martes, 18 de junio de 2013

Platón en Matrix: el imperio de los sofistas.


En situaciones de crisis de régimen como la actual, a todos se nos ofrece diariamente la elección a la que se tiene que enfrentar Neo en Matrix: la pastilla roja o la pastilla azul. La azul, dice Morfeo, nos hará dormir y nos permitirá creernos lo que queramos creernos, elemento indispensable para continuar de forma despreocupada con nuestra rutina, aunque sea nefasta. La pastilla roja, por su parte, simplemente ofrece la verdad. Pero la elección no es tan sencilla como parece, porque la fuerza de la gravedad del régimen juega a favor de una de ellas. En efecto, no hay nada más sencillo que dejar que la pereza, el miedo o la comodidad elijan por ti, dejarse llevar por la misteriosa atracción que ejerce la pastilla azul, la promesa de que mañana despertaremos en la cama y podremos encajar lo aprendido en el entramado de relatos que componen el cristal con el que tratamos de enfocar el mundo.

Escoger el camino de la pastilla roja es otra cosa: para empezar la píldora sabe a mierda. Aprender la realidad no implica placer, no conlleva una liberación inmediata, no es un atajo a la gloria, ni sirve para enriquecerse. Aprender a ver el mundo que va más allá de las apariencias y los conceptos vacíos implica esfuerzo, dolor, tomar partido, cambiar, reaccionar. En definitiva: se trata de un camino bronco, muchas veces apabullante, normalmente cansino y de vez en cuando desesperante. Es, por tanto, una senda difícil, fea, que limita la libertad individual al hermanar a unos humanos con otros e impedir que miremos hacia otro lado con tranquilidad, que elimina la recurrente excusa del desconocimiento y frena el feroz individualismo, siempre hambriento. La pastilla roja despierta la intransigencia con el gobierno de las apariencias y de las malas palabras. Te obliga a declarar la guerra a lo que parece ser y a quienes construyen las apariencias, te obliga a mirar lo que verdaderamente es y a admirar a quienes se empeñan con tozudez en arrojar luz sobre las tinieblas.

En cuanto a los sofistas, aquellas personas que utilizan el lenguaje para proteger sus privilegios, para obtener mayor rentabilidad o alcanzar sus metas egoístas, esa gente que siente una profunda indiferencia por el significado de las palabras y solo las utilizan para beneficiarse a base de interesadas connotaciones y fantasías, aquellos sujetos que a falta de argumentos cambian constantemente de tema para tratar de jugar el partido siempre en casa, esas personas que por pura conveniencia toleran todo tipo de contradicciones obtusas, que se conforman con los relatos que confirman sus prejuicios y sustituyen la reflexión sincera por el autobombo racionalizado, aquellas personas que envuelven pedacitos de verdad con toneladas de mentiras, que ayudan a diseñar callejones sin salida... son, en definitiva, figuras que van a tratar de impedir que salgamos de la cueva con mucho más éxito que quien trata de impedir la emancipación con porras, gases o tanques.

Los sofistas disfrazan las cadenas que nos atan (las apariencias, los prejuicios, los privilegios) con malas preguntas ante las que solo caben malas respuestas. Saben lo que hacen, porque son las preguntas las que nos mueven. “Es la pregunta la que te ha traído hasta aquí, Neo”, le dice Trinity. “¿Qué es Matrix?”, o dicho de otra forma, ¿qué es real, qué es lo que no acaba de encajar, el mundo en el que creo vivir es lo que hay o existe algo más bajo el mantel, algo que no puedo ver con los ojos, que tengo que ver con palabras? Son las buenas preguntas las que nos obligan a levantarnos y, en ese acto, muestran las ataduras: las cadenas dejan de parecer joyas aunque sean doradas y se revelan como lo que son, es decir, limitaciones, taras, instrumentos para recortar libertad, justicia y dignidad, enormes bolas de plomo que impiden moverse a las personas más allá del lugar elegido para ellas.

Un buen sofista, por tanto, seduce con sus propias preguntas, las que le convienen a corto plazo, y en ese acto refuerza los grilletes: sus preguntas no mueven hacia la salida de la caverna, empujan hacia las profundidades, hacia las sombras. Construyen con preguntas y malas palabras un nuevo cuento, un nuevo relato, que distrae al incauto y beneficia al aprovechado: al fin y al cabo, los grilletes no sólo los lleva gente gris y triste, también gente muy alegre y orgullosa de su ignorancia. “La ignorancia es la felicidad”, decía Cifra, otro personaje de Matrix, cuando comprendió que el camino fácil es el del sometimiento a la dictadura de las apariencias: “quiero que me reinserten en Matrix, pero no quiero acordarme de nada. Y quiero ser alguien importante y rico... un actor, por ejemplo”. A cambio sólo tiene que vender a toda la humanidad, lo cual no es demasiado caro ni supone un problema ético para Cifra, pues representa a la perfección a quienes se dejan guiar por las mentiras y los prejuicios: la apariencia, las malas palabras, valen más que cualquier hecho, que cualquier argumento y que cualquier significado. Da igual que exista un “afuera” de Matrix si lo ignoro, si dentro de Matrix puedo ser alguien respetado... a la apariencia no le falta potencia. Es el mundo del caos y la brutalidad, la tiranía del sofista elegido para hacer y deshacer las palabras, herramientas imprescindibles para el análisis de la realidad. Es el mundo del hedonismo suicida, del privilegio vestido de derecho, del prejuicio con aspecto de naturaleza y de la ignorancia disfrazada de saber emancipatorio.

