jueves, 16 de junio de 2011

Reflexión poco conclusiva acerca de la violencia y el 15M.

Desde hace más de un mes, un numerosísimo grupo de ciudadanos y ciudadanas hemos trasladado la indignación a las calles. Cansados de estar condenados a la minoría de edad, jóvenes y adultos de distintas ideologías nos hemos unido para decir basta. Queremos recuperar el lugar que nos corresponde en una democracia: el centro de la vida política que hoy está ocupado por distintos tronos, templos y mercados. No solo es nuestro derecho, también es nuestro deber: una actitud (como hasta ahora) pasiva ante la política nos condena a todos y todas, nos impide tomar las riendas de nuestro destino, se las regala a quien esté dispuesto a manejarlas en nuestro nombre.

Desde las asambleas planteamos una refundación de la sociedad y la política en la que no se acepta nada como inviolable, ni si quiera los más grandes y sagrados fetiches de liberales y demócratas a la occidental. Puede que en el mes que tiene de vida el movimiento no haya planteado todavía La Solución (quizá si nos dan 30 años como a la casta política...), pero lo que desde luego sí hemos conseguido, con creces, es desbrozar el camino para ella. Las asambleas, comisiones y grupos de trabajo dejan en suspenso las leyes de la representación, acercan el poder a la ciudadanía hasta casi convertirlo en algo palpable. El mensaje es claro: ante la corrupción y decadencia de un sistema político-económico falto de ética, tiránico, propio del siglo XIX, declaramos abiertamente que la voluntad del pueblo (voluntad discutida, voluntad racionalizada y consensuada) tiene que hallar la forma de imponerse. Le hemos robado a las elecciones el protagonismo del proceso político. Es por esto por lo que la casta de "representantes" tiembla: las elecciones no pueden desempeñar un papel secundario que se limite a confirmar lo que piensa la ciudadanía, sino que han de ser, como dicen Aguirre y Zapatero, el medio exclusivo a través del cual se manifiesta la ciudadanía. Si ciudadanos y ciudadanas toman el control de las decisiones colectivas que les afectan, el papel protagónico de lobbys y partidos políticos quedará, evidentemente, desplazado. Están condenados: estamos rescatando la política de la muerte propiciada por la mercantilización. Ni la política ni la ciudadanía somos mercancías que se puedan comprar y vender.

Lo que nos lleva a la siguiente cuestión: ¿alguien piensa que existe alguna posibilidad, por pequeña que sea, de que esta gente, esas castas que se sitúan por encima de la ley (a nivel político o económico), se dejen arrancar los privilegios sin presentar batalla, sin recurrir a todas las armas de que dispongan? ¿Ha ocurrido alguna vez en la historia de la humanidad? ¿Tenemos algún motivo basado en la experiencia para creer que es posible una revolución sin violencia? No. Hasta el gran mito de la "lucha pacífica", Gandhi, se jugó la vida con una huelga de hambre mientras miles de personas luchaban en las calles de India poniendo muertos sobre la mesa. La violencia es inherente a cualquier sistema de dominación y tratar de derribarlo es declararle la guerra abierta, aunque se pretenda hacer con métodos pacíficos: una revolución auténtica, un verdadero Acontecimiento, implica al menos la violencia necesaria para derribar el sistema anterior y, si sus agentes siguen negándose a aceptar el cambio, la violencia necesaria para que respeten la voluntad ciudadana.

Sin embargo, el movimiento 15-M, los indignados o como queramos llamarlo, se declara todos los días como un movimiento (además de revolucionario) pacífico, y así pretende actuar. La presión mediática y la recentísima experiencia de distintos movimientos vascos ilegalizados por utilizar un lenguaje incorrecto a ojos de los dos grandes partidos puede que nos empuje a realizar estas declaraciones. Tratamos de dar ejemplo de civismo, de convivencia y de respeto por la dignidad humana, probablemente por eso también tratamos de ser pacíficos. Consideramos que la auténtica batalla está en el pensar, quizá por eso nuestra principal arma es el uso de palabras muy afiladas, que hieren el sistema.

¿Cómo casamos, entonces, los dos polos de la cuestión: revolución y violencia? Evidentemente, algo tiene que fallar: o no hay revolución y esto no pasa de ser una creativa renovación del sistema, ahora vigorizado con nueva sangre democrática, o hay revolución y por tanto, en alguna medida, violencia. Veamos que queremos decir con violencia, pues hoy se trata de un concepto absolutamente denostado y susceptible de utilizarse como prueba (por su utilización o su ausencia) para impedir que un movimiento tenga presencia social.

Por violencia, al hilo de Zizek ("Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales"), entendemos tres cosas: por un lado los actos visibles de crimen, terror, disturbios, el navajazo en el callejón, el asesinato en comisaría, el atraco al banco, la quema del cajero automático, etc.; por otro lado encontramos que la violencia puede ser simbólica si nos referimos al ámbito del lenguaje, a la colonización del ser a través del saber, a la imposición de un universo de sentido (a nivel social o individual); finalmente, podemos definir la violencia como sistémica, como aquella que se deriva del funcionamiento de los sistemas político y económico, objetiva y anónima en tanto no se puede atribuir a individuos concretos. De esta forma, mientras que la violencia subjetiva se percibe como una alteración del estado normal de las cosas (un estado pacífico), la violencia objetiva es precisamente la que sostiene esa supuesta normalidad "no violenta", por lo que resulta invisible. Es la violencia inherente a las condiciones sociales impuestas por el capitalismo, aquellas que generan automáticamente individuos desechables (sacrificios necesarios para que el sistema siga funcionando), víctimas invisibles.

