viernes, 7 de septiembre de 2012

Vergüenza diaria


Sumerjámonos en la ficción de un mundo diferente. Imaginemos por unos segundos que en ese mundo las relaciones entre personas son como relaciones entre objetos. Consideremos unos instantes lo que significaría que no ya para el capital y sus representantes, sino para el resto de personas que habitan la Tierra, cada individuo fuese considerado un “instrumento que habla”. Reflexionemos acerca del tipo de vida que tendríamos si para el vecino no fuésemos muy diferentes a un tornillo, un coche, una segadora, un teléfono móvil, un vibrador o un felpudo. Ahora volvamos a la realidad, dejemos de fantasear: observemos como en nuestro mundo estamos practicando esa transformación (o bien permitiéndolo) sobre la mitad de la humanidad.

La creencia en que por vivir en un país formalmente igualitario (cada vez menos) el machismo se extinguió y se derribó el patriarcado está tan extendida que da ganas de dejarse llevar por la corriente y tachar un problema de la lista. Ahora bien, cada día un incontable número de mujeres sufren, por ejemplo, algún tipo de acoso verbal o una agresión sexual, síntomas inequívocos de que, desde algún lugar, un gran falo sigue diseñando el presente y el futuro.

El patriarcado se defiende. Cuando no puede mantener sus privilegios formales, cuando deja de diseñar directamente las leyes, se centra en la cultura, la religión, las tradiciones y las nuevas formas de practicar el machismo, esas que aparecen recubiertas de palabras positivas y argumentos “científicos”. Una de las puntas de iceberg que más vemos, una de las más aceptadas y normalizadas, es el acoso verbal. Muchos hombres entienden que someter a una mujer a una serie de improperios normalmente humillantes, desagradables o simplemente vejatorios es en realidad algo bueno: no se trata de convertir a las mujeres en cuerpos que andan, se abren de piernas y chupan, sino de algo así como “piropear”. Puede que incluso esa sea la intención, pero en un mundo patriarcal estas cosas no ocurren por casualidad, sino por sistema, y tienen un objetivo último no tan evidente, un currículum oculto: cosificar a la víctima de los improperios. Pensémoslo bien. Imaginemos una mujer que cumple con el canon de belleza actual. Imaginemos que esa mujer va andando sola por la calle y que se cruza con un grupo de hombres. Inmediatamente ocurren tres cosas en la mente machista: primero considera que esa mujer es un cuerpo andante, lo mismo da lo lista que sea, lo que haya estudiado, a lo que se dedique, lo que ha pasado a lo largo de su vida, el motivo por el que está ahí, etc. Este proceso de simplificación de un individuo, esta reducción practicada sobre un ser humano, lleva inmediatamente la segunda cuestión: que ese varón se siente impelido, empujado, a mostrar en público que ha realizado esa reducción de persona a objeto. Solo ha de escoger las palabras adecuadas para que, si los otros machos no habían practicado ya el arte de la alquimia que convierte a las mujeres en cosas, inmediatamente lo hagan. Demuestra así, de paso, quién es el macho alfa de esa manada, quién lleva el ariete para entrar en el castillo. En tercer lugar, ese macho encuentra apoyo en sus amigos, que o bien afinan el ingenio para cosificar más y mejor a esa mujer o bien ríen las gracias, la osadía y el atrevimiento del macho alfa, por lo que todos se sitúan por encima de ella, en un plano jerárquicamente superior, una colina desde la que mirar por encima del hombro y bien defendida por el grupo.

Ella no tiene por qué soportar eso. No tiene por qué dejar que las babas de un grupo de machistas la ahoguen. Estamos hablando, por cierto, de que esto tiene lugar en una calle bien transitada, es decir, hay muchos testigos de las vejaciones, pero no hacen nada, no dirán nada. Bueno, en realidad algo sí: harán como si no ven y no oyen. Si el grupo de machos cabríos es pequeño es importante que ella esté sola, porque si va acompañada de otro hombre se estarían metiendo en el jardín del vecino. Es una cuestión de quién posee el “instrumento que habla”: si lo posee otro macho, muestran respeto, porque la chica ya pertenece a alguien, a otro macho que sí merece un respeto. Si va sola es apropiable, y qué mejor para apropiarse de ella que unos “piropos”. Pero un segundo, si le preguntásemos a ella probablemente nos diría que no le ha gustado ir andando tranquilamente por la calle y que alguien le recuerde que para la mitad de la humanidad no es más que un objeto que se puede utilizar y tirar. ¿Para qué sirven esos “piropos”, pues, si es evidente que no atraen a la mujer hacia quién los ha esputado? Para reproducir la sumisión de la hembra al macho, pero sobre todo para ver quién está por encima de quién en la escala jerárquica en que se mueven esos machos tan atentos. No obstante, cualquiera de esos gallitos que tan seguros se muestran entre sus amigos no dudará en bajar los ojos si se encuentra a solas con esa mujer otro día. Pero mientras estén juntos ella es mero campo de batalla, algo que se puede conquistar para mostrar como trofeo a otros machos, es un maniquí en un escaparate que espera pacientemente a que alguien lo reclame como suyo. Por otra parte, como todo machista sabe, ellas necesitan de ellos desesperadamente o “no están completas”, requieren de la dependencia del macho para cerrar el círculo de su vida. ¿Qué hace, pues, una mujer que cumple con el canon de belleza andando sola? Debe tener, por supuesto, algún tipo de problema. ¿Cómo van a pensar esos machitos que si va sola es porque quiere, porque mejor sola y mejor solo que mal acompañados? La cuestión es que en una sociedad patriarcal la independencia de las mujeres se castiga socialmente, ellos pueden ir solos, ellas no: un macho ve peligrar sus privilegios si otro macho ha permitido que una chica sea libre y autónoma. Por eso se aprestan a enmendar el error, tratan de deshacer lo que ella ha hecho, tratan de colocarla en el sitio que le corresponde por no tener pene.

Desde el punto de vista de un macho machote ellas aparecen en nuestras vidas para satisfacer nuestros deseos y necesidades sexuales (y reproductivas). Aquella que no lo hace es una enferma, una frígida, una rancia... Su esencia es ser un aparato complejo de masturbación masculina: ese cuerpo, ese pedazo de carne estimulante (ese receptáculo pecaminoso para las nuevas vidas en la versión cristiana), debe ser propiedad de algún macho, carece de voluntad propia, todas son iguales y todas buscan lo mismo (eso sí, con distintos matices: unas prefieren al macho moreno, otra al pelirrojo...). Y ellas no deben quejarse u oponerse a la voluntad del macho, resultaría una especie de blasfemia: su lugar en el mundo viene determinada por aquello que no se puede cambiar, su naturaleza de mujer. Aquella que devuelva el golpe, se defienda o se resista a ocupar el espacio que el macho reserva para ella, se arriesga a ser considerada un “macho con tetas”, una aberración, puesto que lo propio de las mujeres es la docilidad y evitar los conflictos. Si han estado calladas durante siglos, ¿por qué iban a alzar la voz ahora? En otras palabras, defender su dignidad y la dignidad del resto de mujeres es, según el macho, cosa de machos. No cabe eso de femineidad y dignidad en un mismo cuerpo, en una misma persona. Vemos, por tanto, como opera el machismo: naturaliza cualidades, niega otras, jerarquiza las masculinas sobre las femeninas, no entiende de respeto, no ve más allá de la punta de su falo.