Ese es el mundo del sofista, el fondo de la caverna, la apariencia de realidad de Matrix. No lo queremos. Quizá sea ya tarde o quizá demasiado pronto, pero para cortar definitivamente las ataduras, romper las cadenas y abandonar ese espejismo de comodidad no solo habrá que crear anhelo de liberación, ganas de andar, lanzando buenas preguntas a quien quiera escucharlas, sino que además tendremos que plantearnos qué hacer con los agentes de la ignorancia y el miedo, con los sofistas. Y si la guillotina nos parece excesivo, habrá que plantearse recuperar, por lo menos, la figura del ostracismo: no merece compartir los derechos y deberes de una comunidad política quien elige traicionar a la humanidad colaborando y contribuyendo día a día en la reproducción del circo de las cosas que parecen pero no son.

lunes, 10 de junio de 2013

Todos los caminos llevan a Roma.

Hace dos siglos, Karl Marx, empeñado en entender y explicar qué es eso que llamamos “capitalismo”, se topó con un curioso caso: un empresario británico, el señor Peel, ejemplo de emprendedor, entendió que si trasladaba su industria (localizada en Inglaterra) a las colonias, podría abaratar costes y aumentar su margen de beneficio. Así pues, “deslocalizó” su empresa y puso rumbo a la tierra prometida. Se lo llevó todo: desde las herramientas a los tornillos, sin olvidar a los trabajadores, todo lo empaquetó y lo metió en un barco. Cuando llegaron, el señor Peel se puso “manos a la obra” y comenzó a reconstruir su imperio. Sin embargo, al poco tiempo comenzó a percatarse de un pequeño problema: cada vez había menos trabajadores. Y el problema acabó por convertirse en desastre, porque ante la escasez de mano de obra tuvo que parar la producción y abandonar su ambicioso proyecto.

¿Qué había pasado? Si había llevado hasta los trabajadores, tan serviles y complacientes en Inglaterra, y lejos de lo que podamos pensar, la misteriosa desaparición de estos no tenía nada que ver con la muerte por agotamiento, falta de alimento o enfermedades. ¿Por qué entonces? Porque faltaba, nos dice Marx, el principal e imprescindible elemento que hace posible el capitalismo: el proletariado. El señor Peel, efectivamente, había trasladado proletarios ingleses junto al resto de equipaje. Pero el problema es que esas personas que eran proletarias en Inglaterra, dejaron de serlo al pisar las colonias. ¿Y cómo es posible esto, qué cambió además del lugar geográfico cuando el señor Peel trasladó su industria? Cambiaron las condiciones de producción. Porque lo que el señor Peel, debido a su desconocimiento, no pudo plantearse a tiempo, es por qué había gente dispuesta a vender su tiempo y el fruto de su trabajo a cambio de un mísero salario. Un proletario es aquella persona que no tiene nada, que está liberada de toda propiedad (de los medios de producción), una persona que cuando acude al mercado a intercambiar productos y servicios, lo único que puede ofrecer es su pellejo, su fuerza de trabajo, ofrecerse a sí misma como mercancía.

El error del señor Peel fue que no cayó en la cuenta de que cuando una persona tiene alternativas, no necesita señores Peel. No necesita venderse y vender su trabajo cuando puede apropiarse de sus medios de producción y garantizar su supervivencia. Es decir, lo que ocurrió cuando el señor Peel desembarcó en las colonias fue que los que en Inglaterra eran meros trabajadores se encontraron con tierras, bosques vírgenes... territorio donde asentarse libremente para ser granjeros, ganaderos, etc., y así garantizar sus condiciones de subsistencia y, de paso, concurrir al mercado como propietarios del fruto de su trabajo. Dicho de otra forma, la dura lección que tuvo que aprender el señor Peel es que para que el capitalismo funcione, es necesario crear las condiciones adecuadas. Y esas condiciones implican, entre otras cosas, la existencia de una clase social desposeída, expropiada y separada de sus condiciones de subsistencia. Pero claro, esa clase social no surge libremente, no es un hecho espontáneo ni el resultado de una decisión racional o un acuerdo entre particulares libres e iguales. Hay que forzar su aparición. Y así llegaron los ejércitos y demás guardias pretorianas al servicio del capital: porque lo que no se puede hacer en condiciones de libertad, hay que hacerlo en condiciones de bayoneta, hay que obligar a la gente a tomar la senda adecuada.

Ha pasado mucho tiempo desde que murió el señor Peel, y aún más tiempo desde que en nuestras sociedades se construyeron las condiciones necesarias para que la inmensa mayoría de la población necesite dejarse curtir el lomo en el mercado laboral para vivir otro día más. El sistema capitalista se vale de unas estructuras económicas que reproducen cada día la expropiación que necesitaron los señores Peel que vinieron tras el original. Y aún así, debido a que el mercado capitalista no avanza a un ritmo constante sino en función del equilibrio de fuerzas de cada momento, quedaban algunos espacios relativamente a salvo del voraz hambre mercantil. En el caso del Estado español, dos islas aguantaban todavía (con sus penas y sus glorias) el embate del maremoto: la sanidad y la educación públicas. Hay otras islas, pero la magnitud y la importancia de estas dos son indiscutibles, así como abrumadora la perspectiva de su hundimiento.

Lo que está ocurriendo ahora con estas dos instituciones públicas viene a ser, mutatis mutandis, básicamente lo mismo que ocurrió en aquellos tiempos. La titularidad pública de la sanidad y la educación garantiza que las prioridades de ambas instituciones pueden y deben ser otras distintas a las del mercado, esto es, en un caso la buena salud y en otro la buena educación, pero en ningún caso la rentabilidad o las necesidades del mercado laboral. Parece algo básico, y lo es, pero también es necesario: no se puede garantizar una buena salud si la prioridad son las primas por mandar pacientes a casa. No se puede garantizar una buena educación si es la empresa, mediante el terror al paro, la que decide qué puede decir y qué no un profesor en el aula. Es decir, no se puede garantizar una buena salud y una buena educación si introducimos en la ecuación intereses y prioridades que no son la buena salud y la buena educación. Y si la titularidad pública sirve (o debería servir, no respondo de los malos políticos) de caparazón contra la depredación del capital, la pregunta que consecuentemente se hacen los capitalistas es, ¿cómo abrir los mercados allá donde están cerrados, cómo impulsar la sanidad y la educación privadas (sometidas a los intereses mercantiles particulares) si la gente no las necesita?