En la boca de los medios de comunicación (y demás sicofantes) así como en la de gran parte de la población, la palabra violencia suscita un rechazo inmediato, visceral, irreflexivo. A la hora de señalar responsables, resulta muy sencillo centrarse en el individuo que actúa mal y comete un acto de violencia subjetiva (por ejemplo, el atracador que amenaza a una persona para robarle la cartera), pero no ocurre así con la violencia sistémica: la desigualdad, el hambre, la miseria…, parece que todo ocurriera debido a un proceso natural que nadie planea ni ejecuta, un proceso del que nadie es responsable. Se considera que cobrar menos del salario mínimo, recibir porrazos de la policía por sentarse en una vía pública, no encontrar trabajo (y menos uno con condiciones y salario dignos) o prohibir partidos son hechos (al contrario de lo que ocurre con la violencia subjetiva) normales, inevitables, no violentos.

Por eso, cuando manifestantes se reúnen para tratar de impedir que una serie de políticos corruptos decidan, en nombre de todos y todas, aniquilar los restos de Estado de Bienestar, se les llama "terroristas", "gamberros", "violentos", "antisistema" (que en el argot objetivo periodístico significa "totalitarios", cualquier coincidencia con el discurso de Esperanza Aguirre es pura casualidad) por lanzar agua y pintar un traje, por increpar directamente a sus señorías, diputados y diputadas, por protestar donde se les ve y se les siente. Pero volvamos al tema que nos ocupa: aceptemos que esos actos de Barcelona han sido violentos, aceptemos que ocupar una vía pública sin permiso del gobierno de turno es algo ilegal y entraña cierto grado de violencia, que tirar agua es algo violento, que pintar un traje con spray sin permiso del propietario es violencia. En todos estos casos estaríamos hablando de violencia subjetiva. Pero, ¿por qué un grupo tan numeroso de personas en distintos países ha decidido comportarse así? La respuesta es clara: la violencia objetiva, sistémica, nos ha hecho reaccionar y esa reacción no tiene cabida en las instituciones políticas actuales: pedimos demasiado a una constitución y a unos órganos políticos que nunca fueron pensados para dar el poder al pueblo, sino para aparentar que se lo da mientras obedecen a sus auténticos amos, los mercados capitalistas.

¿Y qué se puede decir de un sistema democrático que teóricamente incluye y regula todos los antagonismos sociales, pero que evidentemente se deja fuera a la mayoría de la población de un modo u otro? ¿Qué podemos decir de un sistema que se refiere a sí mismo como democrático pero que no deja espacio a determinadas ideas? ¿Qué podemos decir de un sistema donde para combatir la violencia objetiva necesitamos practicar la violencia subjetiva?

Al principio planteaba la relación entre violencia y revolución. Ambas parecen darse en el caso del 15M: si bien el hecho de que seamos subjetivamente violentos es discutible, no lo es el hecho de que estamos sufriendo la violencia objetiva (por ejemplo, el desempleo), la simbólica (si estás parado es por tu culpa, eres un fracasado) y la subjetiva (la policía nos apalea, detiene, tortura...). Aunque nos declaremos pacíficos, estamos profundamente inmersos en la violencia... y debemos ser violentos. En este país tenemos un gran problema: existen determinados votantes que por mucho que su partido les robe, les engañe, les manipule, les meta en guerras o les robe derechos conquistados con sangre, siempre seguirán votando a su partido preferido. A efectos prácticos, puesto que el número de este tipo de votantes es inmenso, lo que se produce cada vez que hay elecciones es una especie de golpe de Estado de las mayorías parlamentarias contra la ciudadanía: unos obtienen un cheque en blanco, los otros deben volver a la caverna y conformarse con discutir sobre las sombras que proyecta el televisor. Gracias al sistema electoral y a la ideología hegemónica, se nos imponen unos resultados electorales que conocemos de antemano pase lo que pase (como cuando el PC salía elegido en los países de Europa del Este por abrumadora mayoría, entre otras cosas, gracias al hecho de que los demás partidos estaban prohibidos). Curiosamente, esto nos lleva siempre a lo mismo sea cual sea el color del partido que asume el poder (que bien podríamos decir que es uno solo, las discusiones entre PP y PSOE parecen convertirse cada vez más en una riña interna): aceptar las normas del mercado, regalarle caprichos en forma de derechos que pierde la ciudadanía.

En el movimiento 15M tenemos, por tanto, un serio problema: si queremos cambiar las cosas tenemos que ser violentos. Cuidado: no me refiero a que tengamos que convertirnos en un grupo terrorista o lanzarnos al monte con un fusil, no hablo necesariamente de violencia subjetiva, cuestión que hagamos lo que hagamos vamos a sufrir. Hablo de violencia simbólica y violencia objetiva: si gran parte de la población no está dispuesta a entender por "democracia" otra cosa que vaya más allá del sistema monárquico-representativo que conocemos en la que siempre gana el PPSOE, tendremos que imponer, por lo menos, el debate que nos haga partir de cero, que borre el significado actual del concepto y nos permita discutir racionalmente qué es eso que llamamos "democracia" y qué debería ser. Por otro lado, imaginemos a un conejo que ha (mal)vivido toda su vida encerrado en una jaula. Imaginemos que un buen día llega alguien y abre esa jaula. Es muy posible que el conejo no se atreva a salir: la libertad le parecerá un mundo demasiado grande, inabarcable, peligroso, impredecible. Mutatis mutandis: cuando decidimos tomar las plazas y calles y organizarnos en asambleas abrimos una pequeña puerta de libertad. Entre esos mal llamados ciudadanos y ciudadanas que votan a un dictadorzuelo/a cada cuatro años y se consideran demócratas y participativos inmediatamente afloró el miedo, la apatía, la incredulidad, el rechazo. "Se vive mejor en la apariencia de democracia", piensan, "nadie me tiene que obligar a participar en las decisiones que me incumben". La vida es más sencilla en la tele y en el sofá...

Vivimos en una época bastante rara: hoy se nos dice que podemos conseguir las cosas que queremos conseguir eliminando todo lo que tienen de negativo y conservando lo que consideramos positivo. Por ejemplo, hoy es normal encontrarse en un supermercado con productos como el café sin cafeína. Se nos dice que pese a haber eliminado uno de los elementos principales que definen el producto, este sigue siendo el mismo. Pero, ¿acaso diríamos que un coche es un coche si le quitásemos el motor? De la misma forma, ¿podemos practicar una revolución sin revolución, como se nos pide desde los medios de comunicación y desde gran parte de la sociedad? ¿Podemos protestar donde no se nos vea y no molestemos a nadie? ¿Podemos tolerar a quienes no nos toleran y piden cada día que lancen a la policía contra nosotros y nosotras? ¿Podemos cambiar las cosas que deben ser cambiadas sin violar las reglas que nos impiden cambiarlas?

