al imperialismo, al capitalismo y las políticas neoliberales que rara vez se refleja en las políticas que propician esos gobiernos.

Todo esto no habría sido posible si Cuba hubiera sido derrotada en Girón, o si sus hombres y mujeres hubiesen defeccionado, abandonando sus ideales, ahogando la antorcha que con tanto esfuerzo y dignidad sostuvieron en alto durante medio siglo. Por eso la deuda de los pueblos latinoamericanos –y en gran medida también los del África Sub-sahariana- con la Revolución Cubana es inmensa. Una revolución cuyo internacionalismo la llevó a apoyar a todos los movimientos de liberación nacional de América Latina y el Caribe, a todos los gobiernos que sinceramente se proponían cambiar las vetustas e injustas estructuras de nuestras sociedades y a derrotar, empuñando las armas, a los fascistas sudafricanos apoyados por las “democracias occidentales” bajo la conducción de Estados Unidos. Y como si todo lo anterior no fuera suficiente hoy Cuba inunda al Tercer Mundo de médicos, enfermeros, maestros, instructores deportivos; una revolución que siembra educación, salud y vida, contra un imperio y sus aliados que siembran ignorancia, destrucción y muerte. Por eso, y por tantas otras cosas que sería imposible siquiera nombrar, vaya nuestra eterna gratitud para con el pueblo y el gobierno cubanos, para Fidel y para Raúl, y antes para el Che, para Camilo, para Haydée, y tantos otros héroes anónimos, cubanas y cubanos que con su lucha cotidiana y su tenacidad de hierro hicieron posible la sobrevivencia de la revolución y el renacimiento de las perspectivas del socialismo en América Latina.

Atilio Borón, 2-1-2009, extraído de:

http://agora-la-revista.blogspot.com/

Entrevista a Eduardo Galeano (Ana Delicado, diario Público)

El escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano se consagró hace casi 40 años con el libro Las venas abiertas de América Latina, la obra que el presidente venezolano, Hugo Chávez, escogió para regalarle a su homólogo estadounidense, Barack Obama. Pero la fascinación que Galeano despierta perdura hasta hoy. Un testimonio cotidiano de esa admiración: durante la entrevista, que se realiza en un café de Buenos Aires, un hombre se acercó con discreción con su hija y se sentó en una mesa cercana para poder escucharle. Su último libro, Espejos, habla de un mundo contradictorio que tiene miedo de mirarse, y de reconocerse.

¿Cómo define América Latina?

Es una tierra de encuentros de muchas diversidades: de cultura, religiones, tradiciones, y también de miedos e impotencia. Somos diversos en la esperanza y en la desesperación.

¿Cómo incide esa variedad en el presente?

En estos últimos años hay un proceso de renacimiento latinoamericano en el que estas tierras del mundo comienzan a descubrirse a sí mismas en toda su diversidad. El llamado descubrimiento de América fue, en realidad, un encubrimiento de la realidad diversa. Este es el arcoiris terrestre, que ha sido mutilado por unos cuantos siglos de racismo, de machismo y de militarismo. Nos han dejado ciegos de nosotros mismos. Es necesario recuperar la diversidad para celebrar el hecho de que somos más que lo que nos dijeron que somos.

¿Esa diversidad puede ser un impedimento para la integración?

Creo que no. Toda unidad fundada en la unanimidad es una falsa unidad que no tiene destino. La única unidad digna de fe es la unidad que existe en la diversidad y en la contradicción de sus partes. Hay una triste herencia del estalinismo y eso que llamaron socialismo real a lo largo del siglo XX que ha traicionado la esperanza de millones de personas justamente porque impuso ese criterio, el de que la unidad es la unanimidad. Se confundió así la política con la religión. Se aplicaron criterios que eran habituales en los tiempos de la Santa Inquisición, cuando toda divergencia era una herejía digna de castigo. Eso es una negación de la vida. Es una suerte de ceguera que te impide moverte porque el motor de la historia humana es la contradicción.

¿La diversidad puede establecer caminos de vida irreconciliables?

No siempre. En cualquier caso, no hay que tenerle miedo a la verdad de la vida. Hay que celebrarla, porque lo mejor que tiene la vida es su diversidad. El sistema que domina el planeta nos propone una opción muy clara. Hay que elegir, a ver si querés morirte de hambre o de aburrimiento. Yo no me quiero morir de ninguna de las dos. El sistema dominante de hoy nos impone una verdad única, una única voz, la dictadura del pensamiento único que niega la diversidad de la vida y que por lo tanto la encoge, la reduce a la casi nada. Lo mejor que el mundo tiene está en la cantidad de mundos que él alberga, y eso vale a su vez para América Latina. Lo mejor de ella es la cantidad de Américas que contiene.

Hablaba de un redescubrimiento latinomericano. ¿Un ejemplo?