Y resulta que es que los comunistas no fueron los únicos que aprendieron de la tragicómica historia del señor Peel: si existen la sanidad y la educación públicas, piensan, y encima funcionan pese a sus tropiezos, significa que tenemos un problema, porque es otra forma de decir que se dan las condiciones necesarias en estos dos campos para que la inmensa mayoría de la gente elija no someterse a las condiciones de “la economía”, nadie elige convertirse en un esclavo (ser para otro) si no se le empuja a ello... si no hay otra opción. Y entonces comienza el asalto: apretado el botón del pánico, creadas las condiciones de desesperación necesarias (paro, hambre, desahucios, tasas universitarias impagables...), aplicando la doctrina del “shock” para así evitar en la medida de lo posible las resistencias, se comienza a desmantelar lo público. Comienza a escalarse y derribarse el muro que protege la sanidad y la educación del hambre insaciable, de la dictadura de las tasas de beneficio.

Pero claro, las condiciones materiales de la población no lo son todo si tiene una conciencia política madura. Y pese al miedo, a las pocas horas de sueño, pese a tener que dedicar prácticamente todo el día a buscar cómo sobrevivir otro día, buena parte de la población se levanta ante el expolio. La resistencia crece, el desencanto se transmite, “¡el príncipe está desnudo!”: la inmensa mayoría de la población, de una forma o de otra, no quiere que ni la sanidad ni la educación se vean reducidas a un negocio más. Y si ya habíamos hablado de la bayoneta, ahora son las porras, las detenciones, las multas desmesuradas, las falsas acusaciones, la humillación pública, los huesos rotos, el miedo al paro... los que hacen el trabajo. Así se cierra el círculo: la sanidad y la educación son, para el capitalista, un negocio más, un negocio que no acababa de explotarse porque hace unas décadas no pudieron apropiarse de él. Así que aprovechando las condiciones excepcionales, invaden ese territorio no sometido a sus reglas e intereses.

Este asalto, por su parte, está muy bien planificado. Si se tratase de un asalto directo y brutal, las resistencias que despertarían serían probablemente mayores y los cambios previsiblemente rectificados con posterioridad, por lo que lo más inteligente es poner al Estado y la sociedad en una pendiente resbaladiza y dejar que la gravedad actúe por sí misma. Además de privatizar poco a poco (o mucho a mucho), el truco consiste en estrangular lo público, transformar un derecho en un regalo asistencial, y someterlo a criterios e intereses ajenos a lo público. Así, por ejemplo, para crear la necesidad o la voluntad en los padres de escoger el ámbito de la educación privada, se recortan presupuestos, se despiden profesores, se empeoran las condiciones de trabajo, se ahogan becas, etc. En la sanidad ocurre más de lo mismo. Se atacan las condiciones materiales de lo público para posteriormente señalar la propia idea de lo público como la causante de los desastres que esos “recortes” provocan. A la vez, se privatiza de facto aunque se mantenga la titularidad pública, esto es, se introducen los criterios mercantiles, externos e independientes del ámbito educativo y sanitario, a la hora de evaluar la “calidad” y la “productividad” de los centros educativos y sanitarios. Así es como se llega a conclusiones como elevar las ratios de alumnos en cada aula, medir el trabajo de los médicos por número de pacientes atendidos independientemente del tiempo que requieran, reducir la educación secundaria obligatoria y someterla a las necesidades del mercado laboral, elevar las tasas de las universidades y eliminar la licenciatura, implantar el tristemente famoso euro por receta, privatizar centros de salud para que deriven más pacientes a otras instituciones privadas... Y por si esto no fuera poco, el partido del gobierno nos recuerda que se han emancipado de la sociedad cuando Wert anuncia que elimina Educación para la Ciudadanía (no vaya a ser que alumnos y alumnas crean que son parte de la ciudadanía además de consumidores) y que la nota de Religión contará para el expediente (porque tener esa asignatura en el templo del saber no era, a su entender, motivo de suficiente vergüenza). Nos recuerdan que la educación es algo así como una parcelilla privada donde cada partido puede hacer lo que le dé la gana y satisfacer así a grupos de presión como la Iglesia que actúan casi como patronos del Partido Popular, que bien podría llamarse Partido Clientelar.

Ésta es una de las formas que tienen los mercados (quienes hablan en su nombre) de encauzar la corriente hacia donde les interesa. Aprendieron la lección tanto del señor Peel como de los grandes estrategas y genios del asedio. Por nuestra parte, debemos ir abandonando el que podríamos llamar “síndrome de la carretera”, que nos hace ponernos nerviosos cuando se nos ocurre plantearnos la posibilidad de abandonar el camino que otros han construido para nosotros, para así recuperar el valor y la voluntad de una sociedad que ya demostró en otras fases de la historia que se pueden practicar otros caminos, que la libertad reside no en recorrer la terrible y previsible carretera del destino, ya asfaltada y por tanto inamovible, sino en escoger tanto la senda como la meta. Es más duro atravesar el campo, pero es el precio que hay que pagar para llegar allí donde nunca nos llevará una autopista.

sábado, 23 de marzo de 2013

Cómo hacer la revolución en el mágico mundo de Oz.