Evidentemente no. Pero tampoco hay que deprimirse, ni hay por qué salir a la calle a comprar armas. Asumamos la violencia que queremos ejercer y apliquémosla de forma racional. Nuestra violencia no va dirigida contra personas concretas: va dirigida contra ideas, contra formas de proceder, contra la impunidad, contra la tiranía sea cual sea la forma que adquiera o el ámbito social desde la que actúe. Y no debemos caer en el error de admitir que es lo mismo una acción violenta reactiva, como puede ser una carga policial para impedir una protesta, con una acción violenta emancipadora, liberadora, como puede ser desde una manifestación en la que se lance algún objeto contra un escaparate hasta un ráfaga de ametralladora del Che Guevara. Son cosas muy distintas que producen efectos sociales bien distintos, aunque ambas posturas entrañen violencia. La paz no se logra invisibilizando la violencia subjetiva o rechazándola sin más, como tanto gusta a los liberales de hoy en día, sino combatiendo y derrotando la violencia objetiva y simbólica que hoy sirve al capitalismo en tanto sistema de dominación y que provoca gran parte de los estallidos de violencia subjetiva. Si para combatir la violencia (reactiva, opresora) necesitamos ser violentos (liberadores, emancipadores) habrá que asumirlo. La estrategia de poner la otra mejilla, de favorecer la aparición de mártires entre nuestras filas, vale para el nivel de la violencia subjetiva. Pero no conseguiremos nada si no estamos dispuestos a usar nuestras armas (la palabra, la movilización, la solidaridad, la horizontalidad, la igualdad, la justicia) de forma violenta cuando llegue el momento adecuado.

En Sol leí un cartel muy interesante, apenas visible: "Pacífica es la oveja que cree que el lobo es herbívoro". Nosotros y nosotras no somos pacíficos. Utilizamos el pacifismo como ejemplo, como arma para luchar por la paz. Minimizamos la violencia subjetiva para dejar claro que nuestro objetivo es la paz, pero tenemos muy claro que se nos va a atacar por intentar acabar con la violencia objetiva. Y cuando se nos ataca, cuando se nos golpea, no podemos hablar de pacifismo sino de agresión, de agresores y agredidos. ¿Dónde está la paz si uno de los bandos en liza es violento? Armémonos de ideas y de acciones, pongámoslas en práctica sin pedir permiso, demostremos el poder de la ciudadanía, recuperemos el puesto que se nos niega. Esta es nuestra violencia.

viernes, 18 de marzo de 2011

Justicia

Miro la imagen de una estatua. Es una mujer, vestida con una túnica. En la mano derecha porta una espada. En la izquierda, una balanza. Es la estatua de la justicia.

Pero falta un detalle para completar la imagen: esta mujer lleva una venda en los ojos, anda ciega por el mundo.

Recuerdo que, estando en el colegio, la profesora de "Historia del arte" que tuvo la desgracia de tenerme como alumno me explicó cómo debería interpretar eso de que una señora anduviera por ahí semidesnuda, armada y sin ver tres en un burro.

La justicia camina medio desnuda porque no tiene nada que esconder. Su cuerpo es hermoso. Sus hijos e hijas, las sociedades basadas en la justicia, son hermosas.

En una mano lleva una espada porque para que un determinado orden sea justo es necesario que exista un poder capaz de imponer la justicia sobre mujeres y hombres injustos. Sin la capacidad de sobreponerse a las injusticias, difícilmente podríamos decir que la justicia es algo más que mera palabrería.

En la otra mano lleva una balanza porque para que la justicia sea justa debe ser equilibrada, proporcional en sus sanciones, igual para todos y todas. En esa balanza se pesan los argumentos, las razones y los hechos para que nuestras conclusiones y nuestras acciones se ajusten a aquello que entendemos por justo.

Pero, ¿y la venda de los ojos? Muy sencillo, comentaba mi profesora, esa venda simboliza que la justicia es ciega, que no ve las diferencias entre ricos y pobres, mujeres y hombres, blancos y negros, etc. La justicia es justa con todos y todas.

A veces, esta famosa estatua aparece representada con una corona de oro o de laurel, simbolizando el triunfo de la justicia en nuestro mundo moderno. Valiente atrevimiento.

Hace pocos días, los mercenarios de la información comenzaron a bramar contra un supuesto atropello de derechos que "clama al cielo", que requiere de la inmediata intervención de esta dama. Me refiero a la reacción de gran parte de los medios ante la "performance" realizada por un grupo de estudiantes en una de las capillas de la Complutense, en Somosaguas. Un acto de protesta que, curiosamente, fue motivado por una situación de injusticia.

La libertad es como un "tsunami". Un acto de libertad trastoca por completo el universo, es algo impredecible, novedoso, transformador. Guiadas por la razón, estas personas acudieron en procesión, pacíficamente, hasta la capilla que la Iglesia mantiene en el campus universitario de Somosaguas. Una vez dentro del recinto corearon lemas de protesta, recordaron las atrocidades que comete la Iglesia y, finalmente, varias mujeres reivindicaron su cuerpo y el amor libre de barreras dogmáticas y prejuicios religiosos, momento en el que varias de ellas se desnudaron de cintura para arriba y otras tantas se besaron. Cometieron el error de ejercer un acto de libertad en un espacio donde este tipo de actos no tienen cabida, están proscritos.

