“Tú eres irracional. Eres más irracional que yo. Forma parte de tu esencia como mujer, y no es necesariamente malo”.
Ana García Romero
El primer enfrentamiento político se da en el campo del lenguaje. Si no tenemos capacidad para enunciar el mundo, otros imponen su dominio sobre la realidad. Es parte de una guerra teorética y política. Debemos rescatar los conceptos e impedir que el capitalismo se apropie de su definición.
“Tú eres irracional. Eres más irracional que yo. Forma parte de tu esencia como mujer, y no es necesariamente malo”.
Existe una pegatina bastante conocida que pertenece a la simbología anarquista en la que vemos dos viñetas: en la primera observamos como un pez grande persigue con la boca abierta a muchos peces pequeñitos que huyen a la desesperada y de forma caótica; en la viñeta de al lado, por el contrario, es el pez grande el que huye ante un pez mucho mayor. La clave está en que este nuevo pez todavía más grande está formado por los peces pequeñitos que antes huían pero que ahora han decidido actuar conjuntamente en contra de su depredador. El mensaje es claro: si no hacemos nada, si cada uno va por su lado y se preocupa tan sólo de su pellejo, la historia no dejará de repetirse y el pez gordo seguirá comiéndose al pez chico. Sin embargo, si nos organizamos y luchamos hombro con hombro por las causas comunes será el opresor el que huya. Pero más allá de este mensaje hay otro: de nada nos sirve ser libres si no podemos ejercer la libertad.
Continuando con el ejemplo, en la primera viñeta el pez gordo no tiene ninguna barrera más allá de su propio apetito que le impida comerse a los peces que son más débiles. Podemos decir que es libre, igual que los peces pequeños, puesto que ninguna autoridad externa les coacciona para comportarse de una manera u otra. En condiciones de libertad, por tanto, es imprescindible que impere la igualdad o de lo contrario corremos el riesgo de retroceder de nuevo a la ley del más fuerte. Es por eso por lo que los pececillos susceptibles de ser devorados se inventan algo así como el Derecho: se crea una barrera inviolable entre aquellas cosas que, pase lo que pase, no se pueden discutir (no se pueden decidir) y todo aquello que es susceptible de debate. Por ejemplo, tener derecho a la libertad de expresión significa que no es posible que otro decida callarte por capricho, independientemente de quién sea esta persona y de qué legitimidad le ampare (propiedad de un medio de comunicación, cargo electo....). Ser sujeto de derecho implica un cambio de poder: si efectivamente tengo derecho a algo, la capacidad de decidir sobre ese algo deja de ser del Estado o del empresario (al contrario de lo que ocurre con los permisos, en los que el Estado o el empresario consienten algo pero se reservan el derecho de dejar de consentirlo).
Ahora bien, el capitalismo ha encontrado la manera de sortear el Derecho, ese campo de minas que el ser humano ha interpuesto a los que de una forma u otra acumulan el poder en su beneficio y lo ejercen de forma tiránica sobre las demás personas. La fórmula es sencilla: formalmente se otorgan derechos (incluso se reconocen en la constitución) pero por la vía de los hechos se niegan las condiciones para que estos se puedan ejercer. Siguiendo con el ejemplo de la libertad de expresión: en ningún momento podemos decir que está garantizada si para alcanzar a buena parte de la población es necesario contar con una cantidad desmesurada de capital, por lo que solo los que posean esa cantidad pueden hacerlo; en ningún momento está garantizada si es tan fácil ejercer la censura como despedir al periodista que no sigue la línea editorial.
Desde hace más de un mes, un grupo de personas de Galapagar se ha empeñado en navegar firmemente contra la corriente que genera el sistema capitalista. ¿Cómo? Defendiendo lo común frente al hambre insaciable de la lógica del máximo beneficio. De hecho, hay quien no dudaría en llamar a lo ocurrido “milagro”: todas esas buenas palabras sobre la defensa de lo público y lo común, sobre la solidaridad y la democracia, etc., que se manejan en las asambleas de barrios, en las comisiones y grupos de trabajo, se hicieron carne de la noche a la mañana, se convirtieron en hechos contantes y sonantes.