Los europeos, especialmente los hijos del cristianismo, tenemos una asombrosa capacidad para hacer resucitar, una y otra vez, los mayores despropósitos. Como una mala gripe, muchas de las injusticias que pudieran parecer superadas cambian de aspecto, mutan su forma para encajar en el nuevo contexto social en el que no son bien recibidas (al menos públicamente). Acompañadas de bonitas palabras e intenciones vacías, estas nuevas-viejas creencias asesinan la teoría para robarle la piel, para adoptar su aspecto e introducir el pensamiento mágico como dogma pseudocientífico. Como estas personas pretenden retrotraernos (sabiéndolo o no) a épocas muy remotas, qué mejor que discutir con los pensadores que consolidaron esas tiranías intelectuales, aunque vivieran hace milenios. Discutamos unos textos de Aristóteles, pues, para ver si conseguimos vacunarnos contra esta nueva oleada de insensateces irracionales, al menos de parte de ellas:



El hombre, salvo a algunas excepciones contrarias a la naturaleza, es el llamado a mandar más bien que la mujer, así como el ser de más edad y de mejores cualidades es el llamado a mandar al más joven y aún incompleto.”

En este texto hay tres puntos clave: que el hombre debe gobernar sobre la mujer, que las mujeres son como menores de edad y que todo lo dicho responde a un hecho natural. En la sociedad griega (hace 2.500 años) las mujeres no tenían derecho a participar en los asuntos públicos (salvo algunas excepciones): no podían actuar en el teatro, les estaba impedido participar en los juegos atléticos, no podían discutir en las asambleas, no podían votar a favor o en contra de las leyes ni elegir candidatos... Y además no podían tener propiedades. Su situación, tanto política como material, no se diferenciaba mucho de la de un varón menor de edad. Y es así como muchos griegos (y griegas) contemplaban a las mujeres: como seres incapaces de hablar por sí mismas porque están sometidas a pasiones y emociones, porque no saben lo que es bueno y lo que es malo, justo o injusto. No es de extrañar, por tanto, que justificasen que el varón debe gobernar a la hembra, puesto que el varón, al contrario que las mujeres, representa la mayoría de edad, el ideal de vida completa y feliz de la época: la posibilidad de ejercer como un buen ciudadano. Pero aún hay más, porque Aristóteles también nos está diciendo que esto no es algo que ocurra en una sociedad machista y por tanto injusta, sino que se trata de un hecho natural ante el que no cabe discusión alguna: los hechos naturales se dan al margen de concepciones humanas como la justicia, un tornado que arrasa una ciudad no se comporta de forma injusta, simplemente ha ocurrido, ha tenido lugar. De la misma forma, al decir que es la naturaleza la que dictamina la sumisión de un sexo al otro, lo que se está haciendo es construir un muro, una barrera que impida el paso de la razón y por tanto de palabras como dignidad, igualdad o justicia. Ante un hecho natural (como el hecho de nacer con pene o con vagina) no cabe la decisión humana. Al defender que las posiciones sociales que deben respetar hombres y mujeres vienen dictaminadas por la naturaleza, se trata de impedir, además de una consideración ética y filosófica (esa que nos permite convertir el “hecho natural” en un problema social), la voluntad y la posibilidad de cambiar dicha situación: todo lo que vaya en contra de la sumisión de las mujeres a los hombres, dice Aristóteles, va contra la naturaleza y es, por tanto, inútil tratar de cambiarlo y perjudicial para la humanidad ignorarlo. No por casualidad, también las tendencias homofóbicas así como las racistas apelan constantemente a la naturaleza para tratar de justificar su vergonzante comportamiento (y los privilegios que esa minoría obtiene gracias a hacer pasar sus intereses particulares por intereses generales, lo que viene a ser parte esencial de la construcción de hegemonía).



Reconozcamos, pues, que todos los individuos de que acabamos de hablar, tienen su parte de virtud moral, pero que el saber del hombre no es el de la mujer, que el valor y la equidad no son los mismos en ambos, como lo pensaba Sócrates, y que la fuerza del uno estriba en el mando y la de la otra en la sumisión. Otro tanto digo de todas las demás virtudes, pues si nos tomamos el trabajo de examinarlas al por menor, se descubre tanto más esta verdad. […] Y así, en resumen, lo que dice el poeta [Gorgias] de una de las cualidades de la mujer («Un modesto silencio hace honor a la mujer»), es igualmente exacto respecto a todas las demás; reserva aquella que no sentaría bien en el hombre.”

Ahora empezamos girando en torno a lo mismo que el texto anterior: la naturaleza. Cuando Aristóteles defiende que “el saber del hombre no es el de la mujer” nos está diciendo que por cuestión de sexo, por una cuestión biológica, por nacer hombre o mujer, nuestros conocimientos no versarán sobre lo mismo. Entiéndase bien a Aristóteles: una mujer puede ser sabia, pero no lo será, según él, en los mismos campos que un hombre. Esta idea podría ser aplicable de un individuo a otro, independientemente de que sea hombre o mujer, pero de lo que el autor nos intenta convencer es de que el hecho de nacer macho te habilita, por ejemplo, para ser un sabio de la política, de la participación en la vida pública, un conocedor del bien común; el hecho de nacer hembra, sin embargo, te conduce por otros caminos: cocinar, coser, encargarse de la casa, reproducción y cuidados de los niños y ancianos... Nacer con vagina es, desde esta perspectiva, una tajante limitación ya que, como bien sabemos, la vida mejor a la que puede aspirar un ser humano en su polis es a la vida pública, la participación política (eso que diferencia a seres humanos de otros animales), asunto que no es para las mujeres, en tanto que su fuerza y su saber estriba en “la sumisión” (no les sirve de nada saber cómo mandar bien porque lo que tienen que saber es cómo obedecer bien, ahí reside su virtud). Por otro lado, Aristóteles rescata al poeta Gorgias para añadir lo que presuntamente es una virtud en las mujeres (y nunca en los hombres, porque les convertiría, entre otras cosas, en “idiotas”): el silencio. Las situaciones de injusticia no se ven con los ojos ni se oyen con los oídos, es la razón la que nos permite decir si algo es bueno o malo, justo o injusto. Y la razón se construye con palabras: al negar la palabra a las mujeres, Aristóteles les está condenando a la minoría de edad de nuevo, está asumiendo que ellas no tienen nada que aportar más allá del trabajo que realizan (labores “propias de mujer”), que la maldición de Eco (no tener voz propia) es en realidad una virtud. El problema es que, como le ocurre a Eco, cuando no puedes hablar, otros hablan por ti.