Los medios de tendencia católica no se hicieron esperar: aquello que no puede ser calificado de otra forma que de hermoso (unas chicas manifestando y reivindicando su amor propio y su amor y solidaridad hacia otras, la descriminalización de sus cuerpos y sus mentes) se transforma, en puño y boca de los sicofantes profesionales, en algo "depravado", de "mal gusto", una muestra de la "intolerancia" anti-católica. De hecho, en más de un medio de comunicación se traza una línea divisoria (la línea de la moral, la decencia, el respeto) entre la turba de "gamberros" de la facultad de Ciencias Políticas y Sociología ("menos mal que no han roto nada") y la virtuosa estudiante, "esta sí", de la facultad de Ciencias Económicas (indignada con el acto de protesta). De hecho, esta estudiante que aparece en los medios como una víctima más del rojerío anticlerical (que dos mujeres se besen sin camiseta es, desde su punto de vista, un acto de guerra, una agresión que, en contraste, solo recibirá como respuesta la otra mejilla del agredido, el buen cristiano) no se recata lo más mínimo y dedica, ya que se le da pie, un comentario etnocéntrico o incluso racista a todos los lectores: "¿Qué habría pasado si algo así se hubiera producido en una mezquita? Que esos sepan que los católicos nunca responderán a la provocación con provocación para defenderse". Toda una lección de respeto, tolerancia, decencia, capacidad deliberativa y argumentativa. Carnaza de primera calidad para los grandes medios de comunicación.

Varias son las razones por las que este acto no tuvo lugar en una mezquita (ni en ningún otro templo religioso). Bastará con que destaquemos solo la más evidente: los jóvenes queremos acabar lo que empezaron nuestros padres, esto es, expulsar toda religión del templo del saber. El hecho de que se imparta la asignatura de Religión (católica) en los colegios e institutos, el hecho de que organizaciones religiosas de vocación claramente anticonstitucional (por no hablar de irracionalidad) posean, gestionen y dirijan centros educativos de nivel medio o superior, el hecho de que existan capillas en las universidades públicas y un largo etcétera, sólo puede explicarse por una cosa: el peso del franquismo y de la tradición. No existe ningún argumento racional para mantener a una institución religiosa tradicionalmente enemiga del saber y el conocimiento, responsable de genocidios y etnocidios, responsable de la quema de innumerables mujeres y en gran medida de la solidez del sistema patriarcal actual, la última dictadura orgullosa de serlo en Europa (me refiero al Vaticano), dentro de los límites del sistema educativo.

Este es el motivo por el que este grupo no se dirigió a una mezquita: porque por ahora las mezquitas no han colaborado en un golpe de Estado y en una dictadura de cuarenta años que a cambio les otorgaba privilegios, entre los que destaca su papel en la educación. Por otra parte, aunque a algún alumno de económicas le cueste asumirlo, en las mezquitas no devoran personas ni mandan creyentes a inmolarse en tu casa por enseñar las tetas y besar a una persona del mismo sexo: el miedo no fue un motivo que impidiese acudir a protestar a una mezquita, más miedo dan los grises, los verdes o los azules que protegen el sacrosanto terreno de la Iglesia. La cuestión es que este último se encuentra dentro de la universidad, la mezquita no.

La segunda parte de esta historia comienza cuando la dama semidesnuda de la que hablábamos antes (que brillaba por su ausencia) entra en acción blandiendo la espada. Ante las acusaciones vertidas por las fuerzas reaccionarias, dolidas porque uno de sus templos había sido mancillado con el amor a la humanidad y la belleza del cuerpo de la mujer (en claro contraste con la imagen sádica de la que hacen gala con el crucifijo), denuncian a estos y estas estudiantes por atentar contra la libertad religiosa y ridiculeces por el estilo. La justicia, inusualmente rápida en estos casos, al instante echó mano de la espada: al menos cuatro estudiantes fueron detenidas por policías que fueron a buscarles a sus respectivas casas. En un claro estilo maquiavélico, concibiendo la política como el medio por el cual el ser humano (en especial el hombre blanco adinerado) es capaz de controlar el azar o por lo menos reducir los márgenes de acción del imperio de la fortuna, de lo imprevisible, las fuerzas de la autoridad corrigieron rápidamente el acto de libertad de estos y (sobre todo) estas estudiantes.

¿Es esto justo? Si la dama de la justicia lleva una corona en su cabeza, debe significar que es victoriosa, que hoy atraviesa y estructura nuestras sociedades. Asumiendo que esto es cierto, ¿cómo explicar estos acontecimientos? ¿Cómo es posible que la justicia no haya medido bien en su balanza? ¿Por qué usa la espada contra quien protesta contra una injusticia? Porque está ciega. Nos han engañado. Nos dijeron que la venda que lleva en los ojos es para no distinguir entre casos concretos, para que la espada no caiga más contra quienes están discriminadas por un motivo u otro, sino contra quienes son injustos, independientemente de su condición.

Pero dejar ciega a la justicia ha sido un grave error. La justicia debe ver, debe abrir bien los ojos porque sus ojos no son como los nuestros: ella no verá a un negro o a un pobre, a un blanco o a un rico, a un hombre o a una mujer, sino que verá la injusticia. Sus ojos no están hechos de células especializadas, sino de razón. Los deseos y los impulsos sí son ciegos, no necesitan de comprensión ni de razocinio para formarse y guiar (sin que se llegue a decidir tal cosa) la acción de una persona. Parece que al cegar a la justicia la hemos dejado a merced de las pasiones de aquel que ostenta la espada en su nombre. No hay justicia. Para legitimar la represión de quien se mueve (y por tanto no sale en la foto) basta con hacer una ley que la mayoría del rebaño consienta, independientemente de que esta sea contraria a la razón, para que la dama de la justicia se convierta en lo contrario: el amo del calabozo. O quizá ni eso, basta con respetar las normas que han emanado de la ley de la fuerza y que ahora se escudan en palabras bondadosas pero deliberadamente vaciadas de significado: no olvidemos que el peso institucional de la Iglesia en este país está construido sobre las decenas de miles de cadáveres de quienes, hace alrededor de 75 años, pretendieron construir una sociedad justa.

miércoles, 12 de enero de 2011

Todos amamos al Gran Hermano

Hace pocos días emitía por última vez CNN+. El motivo esgrimido para justificar el cierre del canal y el despido de sus trabajadores fue (sorpresa, sorpresa) de índole económico. El espacio de emisión que ocupaba la CNN+ pertenece ahora al Gran Hermano (literalmente).