Pero no nos imaginemos nada extravagante, esta gente no multiplica los panes y los peces ni hace desaparecer monedas. Lo que ocurre aquí es que varias personas, cansadas de ejercer el rol que esta sociedad reserva para ellas (el de ovejas consumidoras políticamente pasivas), han decidido convertirse en ciudadanas. Y la forma en que lo han hecho es liberando de las garras de la especulación y el consumismo exacerbado un espacio abandonado, un antiguo centro de salud en perfecto estado que iba a ser demolido para construir un centro comercial. Como si se tratase de la época medieval, el centro de salud parecía un condenado a muerte que esperaba expuesto en la plaza pública el momento de su ejecución. Ahora vuelve a ser libre y es un símbolo de que lo aparentemente imposible (que la ciudadanía tome las riendas de su destino) está mucho más cerca de la realidad que lo aparentemente posible (continuar con la marcha y el ritmo que impone el capitalismo).
De forma consciente o inconsciente esta gente ha librado dos batallas paralelas y lo ha hecho con éxito. Por un lado han dado un sonado toque de atención que nos ha obligado a girarnos y abrir los ojos ante otro caso más de cercamiento de lo común, asalto que tiene lugar a nivel nacional e internacional con absoluta impunidad. Pero es que además han hecho aquello que hasta ayer pensábamos que era imposible y aún nos cuesta digerir: se han proporcionado a sí mismos (y a aquellos ciudadanos que así lo han deseado) las condiciones materiales para ejercer de forma efectiva alguno de los derechos que sistemáticamente se nos niega a la inmensa mayoría de la población.
El centro de salud, rebautizado como Centro Social Liberado (CSL), es ahora un espacio en el que la reflexión y la democracia tienen sentido, es decir, son algo más que papel mojado o palabrería electoral. Cruzar la puerta que este grupo de ciudadanos y ciudadanas ha abierto es como atravesar la frontera entre dos países bien distintos: en uno reina el capital, en otro la razón; en uno se obedece al cálculo interesado-individualista de quien puede imponer sus intereses a los demás, en otro a la voluntad general emanada de la ciudadanía; en uno ata el miedo, en otro libera el entusiasmo; en uno las palabras no significan nada, en otro recuperan su significado. Conceptos como el de democracia no se pronuncian en vano dentro del CSL. Allí democracia significa, llanamente, que la ciudadanía decide. Una asamblea del CSL no es una tertulia donde cada uno manifiesta sus deseos y aspiraciones onanistas o donde se defienden intereses empresariales ajenos al bien común, sino un espacio donde, siguiendo el peligroso ejemplo de gente como el Che Guevara, lo que se piensa, se dice y se decide... se hace.
Quizá es por esto mismo por lo que el ayuntamiento de Galapagar se ha mostrado tan torpe y tan asustado: resulta que por fin ha ocurrido algo en sus “dominios”. Y es que normalmente en Galapagar, como en el resto de España, no ocurre nada. La corriente de sucesos sigue su curso habitual sin que nadie vea perturbada la rutina trabajo-supervivencia-hedonismo. La liberación del espacio que ha supuesto la creación del CSL se ha traducido en una especie de pequeño dique que amenaza con atrapar, poco a poco, otras piedras rodantes que no quieren seguir dejándose llevar por la corriente. Y es que hay un peligro real de que este tipo de acontecimientos aúne tanta gente que empecemos a creernos capaces de construir una presa que frene el despiadado y desenfrenado avance del capital e incluso cambie el sentido de la corriente. Cuando se discutía en el parlamento, durante la II República, si se debía otorgar a las mujeres el derecho a voto, el argumento de Clara Campoamor resultó incontestable: aunque las mujeres voten en contra de la República (lo que de hecho no ocurrió), estas deben votar, no solo porque es su derecho como personas, sino porque el camino de la libertad se aprende caminándolo, no esperando pacientemente a que sea tu turno. Mutatis mutandis, el camino de autogestión y racionalidad que nos ofrece el CSL difícilmente se podrá olvidar y por ello podemos decir que este acontecimiento ha sido y es todo un éxito, independientemente de lo que ocurra en el futuro. Es normal que la clase política tradicional se vea amenazada por algo así: el mero hecho de que el CSL exista nos recuerda cuán prescindibles son, cuánto mejor viviríamos si tuviésemos representantes de verdad o no tuviésemos ninguno (en el caso de que estos no existan).