La mujer es mujer en virtud de cierta falta de cualidades, y debemos considerar el carácter de las mujeres como adoleciente de una imperfección natural.”

En este caso, como en la mayor parte de la historia del machismo, se define a las mujeres no en virtud de lo que son, sino a partir de lo que no son. Así, lo que Aristóteles dice es que una mujer se define porque le faltan cosas para llegar a ser un hombre. El hombre, por tanto, además de ser hombre, encarna un universal: es a partir del varón y las cualidades que se consideran propias de él que se define a toda la humanidad. Los hombres representan tanto lo universal como lo particular, mientras que las mujeres solo encarnan el particular, uno muy específico, de hecho, ya que se basa en la natural (de nuevo el tema de la naturaleza) ausencia de una serie de cualidades y virtudes... que el hombre (a la vez sujeto y vara de medir) sí posee.



Vivimos en un mundo mágico, muy similar ya al de "El mago de Oz", donde todo vale, donde los conceptos se han vaciado de significado y la rana puede convertirse en caballo sin dejar de ser rana, donde "el hombre es la medida de todas las cosas". En un mundo que ha decidido ignorar el "pienso, luego existo" que revolucionó los cinco continentes para resucitar el viejo y conocido "creo, luego existo" que lo amordazaba. Bien, pues en un mundo como este el primer y principal acto revolucionario es poner la razón en juego: sólo así caerán brujas y magos y el miedo que provocan, poderes sobrenaturales y destinos inevitables, circos y sociedades del espectáculo. 

lunes, 4 de febrero de 2013

Avanzar retrocediendo


Últimamente he tenido que desempolvar libros. Entre ellos, uno de historia de Grecia. Entre muchas cosas interesantes, reencuentro a un personaje histórico que tenemos bastante olvidado. Se trata de Clístenes, político ateniense que vivió entre los años 570 y 507 a.C.

A Clístenes se le considera el “padre” de la democracia. Normalmente (y no sin razón) se recuerda que fue bajo su mandato cuando Atenas cambió la distribución señorial del poder por la distribución territorial. Evidentemente, este es un elemento indispensable para poder hablar de un régimen democrático: si el poder depende de familias de nobles o ricos no es posible afirmar que la ciudadanía decide nada, por mucho que legalmente pueda elegir (normalmente entre los propios ricos) quién ocupa un cargo político determinado. De nada sirve democratizar la política si el poder depende de la religión, de la economía o de la tradición. Además, Clístenes decidió que no era razonable que un cargo público terminase su mandato y pudiese, sin más, lavarse las manos. Este extraño aristócrata pensó que, puesto que había cumplido con un servicio público, ese cargo político debería ser juzgado por la ciudadanía una vez acabado su mandato y, si esta lo consideraba adecuado, podía expulsarle de la ciudad, condenarle al exilio por su mala actividad al servicio de la ciudad. Clístenes sabía que es vital para una democracia que la ciudadanía pueda fiscalizar la labor de los representantes de la misma, pero parece que nosotros nos hemos olvidado. O nos han engañado: en nuestras modernas plutocracias han creado un sistema “legal” que ampara, ancla y disfraza de democracia la dictadura de los ricos, la dictadura del capital. No se trata de unos sobres no declarados, sino de una estructura económica perversa en tanto que injusta, antidemocrática e incompatible con el ejercicio de la ciudadanía.

Un tiempo antes, otro personaje llamado Solón (638 – 558 a.C.), había abolido la esclavitud por deudas, esa forma de esclavitud “legal”, aceptada, mediante la cual una persona podía acostarse como ciudadana y despertarse como esclava por obra y gracia de una mala cosecha, un desastre natural, un ladrón, un rico codicioso, etc. Solón quizá estaba loco, pero pensaba que la condición económica no podía ser excusa, en ningún caso, para que el rico acabase con la vida política de una persona (con su ciudadanía) debido a la especulación o a cualquier otra triquiñuela mercantil. Pero Solón no era un soñador ni un utópico. Sabía muy bien que aunque la economía (la deuda) no deba ser causa de esclavitud, la vida se desarrolla bajo determinadas condiciones materiales. Quizá por eso promovió una reforma agraria, para otorgar a los ciudadanos de Atenas la base material para poder ejercer de hecho la ciudadanía: si una persona tiene que ocuparse y preocuparse 16 horas al día por su supervivencia, no tiene tiempo para acudir al ágora, no puede participar en las asambleas, no puede discutir con el resto de la ciudadanía qué es lo correcto y qué es lo incorrecto, qué hacer y qué no hacer. Para ser ciudadano o ciudadana, es necesario disponer de tiempo libre, entendido este como tiempo “liberado”, tiempo para ti, desinteresado, libre de la carga que supone procurarse los medios de supervivencia. Si no tienes tiempo más que para trabajar en la cosecha o por un salario, ¿en qué momento puede alguien pararse a discutir lo que es bueno, lo que es verdadero y lo que es justo? Solón sabía todo esto, pero parece que nosotros lo hemos olvidado. O nos han engañado: tenemos un sistema “legal” que dice que es compatible vivir bajo un puente (o sin comida, sin sanidad, educación, etc.) con el ejercicio de nuestros derechos ciudadanos, entre los que destaca la participación directa en las decisiones de la ciudad, aquellas que afectan al conjunto de la ciudadanía. Prima el derecho del banquero a expulsar de su propiedad sobre el derecho de la ciudadanía a una vivienda digna, es decir, es “legal” que los ricos nieguen las condiciones materiales básicas para poder ser ciudadano o ciudadana a los pobres.

