miércoles, 12 de enero de 2011

Todos amamos al Gran Hermano

Hace pocos días emitía por última vez CNN+. El motivo esgrimido para justificar el cierre del canal y el despido de sus trabajadores fue (sorpresa, sorpresa) de índole económico. El espacio de emisión que ocupaba la CNN+ pertenece ahora al Gran Hermano (literalmente).

Al común de los ciudadanos se nos presenta este hecho como una nueva obra de la razón: CNN+ pertenecía a una empresa, a un conglomerado de inversores, el grupo PRISA. Sus directivos consideraron que el rendimiento económico del canal era insuficiente, incluso amenazaron a sus accionistas con pérdidas. Solución: deshacerse del lastre. Pura lógica capitalista (lo que ellos han bautizado pomposamente como "comportamiento racional").

CNN+ era una empresa, sí, controlada por un conglomerado empresarial formado por otras empresas, grandes inversores, bancos, amiguetes de la familia Polanco, etc. Pero el hecho de que ocupase una frecuencia pública para emitir (en este caso a través de la TDT) que no tiene otro propietario que la totalidad de los ciudadanos, significa que sea quien sea la que emite (instituciones públicas o privadas) usando ese espacio, necesariamente asume unos deberes además de unos derechos. El principal de estos deberes hoy por hoy es el de contribuir a la expansión y desarrollo de la cultura. Imponer una serie de deberes en ningún caso supone atentar contra la libertad de expresión, sino todo lo contrario: estas empresas tienen la capacidad de entrar en nuestros hogares a cualquier hora, de influir en lo que pensamos y hablamos (tanto ideológicamente como en cuanto a la selección de los temas que discutimos día a día), de educarnos en una serie de valores u otros, de construir un tipo de ciudadanía u otra... Los deberes que socialmente imponemos a estas empresas son el escudo que posee la ciudadanía contra el alienamiento y el consumismo exacerbado que nos proponen los medios capitalistas.

En el caso de CNN+, la contribución a la cultura venía dada por la transmisión de información en formato telediario. Así, entre anuncio y anuncio, el canal se presentaba a sí mismo como un "eco" de la realidad, una fiel reproducción de lo que ocurre "ahí fuera" (más allá de tu hogar y tu puesto de trabajo, suponiendo que se tengan alguna o ambas cosas). Evidentemente esto no es cierto, no entraré a analizarlo con profundidad, baste con decir que, como toda empresa, CNN+ estaba comandada por una serie de sicofantes que no obedecen más que a las leyes del capital, que son esclavos de una lógica perversa que ignora la necesidad humana, la voluntad de cada ciudadano, el interés o la voluntad general, incluso las leyes y a los representantes políticos cuando resultan incómodos (lo que rara vez ocurre). Una empresa, se dedique a lo que se dedique, está atada al interés particular que, bajo condiciones capitalistas, no es otra cosa que el afán por obtener más capital, más mercancías. Pero supongamos por un momento (al menos porque así lo pretende gran parte de la población) que CNN+ no mentía cuando hablaba de sí misma: supongamos que se trataba de un marco a través del cual el espectador podía expandir su horizonte de conocimiento. Hagamos el salto de fe que nos pedían diariamente y asumamos que en lugar de crear y destruir a su antojo la realidad simplemente la transmitía y la analizaba. Entonces, la imprescindible función social de esta empresa estaría clara: crear ciudadanos conocedores de su entorno, con capacidad crítica para discernir entre realidad y apariencia, conectados entre sí por algo más que el lenguaje y la proximidad. Es a cambio de esto que puede el capitalista hacer beneficio de un medio de comunicación como CNN+, estos deberes no pertenecen al tragicómico mundo de la "responsabilidad empresarial". Se trata de un deber social.

Volvamos ahora a los motivos del cierre del canal: en ningún momento se ha esgrimido otro argumento que el económico. No resulta chocante y como ya hemos visto parece lógico y racional si nos olvidamos de que el capitalismo tiene su propia lógica. Tampoco resulta novedosa la reacción de los grandes medios, siempre coherentes con la lógica del capital. Lo que no deja de sorprenderme (aunque la experiencia no deja de darme de bofetadas en este sentido) es la reacción de la mayoría de la ciudadanía, al menos de aquella gran parte que verdaderamente cree en la necesidad de que existan canales como CNN+ (estuviese o no de acuerdo con sus planteamientos concretos y su visión de la realidad): pocas voces apuntan más allá de la indignación que todos sentiríamos si sustituyen en los supermercados nuestra marca favorita de cereales por otra que nos disgusta para siempre. Alguna voz de protesta seria se ha escuchado por encima de los ladridos mediáticos, pero la mayoría de las que el constante bombardeo de información nos ha permitido oír no provenían de la ciudadanía ni de los periodistas. Las quejas (pocas veces vindicaciones, nunca exigencias) venían de consumidores, tristes por no poder seguir con el consumo de la marca que les había convencido. En los grandes medios predominan los lamentos envueltos en un aura de inevitabilidad: "si ya se que es cosa de la crisis, pero era lo que veía después de comer" y comentarios por el estilo.