Al común de los ciudadanos se nos presenta este hecho como una nueva obra de la razón: CNN+ pertenecía a una empresa, a un conglomerado de inversores, el grupo PRISA. Sus directivos consideraron que el rendimiento económico del canal era insuficiente, incluso amenazaron a sus accionistas con pérdidas. Solución: deshacerse del lastre. Pura lógica capitalista (lo que ellos han bautizado pomposamente como "comportamiento racional").

CNN+ era una empresa, sí, controlada por un conglomerado empresarial formado por otras empresas, grandes inversores, bancos, amiguetes de la familia Polanco, etc. Pero el hecho de que ocupase una frecuencia pública para emitir (en este caso a través de la TDT) que no tiene otro propietario que la totalidad de los ciudadanos, significa que sea quien sea la que emite (instituciones públicas o privadas) usando ese espacio, necesariamente asume unos deberes además de unos derechos. El principal de estos deberes hoy por hoy es el de contribuir a la expansión y desarrollo de la cultura. Imponer una serie de deberes en ningún caso supone atentar contra la libertad de expresión, sino todo lo contrario: estas empresas tienen la capacidad de entrar en nuestros hogares a cualquier hora, de influir en lo que pensamos y hablamos (tanto ideológicamente como en cuanto a la selección de los temas que discutimos día a día), de educarnos en una serie de valores u otros, de construir un tipo de ciudadanía u otra... Los deberes que socialmente imponemos a estas empresas son el escudo que posee la ciudadanía contra el alienamiento y el consumismo exacerbado que nos proponen los medios capitalistas.

En el caso de CNN+, la contribución a la cultura venía dada por la transmisión de información en formato telediario. Así, entre anuncio y anuncio, el canal se presentaba a sí mismo como un "eco" de la realidad, una fiel reproducción de lo que ocurre "ahí fuera" (más allá de tu hogar y tu puesto de trabajo, suponiendo que se tengan alguna o ambas cosas). Evidentemente esto no es cierto, no entraré a analizarlo con profundidad, baste con decir que, como toda empresa, CNN+ estaba comandada por una serie de sicofantes que no obedecen más que a las leyes del capital, que son esclavos de una lógica perversa que ignora la necesidad humana, la voluntad de cada ciudadano, el interés o la voluntad general, incluso las leyes y a los representantes políticos cuando resultan incómodos (lo que rara vez ocurre). Una empresa, se dedique a lo que se dedique, está atada al interés particular que, bajo condiciones capitalistas, no es otra cosa que el afán por obtener más capital, más mercancías. Pero supongamos por un momento (al menos porque así lo pretende gran parte de la población) que CNN+ no mentía cuando hablaba de sí misma: supongamos que se trataba de un marco a través del cual el espectador podía expandir su horizonte de conocimiento. Hagamos el salto de fe que nos pedían diariamente y asumamos que en lugar de crear y destruir a su antojo la realidad simplemente la transmitía y la analizaba. Entonces, la imprescindible función social de esta empresa estaría clara: crear ciudadanos conocedores de su entorno, con capacidad crítica para discernir entre realidad y apariencia, conectados entre sí por algo más que el lenguaje y la proximidad. Es a cambio de esto que puede el capitalista hacer beneficio de un medio de comunicación como CNN+, estos deberes no pertenecen al tragicómico mundo de la "responsabilidad empresarial". Se trata de un deber social.

Volvamos ahora a los motivos del cierre del canal: en ningún momento se ha esgrimido otro argumento que el económico. No resulta chocante y como ya hemos visto parece lógico y racional si nos olvidamos de que el capitalismo tiene su propia lógica. Tampoco resulta novedosa la reacción de los grandes medios, siempre coherentes con la lógica del capital. Lo que no deja de sorprenderme (aunque la experiencia no deja de darme de bofetadas en este sentido) es la reacción de la mayoría de la ciudadanía, al menos de aquella gran parte que verdaderamente cree en la necesidad de que existan canales como CNN+ (estuviese o no de acuerdo con sus planteamientos concretos y su visión de la realidad): pocas voces apuntan más allá de la indignación que todos sentiríamos si sustituyen en los supermercados nuestra marca favorita de cereales por otra que nos disgusta para siempre. Alguna voz de protesta seria se ha escuchado por encima de los ladridos mediáticos, pero la mayoría de las que el constante bombardeo de información nos ha permitido oír no provenían de la ciudadanía ni de los periodistas. Las quejas (pocas veces vindicaciones, nunca exigencias) venían de consumidores, tristes por no poder seguir con el consumo de la marca que les había convencido. En los grandes medios predominan los lamentos envueltos en un aura de inevitabilidad: "si ya se que es cosa de la crisis, pero era lo que veía después de comer" y comentarios por el estilo.

Aún recuerdo cuando vivimos durante unos meses la campaña contra Chávez en la que se le acusaba de pretender cerrar un canal de televisión por ser "crítico" con el "régimen chavista", cosa que nunca ocurrió (por mucho que pataleen medios de comunicación, títeres demagogos y consumidores sectarios): ni el canal era crítico (sino golpista) ni fue cerrado (sino que se convirtió en canal de pago). Pese a tratarse de otro país, cuando la mentira se hizo verdad a base de ser repetida, los "creyentes" estallaron de indignación: "¡Que atentado contra la libertad de expresión!", "Chávez es un dictador", etc. Un cabreo popular y mediático coherente, lógico, natural, necesario... si la noticia hubiese sido real. Aunque el pensamiento único busca atomizarnos, convertirnos en meros individuos que luchan en una especie de estado de naturaleza hobbesiano, todavía somos sociedades, todavía somos seres empáticos y todavía queda algo de solidaridad en nuestros cuerpos. Si asumimos que la noticia era real, la reacción estaba más que justificada pese a la distancia.