Bolivia, con Evo Morales, ha redescubierto su diversidad con mucha dignidad y con el orgullo de decir: “Somos diversos, y somos indígenas. Pero no sólo indígenas. Somos diversos”. Claro que Bolivia es un país como Paraguay, y hasta cierto punto Uruguay, sometido en cierta medida al peso avasallante de los vecinos grandes, y sobre todo de Brasil, que hoy por hoy se opone a que en el Banco del Sur cada país tenga un voto.

¿Cuál es la fuerza de ese proyecto?

El Banco del Sur es la base financiera de la unidad latinoamericana, un proyecto de Chávez, por cierto. Nace como una respuesta a la dictadura financiera del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, en donde no rige el sistema de “un país, un voto”. Los votos dependen del capital invertido: tanto dinero, tantos votos, de modo que el Fondo está dirigido por cinco países, y el Banco por ocho, aunque uno se llame Mundial y el otro Internacional.

¿Se puede recuperar un funcionamiento democrático?

Es muy difícil, por la sencilla razón de que la democracia ha sido más formal que real en los procesos históricos latinoamericanos; y en las democracias, para que lo sean de verdad, no tienen que regir relaciones verticales o jerárquicas, donde hay un mandón y un mandado. Tienen que ser horizontales, solidarias, entre iguales capaces de respetarse y reconocerse, porque la verdad es que no nos conocemos. Tenemos que conocernos para empezar a reconocernos, para saber todo lo que podemos aprender del otro. Desde la conquista española hemos sido entrenados por imperios sucesivos para la ignorancia mutua, para el divorcio y el odio mutuo. La especialidad latinoamericana es la guerra de vecinos.

Brasil puede argumentar que, puesto que es más grande, debe tener más voz.

Eso parte de la base de que la grandeza coincide con lo grandote. Mi experiencia me enseñado que la grandeza no habita lo grandote. Está escondida en la gente anónima, en el día a día que parece insignificante e indigno de atención. Lo grandote suele ser muy mezquino y de alma chiquita. No quiero decir que Brasil tenga alma chiquita, pero no hay que confundir dónde está la grandeza brasileña, que reside en alguna de sus gentes peor tratadas.

¿Héroes anónimos?

En una charla me preguntaron cuál era mi héroe preferido. Yo dije: “El día que me iba al aeropuerto para iniciar este viaje tomé un taxi, y estuve conversando con el conductor. El taxista trabajaba en el taxi entre 10 y 12 horas, pero después tenía otro empleo. Dormía entre tres y cuatro horas por día para dar de comer a sus hijos. Para él no existían los domingos, ni se acordaba de qué eran”. Ese es mi héroe preferido.

Decía antes que el motor de la historia humana es la contradicción. ¿Cree que hay contradicciones dañinas?

No tiene por qué ser así. Toda contradicción es una señal de movimiento. Lo que sí hay son injusticias objetivamente dañinas. En América Latina, el abismo que separa a los que tienen de los que necesitan, a la minoría dominante de la mayoría dominada, es cada vez mayor. Esta es una región desigual en un mundo cada vez más injusto, donde los hambrientos superan los 1.000 millones de personas.

¿Observa hoy día un cambio significativo en América Latina?

Sí. Está ocurriendo algo muy lindo, que es una suerte de exorcismo colectivo de los viejos demonios. Y de algunos nuevos también. Uno de los que dejó la herencia colonial fue la cultura de la impotencia, que te mete la idea en la cabeza de que “no se puede”. Y eso vale para los países pobres y para los ricos. Porque Venezuela es un país objetivamente rico, tiene petróleo, pero tiene metido adentro ese concepto de la impotencia contra el que ahora se intenta luchar. Es difícil, porque la cultura del petróleo te entrena para comprar y no para crear.

¿Qué quiere decir?

Te entrenan con la idea de que no hay que tomarse el trabajo de crear las cosas si se las puede consumir comprando. Es la cultura de consumo, no de creación. Nace de la cultura de la impotencia, que es la peor de las herencias coloniales. Te enseña a no pensar con tu cabeza, a no sentir con tu propio corazón, y a no moverte con tus propias piernas. Te entrena para andar en silla de ruedas, para repetir ideas ajenas y para experimentar emociones que no son las tuyas.

¿Son diferentes las izquierdas de América Latina?

Hay de todo, por suerte, justamente porque somos diversos. Por eso es muy injusto generalizar, sobre todo cuando la generalización proviene de miradas ajenas, que miran juzgándote, y juzgándote te condenan. Hay un complejo de superioridad que tienen los países dominantes en el mundo, que se sienten en condiciones de obligar a los demás a rendir exámenes de la democracia, que son los grandes maestros para decidir quién es demócrata y quién no, qué procesos están bien y cuáles están mal. Y cuando esos profesores de democracia vienen a juzgarnos, a mirarnos desde afuera y a condenarnos de antemano, están ejerciendo un derecho de propiedad que es uno de los derechos más repugnantes de todos.