Aún recuerdo cuando vivimos durante unos meses la campaña contra Chávez en la que se le acusaba de pretender cerrar un canal de televisión por ser "crítico" con el "régimen chavista", cosa que nunca ocurrió (por mucho que pataleen medios de comunicación, títeres demagogos y consumidores sectarios): ni el canal era crítico (sino golpista) ni fue cerrado (sino que se convirtió en canal de pago). Pese a tratarse de otro país, cuando la mentira se hizo verdad a base de ser repetida, los "creyentes" estallaron de indignación: "¡Que atentado contra la libertad de expresión!", "Chávez es un dictador", etc. Un cabreo popular y mediático coherente, lógico, natural, necesario... si la noticia hubiese sido real. Aunque el pensamiento único busca atomizarnos, convertirnos en meros individuos que luchan en una especie de estado de naturaleza hobbesiano, todavía somos sociedades, todavía somos seres empáticos y todavía queda algo de solidaridad en nuestros cuerpos. Si asumimos que la noticia era real, la reacción estaba más que justificada pese a la distancia.

Regresemos al Estado español: hete aquí que el canal de televisión cierra de verdad en nuestro país, pero curiosamente no levanta escamas, no revienta ampollas, diantres, ni si quiera despeina a nivel mediático. ¿Cual sería la diferencia entre el caso venezolano y el español, asumiendo que se cerró el canal venezolano? Respuesta: el actor protagonista y el motivo del cierre. En Venezuela, el que supuestamente cerraba el canal (cuando simplemente no se les renovó la licencia para emitir en abierto) era el gobierno. En el caso español, las altas esferas de un gran grupo mediático. En el caso venezolano, los motivos esgrimidos por el gobierno eran distintos a los que repetían los medios: el primero recordaba que no renovaba la licencia porque el canal colaboró activamente en un golpe de Estado e hizo llamamientos al magnicidio; los medios de comunicación hablaban de cerrar el canal porque era crítico con el gobierno. En el caso español todos los medios repiten lo mismo (o repetían, la noticia tan pronto vino como se fue), es decir, que no había otra salida y que lamentan el cierre de CNN+.

Pero esto no es todo. En Venezuela, el espacio de emisión en abierto que dejaba el canal que pasaba a ser de pago, fue inmediatamente ocupado por un proyecto público internacional apoyado por los gobiernos de Venezuela, Cuba, Bolivia, Ecuador, Argentina, Brasil y Nicaragua entre otros: TeleSur (no puedo evitar recordar que en Colombia fue prohibida su emisión por el gobierno de Uribe). Un canal dedicado a la cultura y las noticias "no noticiables" para el resto de canales, sin anuncios comerciales, no sometida a las normas de banqueros y publicistas. En el Estado español, por contra, el canal CNN+ (cerrado de verdad) ha sido sustituido por el programa Gran Hermano, convertido ahora en canal 24 horas.

Hemos sustituido una ventana al mundo (sigo con el salto de fe considerando que CNN+ transmitía más que manipulaba) por una rendija hacia el interior de una casa. No hay espacio ni tiempo (quizá otro día) para describir lo abyecto de Gran Hermano. Si existen las almas, tened por seguro que ver ese programa debe tener sobre ellas el mismo efecto que la heroína sobre el cuerpo. Pero no hace falta irse tan lejos: los valores, estilos de vida, conversaciones, tertulias y debates posteriores, las cámaras y los focos... todo ello forma un complejo "collage" idiotizante que nos hace perder horas de vida y cordura. Aún más, este programa es una de las formas que tenemos de practicar el fascismo desde nuestro propio hogar (ya no hace falta ni nigunear ni pegar a tu mujer o a tu novia): dándole a un botón, a través del canal de Gran Hermano, podemos observar a otros sin que lo sepan, sin que nos miren (es lo que Gunther Anders bautizó como "desnivel prometeico"). Podemos controlar sus movimientos en la más absoluta intimidad violando sistemáticamente la suya, casi sin movernos. Convertimos a los participantes en ratones del laberinto que construye el canal de televisión con nuestra inestimable ayuda, impulsando y fomentando delirios de grandeza, voluntad de control, ánimo inquisidor dirigido a la nada. Y nosotros, los espectadores, nos convertimos en las ovejas dóciles que empresarios y políticos necesitan para seguir moviendo y acumulando el capital.

