lunes, 11 de mayo de 2015

Salir de la caverna: Platón ha vuelto (parte II)

Platón se lanza hacia lo desconocido. Ante sí un pasillo, sumido en la oscuridad. A ciegas lo recorre, sube unos escalones y alcanza una nueva puerta. Palpando, encuentra el picaporte y la abre.

- ¡Ay! ¡Amaranta! ¿Qué me sucede? No veo nada, pero es un no ver distinto al de ahí abajo, este es blanco y duele.

- Es la luz, Platón. La primera vez que nos enfrentamos a ella nos ciega, pero ten paciencia, poco a poco te acostumbrarás. Deja que te guíe hasta la sombra de este árbol, te sentirás mejor.

- Llévame… Da vértigo andar por terreno desconocido sin ver nada, incluso siendo guiado por alguien de confianza… ¡Mucho mejor! Aquí duele menos y empiezo a distinguir formas. Esto que hay bajo mis pies, ¿es un árbol?

- Casi, Platón. Ciertamente te parecerá un árbol, pues hasta ahora para ti la realidad no eran más que sombras. Pero me temo que no lo es, tan solo es la sombra de un árbol. Cuando te recuperes un poco más, prueba a mirar hacia allí.

Amaranta orienta a Platón hacia un lago. Poco a poco, Platón comienza a ver y reconocer los reflejos del agua y, finalmente, sus ojos se han acostumbrado lo suficiente como para atreverse a mirar por encima del nivel del suelo.

- No tengo palabras, Amaranta, para describir la belleza de lo que contemplo.

- Lo sé, Platón, yo tampoco las tuve, ni las tengo ahora. Es extraño lo que nos ocurre cuando contemplamos lo sublime, lo Bello. Es como si trascendiéramos el limitado campo de los “me gusta” y nos sumergiéramos en un océano inexplorado. Quiero decir que al contemplar este paisaje una no puede limitarse a decir que le agrada o que le apasiona. Sea cual sea el grado de emoción que nos despierte, todas y cada una de las personas que han subido hasta aquí han coincidido en algo: que sentirían exactamente lo mismo si fuesen otra persona. Que sería de esperar que cualquiera, independientemente de que sea alta o baja, hombre o mujer, rica o pobre, negra o blanca… sentiría algo similar, si no equivalente.

- ¿Y eso qué significa, Amaranta? ¿Qué estamos ante un paisaje único?

- Ciertamente, pero ya veremos por qué es único. Lo importante ahora, Platón, es comprender que ante la contemplación de lo Bello nos sentimos sintiendo lo mismo que todos los demás. La Belleza nos coloca a todos y a todas en un lugar común, un lugar que es de todas las personas y de nadie a la vez. Nos hace sentirnos como hermanos y hermanas.

- Hablas de fraternidad.

- En efecto.

- Y dime Amaranta, ahí abajo, en la sala, pude comprobar que aquello que nos permitía ver las sombras que agotaban nuestro mundo eran unos focos. Aquí no veo foco alguno, y sin embargo hay sombras, ¿se debe a esa bola amarillenta que quema los ojos cuando se la mira?

- Aciertas de nuevo, Platón. Eso es el sol y es lo que hace de este paisaje algo único.

- ¿Se trata de un foco gigante?

- No, de ninguna manera. Esa esfera que proyecta la luz necesaria para que veamos las cosas está compuesta de algo muy distinto. Es, de hecho, la perfecta combinación entre Verdad y Justicia, a la que llamaremos Bien.

- ¿”Verdad, Justicia, Bien”, con mayúsculas? Me temo que vuelvo a perderme, Amaranta.

- Es fácil perderse, pero encontrémonos, que este lugar puede pesar demasiado si se recorre en solitario. ¿Cómo es posible que tú veas, Platón? Ya sé que tienes ojos y funcionan. Sin embargo, esas son condiciones imprescindibles, pero no suficientes.

- Cierto, porque durante la noche, cuando no hay ninguna luz, uno no ve nada, como cuando apagaban la pantalla de las sombras. Entonces todos los gatos son pardos. Luego, para ver, resulta imprescindible la luz.

- Eso es, querido amigo. Sin embargo, ¿los ojos y la luz son suficientes para, por ejemplo, intercambiar con acierto dos ovejas por dos cabras?