Por otra parte, el Ayuntamiento de Galapagar, pese a lo retorcido, no es del todo inútil y saben muy bien lo que tienen que hacer para proteger los privilegios que se granjean desde su posición como representantes (formalmente) legítimos de la ciudadanía: rápidamente se ha puesto del lado de los peces gordos, llegando incluso al sabotaje para tratar de controlar y limitar los efectos de algo tan perturbador. La alcaldía llama totalitarios a los ciudadanos y ciudadanas que han decidido creerse que tienen derechos (como el de participar activamente en los asuntos públicos) y que tienen el valor de ejercerlos aunque se los nieguen. Utiliza a la policía y a los jueces para atemorizar y desmoralizar a las personas que quieren hacer uso del CSL y para criminalizarles de cara al resto del país (cuantos más policías, imputados y denuncias, más justificada parecerá la represión: “algo habrán hecho”). También utiliza la ficción jurídica que es el Estado de Derecho actual para seguir cometiendo tropelías: se apoya en el derecho a la propiedad y en las leyes que la protegen para impedir que se ejerzan el resto de derechos.
Sin embargo, en un país donde mandan los mercados de forma tiránica no podemos decir que exista la ley. Al contrario, solo encontraremos normas arbitrarias que sirven al explotador para reproducir el sistema de explotación-dominación. Es, por tanto, deber de toda persona seguir el ejemplo del CSL y desobedecer las normas que nos anulan como ciudadanos y ciudadanas para abrir un espacio en el que sí podamos hablar de ley: aquellas normas que emanan de la voluntad general, esto es, las normas de las que se dotan ciudadanos y ciudadanas reunidos en condiciones de libertad e igualdad para reflexionar y utilizar la razón pública, evitando toda superstición o prejuicio y todo cálculo interesado.
Ahora bien, si el CSL nos aporta muchas cosas positivas sobre las que reflexionar y aprender, también es nuestro deber aprender de los errores y dificultades que se han presentado y se presentarán. El camino de la libertad resulta agotador y abrumador: hay tanto que hacer, tanto que discutir, tanto que improvisar, tanto que aprender y compartir... Y el CSL no aísla del exterior: es muy duro compaginar la vida familiar, el trabajo y las necesidades del CSL. Y es todavía peor cuando, pese a las buenas intenciones, son siempre la misma decena de personas la que se encarga de que todo siga funcionando, de que el símbolo siga en pie y siga aportando cosas a la ciudadanía (incluido el espacio donde ser ciudadanía). Además del hastío, el agotamiento y el mal humor, este tipo de situaciones traen consigo otros peligros. Por ejemplo: se corre el riesgo de privatizar el espacio. No es algo que se haga voluntariamente, pero el hecho de que unas personas se ocupen siempre de determinados asuntos va generando un hábito y las asambleas podrían llegar a convertirse en un cara a cara entre algunas de estas personas por el control del espacio, lo que significaría que se ha perdido el bien común por el camino. El absentismo, la falta recurrente de voluntarios o voluntarias, representan un gran peligro para el correcto funcionamiento del CSL y para el bienestar emocional y psicológico de las personas que lo hacen posible.
Había un cuento en el que se narraba la historia de un bosque incendiado. Los animales huían despavoridos abandonando hasta a sus crías para tratar de escapar de las llamas (como si pudiesen vivir sin el bosque...). Pero un pequeño pájaro, en vez de huir, se dedicaba a tratar de apagar el fuego recogiendo gotitas de agua con el pico y lanzándolas a las llamas. La gente que hace posible el CSL se encuentra en la misma situación que el pajarito: el incendio que tratan de apagar es demasiado grande. No podrán solos. Cuando alguien le preguntó al pajarillo por qué intentaba apagar el fuego aún sabiendo que no podría hacer nada, este respondió que simplemente estaba haciendo su parte. Con un grito silencioso, la ciudadanía activa que ha liberado el centro social nos está demandando, nos exige mediante el ejemplo, que hagamos de una vez por todas nuestra parte. El destino del pájaro, así como el del CSL, está ligado al de los demás, los que observamos desde nuestro cómodo sofá en la distancia, los que huimos ante el avance del capital o los que no nos preocupamos de nada que quede más allá de nuestro ombligo. Si rechazamos nuestro deber y no hacemos nuestra parte (dentro o fuera de los espacios liberados), el CSL y el pajarillo están condenados a quemarse en el incendio.