Antes mencionábamos también la agresión sexual como síntoma de la fuerza y vigor del patriarcado en la sociedad actual. Esta es una de las formas más crueles de injusticia. Es, de hecho, una de las mayores injusticias que puede cometer un ser humano sobre otro. Pongamos otro ejemplo: imaginemos que la misma chica de antes, hermosa según los gustos contemporáneos, va con un amigo andando por esa misma calle a altas horas de la madrugada. Imaginemos que este amigo empieza a ponerse muy cariñoso, cada vez más, pegajoso, se sobre-estimula y decide que esa noche es la suya, que ha invitado a tres copas a la chica y que por tanto ella algo le debe. Imaginemos que este amigo es un macho hecho y derecho. Puede que no lo hayamos visto venir porque habla muy bien de las chicas, o porque es tímido o porque lo que sea, la cuestión es que el macho está suelto y quiere alimentarse. ¿Cómo debemos interpretar que después de un “te quiero” empuje a la chica a un callejón? ¿Qué significa que mientras pronuncia palabras de amor y otras emociones íntimas utilice la fuerza para asegurarse de que no haya testigos, para quitarle la ropa a ella, para impedir que se vaya o se resista? Está claro como lo interpreta él: es el mayor acto de amor posible, la demostración de que ella despierta en él algo incontrolable, pasiones que le superan y le dominan. Qué bonitas tienden a ser las palabras cuando tratan de ocultar el horror esencial. “Ámame”, dice el que intenta asesinar la dignidad. Ellos no creen estar haciendo nada malo.

Y en un sentido macabro, no les falta razón: si ya habíamos convertido (o permitido que se convierta) a las mujeres en objetos masturbatorios para hombres, teníamos la mitad del trabajo hecho, ya habíamos recorrido gran parte del camino. ¿Acaso se puede violar una piedra? ¿Se puede violar a un consolador? No. Deshumanizar a las mujeres es como darle la pistola al asesino. Además, muchas de ellas han sido socialmente entrenadas para no resistirse ante un agresión sexual: “no te resistas que es peor”, “cuanto menos me resista antes acabará”, “los hombres son así, no se lo tengas en cuenta ni le des demasiada importancia” o “si me resisto me mata”. El macho, por su parte, piensa algo así como “si de verdad no quisiese se resistiría hasta la muerte, osea que en realidad si quiere que la honre con mi maravillosa penetración salvaje”. No entra a considerar el miedo. El miedo. Atenaza en el momento y también después. Es una feroz herramienta de control. El miedo la paraliza y la hace suya, la desposee de voluntad y razonar coherentemente se hace difícil, la somete a la dictadura del terror, le arranca los vínculos que le unen al resto de la sociedad. El agresor crea un agujero negro que lo absorbe todo. La agresión sexual restablece también una relación de poder muy concreta: reivindica la dominación masculina, el derecho del macho sobre el cuerpo de la hembra, resitúa a las mujeres en su lugar, establece una relación social de amo (ser que es para sí) y esclava (ser que es para otros).

Pero una agresión sexual hace mucho más que devolver los puestos tradicionales en la escala social a machos y hembras. Una agresión sexual es un atentado contra esa mujer concreta que la sufre, pero también contra toda la humanidad. Rompe un mundo entero: autoestima, confianzas, relaciones, sexo... A partir de ese momento es difícil que no aparezca todo filtrado por la agresión. Como las ondas que vemos en un estanque después de tirar algo al agua, la agresión sexual va perdiendo intensidad pero golpea también a la gente de alrededor de la persona agredida. De repente cada día corre el riesgo de convertirse en una derrota sin fin, en un vacío de dignidad que lleva a la desesperación. El macho no agrede solo una vez. Ya consumada la violación o el intento, ella lo va a revivir varias veces al día. El violador repite su acción una y otra vez, ella no puede borrarlo de su cabeza: cierra los ojos y ahí está, tiene pesadillas, tiene miedo de que vuelva, tiene miedo del propio miedo, no quiere volver a quedarse paralizada pero ya no se fía ni de sí misma. Y para culminar el machismo le introduce una idea muy peligrosa en la cabeza: “¿y si ha sido culpa mía?”, piensa ella, “¿y si lo he provocado de alguna manera?”. El crimen perfecto: cometer la mayor de las injusticias, destruir un mundo entero (la forma de entender las relaciones, el miedo a ir sola o con un hombre por la calle, el concepto que tendrá de los hombres, el apetito sexual y un largo y terrible etcétera) y salir impune, más aún, lograr que la propia víctima se culpabilice de la barbarie. Ella tiene miedo y vergüenza (“ha sido culpa mía”, “ahora estoy marcada, soy impura”...) y no denuncia o no puede demostrarlo, él juega a que no ha pasado nada o a que nadie en este mundo le entiende. Pobre.

¿Acaso todo esto es inevitable? ¿Es este el precio que ha de pagar una mujer por atreverse a jugar en territorio de machos tales como la autonomía y la independencia? ¿Acaso los machos no pueden controlar sus “instintos”? ¿A quién queremos engañar? Los humanos somos algo más que machos y hembras, somos hombres y mujeres, capaces de practicar la justicia y castigar y corregir la injusticia. ¿Cuantas agresiones más hacen falta para que reaccionemos con contundencia no solo a nivel penal, sino también a nivel educativo y social (qué permitimos y qué no, qué consideramos normal y qué no)? Todo el que reproduzca de alguna manera el patriarcado es cómplice directo de cada una de las agresiones sexuales que están teniendo lugar diariamente. También lo son los que no vieron nada, no escucharon ningún grito, no querían meterse en problemas o consideran que cuando una chica dice “no” en realidad, como demuestran los vídeos porno de dibujos manga, quiere decir “sí, domíname como un machote, haz conmigo todo lo que te plazca que a mí me gustará porque soy mujer”.