Todo esto significa que, por obra y gracia de un dictadorzuelo, un monarca limitado, media docena de presidentes, tres o cuatro instituciones económicas (antidemocráticas) internacionales y un puñado de “grandes” empresarios, hemos retrocedido al menos 2.500 años. O quizá más. Aristóteles (384 - 322 a.C.), otro gran pensador con cada día menos espacio en las aulas, pensaba que si los hombres conseguían que los molinos se moviesen solos, no harían falta esclavos. Marx (1818 - 1883 d.C.) le llamó la atención varios siglos después, cuando la tecnología hubiese podido hacer realidad el sueño aristotélico: lógicamente Aristóteles no podía prever la irrupción que supone el capitalismo en el devenir de la humanidad, no pudo ver su sueño convertido en pesadilla; al final, cuantos más molinos se mueven solos, nos encontramos jornadas laborales más largas, salarios más precarios, un ejército de parados creciente... No obstante, lo que si vio Aristóteles con claridad cristalina es que las distintas formas de gobierno pueden, fácilmente, corromperse. Ahora bien, para Aristóteles la corrupción no consistía simplemente en coger sobres, en aceptar sobornos de los ricos. La corrupción viene determinada por la confusión entre lo privado y lo público: el sistema político se corrompe cuando los gobernantes no saben, no quieren o no pueden distinguir o diferenciar su interés privado (o el de un grupo concreto) del interés general, del bien común. De la misma forma que Sócrates fue eliminado por poner en jaque el sistema “democrático” ateniense, parece que Aristóteles correría hoy la misma suerte y duraría menos que un elefante borracho ante un Borbón.

Ni las palabras ni los actos pacíficos parece que cuenten para los capitalistas, no es la razón la que les guía, sino el interés (privado) por acumular más capital. En consecuencia, quizá haya que replantearse la situación y retroceder en la historia, también nosotras, quienes luchamos por la emancipación. Avancemos, pues, en dirección contraria, rescatemos del pasado los símbolos, conceptos y herramientas necesarios para acabar con regímenes totalitarios. En realidad no hay que irse muy lejos para recuperar, por ejemplo, la guillotina, cuya afilada hoja marcó el comienzo de una lucha que aún hoy se está librando: al separar el cuerpo de la cabeza de quien usurpaba el lugar de las leyes se abrieron las puertas para la democracia. Si socialmente quieren convertirnos en un país decimonónico, nosotras les convertiremos a ellos en pollos sin cabeza, en malos recuerdos. No se trata simplemente de responder con violencia a la violencia: igual que no es lo mismo una ráfaga de ametralladora de Ernesto Guevara que un disparo de un soldado bajo las órdenes de Pinochet, no es lo mismo matar a alguien privándole de alimento, vivienda o sanidad, que eliminar a quien impide que los derechos (incluido una vida digna) se hagan efectivos, a quien consagra la muerte y la injusticia bajo el disfraz de legalidad y legitimidad. O la ley o sus normas arbitrarias; o el Derecho o sus privilegios; cada porrazo y cada detención lo deja más claro: o la guillotina o el golpe de Estado que supone la revolución neoliberal (barbarie). No se puede juzgar o perdonar a quien impide que esas palabras tengan sentido.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Permisos y derechos


Si bien es cierto que no podemos caracterizar la televisión como el “reflejo de la realidad”, sí que podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que la televisión refleja la ideología de la clase dominante. Por lo menos así es en los países capitalistas, donde asuntos tan delicados como la libertad de expresión fueron regalados a grandes corporaciones hace ya tiempo. Partiendo de este supuesto, resulta de lo más alarmante comprobar cuáles son los mensajes que nos transmite últimamente este aparato en el Estado español. En concreto me interesa lo que se está diciendo, cada vez más alto y con más descaro, acerca de lo que es el Derecho.

Hace unos días, enciendo la televisión y me ataca una película de acción en la que vemos a un agente de la CIA que tiene problemas de conciencia: está harto de explotar coches en otros países, de ametrallar enemigos, de cometer asesinatos en nombre de su gobierno y de la “seguridad nacional”. Parece estar tan abrumado que comenta su situación con otro colega de la CIA. Y este le responde que tiene razón, que “defender el país es cada día más complejo”. ¿De dónde viene esta complejidad? Del hecho de que “nosotros nos ponemos reglas a nosotros mismos que el enemigo no se pone”, y esto es así hasta tal punto que el comprensivo espía duda: “ya no sé en qué consiste mi trabajo”. Aquí tenemos una primera aproximación a lo que la clase dominante entiende por Derecho: es complejidad innecesaria, perjudicial. Para este agente de la CIA los derechos (humanos, sociales, ciudadanos, políticos, económicos, etc.) son un límite a su trabajo y por tanto un límite a la seguridad nacional. La idea de este sujeto es que “los terroristas” no respetan el Derecho mientras que “los buenos” sí lo hacen. La conclusión que necesariamente obtenemos de estas premisas es que el respeto a los derechos dificulta la esencial labor de la última línea de defensa que separa a los estadounidenses de la pérdida de su libertad (o incluso de una muerte atroz). El Derecho es, por tanto, una lastimosa fuente de complejidad que ata las manos de quienes tienen que tener las manos libres para cumplir la sacrosanta misión de defender la patria de un enemigo invisible que incluso “ataca desde dentro y a traición”. El Derecho es, por tanto, un estorbo, un dinosaurio del pasado que no ha sabido adaptarse a la nueva realidad, un fósil institucional que dificulta la lucha por la “libertad”, por mantener “el estilo de vida americano”. Cuánto más fácil sería capturar terroristas si todo EE.UU. se pudiese convertir en una gigantesca Guantánamo, cuánto más fácil sería proteger el concepto de la “libertad”, mantenerlo puro, si evitamos que los pueblos sean libres, cuánto más fácil sería proteger la “democracia” si los agentes encargados no tuviesen las manos atadas con insensateces como el Habeas Corpus, que obligan a perder el tiempo e incluso a soltar criminales...