En el caso de no tener los apoyos suficientes para poder prolongar esta nueva aventura de la ciudadanía, las personas que participan activamente en el CSL están obligadas a recordar algo: el ojo de mucha gente está puesto sobre Galapagar. La forma en que acabe el CSL, si es que acaba, es muy importante, no sólo para aquellas personas que se tendrán que enfrentar, en nombre de todos y todas, a un sistema judicial puesto al servicio del capital; también para el resto de personas que, desde la distancia insalvable o la distancia voluntaria, observan estos acontecimientos esperanzados. Llegado el caso, el CSL nos debe a toda la ciudadanía un buen desenlace que no signifique el fin de nada, sino el principio de otra cosa.
Las personas que de una manera u otra colaboraron en la liberación del espacio del antiguo centro de salud consiguieron una buena difusión del acontecimiento de entrada, ¿por qué no conseguir lo mismo para la salida? La lucha no termina en el CSL: aunque lo desalojen no podemos interpretarlo como una derrota, tenemos que leerlo como una metamorfosis. La lucha sigue, dentro y fuera del centro. Los frentes son múltiples y los recursos de los que disponemos muy limitados. Si se hizo notar la liberación de ese espacio y ahora se decide salir o las fuerzas policiales actúan para expulsar a la ciudadanía de su espacio, que se note más que estamos fuera, que entiendan que es un error ignorar nuestros derechos.
Vivimos tiempos revueltos y oscuros. Desde hace algunos siglos ocurre algo muy peculiar que bien podría haber impulsado a Platón a salir de su tumba: resulta que aquella persona que hace lo que es justo en lugar de lo que le conviene es considerada o bien un héroe (alguien que parece que se ha escapado de las películas o de la Biblia, que está fuera de contexto), o bien un gilipollas (alguien que no ha entendido el contexto, que actúa de forma irracional). Lo normal, se dice, es que cojas el sobre porque si no otra persona lo cogerá. Lo normal es que persigas tus intereses por encima de todo. Lo normal es que no te mojes por nada salvo por obtener un mayor beneficio.
Por eso, pase lo que pase, no debemos olvidar ni dejar de transmitir lo que puede ser la mayor lección de esta experiencia: que en el CSL de Galapagar se ha creado un espacio de igualdad y libertad donde conviven unos extraños seres (ciudadanos y ciudadanas) que se empeñan en recordarnos que hacer lo justo, hacer lo que se debe hacer independientemente de los sacrificios que eso conlleve, no es asunto de héroes ni de gilipollas. Es un deber que concierne a la gente normal y corriente. Lo que no es normal es lo que ocurre fuera del CSL: hambre insaciable, depredación económica, canibalismo mediado por el dinero, alienación. Casi dan ganas de gritar “¡o CSL o barbarie!”.
¡SORPRESA ELECTORAL!
En la jornada de ayer volvimos a rendir homenaje a la libertad celebrando unas nuevas elecciones. Hablamos como pueblo soberano y, contra todo pronóstico, decidimos que el Partido Popular obtuviera una holgada victoria: 186 escaños. El segundo partido más votado, el PSOE, tampoco esperaba recibir semejante apoyo, que le ha colocado (también por primera vez) como principal actor de la oposición. “Debido a las trabas que nos pone el sistema electoral, nuestro resultado final ha sido toda una sorpresa, pero está claro que nos merecemos esto y más por el trabajo que hemos ido desempeñando años anteriores”, dice Paquito, después de conocer que el PSOE ha obtenido 110 escaños..