El problema del macho no es que sea una pobre víctima del “instinto reproductor”, de impulsos sexuales que no puede controlar, solo está llevando a la lógica conclusión todo un sistema de prejuicios, supersticiones y valores torcidos. Es responsable de lo que hace. Y la sociedad entera es responsable de permitir que siga ocurriendo. No estamos hablando de un problema individual de esa mujer, antes acosada verbalmente y ahora agredida sexualmente, no es algo que se solucione poniendo a un macho a su lado para que la proteja de otros machos. No se soluciona poniéndole burka ni aislándola en casa. El problema no es “de” esa mujer o “de” las mujeres en general. El problema es “para” las mujeres, pero es “de” todos. El machismo y el patriarcado son cuestiones sociales, se introducen en el sentido común, en la normalidad diaria, tanto en hombres como en mujeres. Una de las pintadas callejeras de Mujeres Creando (Bolivia) reza así: “en aymara, inglés, árabe y castellano mujer quiere decir dignidad”. Al final, lo que necesitan ellas es exactamente lo mismo que lo que necesitan ellos: poder vivir su vida con dignidad, sin verse reducidas a muñecas hinchables cada vez que dan muestras de su autonomía e independencia. Pongamos todos y todas nuestra miguita de pan para tratar de revertir la situación y en lugar de hablar de una derrota diaria comencemos a hablar de una victoria diaria. Ni la peor de las agresiones sexuales es capaz de acabar con una mujer que sabe en qué terreno se desenvuelve la lucha: contra el machismo y el patriarcado conciencia política y conciencia feminista. Dignidad. Nadie llorará por la extinción del “varonil macho humano”.

jueves, 30 de agosto de 2012

Un símbolo de dignidad (Alberto Garzón Espinosa)



El martes un grupo de trabajadores del Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT) entró de forma organizada en dos grandes superficies y se llevó sin pagar un importante número de productos de primera necesidad, con objeto de repartirlos entre los más necesitados. Como consecuencia, el ministerio del Interior ha ordenado ya la detención de los responsables. Varios días después podemos confirmar, a mi juicio, que la acción del SAT ha sido un completo éxito.

Comencemos por el contexto social. Según UNICEF en España un 17’1% de los niños están bajo el umbral de la pobreza, mientras que Acción contra el Hambre denuncia que un 25% están desnutridos. Al mismo tiempo 2 millones de españoles se beneficiarán de las ayudas que la Comisión Europea ha enviado este año –con un total de 67 millones de kilos de comida- para combatir el hambre en nuestro país. A nadie se le escapa que las organizaciones solidarias han visto dispararse sus necesidades para poder atender con eficacia a una población crecientemente empobrecida.

A pesar de lo apuntado arriba es obvio también que en nuestro país no falta comida, ni tierras fértiles ni medios técnicos con los que paliar el hambre. Lo que sí falta es voluntad política que se atreva a enfrentar las desigualdades de riqueza y renta. Y lo que sobre todo falta es que se cumpla la constitución española y su artículo 128.1, el cual declara que “toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general”. Y la acción del SAT ha logrado precisamente poner esto de relieve, marcarlo en la agenda, y lo ha hecho siguiendo la máxima libertaria de Emna Goldman, que instigaba a los trabajadores con la siguiente proclama: “pedid trabajo, si no os lo dan, pedid pan, y si no os dan ni pan ni trabajo, coged el pan“.

Pero la acción del SAT ha ido más allá de lo concreto, es decir, del reparto de comida, y ha penetrado con fuerza en el mundo ideológico. Decía Guy Debord que vivimos en la sociedad del espectáculo y nos recordaba, citando a Feuerbach, que en nuestro tiempo “se prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser”. No hay duda sobre ello: en la sociedad del espectáculo la imagen importa más que la sustancia y los símbolos se convierten en el arma más valiosa para las causas políticas y las causas empresariales.  Y la acción del SAT no es una medida contra la crisis –porque su generalización no resuelve los problemas de raíz- sino una acción simbólica con un claro contenido político. Es sustancialmente distinto.

Efectivamente nadie, y los compañeros del SAT menos, tenían como intención que aquella acción del martes se convirtiera en un elemento clave del programa electoral. Lo del SAT ha sido una brillante táctica comunicativa para poner sobre la agenda política un grave problema social. Hablamos de un pensado golpe contra la ideología dominante, es decir, contra la concepción del mundo que tiene la gente acerca de cómo debe organizarse una sociedad. Esta acción ha servido para remover los cimientos ideológicos de la mayoría de la gente. Por supuesto que no ha convencido a muchos, quizá la mayoría, pero ha golpeado por primera vez y con contundencia su sistema de ideas y el cual estaba hasta ahora muy asentado y consolidado. Ha mermado sus defensas.

No olvidemos que vivimos una crisis ideológica que se manifiesta en el cambio de cómo la gente concibe e interpreta su realidad más cercana. La concepción del mundo que había sido dominante hasta ahora se resquebraja y todo está en duda. Se cuestiona que los políticos y economistas sepan qué hacer, que las instituciones políticas sean útiles para resolver los problemas, que las entidades financieras sean fundamentales, que haya democracia, que las empresas privadas sean superiores a las públicas, que la policía defienda al pueblo, y también –y es lo que aquí nos ocupa- que la propiedad privada sea sagrada y esté por encima de otros derechos como el de la vivienda o la alimentación.

Algunos denunciarán que la acción del SAT es ilegal. Efectivamente, lo es. Pero la cuestión no reside en saber en qué lado de la frontera jurídica cae, sino en si es una acción legítima y digna o si por el contrario no lo es. Y cuando sabemos que las necesidades humanas básicas pueden satisfacerse técnicamente pero el único obstáculo para conseguirlo es el propio marco institucional, diseñado en beneficio y garantía de la gran empresa y las grandes fortunas, es cuando acciones como las del SAT recobran toda su naturaleza revolucionaria y de justicia social. En ese punto la ilegalidad es legítima y contribuye a preparar el terreno para un cambio institucional que primero y ante todo ha de construirse en el plano ideológico.



lunes, 16 de julio de 2012

Violencia y no-violencia: insultos y huesos rotos.






Hay quien piensa que es la violencia la que define el poder. Dicho de otra forma: el poder lo tendría quien es capaz de ordenar a otras personas que ejerzan la violencia en su nombre. En un Estado moderno esto se traduciría en que el poder lo tienen las personas que manejan la violencia legítima. Esta adjetivación de la violencia no es baladí, ya que hace referencia a que el Estado ha monopolizado el uso de la violencia aceptada, a que se ha generado un consenso en torno a quién debe empuñar la espada.

Aún así, este esquema de interpretación se queda corto, en tanto ignora la lucha política fundamental que define al poder: la guerra de significados. Cuando un rey, una reina, un primer ministro, un presidente o una delegada del gobierno tienen poder, lo fundamental no es ver en qué medida controlan los cuerpos de represión del Estado, sino averiguar si son capaces de definir lo que es violencia y lo que no. Ahí reside el auténtico poder, ahí está el primer conflicto político.

En Madrid nos lo están recordando cada día en las calles. Ya son varios días de protestas y movilizaciones masivas, cortes de calles, visitas a las sedes del PPSOE, etc. Uno de estos días, mientras la riada de dignidad se movía de Génova a Ferraz, aparece la delegada del gobierno, la señora Cifuentes, (responsable directa del grado de violencia policial que se nos aplica día tras día), en mitad de la manifestación. Un error por su parte: durante los metros que la acompañamos hasta que se refugió en un restaurante le llovieron insultos, rimas ácidas, vituperios varios. Ningún porrazo. Por supuesto allí estaba la prensa para recogerlo todo.