Se supone que vivimos en la "sociedad de la información", pero ¿qué clase de información es esa que nos constituye? Si con la CNN+ obteníamos cierto grado de desinformación y manipulación acerca de determinados acontecimientos que ocurren a través del globo, con Gran Hermano hemos dado un paso más en lo que parece una tendencia irreversible en condiciones capitalistas: hablar de nada ¡durante 24 horas! Por supuesto, además de mantenernos ocupados en temas en los que da exactamente igual qué opinemos ("me gusta más el pepino que la patata"), este tipo de programas resultan altamente rentables (resultan mucho más baratos que mantener enviados especiales y equipos de investigación, por ejemplo).

Al final, un hecho capitalista que no tendría por qué afectarnos socialmente (la compra de una empresa o una marca por otra empresa), resulta en una concentración del poder mediático (proceso que afecta a gran parte del mundo, en especial a Europa, desde que comenzó la crisis) en este caso en el grupo de Berlusconi. Como añadido, nos sustituyen un tipo de información que afectaba directamente a la libertad de expresión y de conciencia por otro que nada tiene que ver, que se basa en la nulidad de la conciencia racional y en el puro placer pervertido-fascistoide.

¿Dónde está el cabreo popular? Algo hay. Pero, ¿dónde está el cabreo mediático? ¿Dónde está ese clamor, ese fuego, que juntos despilfarramos contra Chávez? No está. ¿Qué lección obtenemos, qué aprendemos si relacionamos el caso venezolano y el español? Una muy dura: como ciudadanos la mayoría no estamos dispuestos a que ningún gobierno cierre un canal de televisión privado, sea cual sea el motivo, porque atenta contra la libertad de expresión. Sin embargo, la mayoría estamos más que dispuestos a aceptar que sea un grupo de empresarios el que lo haga, sin más motivo que su propio bolsillo. Quizá sea la hora de replantearse todos los términos que la tradición mantiene dentro del ámbito político: dictadura, totalitarismo, libertad de expresión... Parece que hemos aprendido la lección histórica según la cual no podemos permitir que un gobierno controle los medios a través de los cuales nos comunicamos y nos informamos los ciudadanos. Pero todavía no parece que seamos capaces, como sociedad, de ver el obstáculo que supone el capitalismo para hacer efectivos términos como la "libertad de expresión" y para desterrar otros como el de "dictadura".

Al final, tanto CNN+ como Gran Hermano eran o son parte del entramado mediático capitalista artífice del milagro que para ellos (los capitalistas) supone que hoy seamos los seres humanos más desinformados de la historia pero, paradójicamente, nos consideramos los más y mejor informados. O quizá no sea para nada paradójico: la ignorancia nos permite asumir apariencias como si se tratasen de hechos palpables. Pero esto no nos puede llevar a obviar las brutales diferencias que existen entre los conceptos de "información" que maneja cada canal de televisión, por muy capitalistas que sean las empresas que controlan esos canales. No es lo mismo debatir sobre la manipulación de CNN+ o sobre alguna de sus noticias que sobre el grano en el culo de Fulano o de que Mengana en realidad es un hombre. No obstante, parece que hemos decidido como sociedad que los caminos del capital son inescrutables.

Ciudadanos y ciudadanas del mundo, ¡pensad, leed, luchad! Último aviso...

domingo, 26 de septiembre de 2010

La marca España

En 1936, unos cuantos militares se levantaron contra el gobierno de la República. Intentaron dar un golpe de Estado que debido a la tenacidad, sacrificio y coraje de un pueblo que no estaba dispuesto a renunciar a su dignidad, se acabó convirtiendo en una guerra civil. Uno de los lemas del bando que pronto se bautizó a sí mismo como los "nacionales", fue "¡Salvemos la patria!". El país estaba en peligro: los "comunistas" (palabra que perdió el sentido original para acabar abarcando a toda la izquierda, desde socialdemócratas hasta anarcosindicalistas, convirtiéndose en sinónimo de "enemigo") amenazaban con "romper España". En defensa de una nación se inició una cruenta guerra seguida de 40 años de represión y reeducación política. Se acusaba a la izquierda en general de pretender abolir la nación y en defensa de esta se levantaron los militares.