La ciudadanía ha hablado. Sus nuevos representantes serán los encargados de defender sus intereses a partir de ahora. “Estas elecciones son la esencia de la libertad”, afirma Fulano, del PP. Y continúa visiblemente emocionado: “Nunca un partido como el nuestro, que partía de cero y con todas las desventajas, había logrado semejante mayoría”, “¡Menuda sorpresa, nadie lo esperaba!”. En efecto, todas las encuestas señalaban que los máximos beneficiarios de este sistema democrático, la izquierda totalitaria, iba a obtener una contundente victoria, favorecidos por la situación de desesperación y de crisis. Sin embargo, los dos partidos más votados en estas elecciones son los que mejor encarnan las virtudes de nuestro sistema: fomento de la libertad económica, desarrollo, participación ciudadana, democracia en todos los niveles, esfuerzo sincero por el bien ciudadano... El resto de partidos apenas han obtenido un puñado de votos, probablemente fruto del desconocimiento y del proceder irreflexivo de esa izquierda caníbal. “Es la mejor prueba de madurez democrática en estas difíciles circunstancias”, sentenció Mariano.
Sin embargo, no todos los españoles celebran la victoria de la democracia sobre el terror y el totalitarismo. Un grupo de desharrapados y de violentos ha mantenido protestas y han celebrado distintos actos con la intención (fracasada, inmediatamente abortada con la ayuda del Cuerpo Nacional de Policía, que actuó resuelta y contundentemente contra los enemigos de la libertad) de “reventar” este esplendoroso momento. Durante unos momentos corrió el rumor de un intento de golpe de Estado, que resultó ser falso, pero no deja de ser indicativo de la forma en que estos delincuentes “respetan” la voluntad de la mayoría. “¡Esto es democracia y no lo de Sol!”, exclaman al unísono miles de ciudadanos [Imaginemos una piedra que cae por efecto de la fuerza de la gravedad. Supongamos que esa piedra adquiere conciencia de sí misma en mitad del trayecto y que inmediatamente piensa dos cosas: primero, puesto que la piedra no sabe por qué está cayendo, asume que si está en movimiento es por su propia voluntad; en segundo lugar, asume que ese movimiento de arriba a abajo es indefinido, que no tiene por qué llegar al final y estamparse, sino que puede seguir cayendo eternamente. Es por eso que además de pensar “soy libre porque decido ir hacia abajo”, la piedra también va pensando “por ahora todo va bien” mientras se acerca al suelo.
La sociedad española se ha convertido (si no lo era antes) en esa piedra. Sin embargo, sería un error asumir que esta metamorfosis por la cual pasamos de ser ciudadanas a objetos inertes que caen por la acción de fuerzas que escapan a su control ha sido fruto de una decisión racional. Si analizamos los resultados de las elecciones al congreso podremos comprobar que el bipartidismo en general ha perdido más o menos cinco millones de votos: el PP apenas ha conseguido sumar algo más de medio millón de votantes respecto a las elecciones pasadas, mientras que el PSOE ha perdido aproximadamente seis millones, lo que significa que entre ambos han perdido 27 escaños. Por otro lado, los votos de PP y PSOE sumados apenas agrupan a la mitad del electorado, lo que gracias a nuestro sistema electoral se ha traducido en casi lo contrario, aproximadamente el 84% de los escaños del Congreso de los Diputados. He aquí el gran secreto de nuestra democracia, he aquí una de las mejores formas de convertir el oro en hierro: con tan solo 600.000 votos más, el PP ha obtenido 32 nuevos diputados en la cámara, mientras que partidos como IU, que han logrado un crecimiento en votos similar, apenas ha obtenido 9 diputados más. Esto significa que cada uno sus nuevos diputados le han costado a IU aproximadamente 66.667 votos, mientras que al PP le han costado 18.750, casi cuatro veces menos.
Pero además de tener una ley electoral perversa que castiga a los partidos pequeños y sobrerrepresenta a la derecha, los pueblos del Estado español se han visto sometidos a otro tipo de “condicionamientos” que han hecho de estas elecciones algo especial. Por un lado tenemos la situación de crisis económica o los altísimos niveles de paro, elementos que imprimen carácter de urgencia a todas nuestras decisiones y que funcionan como herramienta de chantaje en manos de los poderosos (“si no votas a mi partido, no tendrás trabajo”). Pero es que además estamos sufriendo un ataque especulativo que ha elevado la prima de riesgo de nuestra deuda por encima de la de Italia. Se trata, por tanto, de unas elecciones celebradas en situación de asedio, la ciudadanía está sitiada por los mercados. Es evidente que empresarios e inversionistas sabían que cualquiera de las opciones del bipartidismo les valía. Estaban tan convencidos de ello que no han recurrido a la vieja técnica de intervenir activamente en los asuntos internos de un país desde plataformas como el BM o el FMI, no ha hecho falta redactar una carta de compromiso con las políticas neoliberales, no ha hecho falta obligar a los candidatos (bajo amenaza de ataque masivo-especulativo-financiero) con opciones a victoria a firmarla...