Al llegar a Ferraz, la policía volvió a cargar, varias veces más. Al margen de que sus cargas cada vez imponen menos miedo, al margen de que ya no sirven para disolver a las masas sino para encolerizarlas más y obligarlas a que se desplacen y corten otras calles, al margen de todas estas pequeñas victorias, ahora interesa lo que le ocurrió a un anónimo: la policía le partió la nariz de un porrazo. Lejos de atemorizarse, el agredido se encaró el solo a los antidisturbios (curioso nombre para quien provoca disturbios) y les hizo una pregunta muy sencilla: “¿por qué me habéis roto la nariz?”. Por supuesto allí también estaba la prensa para recogerlo todo, otra cosa es qué hicieron con la información los editores, neo-censores, mercenarios de la información, etc.

Este hecho, que no parece más que otra de las macabras anécdotas sobre manifestaciones que se van haciendo cada vez más comunes, tiene su relevancia si lo utilizamos para compararlo con lo que le ocurrió a la señora Cifuentes, víctima mediática. El PPSOE no ha perdido ni un segundo en condenar la “agresión” que ha sufrido la delegada. Los medios de desinformación tardaron menos en hacerse eco. Pero lo que resulta chocante es que mientras se condenaba que la masa insultase a la responsable política de las cargas policiales, mientras se caracterizaban unas palabras malsonantes como un hecho violento, se estaba ignorando que no se tocó ni un pelo a la responsable de las detenciones, los huesos rotos y las humillaciones sangrantes. Y se estaba dejando como en un plano aparte la nariz rota de ese señor anónimo que podría ser cualquiera. Y cuando no se ignoraba abiertamente, se etiquetaba como “incidente con la policía”, dejando claro que al menos parte de la culpa la tenía la persona que sangraba de la misma forma que la violada tiene parte de la culpa de la violación por provocar.

Ahí está la clave. El poder se decide y se define antes de que lo hagan las porras. Es la guerra por el significado. Ante una carga policial, hoy por hoy, los manifestantes hemos perdido de antemano. Mediante su discurso, PPSOE, medios de comunicación capitalistas, empresarios, etc., han conseguido que las cargas policiales no se interpreten como violencia, sino como una especie de justicia en bruto: “si disparan a los manifestantes será porque algo habrán hecho (al margen de manifestarse)”. Nos proponen una definición del concepto “violencia” donde no caben las porras y las pelotas de goma (esa munición “no letal” que de vez en cuando mata), donde no hay hueco para las detenciones arbitrarias, las palizas, las humillaciones ni la incomunicación durante 48 horas. Por eso podemos decir que tienen el poder: ellos definen qué es violento y qué no. Es con esa arma con la que nos golpean y nos rompen narices y brazos en cada manifestación. El combate no solo está en las calles, también está en las palabras que nos gobiernan. Viglietti (“Solo digo compañeros”) cantó una vez que

“Papel contra balas no pueden servir
canción desarmada no enfrenta a un fusil”

Pues bien, vivimos en ese extraño lugar donde llamamos al papel “violencia” y al fusil “defensa”, a la canción “terrorismo callejero” y a las balas “justicia y orden”. Es necesario asaltar el sentido común a la vez que las calles. Cada porrazo que recibimos es el fruto de nuestro fracaso pedagógico, el fruto de una derrota anterior. Ataquemos por todos los frentes.

martes, 10 de julio de 2012

Trenes que pasan, palabras que empujan.


A estas alturas, todos hemos visto por lo menos cinco o seis películas que tratan sobre los campos de concentración en la Alemania nazi, sobre los guetos, sobre el exterminio de los judíos. Sin embargo, la mayor parte de estos largometrajes caen sistemáticamente en los mismos errores: sustituyen la dominación y la obediencia por el terror llano, el argumento por la violencia, el conflicto por la demencia y la historia por la sangre. Es decir, normalmente, si vemos una película acerca del Holocausto, nos vemos privados de la dimensión política del mismo. Resulta mucho más sencillo y rentable invertir ingentes sumas de dinero en efectos especiales, extras y decorados, que elaborar un guión coherente que evite el tan manido choque entre el Bien (sospechosamente parecido a las doctrinas del “sueño americano”) y el Mal (cualquier batiburrillo de incoherencias). El ejemplo más visible de este tipo de cine “despolitizado”, visceral, unidimensional, destinado a ser un producto de masas que además transmita ciertos valores nada neutrales, es, en mi opinión, “La lista de Schindler”, de Steven Spielberg.

Existen, no obstante, honrosas excepciones como “La solución final”, de Frank Pierson, o “Amen”, de Costa Gavras. Estas películas brillan, entre otras cosas, porque se atreven a plantear algunas de las cuestiones políticas que están detrás de la masacre y no se limitan a construir una especie de identidad judía basada en la minoría de edad respecto de los alemanes. Los equipos de rodaje de estas películas decidieron que para mostrar la crueldad del momento, lo horroroso de los crímenes que se estaban cometiendo, no necesitan mostrar sangre cada pocos minutos, ni huérfanas desvalidas que acaban incineradas, ni muertes tan grotescas como innecesarias. Ni necesitan convertir a los nazis en una especie de alienígenas poseídos por Satanás, dedicados al mal por el arte del mal, desconectados de la historia y la razón humanas. No, en “La solución final” solo somos testigos de cómo se toma una decisión política (el exterminio) que de antemano sabemos que se va a tomar, son las palabras y los actores los que transmiten lo que está ocurriendo, no la espectacularidad obscena de una imagen violenta que no nos dice nada aunque nos provoque un natural rechazo. En “Amen”, además de las palabras, el director utiliza una herramienta estética muy efectiva: vemos trenes presuntamente llenos de gente y bien cerrados avanzar en una dirección... y los vemos volver abiertos, vacíos, en la otra. La sensación de impotencia es inenarrable: por mucho que se empeñen, por mucho que intenten hacer visibles esos trenes, los protagonistas no son capaces de parar la maquinaria de exterminio.

Es prácticamente inevitable extraer paralelismos con la situación actual. Buena parte de las sociedades ven el mundo a través de los ojos de Spielberg, utilizan las gafas del discurso hegemónico para observar la realidad (una realidad simplificada hasta el absurdo) asumiendo esta como algo inevitable. Es inevitable, por ejemplo, que el demonio posea a distintas personas (incluso un país entero y civilizado como Alemania) y por supuesto se trata de algo al margen del sistema político-económico y de la historia, de los intereses privados de los grandes capitales que financiaron y produjeron las armas, los sistemas de clasificación de seres desechables, los vehículos o los refrescos para Hitler y los aspirantes a Hitler. Mientras, aquellas personas que tienen una mentalidad crítica, que miran con los ojos politizados de Costa Gavras o Frank Pierson, parecen estar condenadas a ver pasar trenes de un lado a otro, a ser testigos pasivos, impotentes, del terror y la injusticia. Todos tenemos ojos para ver, pero eso no parece suficiente, porque ver no implica mirar o enfocar hacia donde escuece.