Pero aquellos fascistas ultranacionalistas se equivocaban. No es la izquierda anticapitalista la que ha supuesto un grave peligro para la patria, pese a su carácter internacionalista. Es precisamente la derecha capitalista la que se benefició del franquismo y la que se ha encargado de convertir en carne la pesadilla del nacionalismo: han destruido la patria. Hoy, para el 90% de la población, la patria no existe más allá de la aduana, las leyes de extranjería y el equipo de fútbol. Es la situación en la que se encuentra prácticamente el mundo entero tras décadas de reformas y ajustes patrocinados por el FMI y el Banco Mundial. Millones de personas tratan de abandonar sus hogares y viajar miles de kilómetros para obtener un sueldo miserable. Para miles de personas no hay más patria que el campo de concentración dedicado a "indocumentados" o el desierto donde se les abandona tras expulsarles. Si ayer Zizek nos advertía de que corríamos el riesgo de convertir al mundo entero en Repúblicas Bananeras a merced de grandes multinacionales, hoy podemos decir que pecaba de optimista.

Hace unos días Zapatero viajaba a China y Japón en visita oficial. El objetivo del presidente español, al contrario de lo que se pueda pensar, no era representar a su pueblo en el extranjero, sino "vender la Marca España", según sus propias palabras. El Instituto Elcano nos explica qué es eso de la "Marca España":

"La iniciativa del Proyecto Marca España responde a la necesidad de coordinar las distintas actuaciones públicas y privadas sobre la marca España, de transmitir a las empresas e instituciones la importancia de tener una buena imagen de país, y de informarles sobre cómo comunicar y 'vender' la nueva realidad de España. [...] El objetivo común consiste en no dispersar esfuerzos y mantener la coherencia en los mensajes para construir una nueva imagen de España que no sólo mejore la proyección económica del país, sino que transmita la nueva realidad política, social y cultural de España, con sus características de modernidad, creación artística, dinamismo y potencia económica y cultural. Este objetivo es de vital importancia en estos momentos, ya que la imagen de España, aunque está evolucionando positivamente, es en su mayor parte confusa, estereotipada e insuficiente y no ofrece fortaleza competitiva."

En otras palabras: además de someter la realidad política, social y cultural de España a la voluntad de los mercados internacionales, lo cual no es nada nuevo, lo que se pretende es sustituir el nombre "España" por la marca "España". Esta cuestión parece mínima, pero está íntimamente relacionada con la primera. Si una persona pretende apoderarse de algo, nos recordaba Santiago Alba Rico ("Marcas o nombres"), lo normal es que lo "bautice", le ponga nombre para apropiarse de ello, como hacía Colón con las tierras que "descubría", o como hace un granjero con sus tres vacas. Pero los nombres juegan un papel peligroso si lo que se pretende es el domino absoluto: lo mejor para estos casos es dejar sin nombre lo que se pretende dominar. Se puede sustituir por un número, por ejemplo, como ocurre con los presos en las cárceles. O se puede marcar el objeto o sujeto dominado. Una marca, por ejemplo, puede ser el labio destrozado de una mujer, la forma en que su marido deja constancia de que es su posesión. Siguiendo el ejemplo del granjero, si en lugar de vivir en base a tres vacas se dedicase a la ganadería industrial, no le interesaría nombrar a sus vacas una por una, sino marcarlas con un símbolo que las distinguiese como suyas.

Este es uno de los peligros del capitalismo: las grandes multinacionales no venden productos, lo que venden son marcas. Estas marcas, que se presentan como el medio para alcanzar el estilo de vida que esas mismas empresas nos hacen desear, acaban marcando a los consumidores que se las pueden permitir. Cuando un portero de la discoteca de moda mira al sujeto que está intentando entrar, no está buscando lunares o deformidades que le den pie a expulsarle. Lo que busca es la marca que porta el sujeto, que lo despersonaliza, que le quita el nombre, y así comprobar si ese espectro es de fiar. No es la cara del sujeto ni la cantidad de gomina que lleve en el pelo lo que explora inquisitivamente el portero, sino la marca que determina hasta qué punto el sujeto que pretende entrar ha dejado de ser persona para convertirse en parte del rebaño sin bautizar, sin nombre pero orgulloso portador de una marca que es símbolo de su ausencia, de su alienación. La marca le da al portero una ligera idea del nivel de renta y de los círculos sociales en los que se mueve el sujeto que intenta entrar en la discoteca. Si lo que ve coincide con el objetivo de la empresa, el marcado pasará. Es el mismo proceso que se practicaba en la Alemania nazi, con una diferencia: allí el que portaba la estrella, la marca del judío, no podía entrar en casi ningún establecimiento, ni a comprar pan. Hoy se nos exige estar marcados para poder continuar y sólo unos cuantos pueden permitirse "marcarse" con aquellas marcas que abren más puertas.