Regresemos al Estado español: hete aquí que el canal de televisión cierra de verdad en nuestro país, pero curiosamente no levanta escamas, no revienta ampollas, diantres, ni si quiera despeina a nivel mediático. ¿Cual sería la diferencia entre el caso venezolano y el español, asumiendo que se cerró el canal venezolano? Respuesta: el actor protagonista y el motivo del cierre. En Venezuela, el que supuestamente cerraba el canal (cuando simplemente no se les renovó la licencia para emitir en abierto) era el gobierno. En el caso español, las altas esferas de un gran grupo mediático. En el caso venezolano, los motivos esgrimidos por el gobierno eran distintos a los que repetían los medios: el primero recordaba que no renovaba la licencia porque el canal colaboró activamente en un golpe de Estado e hizo llamamientos al magnicidio; los medios de comunicación hablaban de cerrar el canal porque era crítico con el gobierno. En el caso español todos los medios repiten lo mismo (o repetían, la noticia tan pronto vino como se fue), es decir, que no había otra salida y que lamentan el cierre de CNN+.

Pero esto no es todo. En Venezuela, el espacio de emisión en abierto que dejaba el canal que pasaba a ser de pago, fue inmediatamente ocupado por un proyecto público internacional apoyado por los gobiernos de Venezuela, Cuba, Bolivia, Ecuador, Argentina, Brasil y Nicaragua entre otros: TeleSur (no puedo evitar recordar que en Colombia fue prohibida su emisión por el gobierno de Uribe). Un canal dedicado a la cultura y las noticias "no noticiables" para el resto de canales, sin anuncios comerciales, no sometida a las normas de banqueros y publicistas. En el Estado español, por contra, el canal CNN+ (cerrado de verdad) ha sido sustituido por el programa Gran Hermano, convertido ahora en canal 24 horas.

Hemos sustituido una ventana al mundo (sigo con el salto de fe considerando que CNN+ transmitía más que manipulaba) por una rendija hacia el interior de una casa. No hay espacio ni tiempo (quizá otro día) para describir lo abyecto de Gran Hermano. Si existen las almas, tened por seguro que ver ese programa debe tener sobre ellas el mismo efecto que la heroína sobre el cuerpo. Pero no hace falta irse tan lejos: los valores, estilos de vida, conversaciones, tertulias y debates posteriores, las cámaras y los focos... todo ello forma un complejo "collage" idiotizante que nos hace perder horas de vida y cordura. Aún más, este programa es una de las formas que tenemos de practicar el fascismo desde nuestro propio hogar (ya no hace falta ni nigunear ni pegar a tu mujer o a tu novia): dándole a un botón, a través del canal de Gran Hermano, podemos observar a otros sin que lo sepan, sin que nos miren (es lo que Gunther Anders bautizó como "desnivel prometeico"). Podemos controlar sus movimientos en la más absoluta intimidad violando sistemáticamente la suya, casi sin movernos. Convertimos a los participantes en ratones del laberinto que construye el canal de televisión con nuestra inestimable ayuda, impulsando y fomentando delirios de grandeza, voluntad de control, ánimo inquisidor dirigido a la nada. Y nosotros, los espectadores, nos convertimos en las ovejas dóciles que empresarios y políticos necesitan para seguir moviendo y acumulando el capital.

Se supone que vivimos en la "sociedad de la información", pero ¿qué clase de información es esa que nos constituye? Si con la CNN+ obteníamos cierto grado de desinformación y manipulación acerca de determinados acontecimientos que ocurren a través del globo, con Gran Hermano hemos dado un paso más en lo que parece una tendencia irreversible en condiciones capitalistas: hablar de nada ¡durante 24 horas! Por supuesto, además de mantenernos ocupados en temas en los que da exactamente igual qué opinemos ("me gusta más el pepino que la patata"), este tipo de programas resultan altamente rentables (resultan mucho más baratos que mantener enviados especiales y equipos de investigación, por ejemplo).

Al final, un hecho capitalista que no tendría por qué afectarnos socialmente (la compra de una empresa o una marca por otra empresa), resulta en una concentración del poder mediático (proceso que afecta a gran parte del mundo, en especial a Europa, desde que comenzó la crisis) en este caso en el grupo de Berlusconi. Como añadido, nos sustituyen un tipo de información que afectaba directamente a la libertad de expresión y de conciencia por otro que nada tiene que ver, que se basa en la nulidad de la conciencia racional y en el puro placer pervertido-fascistoide.

¿Dónde está el cabreo popular? Algo hay. Pero, ¿dónde está el cabreo mediático? ¿Dónde está ese clamor, ese fuego, que juntos despilfarramos contra Chávez? No está. ¿Qué lección obtenemos, qué aprendemos si relacionamos el caso venezolano y el español? Una muy dura: como ciudadanos la mayoría no estamos dispuestos a que ningún gobierno cierre un canal de televisión privado, sea cual sea el motivo, porque atenta contra la libertad de expresión. Sin embargo, la mayoría estamos más que dispuestos a aceptar que sea un grupo de empresarios el que lo haga, sin más motivo que su propio bolsillo. Quizá sea la hora de replantearse todos los términos que la tradición mantiene dentro del ámbito político: dictadura, totalitarismo, libertad de expresión... Parece que hemos aprendido la lección histórica según la cual no podemos permitir que un gobierno controle los medios a través de los cuales nos comunicamos y nos informamos los ciudadanos. Pero todavía no parece que seamos capaces, como sociedad, de ver el obstáculo que supone el capitalismo para hacer efectivos términos como la "libertad de expresión" y para desterrar otros como el de "dictadura".

Al final, tanto CNN+ como Gran Hermano eran o son parte del entramado mediático capitalista artífice del milagro que para ellos (los capitalistas) supone que hoy seamos los seres humanos más desinformados de la historia pero, paradójicamente, nos consideramos los más y mejor informados. O quizá no sea para nada paradójico: la ignorancia nos permite asumir apariencias como si se tratasen de hechos palpables. Pero esto no nos puede llevar a obviar las brutales diferencias que existen entre los conceptos de "información" que maneja cada canal de televisión, por muy capitalistas que sean las empresas que controlan esos canales. No es lo mismo debatir sobre la manipulación de CNN+ o sobre alguna de sus noticias que sobre el grano en el culo de Fulano o de que Mengana en realidad es un hombre. No obstante, parece que hemos decidido como sociedad que los caminos del capital son inescrutables.