Las palabras y las imágenes matan. Mientras esperamos, mientras mantenemos el statu quo o mientras luchamos en su contra, los trenes siguen pasando. Van de un lado a otro trasladando a los seres desechables allá donde la sociedad (rica) no mire, allá donde el capital lo requiera, allá donde sus palabras se pierdan en el olvido. Los trenes están protegidos: las fuerzas de seguridad del Estado, los medios de propaganda privados y los economistas inhumanos (capitalistas) eclipsan los gritos que escapan del interior de los vagones, ciegan los objetivos de las cámaras que tratan de enfocarlos, silencian a aquellas personas que intentan transmitir lo que ocurre. Y lo hacen utilizando, además de la violencia, bonitas palabras.

Mientras los gobiernos europeos recortan derechos para salvar a los bancos, pasan trenes. Mientras Zara aumenta sus tasas de beneficio, pasan trenes (algunos fletados por la propia empresa, no por casualidad aumenta su tasa de beneficio). Mientras leemos o escuchamos cuentos periodísticos pasan trenes. Mientras defendemos la supuesta normalidad “democrática” en Honduras o Paraguay, pasan trenes. Cada vez que alguien dice que hoy no tiene nada de malo comprar un teléfono móvil, pasan trenes. Al mismo tiempo que criticamos a los mineros asturianos, cántabros y leoneses porque son trabajadores “privilegiados”, pasan trenes.

No paran de pasar trenes. No paran porque no los paramos. No los paramos porque nos conformamos con palabras como “en vías de desarrollo”, “en proceso de industrialización”, “ajustes”, “no hay alternativa”, “pobreza socialmente justa”, “winner-loser”, “debemos ser más competitivos”, “aunque la gente se muera de hambre es mejor tirar comida para que no baje el precio del producto”, “las plantas y otras formas de vida son susceptibles de ser patentadas y convertidas en mercancía”, “fabrico y mantengo el arsenal nuclear de mi país, soy un patriota” y muchas más. Aceptamos que la “democracia” solo cuenta cuando se vota a favor de los mercados (bajo pena de golpe de Estado para los que se atrevan a ignorar esta ley de hierro de la democracia bajo condiciones capitalistas) y evitamos constatar, como si fuese un dato sin importancia, que no ha habido ni un solo caso en la historia donde un pueblo se haya levantado para luchar por una sociedad capitalista y, sin embargo, todo el globo funciona bajo su yugo. Como si se tratase del cuento de los hermanos Grimm “La cenicienta” (que no el despolitizado cuento de hadas de Disney), los caprichos de los príncipes llevan a la población a mutilarse a sí misma para encajar en la horma del zapato: el que no es capitalista no sale en la foto.

Igual que hay palabras que liberan, hay palabras que matan. Aceptar estas es colaborar en la industria de la muerte. Mientras decimos palabras vacías que nos exculpan y nos lavan la conciencia, perdemos miembros y años de vida mediante reformas laborales. Con el conformismo proporcionamos nuevas energías al tren, lo alimentamos. Vale todo con tal de no verlo pasar: somos capaces de construir nuevas vías para que no parezca lo mismo, para inducirnos a pensar que lleva a otro lugar. Pero mientras acabamos de leer esto, otro tren completa su recorrido empujado por hermosas palabras sin significado, más seres desechables desaparecen, se mantienen las tasas de beneficio del capital, otro hombre obtiene como botín otra mujer, otro inocente es torturado por su seguridad. Pasan los trenes.


domingo, 1 de julio de 2012

Sobre lo cuentos (II). Un caso práctico: guía de supervivencia contra zombis.


Ante la pasión por los cuentos que sienten determinados sectores de la sociedad, no puedo más que dejarme contagiar y contar uno de mi propia cosecha. Espero, sin embargo, que este cuento sí que tenga alguna utilidad y alguna que otra conexión con la realidad que vivimos en el Estado español de hoy.

Como si se tratase de una película hollywoodiense, en el Reino estamos siendo acosados por un aterrador peligro, los zombis. Lo que ocurre es que no es como en los largometrajes norteamericanos, donde seres sin pulso, feos y malolientes, devoran gente. Se trata de una invasión de “muertos ideológicos” que se alimentan de cerebros ajenos. Y no se trata de una única plaga, sino que se puede dividir en subcategorías. Así, nos podemos encontrar con tele-zombis (personas que antaño tenían una personalidad desvinculada de la televisión pero que ahora forma un solo ser), balón-zombis (aquellas que cambiaron el intelecto por ver rodar una pelota y unos cuantos hombres corriendo tras ella), teo-zombis (ejército de ovejas bajo el mando de grandes patriarcas eclesiásticos), etc. Hoy vamos a tratar de dar algunas claves para que el mordisco de estos seres no nos convierta en infectados, para que podamos defendernos antes de su ataque y la batalla, como diría “El arte de la guerra”, la ganemos antes de pasar a los mordiscos.

Pero debido al amplio número de grupos y subgrupos que podemos encontrar, hoy nuestra atención se va a centrar en esa subcategoría de muertos vivientes que han perdido su personalidad, su conciencia crítica y su voluntad de cambio por unos cuantos comentarios de autoayuda rodeados de conspiraciones y catástrofes apocalípticas. Hablamos, pues, de los conspira-zombis, de la gente que deambula ahora por las plazas públicas y las redes sociales mordiendo a quién se ponga a su alcance, tratando de convencernos de que su juglar, aquel que ha sustituido al famoso flautista de Hamelin, es más bien un gurú, el mesías de la verdad.

Como en los antiguos cuentos de vampiros y licántropos, da la impresión de que si matásemos al primer loco que decidió que la realidad no era el ámbito de la política (ojo: la realidad no abarca solo lo que existe sino también lo que puede existir) liberaremos de golpe a los que han caído bajo su maldición. Pero no vamos a regalarles la categoría de monstruos ancestrales. Aunque se hayan convertido en muertos vivientes, se les puede recuperar para la sociedad, no podemos contentarnos con reducirlos a un “ellos” que nunca podrá estar en el “nosotros”. Ahora bien, no hay ningún truco mágico con el que podamos contar, habrá que armarse de bates, sierras y rifles intelectuales para defenderse del ataque homicida de aquellos que tienen hambre de cerebros humanos porque han regalado el suyo. Tenemos que entender que aunque nos atacan por necesidad, no tenemos por qué dejar que nos martiricen: debemos defendernos.

Habría que aclarar que si bien les falta un hervor, si bien han decidido convertirse en conspira-zombis, esta gente no tiene un problema físico que limite su inteligencia, simplemente han decidido amordazarla y silenciarla para tratar de ignorar la falta de coherencia y continuidad entre las ideas que defienden, muchas de las cuales directamente se contradicen. Es una cuestión de voluntad, como si a la hora de hacer un puzle hubiesen acordado cerrar los ojos y no se preocupasen de encajar bien las partes: como no les interesa el resultado final sino su propia visión sobre el mismo, simplemente encajan unas piezas con otras independientemente de su forma y contenido, da igual que una rana tenga cabeza de caballo y que sobren piezas al final. En su ceguera, a través de su imaginación, todo tiene sentido y es armónico.