La idea es, por tanto, convertir al país entero en una marca, en un producto destinado al mercado. Hoy por hoy, en lo que alguna vez fue o pudo ser España, no llegamos ni al nivel de República Bananera, somos la imagen de un producto que ni si quiera es nuestro porque está destinado a ser comercializado. Por eso es comprensible que, si Zapatero viaja a China y Japón para vendernos, no escuchemos en los medios de comunicación capitalistas ni una sola crítica al régimen chino o japonés (y por supuesto tampoco hacia Zapatero por viajar con tales intenciones a Asia). Se trata de mercados demasiado suculentos como para ensuciar con la sombra de la dignidad la marca con la que se pretende obtener cuantiosos beneficios. Paradójicamente, en varios de estos medios comentaban de pasada el hecho de que faltaban críticas, al menos sobre las violaciones de los derechos humanos (de las que no se olvidaron, por ejemplo, en los juegos olímpicos), como si no estuviese precisamente en su mano que estas críticas tengan un espacio en las noticias u otro programa. Es otro claro ejemplo de cómo se articulan tanto el sector privado como el público para satisfacer al mercado. Y esa es las idea final de la marca España: una coordinación absoluta para vender el ex-país por pedacitos.

Pero Zapatero aun nos tenía otra sorpresa preparada: hace escasos días acudía servil a Wall Street a explicarles a aquellas personas que caminan por encima de la ley, seres superiores según Butragueño, por qué los durísimos ajustes que el PSOE está impulsando en España, con la bendición de la Unión Europea y el FMI, son beneficiosos para ellos más que para los españoles. Según el propio Zapatero, su presencia en la capital de la especulación tenía una fácil explicación: "he venido a vender país", decía. Recordaba a aquella cumbre iberoamericana en la que tanto a Zapatero como a su majestad les faltó tiempo para defender la actividad de las empresas ¿españolas? como Repsol o Endesa, tristemente famosas para los movimientos sociales de la región. La izquierda anticapitalista nunca podrá romper España porque no hay ningún país que romper, sólo quedan marcas y las empresas que las comercializan: el orden mundial caníbal. España no existe.

Democracia, ¿en todas partes, en ninguna parte? (Immanuel Wallerstein)

La palabra democracia es muy popular en estos días. Hoy, virtualmente no hay país en el mundo cuyo gobierno no reivindique ser el gobierno de una democracia. Pero al mismo tiempo, virtualmente no hay país del mundo hoy del que otros –dentro del país y en otros países– no denuncien al gobierno por ser antidemocrático.
Parece haber muy poco acuerdo acerca de lo que queremos decir cuando decimos que un país es democrático. El problema es muy claro en la misma etimología del término. Democracia viene de dos raíces griegas –demos, o pueblo, y kratia, dominio, la autoridad para decidir-. Pero ¿qué queremos decir con dominio? ¿Y qué queremos decir con pueblo?

Lucien Febvre nos mostró que siempre es importante mirar la historia de una palabra. La palabra democracia no fue siempre tan popular universalmente. La palabra arribó a su uso común político moderno durante la primera mitad del siglo 19, sobre todo en Europa occidental. En ese entonces, tenía las tonalidades que hoy tiene el terrorismo.

La idea de que el pueblo pudiera de hecho mandar era considerada por las personas respetables como una pesadilla política, soñada por radicales irresponsables. De hecho, el objetivo principal de las personas respetables era asegurarse de que no sería la mayoría de la gente quien tuviera la autoridad de decidir. La autoridad tenía que dejarse en manos de personas que tenían intereses en conservar el mundo como era, o como debería ser. Éstas eran personas con propiedades y sabiduría, que eran consideradas competentes para tomar decisiones.