Ciudadanos y ciudadanas del mundo, ¡pensad, leed, luchad! Último aviso...

domingo, 26 de septiembre de 2010

La marca España

En 1936, unos cuantos militares se levantaron contra el gobierno de la República. Intentaron dar un golpe de Estado que debido a la tenacidad, sacrificio y coraje de un pueblo que no estaba dispuesto a renunciar a su dignidad, se acabó convirtiendo en una guerra civil. Uno de los lemas del bando que pronto se bautizó a sí mismo como los "nacionales", fue "¡Salvemos la patria!". El país estaba en peligro: los "comunistas" (palabra que perdió el sentido original para acabar abarcando a toda la izquierda, desde socialdemócratas hasta anarcosindicalistas, convirtiéndose en sinónimo de "enemigo") amenazaban con "romper España". En defensa de una nación se inició una cruenta guerra seguida de 40 años de represión y reeducación política. Se acusaba a la izquierda en general de pretender abolir la nación y en defensa de esta se levantaron los militares.

Pero aquellos fascistas ultranacionalistas se equivocaban. No es la izquierda anticapitalista la que ha supuesto un grave peligro para la patria, pese a su carácter internacionalista. Es precisamente la derecha capitalista la que se benefició del franquismo y la que se ha encargado de convertir en carne la pesadilla del nacionalismo: han destruido la patria. Hoy, para el 90% de la población, la patria no existe más allá de la aduana, las leyes de extranjería y el equipo de fútbol. Es la situación en la que se encuentra prácticamente el mundo entero tras décadas de reformas y ajustes patrocinados por el FMI y el Banco Mundial. Millones de personas tratan de abandonar sus hogares y viajar miles de kilómetros para obtener un sueldo miserable. Para miles de personas no hay más patria que el campo de concentración dedicado a "indocumentados" o el desierto donde se les abandona tras expulsarles. Si ayer Zizek nos advertía de que corríamos el riesgo de convertir al mundo entero en Repúblicas Bananeras a merced de grandes multinacionales, hoy podemos decir que pecaba de optimista.

Hace unos días Zapatero viajaba a China y Japón en visita oficial. El objetivo del presidente español, al contrario de lo que se pueda pensar, no era representar a su pueblo en el extranjero, sino "vender la Marca España", según sus propias palabras. El Instituto Elcano nos explica qué es eso de la "Marca España":

"La iniciativa del Proyecto Marca España responde a la necesidad de coordinar las distintas actuaciones públicas y privadas sobre la marca España, de transmitir a las empresas e instituciones la importancia de tener una buena imagen de país, y de informarles sobre cómo comunicar y 'vender' la nueva realidad de España. [...] El objetivo común consiste en no dispersar esfuerzos y mantener la coherencia en los mensajes para construir una nueva imagen de España que no sólo mejore la proyección económica del país, sino que transmita la nueva realidad política, social y cultural de España, con sus características de modernidad, creación artística, dinamismo y potencia económica y cultural. Este objetivo es de vital importancia en estos momentos, ya que la imagen de España, aunque está evolucionando positivamente, es en su mayor parte confusa, estereotipada e insuficiente y no ofrece fortaleza competitiva."

En otras palabras: además de someter la realidad política, social y cultural de España a la voluntad de los mercados internacionales, lo cual no es nada nuevo, lo que se pretende es sustituir el nombre "España" por la marca "España". Esta cuestión parece mínima, pero está íntimamente relacionada con la primera. Si una persona pretende apoderarse de algo, nos recordaba Santiago Alba Rico ("Marcas o nombres"), lo normal es que lo "bautice", le ponga nombre para apropiarse de ello, como hacía Colón con las tierras que "descubría", o como hace un granjero con sus tres vacas. Pero los nombres juegan un papel peligroso si lo que se pretende es el domino absoluto: lo mejor para estos casos es dejar sin nombre lo que se pretende dominar. Se puede sustituir por un número, por ejemplo, como ocurre con los presos en las cárceles. O se puede marcar el objeto o sujeto dominado. Una marca, por ejemplo, puede ser el labio destrozado de una mujer, la forma en que su marido deja constancia de que es su posesión. Siguiendo el ejemplo del granjero, si en lugar de vivir en base a tres vacas se dedicase a la ganadería industrial, no le interesaría nombrar a sus vacas una por una, sino marcarlas con un símbolo que las distinguiese como suyas.

Este es uno de los peligros del capitalismo: las grandes multinacionales no venden productos, lo que venden son marcas. Estas marcas, que se presentan como el medio para alcanzar el estilo de vida que esas mismas empresas nos hacen desear, acaban marcando a los consumidores que se las pueden permitir. Cuando un portero de la discoteca de moda mira al sujeto que está intentando entrar, no está buscando lunares o deformidades que le den pie a expulsarle. Lo que busca es la marca que porta el sujeto, que lo despersonaliza, que le quita el nombre, y así comprobar si ese espectro es de fiar. No es la cara del sujeto ni la cantidad de gomina que lleve en el pelo lo que explora inquisitivamente el portero, sino la marca que determina hasta qué punto el sujeto que pretende entrar ha dejado de ser persona para convertirse en parte del rebaño sin bautizar, sin nombre pero orgulloso portador de una marca que es símbolo de su ausencia, de su alienación. La marca le da al portero una ligera idea del nivel de renta y de los círculos sociales en los que se mueve el sujeto que intenta entrar en la discoteca. Si lo que ve coincide con el objetivo de la empresa, el marcado pasará. Es el mismo proceso que se practicaba en la Alemania nazi, con una diferencia: allí el que portaba la estrella, la marca del judío, no podía entrar en casi ningún establecimiento, ni a comprar pan. Hoy se nos exige estar marcados para poder continuar y sólo unos cuantos pueden permitirse "marcarse" con aquellas marcas que abren más puertas.