Ahora bien, un ser socialmente ciego no deja de palpar y escuchar la realidad social. Es por eso que debemos andar siempre atentos: detrás de cualquier esquina, entre dos arbustos de la calle o en el parque, están mimetizados con el entrono. Estos zombis saben muy bien que para contar cuentos resulta muy conveniente incorporar una pequeña parte de verdad en su discurso, de tal forma que sea difícil distinguir donde acaba la realidad y donde empieza su imaginación. Por ejemplo, es fácilmente constatable que desde los años 60, gracias a las luchas feministas (entre otras), el patriarcado ha tenido que dar unos cuantos pasitos hacia detrás y cambiarse la cara para poder sobrevivir. Uno de los efectos colaterales de estas luchas es el florecimiento de negocios en torno a la industria del sexo: si el sexo deja de ser un tabú, no tardan en aparecer sex-shops; si el sexo no es solo privilegio de gente casada ni destinado únicamente a la reproducción, no tardan en aparecer multinacionales dedicadas a la venta de anticonceptivos. El capitalismo, firmemente unido al patriarcado y sin el cual no sería posible, no tarda en asimilar estas nuevas tendencias y movimientos sociales, como ha hecho con todas aquellas que ha podido a lo largo de su historia. ¿Cómo? A través del consumo. ¿Resultado? Unas empresas empiezan a beneficiarse de la recién conquistada parcela de libertad de hombres y mujeres (acotándola en el proceso).

¿Por qué digo todo esto? Porque esta es la primera característica de los conspira-zombis: le dan la vuelta a la realidad, confunden causas y consecuencias interesadamente. Así, para ellos no es que los movimientos feministas se hayan desarrollado en un mundo capitalista (en nuestro caso) con las consecuencias que eso tiene, sino que para ellos el feminismo es el negocio del terror y la opresión, financiado por los más ricos entre los ricos (malvados, feos y sedientos de sangre) y por las agencias de “dominación mundial”, como la CIA. ¿Por qué dicen estas barabaridades? Porque lo necesitan para cumplir con su segunda característica: necesitan construir una alteridad feroz, un enemigo insaciable, amoral y sanguinario, un Otro que de ninguna manera pueda incluirse jamás en el “nosotros”. Por eso no paran de hablar de cosas que no tienen ni pies ni cabeza: que si el gobierno mundial sionista/feminista/homosexual quiere matar al 80% de la población, que si nos ocultan a extraterrestres, que si el SIDA no existe... Como el Otro que han construido ama el mal por el mal, puede ocurrírsele cualquier cosa, aunque ello vaya contra sus intereses: ¿realmente creemos que los ricos quieren matar a la humanidad?

“Sí”, nos dicen, “porque somos demasiados”. En su imaginación, los africanos comen demasiado, los chinos comen demasiado y lo mismo los indios. Tratan de rescatar a Malthus pero le cortan las piernas y los brazos: mientras que la ONU afirma que con los recursos actuales podemos alimentar al doble de la población planetaria simplemente redistribuyendo adecuadamente los recursos, esta gente está convencida de que si los africanos comen como nosotros, es decir, lo necesario para vivir y un poco más (no hablamos de gula o de industrias de comida rápida), no nos da. Al final, acabamos pensando que el problema es que no hay comida (culpamos a la naturaleza) o empezamos a odiar a E.T. porque conspira con vaya usted a saber quién para dejarnos sin nada... Todo menos cuestionar el sistema de explotación más grande jamás construido: entre conspiraciones, gays desalmados, feministas asesinas, extraterrestres malvados y magos oscuros no hay lugar para el capitalismo, es todo la misma pasta informe. Por otra parte, si bien han sido muy conscientes del aumento de la venta de condones por cada avance respecto al patriarcado, los conspira-zombis no son capaces de ver que ellos mismos están beneficiando a una industria muy concreta, la del esoterismo y el mesianismo, por lo que podríamos lanzarles la misma acusación que arrojan con prepotencia a las personas feministas: que están al servicio de una industria capitalista y por tanto forman parte del enemigo. Sin embargo, no vamos a regalarles esa simplificación del debate y la política, no nos mueve la venganza ni las charlas de salón, sino la razón y la justicia.

La mordedura de estos zombis “conspiranoicos” (me acusarán de ser agente del judaísmo internacional por utilizar ese término que es, por otra parte, tan sencillo como acertado) actúa de la siguiente manera. Primero, el virus ataca tu sentido común, nublándolo por completo. Empezamos a creer que por el hecho de ser capaces de imaginarlo, algo puede ser posible (recordemos la rana con cabeza de caballo), que porque hemos encajado unas piezas arbitrariamente lo tenemos todo hecho. Entonces entramos en la fase de pérdida, de la que luego cuesta muchísimo salir. A base de significantes vacíos, estos zombis crean unos marcos conceptuales que arraigan profundamente en el modo de pensar de las víctimas. Estos marcos conceptuales, a veces cómicos de tan patéticos, empiezan a ganar más fuerza que los propios hechos hasta el punto que nos permiten rechazar la realidad aunque nos golpee en la cara. Por ejemplo: el establecimiento de estatuas decorativas de pingüinos por las calles de Madrid no les incita a pensar por qué decoran nuestras calles mientras no hay dinero para salud y educación, no se interrogan sobre si el escultor o la empresa que tiene patentados los derechos pingüiniles son de la cuñada o el cuñado de Esperanza Aguirre o Ana Botella. No, como su marco conceptual predominante es el de la “conspiración permanente”, es mucho más fácil sentenciar (ni si quiera preguntarse) que forma parte de una conspiración, ojo, “para homosexualizar a la gente”. El marco, por muy inverosímil que sea, se mantiene. Los hechos rebotan: ¿acaso no siguen pensando buena parte de la población que Irak y Al-Qaeda son la misma cosa y tienen armas de destrucción masiva?

Si no fuese bastante dramático podríamos sonreír ante las formas que tienen de tratar de rescatar la homofobia y el machismo maquillándolos, rodeándolos de palabras bonitas, de motivos loables. Pero esto no resulta nada sorprendente: a lo largo de la historia han sido muchos los grupúsculos que han tratado de crear tablas de leyes sociales (incluidas las sexuales) y naturales, con inflexibles etiquetas otorgadas por el autodenominado Moisés de turno, y que para gurú y seguidores tienen relación directa con la Verdad. Y toda ortodoxia, por supuesto, requiere de herejes para que los sacerdotes puedan sancionar el desviacionismo. Creen, por ejemplo, que “masculinidad” y “feminidad” no son construcciones sociales y que, inevitablemente, todos nos convertiremos de forma natural en lo que ellos definen como “masculino” o “femenino” cuando dejen de oprimirnos las feministas (suponemos que antes de ellas no existía opresión ni conflicto... valiente punto de vista androcéntrico). Este tipo de planteamientos no hacen más que visibilizar el hecho de que el problema lo tienen ellos (machos alfa en decadencia), por mucho que lo intenten trasladar a ellas (las personas feministas). Quieren proteger esa masculinidad fuente de privilegios sociales, pero se les escapa entre los dedos...