¿Qué diferencia hay entre los presidentes de Venezuela, Ecuador y Bolivia?

Muchas, porque son expresiones de tres países diferentes. La lista de diferencias es interminable. Pero no es tan interminable la lista de las coincidencias de países que están buscando caminos de liberación después de siglos de opresión y de negación de sí mismos. Son experiencias diferentes de tres países que deciden dejar de escupirse al espejo, dejar de odiar su propia imagen, dejarse de mirar con los ojos de los que los desprecian.

¿Qué papel cumple Brasil en esto?

Uno muy importante, pero el problema es la tentación de una palabra abominable: el liderazgo. Todos los países se atribuyen la intención de ejercerlo y esto genera relaciones contaminadas por el orden jerárquico que niega la igualdad de derechos. Yo no quiero que nadie sea mi líder. No quiero mandar ni ser mandado. No nací para obedecer. Nací para ejercer mi libertad de conciencia. No puedo aceptar la idea de que entre las personas o entre los países haya conductores o conducidos. Hay que ir hacia una sociedad de veras libre.

¿Qué opina de la reelección presidencial?

No me gusta mucho, porque implica cierto apego al poder y eso no es aconsejable en ningún ámbito. El poder en sí, aunque sea un poderito, envenena bastante el alma. Sé que hay que ejercerlo, pero sabiendo que es peligroso. El poder genera monarquías, poderes absolutos, voces que sólo escuchan sus propios ecos incapaces de escuchar otras voces.

¿De dónde procede ese intento de perpetuarse en el liderazgo?

En Europa esto lo atribuyen a la herencia del caudillismo en América Latina, al subdesarrollo, a la ignorancia, a nuestra tendencia al populismo y a la demagogia. Pero hay que asomarse a la historia de los países dominantes para ver hasta qué punto ellos han estado sometidos a la voluntad, por ejemplo, de un tipo complemente loco como Hitler. Es inverosímil: en el país más culto de Europa, millones de personas lo aclamaban. Y los líderes de ahora, ¿qué tienen que venir a enseñarnos? Uruguay tiene una democracia más antigua que la mayoría de los países europeos. Y en materia de derechos humanos, conquistó antes que Estados Unidos y que muchos países europeos la jornada laboral de ocho horas, el derecho al divorcio, y la educación gratuita y obligatoria.

¿Por qué no hay apenas relación entre América Latina y África?

Es un escándalo. Eso proviene del sistema educativo y de los medios de comunicación. En la mayoría de países de América Latina hay una influencia africana enorme: en la cocina, el deporte, el lenguaje, el arte. Y sin embargo nosotros, de África, no sabemos nada.

¿Por qué?

Por racismo. Sabemos lo que nuestros amos de siglo en siglo han querido que supiéramos, y de nosotros ignoramos casi todo porque a ellos les convenía. Por ejemplo, no les convenía que supiéramos que aquellos esclavos que llegaron de África cargados como cosas traían sus dioses, sus culturas. De todos modos, el desvínculo con África que nació del racismo y la explotación esclava no es latinoamericano, sino de todas las Américas. Por eso me pareció digna de celebración la elección de Obama, aunque luego lo que ha hecho no me convence demasiado.

¿Qué representa Obama?

Uno de mis maestros, don Carlos Quijano, solía decir: “Todos los pecados tienen redención. Todos menos uno. Es imperdonable pecar contra la esperanza”. Con el tiempo aprendí cuánta razón tenía. Lamentablemente, Obama está pecando contra la esperanza que él mismo supo despertar, en su país y en el mundo. Aumentó los gastos de guerra, que ahora devoran la mitad de su presupuesto. ¿Defensa contra quién, en un país invadido por nadie, que ha invadido y sigue invadiendo a casi todos los demás? Y, para colmo, ese chiste de mal gusto de recibir el Nobel de la Paz pronunciando un elogio de la guerra.

¿Cuáles son, en su opinión, los miedos del siglo XXI?

El arte de narrar nació del miedo de morir. Está en Las mil y una noches. Cada noche, Sherezade iba cambiando un cuento por un nuevo día de vida. Pero también creo que el miedo de vivir es peor que el miedo de morir. Y me parece que el asunto, en este mundo y en este tiempo, es ese: el miedo de recordar, el miedo de ser, el miedo de cambiar. O sea: el miedo de vivir.

¿Ve un ejemplo de ese miedo en la Cumbre de Copenhague?

Los asesinos del planeta derraman de vez en cuando alguna lágrima, para que la platea sepa que también tienen su corazoncito. Pero es puro teatro. Bien saben que los modelos de vida de hoy, que ellos imponen, son modelos de muerte. Me pregunto a qué planeta se mudarán estos elegidos del Señor cuando terminen de exprimir la Tierra hasta la última gota.

3-1-2010