En Europa acabamos de ser testigos de cómo se debe dar un golpe de Estado hoy en día. Tanto en Grecia como en Italia, se ha excluido a la ciudadanía de toda decisión sobre su presente y su futuro. En ambos países ya tenemos un gobierno de tecnócratas elegidos directamente por los mercados. Y en estas condiciones se nos ha dicho a la ciudadanía: “votad, sois libres, elegid lo que queráis, pero ateneos a las consecuencias: si no gusta a los mercados, vendrán de una forma u otra a por vosotras”. Es la Ley de Hierro del sistema capitalista: o “eliges” lo que los “expertos” (aquellos que ostentan el saber objetivo y desinteresado y que tanto trabajan para Pinochet como para Zapatero) te dicen que debes elegir o te enfrentas a ataques especulativos, bloqueos económicos, golpes de Estado... Por suerte en España hemos evitado todo esto: no hace falta un golpe que venga de fuera ni más ataques, mediante una ley electoral tramposa e injusta, aquellas personas que pase lo que pase votan al bipartidismo han obtenido una grandísima victoria y han instaurado a “tecnócratas” en el poder por sí mismos. Mediante nuestra ley electoral, un tercio de la ciudadanía le ha dado un golpe de Estado al resto. Tanto es así que los próximos cuatro años sus representantes pueden olvidarse de todo y dejarse llevar por la “necesidad”. Pero si, como el PSOE, a la hora de decidir eliminar derechos y mantener privilegios el PP agita la bandera de la necesidad, de la falta de opciones, de la imposibilidad de elegir, entonces, ¿para qué hemos votado? Si gane quien gane tiene que hacer lo que se le dicta desde los centros de poder del capital como si se tratase de algo inevitable, ¿para qué cambiar a la gente que está en el gobierno y en el parlamento? Votando al bipartidismo nos negamos la posibilidad de decidir, es la muerte de la democracia y la muerte de la política. Bienvenida sea la dictadura del capital, la mera administración de los ricos sobre los pobres: por fin reconocemos tanto el derecho del león a comer cordero como el derecho del cordero a ser comido por el león.
A partir de hoy, el PP se basará en una legitimidad que no tiene para continuar la obra del PSOE: legislar en contra de la razón, en contra de la voluntad general y en contra de lo público. Insistirá en que puede hacer lo que se le antoje (traducción: lo que le manden desde Europa y el FMI más los favores que deba a Botín y compañía) porque las españolas les hemos dado la mayoría. Sin embargo, no han sido ni un tercio de las votantes las que le han dado su voto. Lo que significa que dos tercios de las electoras o no han votado o han votado algo distinto. Aún así, el PP cuenta con mayoría absoluta, la fórmula jurídica perfecta para tiempos de crisis: no tendrá que hacer como el PSOE y gobernar a base de decreto, se pueden permitir los debates en el parlamento porque solo sus votos cuentan para algo. Dejémoslo bien claro: el triunfo del PP no ha sido democrático, sino formal. Su triunfo (la mayoría absoluta) se lo da la ley electoral, no la población del Estado español. Esta mayoría no es un reflejo de la confianza, sino un reflejo de lo corruptas y/o mutiladas que están las instituciones “democráticas” en este país. El voto en blanco, la abstención y el voto nulo han crecido. También el voto a los partidos que se escapan del bipartidismo. De hecho, da que pensar que el único lugar donde ha aumentado la participación es en el País Vasco, donde han votado en masa a AMAIUR, un partido marcadamente antisistema.