La idea es, por tanto, convertir al país entero en una marca, en un producto destinado al mercado. Hoy por hoy, en lo que alguna vez fue o pudo ser España, no llegamos ni al nivel de República Bananera, somos la imagen de un producto que ni si quiera es nuestro porque está destinado a ser comercializado. Por eso es comprensible que, si Zapatero viaja a China y Japón para vendernos, no escuchemos en los medios de comunicación capitalistas ni una sola crítica al régimen chino o japonés (y por supuesto tampoco hacia Zapatero por viajar con tales intenciones a Asia). Se trata de mercados demasiado suculentos como para ensuciar con la sombra de la dignidad la marca con la que se pretende obtener cuantiosos beneficios. Paradójicamente, en varios de estos medios comentaban de pasada el hecho de que faltaban críticas, al menos sobre las violaciones de los derechos humanos (de las que no se olvidaron, por ejemplo, en los juegos olímpicos), como si no estuviese precisamente en su mano que estas críticas tengan un espacio en las noticias u otro programa. Es otro claro ejemplo de cómo se articulan tanto el sector privado como el público para satisfacer al mercado. Y esa es las idea final de la marca España: una coordinación absoluta para vender el ex-país por pedacitos.

Pero Zapatero aun nos tenía otra sorpresa preparada: hace escasos días acudía servil a Wall Street a explicarles a aquellas personas que caminan por encima de la ley, seres superiores según Butragueño, por qué los durísimos ajustes que el PSOE está impulsando en España, con la bendición de la Unión Europea y el FMI, son beneficiosos para ellos más que para los españoles. Según el propio Zapatero, su presencia en la capital de la especulación tenía una fácil explicación: "he venido a vender país", decía. Recordaba a aquella cumbre iberoamericana en la que tanto a Zapatero como a su majestad les faltó tiempo para defender la actividad de las empresas ¿españolas? como Repsol o Endesa, tristemente famosas para los movimientos sociales de la región. La izquierda anticapitalista nunca podrá romper España porque no hay ningún país que romper, sólo quedan marcas y las empresas que las comercializan: el orden mundial caníbal. España no existe.

Democracia, ¿en todas partes, en ninguna parte? (Immanuel Wallerstein)

La palabra democracia es muy popular en estos días. Hoy, virtualmente no hay país en el mundo cuyo gobierno no reivindique ser el gobierno de una democracia. Pero al mismo tiempo, virtualmente no hay país del mundo hoy del que otros –dentro del país y en otros países– no denuncien al gobierno por ser antidemocrático.
Parece haber muy poco acuerdo acerca de lo que queremos decir cuando decimos que un país es democrático. El problema es muy claro en la misma etimología del término. Democracia viene de dos raíces griegas –demos, o pueblo, y kratia, dominio, la autoridad para decidir-. Pero ¿qué queremos decir con dominio? ¿Y qué queremos decir con pueblo?

Lucien Febvre nos mostró que siempre es importante mirar la historia de una palabra. La palabra democracia no fue siempre tan popular universalmente. La palabra arribó a su uso común político moderno durante la primera mitad del siglo 19, sobre todo en Europa occidental. En ese entonces, tenía las tonalidades que hoy tiene el terrorismo.

La idea de que el pueblo pudiera de hecho mandar era considerada por las personas respetables como una pesadilla política, soñada por radicales irresponsables. De hecho, el objetivo principal de las personas respetables era asegurarse de que no sería la mayoría de la gente quien tuviera la autoridad de decidir. La autoridad tenía que dejarse en manos de personas que tenían intereses en conservar el mundo como era, o como debería ser. Éstas eran personas con propiedades y sabiduría, que eran consideradas competentes para tomar decisiones.

Tras las revoluciones de 1848, en la cual el pueblo se levantó en revoluciones sociales y nacionales, los hombres con propiedades y competencia se fueron atemorizando. Respondieron primero con la represión, y luego con concesiones calculadas. Las concesiones eran admitir a gente, lentamente y paso a paso, a que votaran. Pensaron que el voto podría satisfacer las demandas del pueblo y en efecto lo cooptaría a que mantuviera el sistema existente.

Durante los siguientes 150 años, esta concesión (y otras) funcionaron hasta cierto punto. El radicalismo fue acallado. Y después de 1945, la propia palabra, democracia, fue cooptada. Ahora todos alegan estar a favor de la democracia, que es donde estamos hoy.

El problema, sin embargo, es que no todo el mundo está convencido de que todos vivimos en países verdaderamente democráticos, en los cuales la gente –todo el pueblo– sean quienes en verdad mandan, es decir, toman las decisiones.

Una vez que se escoge a los representantes, con mucha frecuencia no cumplen las demandas de la mayoría, u oprimen a importantes minorías. La gente reacciona con frecuencia, protestando, con huelgas, con levantamientos violentos. ¿Es democrático que se ignoren las manifestaciones? ¿O lo democrático es que el gobierno se pliegue y se someta a la voluntad del pueblo?

¿Y quiénes son el pueblo? ¿Son la mayoría numérica? ¿O hay grupos principales cuyos derechos deben garantizarse? ¿Deben grupos importantes contar con una autonomía relativa? ¿Y qué clase de compromisos entre la mayoría y las minorías importantes constituyen resultados democráticos?

Finalmente, no debemos olvidar los modos en que la retórica en torno a la democracia se utiliza como instrumento geopolítico. Regularmente, denunciar a otro país de antidemocráticos se usa como justificación para entrometerse en países políticamente más débiles. Tales intromisiones no necesariamente tienen por resultado que lleguen al poder gobiernos más democráticos; son sólo diferentes o tal vez con política exteriores diferentes.

Quizá debamos pensar que la democracia es una reivindicación y una aspiración que no se ha concretado aún. Algunos países parecen ser más antidemocráticos que otros. Pero, ¿acaso hay países que puedan demostrar ser más democráticos que otros?

Immanuel Wallerstein

Traducción: Ramón Vera Herrera



Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2010/09/25/index.php?section=opinion&article=024a1mun