Sin embargo, esta gente parece olvidarse de una cosa importantísima amargamente aprendida durante el siglo XX: la “comprensión” de la “naturaleza” del ser humano y los campos de concentración están íntimamente relacionados. Para los conspira-zombis, todos los judíos, los ricos conspiradores, las feministas, los y las homosexuales... no son humanos de la misma categoría y dignidad que ellos. Son el homo sacer, seres desechables, espectros que no hacen otra cosa que encarnar el mal, el “ellos” en el que se refleja el “nosotros” como contraposición. Además, al considerar la maldad como algo esencial caen en el reduccionismo de la barbarie: si la maldad forma parte de la esencia del Otro, la única solución posible es su eliminación...

Acusan a feministas y homosexuales de querer imponer su sexualidad al resto de personas (¿por qué harían tal cosa?), tanto desde abajo como desde arriba. Tratan de ocultar así que son ellos los que quieren imponer un tipo de sexualidad y una concepción concreta de qué es una mujer o qué es un homosexual. Son ellos los que pretenden rescatar la vieja masculinidad amenazada, y lo hacen con tanta insistencia que uno no puede dejar de sentir lástima: da la impresión de que simplemente se juntan para reafirmar una masculinidad trasnochada, injusta y opresiva que ya no aguanta el debate público y solo sirve para retroalimentarse en círculos privados. Podríamos decir que se trata de discursos de autoayuda que más bien automutilan, eso sí, con una agradable sensación de rebeldía y victoria. A las personas feministas no nos importa demasiado que a nivel privado se comporten como machistas decimonónicos, siempre que a las personas que participen en el juego les haga felices. El problema es que nos lo tratan de imponer a todas las personas escudándose en que no son ellos, sino que es la naturaleza la que lo manda. Con esta excusa cogen a las mujeres y las subtitulan, les roban la voz y la capacidad de autodefinirse, porque ellas no saben lo que son, no saben lo que dicen.

Resulta bastante gracioso, esto sí, cómo partiendo de planteamientos judeocristianos, como la construcción del mundo en base a dicotomías simplistas en el que siempre se deja uno de los términos contrapuestos en el lado perdedor, tratan de negar el holocausto (no critican la monopolización del dolor por los judíos, sino que cuestionan la existencia del holocausto en sí), tratan de criminalizar al judío/israelí/sionista (distintas formas del mal que son lo mismo para ellos), tratan de convencernos de que el Papa es satánico (¿?), de que los comportamientos de hombres y mujeres son extremos opuestos (machos alfa – princesas), etc. Es el hijo que mata al padre con el hacha de leñador que este le enseñó a usar en su juventud. De tal palo... Pero es inútil tratar de dibujar una naturaleza humana que intente dar cuenta del comportamiento de cualquier ser humano despreciando lo cultural. El desierto teórico del que hacen gala no es más que una estrategia para tratar de salvaguardar sus cadenas (esa masculinidad tradicional). No serán ni los primeros ni los últimos en fracasar.

En su empeño por subrayar la alteridad, en su construcción de ese gran ogro feo y maloliente que representa al mal, los feminismos, echan la culpa a estos movimientos de todo tipo de problemas contra las que no se combatiría si no hubiesen existido: la imposición de roles de género, la criminalización de la sexualidad, la reproducción del mito del hombre-cazador-insacialbe que debe ser controlado para que no satisfaga violentamente sus apetitos... La fuente del conservadurismo, la fuente de la que estos muertos ideológicos parecen mamar, es la responsable de este tipo de cosas. Si algo caracteriza a los feminismos es la lucha por una identidad de género libre, no sometida a prejuicios, no jerarquizadora en favor de lo masculino ni de lo femenino, emancipadora y no opresiva. Sin embargo, como ya sabemos, esto les da igual: en su cabeza el puzle es hermoso y está completo, feminismo y hembrismo son la misma cosa. Condenan lo que constantemente practican y para librarse de la paradoja le cambian el nombre. No tienen respeto ni por si mismos: denuncian la homosexualidad como una patología (¡y se enmascaran a la vez con palabras de respeto y tolerancia!), la marca del diablo, la señal de que te has dejado seducir por el lado oscuro, un peligro para la especie. No pueden tolerar que hombres y mujeres decidan actuar libremente y saltarse los roles sociales que tan celosamente mantienen calentitos los conspira-zombis para el resto de la población. Prefieren que los hombres sigamos reprimiendo en nosotros todo aquello que han catalogado de femenino y lo correspondiente para las mujeres, hablan de sexualidad libre pero sancionan a todo aquel que experimente con su sexualidad al margen de los cánones del macho y la hembra.

Su visión de las mujeres como seres frágiles, inestables, necesitadas de protección e irracionales está dedicada a construir una mística masculina por oposición (ellas son no-hombres) que les haga necesarios, que complete a las mujeres porque no son nada sin los hombres. Hay que protegerlas, por cierto, de otros hombres como ellos: son como una mafia, generan una necesidad de seguridad y por un módico precio (subordinación de un sexo al otro) la satisfacen. La alternativa es la muerte política: si nos resistimos nos atacan tildándonos de generadores de odios y rencores inexistentes, nos llaman nazis. Así se defienden: escudados en sus marcos conceptuales, simplemente niegan la realidad y a todo aquel que trate de explicarla sin cuentos. Es un viaje que no tiene fin. Pero al hacer todo esto, al jugar con esta idea de machos alfa en constante competición, están abriendo las puertas al Estado capitalista para que meta las narices y ejerza un mayor control sobre grupos e individuos. No es extraño escuchar comentarios como “gracias a las putas hay menos violaciones”. Es el destino ineludible del macho, repartir la semilla a las buenas o a las malas.

Nos encontramos ante una categoría de zombis bastante especial que, lejos de ser consciente de su condición, anda con una prepotencia tan grande como su disposición a dejarse llevar por la imaginación. Los conspira-zombis son auténticos expertos en ir sustituyendo la realidad por ideas que definen a su antojo. Es lógico, pues, que acaben creyendo que simplemente cambiando un par de ideas cambiarán el mundo: ciertamente lo harán, pero no más allá de las fronteras de su cabeza. Su tendencia es a modificar la mentalidad de los oprimidos y no la situación de opresión, por lo que si quisiésemos hacer un análisis politológico en clave marxista quizá deberíamos comenzar por delimitar bien la función que cumplen estas “conspiranoias” como instrumento de clase al servicio de los intereses capitalistas.

Hablamos de gente que no tiene muy claro lo que defiende, que se guía más bien por impulsos y prejuicios (además de por los precarios marcos conceptuales que han construido), que se defienden a sí mismos atacando antes que poner a prueba sus ideas con argumentos. Todo buen razonamiento les ofende, ya que corre el riesgo de ser capaz de desnudar al emperador: por eso siempre tratan de abordar a individuos que se sienten rechazados o dispuestos a vivir en otro planeta. El mundo que han creado para ellos mismos es un orgulloso refugio contra la mediocridad de su condición (una mezcla entre lo que nos depara el capitalismo y su propia tendencia individual al aislamiento sectario), así es como son capaces de reinar sobre la humanidad entera.