¿Qué nos queda a las ciudadanas de a pie? ¿Qué nos queda a las personas que tenemos conciencia política? ¿Debemos asumir que lo que Unamuno le dijo al fascismo, “venceréis pero no convenceréis”, es una condena más que una advertencia? ¿Estamos condenados a convencer pero a cambio de perder? O, parafraseando a Savater, ¿estamos condenados a ser el antiácido del sistema digestivo del capitalismo y nada más? Lo cierto es que la campaña electoral, al igual que buena parte de la política del bipartidismo, se ha convertido en una especie de campaña de marketing. Igual que venden la “marca España” fuera, dentro del país los dos grandes partidos venden sus propias marcas, tratando de diferenciarse cuando se acerca la hora de elegir entre uno u otro. Nos tratan como a tontos consumidores: no nos convencen, no hace falta, nos seducen y nos manipulan sin un solo argumento y luego no aceptan la devolución del producto de los miles de consumidores insatisfechos.
Estas elecciones vuelven a dejar claro que la lucha, si no toda buena parte, se debe dar en la calle: las instituciones no nos dejan ni un solo espacio más allá del testimonial, dentro de ellas solo existimos para reconocer nuestra derrota y legitimar su victoria. Desde las plazas hemos dado al gobierno bipartidista muchas y buenas oportunidades para que nos escuche. Es una concesión por nuestra parte el ser tan pacíficos y respetar hasta tal punto las normas, incluidas las arbitrarias y humillantes. Hasta el punto de que muchas veces se nos olvida a nosotras mismas que ser respetuosa y pacífica no es lo mismo que ser obediente. Pero ¿qué nos queda si desde las instancias del poder formal se nos ignora sistemáticamente y se nos apalea cada vez con mayor frecuencia? ¿Fue Kennedy el que dijo algo así como “aquellos que hacen la revolución pacífica imposible, hacen la revolución violenta inevitable”? De hecho, la administración bipartidista ya ha respondido a muchas de estas preguntas: los que estaban en la oposición llevan tiempo pidiendo que nos barran de las calles, mientras que los que estaban en el poder han iniciado un proceso que seguramente se agrave durante esta legislatura: recortes en derechos laborales y sociales (especialmente llamativos son los casos de educación y sanidad) y aumento de la dotación de la policía hasta alcanzar máximos históricos. Así es como se defiende una dictadura frente a la razón y a la voluntad general, no nos engañemos: cuando faltan los argumentos y la manipulación mediática se muestra insuficiente, su única opción es recurrir a la fuerza, no en vano se sientan en el trono del poder.] que se manifiestan en Ferraz y en Génova para celebrar el triunfo de la libertad frente al terror y el autoritarismo. La única pega, dicen algunos, es que “el terrorismo etarra haya conseguido unos escaños aprovechándose de nuestra tolerancia democrática”. En efecto, AMAIUR, partido liderado por ETA, ha conseguido 7 escaños.
Ciudadanos entrevistados a pie de calle no podían contener su emoción ante los resultados y su disgusto ante los manifestantes antidemocráticos: “¡No es justo! Cuando ellos estaban en el poder nosotros lo respetamos, que ahora nos respeten ellos”, de lamenta Miguel. “A nosotros nos han votado millones de personas y por tanto representamos a la nación, que se enteren esos perroflautas...”, decía Manoli, impaciente por empezar a trabajar por la libertad desde su nuevo cargo electo.
Los dos sindicatos mayoritarios también han celebrado este gran acontecimiento: “Aunque el partido al que apoyamos no ha ganado, nos sentimos orgullosos de vivir en un sistema tan democrático. Esos indignados seguramente ni saben lo que es una constitución, no aceptan que la mayoría queramos ser libres”, decía Mengano al salir de la fiesta en la sede de UGT, asomando la cabeza desde su Audi último modelo. Además, muestran su confianza en el futuro del PSOE ya que, aseguran, si trabajan duro por la ciudadanía, aunque sea desde la oposición, puede que gane dentro de cuatro u ocho años.
Pero si las calles parecían un festival en honor a la democracia, la auténtica fiesta se vive en el corazón de cada uno de los españoles de bien, que ha visto como el resto de los ciudadanos ha decidido seguir los cauces establecidos para hacer de nuestro convivir algo atractivo, pacífico y productivo.