Cansado de la retórica del film, agotado de tanto tiro y explosión que vienen a justificar los planteamientos del agente de la CIA preocupado con su trabajo, cambio de canal. Entonces me encuentro un alegre cacareo, una mesa de tertulianos de los que aparecen durante toda la mañana para hablar del tema que sea. Uno de esos programas en que todólogos y sicofantes se unen para esputar sus tristes opiniones a un público bovino. Es en este contexto donde encontramos otra de las puntas de lanza que utiliza la ideología dominante. Entre interrupciones, gritos, risas y palmadas en la espalda, empieza a vislumbrarse una idea que atraviesa el ambiente: el Derecho como algo antieconómico. Los neoliberales, que desde los años 70 vienen ocupando (y desmantelando) cada vez más el sector público, entienden que un derecho, como por ejemplo el derecho a una vivienda digna, no es más que una traba para el correcto desarrollo de los negocios y, consecuentemente, de la “libertad”. El Derecho se trata, por tanto, de una especie de conjunto de normas arbitrarias (“no hay nada en la razón, ni en la naturaleza, ni el el reino de los cielos que nos diga que los seres humanos debemos vivir en una vivienda digna”, dicen), un límite al desarrollo comercial y humano. Los derechos son, por tanto, un elemento antieconómico, algo así como una herencia que ya no podemos mantener. Plantean que son el resultado de haber tratado de vivir “por encima de nuestras posibilidades”: ahora que hay crisis, solo los necios y los comunistas (que vienen a ser lo mismo) se empeñan en mantener algo que no podemos mantener porque “no hay recursos suficientes”. Lo que nos dicen los tertulianos, por tanto, es que el Derecho es fruto de algo así como la bonanza económica y que, cuando falta el capital, hay que renunciar a ello si no queremos arriesgarnos a destruir la economía. Los derechos, por tanto, son algo que concierne a las personas o países pudientes, se trata de un lujo, una recompensa por pertenecer al club de los ricos. Llegados a este punto, apagué la televisión.

Pero los seres humanos somos capaces de tropezar infinitas veces con la misma piedra. Así que pasados unos días vuelvo a encender el dichoso aparato. Esta vez es la cara amable de un presentador de noticias la que me dice cómo son las cosas. Mediante un tratamiento informativo más que dudoso, una noticia en apariencia referida a un choque laboral entre trabajadores y empresarios se acaba convirtiendo en la excusa para darnos una nueva lección sobre lo que es el Derecho: es un regalo. Más bien un préstamo. Asumiendo un argumentario muy parecido al de las tertulias, el telediario nos cuenta el cuento de que si hemos tenido un Estado de Bienestar hasta el momento es por dos motivos: primero porque “los padres de la democracia” así lo decidieron durante la transición, cosa que, por lo visto, debemos agradecer infinitamente porque a nadie más se le habría ocurrido; en segundo lugar, porque hemos pretendido vivir “mejor de lo que en realidad podíamos”. Lo que está flotando de fondo es la idea de que el Derecho no implica un cambio de poder, que en realidad se trata de algo así como un “permiso”. Y así, le dan la vuelta a la tortilla y ponen el mundo patas arriba: no es que tengamos derechos por ser humanos, ciudadanos, racionales, únicos e irrepetibles, dotados de una constitución, con siglos de luchas sociales a nuestras espaldas, etc. Tenemos “derechos” porque determinadas personas, ancladas en las posiciones de poder, han decidido que durante un breve lapso de tiempo podemos disfrutar de un nivel de vida que en realidad, parece ser, no nos corresponde a la inmensa mayoría (digamos, el 90% de la población). Por tanto, el Derecho de un Estado como el nuestro en realidad no es tal, se tendría que hablar más bien de el Permiso, el Permiso que nos da la clase dominante durante el tiempo que decidan para que los “losers” disfrutemos de uno serie de “servicios” aunque no lo merezcamos. Consecuentemente, en un contexto de crisis económica, política y social, no es de extrañar que estos presuntos “derechos” se vean seriamente limitados: “no hay dinero para sanidad”, “no hay dinero para educación”, “no hay recursos para mantener una justicia igual para todos”. El Permiso procede, por tanto, del capital: podemos tener, por ejemplo, una sanidad pública, pero solo hasta el momento en que el capital decida hacerse con ese mercado, es decir, todos tenemos (apariencia de) “derecho” a la sanidad mientras los capitalistas puedan seguir acumulando capital en otros ámbitos de la economía (sí, para el capital la sanidad no es más que una parte de la economía). Pero cuando se da una situación de crisis, cuando se tiene que cambiar el modelo de acumulación de capital porque la anterior burbuja ha explotado definitivamente, eso que llamábamos “Derecho”, eso que creíamos que nos correspondía por el mero hecho de haber nacido tras siglos de luchas y progreso de la razón, no resulta ser otra cosa que una ilusión, un préstamo momentáneo, un Permiso cuya función es hacer creer que todos avanzamos al mismo ritmo, que vamos en el mismo barco.