- No, ya dijimos que el “saber” que proporcionan los ojos es cualquier cosa menos fiable. Gracias a los ojos podemos apartarnos de un camión que nos va a atropellar, pero estaremos lejísimos de entender qué es un camión. Es más, si no entendemos qué es un camión, aunque lo veamos venir, igual ni nos apartamos, como les sucede a los niños pequeños o a los gatos.

- Muy bien. Pero cuando hablamos de comprender lo que es un camión, ¿de qué estamos hablando si no es de la información que aportan los ojos y los oídos?

- Un camión es mucho más que esos datos confusos y cambiantes, Amaranta. De eso se trata, ¿no? Pongamos un ejemplo más sencillo: un caballo. Un caballo no es lo que vemos, oímos y sentimos al acercarnos a un caballo concreto. Sabemos que es un caballo aquello a lo que nos estamos acercando porque hay algo previo, un conocimiento de lo que es un caballo independientemente de las particularidades del caso concreto que tenemos delante. Vale, lo que intentas decirme, Amaranta, es que el sol es el equivalente, en el pensamiento, de lo que es la luz a la vista.

- Brillante, Platón. La Verdad es siempre algo más complejo que lo que vemos. La Verdad, de hecho, no se puede captar por los sentidos. Imagina que estás en un estadio y ves cómo un trozo esférico de cuero pasa entre tres palos y una raya pintada en el suelo. Si eres un marciano, para ti eso no significará nada, pero si eres un humano que ha sido bombardeado por la cultura de masas, entenderás que eso ha sido un gol y la importancia que tiene para el resultado final. Por tanto, la verdad del gol no está en su realidad visible. Volviendo a lo que nos acontece, lo que ilumina este sol no sólo es la cosa en sí, de tal manera que podamos contemplarla; ilumina también, para que podamos “verla” en su totalidad, aquello que estructura la realidad, aquello que hace que las cosas sean lo que son.

- Entiendo. Es lo que creía: la luz de los focos es a lo visible lo que la luz del sol a lo pensable. Dicho de otra forma, con los ojos apenas vemos una pequeña porción de lo real y, si no están preparados por el intelecto, no harán más que engañarnos; para contemplar la Verdad, para conocer, no nos basta con los sentidos, necesitamos a la razón. Pero no una razón ciega, sino una que se deje iluminar por la verdad, una que busque la verdad. Incluso podríamos ir más allá y decir que un auténtico comportamiento racional es tan solo aquel que parte de esta premisa, que solo sometiéndose a las exigencias de la verdad uno actúa de modo racional.

- Y ahí entramos en la otra parte de nuestro compuesto al que hemos llamado Bien: la Justicia. Dime, Platón, qué opinas del lema de unos conocidos revolucionarios, que rezaba así: “la verdad os hará libres”.

- Sin tiempo para pensarlo demasiado, diría que es cierta. Hoy, pese a que no sé nada, me siento mucho más libre que ayer, puesto que he aprendido que la verdad es algo más que la apariencia, que hay que buscarla con otros ojos. Es más, ayer ni sabía que estaba encadenado a mis pasiones y costumbres, sin embargo ahora puedo retozar por este hermoso campo.

- ¿Y tú dirías que eres parte de la norma o de la excepción, querido Platón?

- Sin duda tendría que reconocer que de la excepción: allí abajo están ocupadas casi todas las butacas y aquí arriba solo te veo a ti. Pero yo no me considero ni más listo ni más apto que los demás para aprender, ¿por qué soy una excepción?

- Precisamente porque hace falta algo más que la verdad para hablar de emancipación, de libertad. Verás, una vez me encontré aquí con otro hombre, Aristófanes se llamaba. Encantada por la posibilidad de compañía, me acerqué a él. Hablamos largo rato y cuando tuvo la suficiente confianza de que yo no haría lo mismo, confesó sus planes: “la Verdad es maravillosa, es hermosa, pero sobre todo es rentable”. Este hombre sube una y otra vez aquí, no para aprender, no para comprender, no para compartir y ayudar, sino para explotar lo que contempla, para obtener beneficio de ello.

- ¿Cómo?