Tras las revoluciones de 1848, en la cual el pueblo se levantó en revoluciones sociales y nacionales, los hombres con propiedades y competencia se fueron atemorizando. Respondieron primero con la represión, y luego con concesiones calculadas. Las concesiones eran admitir a gente, lentamente y paso a paso, a que votaran. Pensaron que el voto podría satisfacer las demandas del pueblo y en efecto lo cooptaría a que mantuviera el sistema existente.

Durante los siguientes 150 años, esta concesión (y otras) funcionaron hasta cierto punto. El radicalismo fue acallado. Y después de 1945, la propia palabra, democracia, fue cooptada. Ahora todos alegan estar a favor de la democracia, que es donde estamos hoy.

El problema, sin embargo, es que no todo el mundo está convencido de que todos vivimos en países verdaderamente democráticos, en los cuales la gente –todo el pueblo– sean quienes en verdad mandan, es decir, toman las decisiones.

Una vez que se escoge a los representantes, con mucha frecuencia no cumplen las demandas de la mayoría, u oprimen a importantes minorías. La gente reacciona con frecuencia, protestando, con huelgas, con levantamientos violentos. ¿Es democrático que se ignoren las manifestaciones? ¿O lo democrático es que el gobierno se pliegue y se someta a la voluntad del pueblo?

¿Y quiénes son el pueblo? ¿Son la mayoría numérica? ¿O hay grupos principales cuyos derechos deben garantizarse? ¿Deben grupos importantes contar con una autonomía relativa? ¿Y qué clase de compromisos entre la mayoría y las minorías importantes constituyen resultados democráticos?

Finalmente, no debemos olvidar los modos en que la retórica en torno a la democracia se utiliza como instrumento geopolítico. Regularmente, denunciar a otro país de antidemocráticos se usa como justificación para entrometerse en países políticamente más débiles. Tales intromisiones no necesariamente tienen por resultado que lleguen al poder gobiernos más democráticos; son sólo diferentes o tal vez con política exteriores diferentes.

Quizá debamos pensar que la democracia es una reivindicación y una aspiración que no se ha concretado aún. Algunos países parecen ser más antidemocráticos que otros. Pero, ¿acaso hay países que puedan demostrar ser más democráticos que otros?

Immanuel Wallerstein

Traducción: Ramón Vera Herrera



Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2010/09/25/index.php?section=opinion&article=024a1mun

viernes, 3 de septiembre de 2010

La furia española (Marcos Roitman)

El franquismo creó un relato mítico del cual se valió para justificar el alzamiento contra la Segunda República. Los españoles, se dirá, están imbuidos de una sustancia que les hace inmunes al desaliento. Las grandes gestas de su historia sólo se pueden explicar recurriendo a dicho relato. Por consiguiente, el comienzo de la reconquista por don Pelayo, en el año 718, tendrá continuidad en la figura de don Rodrigo Díaz de Vivar, conocido como Cid Campeador, cuyo triunfo en Valencia (1094) lo convierte en gran señor de la lucha contra los moros. De su persona se extrae un compendio de virtudes, las cuales pasarán a formar parte de la historia explicada a los niños durante la dictadura. Fuerte, leal, justo y valiente, prudente y templado, guerrero y culto. Así, el mito cobra fuerza. Más tarde, la reconquista, tras ocho siglos, llega a su fin con el triunfo de los reyes católicos al tomar Granada, último fortín musulmán. Desde ese momento, España, como Estado, tiene una misión que cumplir y los españoles una razón para vivir. La conquista de América le dará esa necesaria cuota de mesianismo. La espada y la cruz. Es el destino que alumbra el nacimiento de una identidad suprahistórica. El propio Francisco Franco se encargará de reforzar el mito de la furia. Bajo el seudónimo de Jaime de Andrade, escribe un guión adaptado para el cine, donde se refleja el espíritu valiente, abnegado que identifica al español de virtudes católicas. Su título es expresivo: Raza.

Los esfuerzos no caerían en tierra baldía. La furia se transformó en una cruzada santa contra el comunismo internacional y sus sempiternos aliados, la masonería y los judíos. El destino obligaba a realizar otra gesta. Evitar la ruptura de España. Tras el fin de la guerra civil, Franco se convirtió en caudillo de España por la gracia de Dios. El golpe de Estado de 1936 se puso al mismo nivel que las acciones emprendidas por Pelayo, el Cid y los reyes católicos. Franco era la unidad de destino en lo universal de la raza española. Tenía poderes sobrenaturales. España podía sentirse orgullosa y segura. Ni las condenas internacionales, ni el aislamiento, eran obstáculos para mantener el camino de muerte y represión trazado por el régimen fascista. Como dirían sus acólitos: después de los reyes católicos, Francisco Franco. Bajo su égida, los españoles retomaron la senda de la espiritualidad. España se convertía en una grande y libre. No existían medias tintas.