Esto nos lleva a la siguiente cuestión. En el mismo telediario escucho a distintos representantes políticos vomitar sus discursos electoralistas, donde lo importante no es la verdad sino la cantidad de votos que ganas o pierdes después de la actuación. Y es gracias a estos discursos que podemos comprender otro aspecto fundamental de nuestro presunto Estado de Derecho: existen derechos que valen y derechos que no valen. Dicho de otra forma, vivimos en un Estado donde convive el presunto Derecho con el conocido Permiso. Y no es algo que haya ocurrido debido al azar: la clase dominante quiere procurar, mantener o agrandar el “derecho” a actuar como clase dominante, mientras que para el resto solo quedan los permisos, las migajas, aquello que no supone ninguna amenaza para la reproducción de la clase dominante en tanto que tal. Así, por ejemplo, resulta de lo más esclarecedor ver cómo determinados partidos insisten una y otra vez en el hecho de que “hay que limitar el derecho a la huelga”. Para los poderes fácticos (el capital) y los poderes imaginarios (el poder político tal y como se entiende hoy en las altas esferas), que los trabajadores aspiren y utilicen el Derecho y se declaren en huelga es una especie de abuso que no se puede permitir. La conclusión lógica para estos políticos, por tanto, es que debe limitarse el Derecho, debe reducirse a Permiso, porque no se puede consentir que una panda de trabajadores utilicen un supuesto derecho para reclamar nada, porque “nadie tiene derecho a hacer daño a la economía del país”. Así, cuando el personal sanitario decide ir a la huelga no por sus salarios, no por las horas de trabajo que les han aumentado, no por las condiciones de trabajo generales, sino para defender una sanidad pública, universal y de calidad, los máximos representantes políticos claman al cielo: “¿no ven los médicos que están perjudicando a los pacientes y la economía?”. Privatizan la sanidad, convirtiendo otro pedacito del Derecho en un mercado más (en un Permiso que te permite o no en función de tu renta) y, debido a que la oposición a este proceso es frontal, no se les ocurre otra cosa que limitar el derecho de la ciudadanía a luchar por lo que considera justo. Y esto ocurre porque hay una serie de derechos (la propiedad privada, por ejemplo) que priman, como no podía ser de otra manera, sobre los permisos que “ya no podemos mantener”: el derecho a hacer negocio con la salud de las personas prima sobre el permiso de las personas para disfrutar de una sanidad pública y de calidad para todos y todas. Prima la posibilidad de hacer negocio sobre la dignidad de las personas. Sobre el papel, ambas cosas constituyen derechos, pero en la práctica...

Por último, la televisión, mediante reportajes, documentales y películas, nos transmite la idea de que el Derecho es (o debe ser) un reflejo de la sociedad del momento. Parece lógico, pero este tipo de planteamientos nos oculta una terrible verdad: el Derecho no está para reflejar lo que acontece día a día. El Derecho no está para permitir que el empresario haga lo que quiera, para que el pez grande se coma al chico, que la gacela sea comida por el león, que el asesino siga asesinando o para que el enano pueda ser lanzado contra una pared por los tipos grandes. El Derecho apela al “deber ser”, no al “ser” de la realidad. El Derecho no puede ser simplemente la consagración (en papeles, normas y leyes) de lo que ocurre en la realidad, por muy bonita que esta aparente ser. El sentido del Derecho es, precisamente, transformar la realidad, no elevarla a la categoría de legítima o intocable. Por tanto, cuando un político o una política hablan de adecuar las leyes “a los desafíos del siglo XXI” o a las “demandas de una sociedad cambiante”, de lo que hablan es de ponerlas al servicio de los que mandan en ese momento, de aquellos que tienen la capacidad (y sobre todo los medios) para convencernos de qué es bueno y qué es malo. De esta forma, el Derecho deja de ser una herramienta para transformar la realidad, la palanca para introducir en la vida cotidiana palabras como “justicia”, “fraternidad”, “igualdad”, “libertad” o “verdad”, para aspirar al “deber ser” y la dignidad y no solo conformarnos con la injusticia y la precariedad de lo existente. Al contrario, se transforma en una herramienta al servicio de los peces gordos que se utiliza exclusivamente para legitimar y legalizar el expolio de los peces pequeños. Al final, lo que nos propone el capital y los políticos que lo representan es pasar de una realidad en Estado de Derecho a un Derecho en Estado de realidad, en “Estado de mercado”. Es el fin del principio del reinado de la razón, la verdad, la libertad y la justicia. Se trata de la transición hacia un modelo en el que el interés privado de los peces más gordos define el mundo y, lo que es peor, lo que debe ser el mundo. Que los médicos hagan huelga es un abuso, que los empresarios quieran hacer negocio con la salud de la población es un derecho inalienable, según este esquema.

La izquierda, sin embargo, cometería un grave error regalándoles a neoliberales y demás capitalistas un concepto como el de Derecho. La tarea ciudadana por excelencia es reivindicar que el Derecho no puede ser el fruto de los devenires del mercado capitalista o de la voluntad del tirano de turno, sino el fruto de la deliberación racional sobre el “deber ser” y sobre lo que es justo o injusto; que no puede ser el Permiso que nos regala una camarilla que lucha por defender sus intereses privados, sino la plasmación de la voluntad general de acuerdo a la razón pública; ni un obstáculo para defender la patria, sino el motivo por el cual esta existe y debe ser protegida. El Derecho es y sigue siendo el fruto de la razón, el resultado de las exigencias de la libertad (de tratarse a sí mismo como un “cualquiera”, libre de su condición de, por ejemplo, hombre, blanco, europeo, español, de clase media, etc.), el inevitable destino de pretender alcanzar el “deber ser”, de no conformarse con las injusticias que se dan hoy como si fuesen algo natural y por tanto inevitable. Otra cosa es a qué llamen “Derecho” los tiranos políticos y económicos, que no suele ser otra cosa que su voluntad arbitraria al servicio del interés privado. Pero aunque sea esto último lo que de hecho tiende a ocurrir, debemos tener muy claro que nuestra lucha no es la misma que la de los neoliberales, algo así como “destruyamos el Derecho en nombre de la libertad”, sino todo lo contrario: debemos luchar contra el Estado de Permiso para que esa palabreja, Derecho, no sea la cuerda con la que se nos ahorca sino la llave con la que abrimos las puertas de la emancipación.