Esto desemboca en un miedo muy justificado hacía movimientos emancipatorios como el marxismo: estos paradigmas tienen la irritante capacidad de devolvernos al lodo de lo real y no dejarnos indiferentes. Pero no veremos a ningún zombi reconocer estos miedos, estos odios infantiles, por lo que no les queda otra que confesar sus propias pesadillas y fantasías más pueriles. Redactan novelas de terror para evitar ser lo que ya son: muertos ideológicos. De hecho, son tan incoherentes que después de lanzar una campaña contra Marx y los marxistas (como no tienen ni idea de qué hablan solo pueden atacar sus figuras: no comía verdura, era burgués y judío, etc.), después de tratar de esencializar el mal (exactamente como hizo Hitler en el “Mein Kampf”) en ese “movimiento judío internacional” que dicen que es el marxismo, han tenido que aceptar gran parte de sus supuestos y su vocabulario para no verse apeados de los discursos contra-hegemónicos: la crisis económico-política ha hecho inevitable que asuman parte del discurso anticapitalista, sin tener muy claro, evidentemente, que es eso de capitalismo. Si atacan el marxismo aunque no lo puedan esquivar no es más que porque necesitan desembarazarse de todos aquellos sistemas de ideas que introducen dudas, que ponen en tela de juicio aquello que defienden. Solo así se lo pueden tomar en serio. Prefieren condenar a la humanidad al absurdo, a la nada, antes que cuestionar sus propias ideas. Prefieren recurrir al relativismo más rastrero (“este es mi punto de vista y aquel es el tuyo y están en condiciones de igualdad, independientemente de la realidad material y social que nos rodee”) antes que asumir que alguien fuera de su “nosotros” pueda enseñarles algo, incluso contradecirles con razón.

Todo lo que no se ajusta al patrón conspira-zombi es, para ellos, un resultado y a la vez un generador de odios y resentimientos. Es otro intento vano por convertir la reflexión crítica en una patología: los que les contestamos no tenemos ni razones ni argumentos, solo víscera y malos sentimientos. Es una absoluta simplificación del mundo de la política: al final, las luchas por el poder, salvo en su especialísimo caso, tienen como única finalidad el propio ejercicio del poder. Establecido este esquema barato, solo queda ir etiquetando a todas los movimientos y teorías emancipatorias (menos la suya) e ir colocándolas en la casilla de “conspirando por el poder global”.

Construyen impresionantes muros de mistificaciones morales y afectivas donde encerrar a la mitad de la humanidad que, si bien no sirven al intelecto, son extremadamente eficaces para construir identidades solidarias (el “nosotros”). Se trata de armas de guerra discursivas. Cubren viejos prejuicios con nuevos velos que nos condenan a seguir siendo masa expropiada y dependiente, hombres y mujeres condenados a “ser como tienen que ser” por imperativo natural (imperativo que solo ellos han visto como iluminados que son). Como la mayor parte de estos gurús que propagan la cultura zombi de la conspiración son hombres (probablemente también la mayoría de sus adeptos), es inevitable pensar que el especial desprecio que muestran estos muertos ideológicos por feministas y homosexuales es fruto de la inseguridad respecto a la propia masculinidad: condenados a cumplir con un esquema muy estricto de lo que debe ser un macho, sabiendo que no pueden serlo, sienten miedo y lo proyectan contra quienes cuestionan la utilidad de los roles de género caducos. No en vano han rescatado el discurso patriarcal que venía a echarnos la bronca porque, desde los 70, las feministas hemos convertido a las mujeres en hombres y que, por nuestra culpa, se está perdiendo la sana virilidad de nuestros padres y abuelos: resulta cuanto menos asombroso que sean los dominadores y no las dominadas los que tengan miedo, que sean ellos los que vienen a quejarse de que ellas no ponen suficiente de su parte. Cumplen la norma según la cual cuanto más inseguro se siente un hombre respecto a su virilidad, más se fija en el comportamiento de las mujeres, mientras que son los que están más seguros de su masculinidad los que se muestran más tolerantes y comprensivos con otros comportamientos sexuales y otras formas de concebir los géneros. No es que los muertos ideológicos tengan miedo a aprender una lección histórica evidente (que los hombres no son por naturaleza superiores en ningún sentido ni existen diferencias entre un sexo y otro que justifiquen la desigualdad), sino que le tienen pánico a dejar de ser la piedra angular de la vida de ellas: tienen miedo a la independencia de las mujeres y a los hombres que apoyan esta independencia. Los conspira-zombis prefieren seguir poseyendo el cuerpo de las mujeres (para protegerlas, amarlas, etc., parece todo muy bonito) a la par que el sistema de producción posee los suyos durante tiempos de paz o el Estado en tiempos de guerra o de estado de excepción. Es comprensible: pertenecer a esa raza de grandes cazadores y no ser el que trae la mayor parte del dinero a casa o incluso tener que ocuparse de limpiar el retrete debe ser duro. No debe extrañarnos que se conviertan en tipos violentos y/o desagradables. Y que las mujeres que no asumen su posición sumisa con una sonrisa sean estigmatizadas y borradas del campo político (convertidas en “feminazis” no tienen nada que decir, solo pueden desaparecer).

Las personas que no pensamos como ellos somos agentes del odio, agentes del enemigo u ovejas desinformadas. No pueden aceptar que pensemos distinto, no son capaces de comprender que las preguntas que se hacen no pueden llevar a buen puerto: si te preguntas algo como “¿qué aspecto tienen los hiperbóreos que viven bajo tierra?” estás asumiendo de entrada que existe tal cosa. Sus preguntas no sirven para interrogarse, sino para sentenciar sin argumentar. Y sus palabras mienten: hablan de emancipación pero hace falta ser idiota o profundamente deshonesto para hacerlo evitando cuestionar una de las formas de opresión más antiguas: el patriarcado. Hace falta ser corrupto en términos ideológicos para tildar de nazis a quienes buscan la emancipación tanto del hombre como de la mujer. Hace falta tener mucho resentimiento para aceptarlo acríticamente. Cuando defienden sus privilegios masculinos, cuando pretenden diseñar a las mujeres como seres sumisos, necesitados de protección y paternalismo, seres a los que mirar con condescendencia... no hacen más que tejer más fuerte su propia trampa. Son siervos arrogantes. Ayudan al sistema capitalista (patriarcal) a echar balones fuera, condenándose a sí mismos y al resto de la sociedad a seguir oprimidos, explotados, expoliados, reprimidos...

En fin, compañeros y compañeras, aunque hay mucho más que decir sobre los conspira-zombis, este cuento ya se ha acabado. Confiemos en que si bien esto no solucionará nada, ayude a aquellas personas confundidas o confundibles a dotarse de armas defensivas para no caer en la muerte ideológica. Que la razón nos ampare.