Esta interpretación grotesca pero efectiva, encontró un campo abonado para crecer en las lides deportivas. Los triunfos de los atletas españoles en la esfera internacional caerán bajo el paraguas del tesón, la raza y la furia española. El ejemplo más claro de esta manipulación lo encarna Federico Bahamontes, conocido con el mote del Águila de Toledo. En 1959 se convirtió en el primer español capaz de ganar la carrera ciclista, por etapas, más dura y completa del circuito, el Tour de Francia. A su regreso, fue recibido por el caudillo y las calles de Madrid y todo el país se llenaron de gente para festejar el triunfo de la raza y la furia española sintetizadas en Bahamontes. Sin embargo, en los 40 años de dictadura, hubo pocas alegrías. Los atletas españoles participantes en las olimpiadas o en los campeonatos del mundo de futbol, baloncesto, etcétera, se teñían de frustración. Para explicar las derrotas se comenzó a urdir un argumento cuyo eje era el fatalismo y la mala suerte. La furia seguía actuando, pero los elementos jugaban en contra. Siempre había una justificación y se encontraba en factores aleatorios. A falta de triunfos de las selecciones y atletas que representaban a España, se buscó un sustituto. Los clubes de futbol ocuparon el lugar. El Real Madrid se convirtió en la marca España. Sus triunfos en Europa fueron un buen sucedáneo. Así, la furia se rencarnó en las seis copas de Europa ganadas durante la llamada generación ye-ye de los años 60. Igualmente, sus éxitos serían vitoreados en las calles y sus futbolistas y dirigentes recibidos por el caudillo. No fueron los únicos. En deportes individuales, también emergieron figuras esporádicas capaces de ser la viva encarnación de la raza y la furia. Las excepciones también existen. Paquito Fernández Ochoa en esquí, Orantes y Santana en tenis, y Angel Nieto en motociclismo. El mito se nutría de cualquier expresión existente en la estructura social. El orden de la vida social sea el religioso, económico, político, familiar o militar. En la canción, el arte, la pintura, el cine. Los triunfos se vivían como parte de la furia y la raza española. Como es natural, comunistas y opositores al régimen fascista serían despojados de tan dignos atributos, pasando a ser enemigos de la patria.

Hoy, este concepto bastardo de la furia española, aparentemente dormido, se alza para explicar el triunfo de la selección de futbol en el mundial de Sudáfrica. Es el factótum que une. El presidente de gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, es el primero en recuperarlo para explicar el éxito: la furia se ha transformado en una entrega apasionada e inteligente que acompaña un estilo hermoso. Esta selección nos muestra bastante de lo que debe ser nuestro país... Un colectivo sin complejos dispuestos a superar y a dejar atrás, y casi en el olvido, los fatalismo del pasado. Pero, Mariano Rajoy, presidente del Partido Popular, no se queda atrás: Han demostrado que la furia española es mucho más eficaz cuando va acompañada por la paciencia, la perseverancia y el control.

Con estas declaraciones, una ola de nacionalismo ramplón invade las calles. El mito de la furia española goza de buena salud y se reacomoda en la España monárquica y constitucional. Los ideólogos del franquismo pueden estar satisfechos, más allá de sus iniciales connotaciones fascistas, el mundo comparte la caracterización propuesta por el nacionalcatolicismo, los españoles se caracterizan por su raza y la furia contenida en ella. El fascismo gana una batalla más en la guerra por la palabra.


Marcos Roitman

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2010/07/18/index.php?section=opinion&article=022a1mun

lunes, 23 de agosto de 2010

España no es Corea del Norte (Santiago Alba Rico)

He aquí lo que dice el programa del PSOE: “Justicia e igualdad ante la ley os ofrecemos. Paz y amor entre los españoles. Libertad y fraternidad exentas de tiranía. Trabajo para todos. Justicia social, llevada a cabo sin enconos ni violencias, y una equitativa y progresiva distribución de la riqueza sin destruir ni poner en peligro la economía española”.

Es un programa con el que es difícil no estar de acuerdo, salvo porque -reparo ahora en el error- no se trata del programa del PSOE sino de un discurso de Mariano Rajoy, máximo dirigente del PP, ante miles de enfervorizados simpatizantes que en las próximas elecciones lo auparán a la presidencia del gobierno.

Pero no, un momento. He vuelto a equivocarme. Las líneas arriba citadas no pertenecen al programa del PSOE ni a un discurso de Rajoy; forman parte del manifiesto firmado en Sta. Cruz de Tenerife a las 5.15 horas del día 18 de julio de 1936 por... Francisco Franco. Horas después, a lomos de estos principios, el generalísimo desencadenaba una guerra civil que se cobraría la vida de un millón de españoles, a la que seguirían fusilamientos, torturas, encarcelamientos y represalias durante cuarenta años de dictadura.

Entiéndaseme: que Zapatero, Rajoy y Franco utilicen los mismos conceptos -justicia social, igualdad, libertad, paz, todos ellos patrimonio de la izquierda- no disuelve las diferencias de hecho que los separan. No son iguales, pero esta coincidencia ilumina dos fenómenos, uno bueno y otro malo, sin los cuales no es posible entender la gestión política del capitalismo. El bueno es que a todos nos gusta ser justos y razonables. Que haya que mentir en nombre de la verdad, guerrear en nombre de la paz, matar en nombre de la civilización e ilegalizar partidos en nombre de la democracia, significa que la izquierda ha conseguido imponer sus valores como fuente natural de legitimidad: se puede gobernar contra el pueblo, pero no sin él. Incluso Nerón tuvo que renunciar a jactarse de su incendio; incluso Franco tuvo que tomar prestado -como Zapatero y Rajoy- su lenguaje al enemigo.

El malo es que la fuente de legitimidad y la fuente de decisión son líneas asíntotas y que, a fuerza de nombrar la paz, la democracia, la igualdad, la libertad -mientras se miente, se hace la guerra y se silencia a aquéllos a los que se roban las palabras-, esos mismos valores de alcance universal sufren un universal desprestigio. La hipocresía no rinde homenaje a la virtud; la declara simplemente útil; es decir, innoble. Pero la hipocresía de los políticos -el lenguaje “políticamente correcto”, acuñado por los pueblos- indica que aún no se ha tocado fondo. Franco empezó a matar en nombre de la muerte, y no de la vida, en cuanto encontró suficiente resistencia y suficiente apoyo. El fascismo sólo es posible cuando deja de gustarnos ser justos y razonables; cuando -valga decir- la fuente de legitimidad y la fuente de decisión encuentran un punto de intersección en la barbarie.

Franco, Rajoy y Zapatero tienen distintos conceptos de la igualdad y de la libertad. No es su lenguaje izquierdista lo que los funde en un mismo molde. Lo que verdaderamente los une es la única frase de la cita franquista que ningún izquierdista puede rubricar: “una equitativa y progresiva distribución de la riqueza sin destruir ni poner en peligro la economía”, terrible, insultante, macabro oxímoron donde el término “economía”, que significa justamente, o debería significar, “una equitativa distribución de la riqueza”, pasa a definir en exclusiva los beneficios de los bancos, las financieras y las empresas. Esa frase podría ser de Friedman, de Strauss-Kahn, de Díaz Ferrán, de Solbes; nunca de Chomsky o de Galeano. Hay muchas formas, lo sabemos, de gestionar el capitalismo: con partidos o sin partidos, con revistas pornográficas o sin ellas, con reyes, con campos de concentración, con campos de fútbol, con Movimiento o con “movida”. Nadie puede decir que “con Franco vivíamos mejor”, pero sí que lo que hermana al dictador, a Rajoy y a Zapatero -y desacredita la llamada “transición”- es su toma de partido por los ricos; es decir, el capitalismo.

El pasado 17 de marzo Corea del Norte fusiló a Park Nam-gi, ex director de Finanzas del Partido de los Trabajadores, por “haber llevado el país a la ruina” como responsable del fracaso de la reforma monetaria. El pasado mes de junio, también por haber llevado el país a la ruina, el gobierno de España premió una vez más a sus banqueros y empresarios con una “reforma laboral” que protege y aumenta sus beneficios. ¿Fusilarlos o recompensarlos? Fusilarlos. No, seguro que hay una manera más justa de hacer justicia. Recompensarlos. No, seguro que hay una manera menos ofensiva de ser injustos.



Santiago Alba Rico


Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=109777