- Muy sencillo: convirtiendo lo que aquí aprende en figuras y sombras, en focos más potentes, en una pantalla más grande, en mejores grilletes.

- ¡Eso es indignante! Deberíamos volver abajo no para convertir lo que nos muestra el Bien en un instrumento para granjearse privilegios, sino para ayudar a las demás personas a subir aquí.

- ¿Ves, Platón, cómo hace falta algo más que la Verdad para liberarnos?

- Tenías razón, Amaranta. Es necesaria, además, una correcta idea de justicia. Si la razón teórica, la que nos permite comprender, debe estar siempre iluminada y orientada por la verdad, la razón práctica, la que nos permite obrar de una forma u otra, debe estar iluminada y orientada por la idea de Justicia.

- Así es. Suprimimos la Verdad si decidimos ignorarla a ella y sus exigencias, o si nos limitamos a aprovecharnos de lo que muestra para lucrarnos a expensas de los demás. Que el pensamiento sea útil y benéfico depende de su orientación. La brújula que nos impide perdernos es la idea de Justicia. De modo que tenemos una aparente paradoja: cuanto más claro ve la gente que no entiende (porque no puede o no quiere) lo que es justo, más perversa es. El pensamiento es una potencia que, a falta de orientación, sirve a tanto a buenos como a malos fines. Aristófanes ha subido hasta aquí, pero si pudiésemos ver a través de sus ojos cuando contempla este paisaje, comprobaríamos que para él todo está cubierto por un manto de niebla que le hace confundir la verdad con la oportunidad de negocio. Él no ve bien, ni le interesa, ve lo que quiere ver. Es otro esclavo más de sus particularidades: cree que será más libre en la medida que consiga más dinero, no se da cuenta de que quiere más dinero porque no es libre, porque está atrapado por él.

- ¿Y qué hay del resto de personas? Porque igual Aristófanes es la excepción y nosotros la norma, solo que aún no hemos podido comprobarlo.

- Respóndeme, Platón, ¿estás mejor aquí que atado a tu butaca?

- Por supuesto.

- ¿Y por qué crees que los demás van a ser distintos? Y si son iguales que tú, ¿por qué motivo no están todos y todas ya aquí, disfrutando del Bien y la Belleza? ¿Olvidas que esas personas han sido educadas precisamente para lo contrario, para desear, en el mejor de los casos, una mejor butaca, sombras de alta definición y un espectacular sonido digital?

- Es cierto, pero si bien es admisible que han sido condicionadas, de ninguna manera podríamos explicar nuestra presencia aquí si asumimos que esas personas han sido definitivamente determinadas. No, es un hecho que se puede salir de allí abajo, de esa caverna. La clave es, por tanto, cómo se hace. A mi modo de ver, se nos presentan dos posibilidades: por la fuerza o convenciendo. Lo primero es imposible, porque no tenemos con qué romper las cadenas y además está la seguridad de la sala, que va fuertemente armada y están muy bien organizada. Es mediante la persuasión, pues, que hay que sacarlos de allí.

- Resultas enternecedor, Platón, pero así solo conseguirás que te maten.

- ¿Que me maten?

- ¿Recuerdas a aquel anciano que creíste haber escuchado alguna vez? Se llamaba Sócrates y fue el que me enseñó a mí, el que me ayudó a liberarme de mis cadenas. Convencido de que debía persuadir a cuantos pudiera para que le acompañasen en su misión de ampliar el conocimiento y desbancar del poder a la opinión, ensayó mil formas distintas de debates, discusiones, exposiciones… Al final, se dio cuenta de que lo más efectivo para romper el ritmo y las rimas de los poetas, de quienes no paraban de hablar de nada haciéndose pasar por sabios de todo, eran las preguntas. El adormecedor hechizo de las palabras que otros ponen en nosotros queda fulminado ante las buenas preguntas: de repente, el que parecía ducho en una materia se demuestra un ignorante. Hasta tal punto entendió Sócrates que ese era el camino, que incluso se paseaba entre la muchedumbre preguntando qué era un zapato, trataba tozudamente de rescatar a la gente de la opinión que todo lo disuelve y mezcla, tratando de sustituir dogmas por conocimientos y voluntad de verdad. El resultado me estrangula el corazón: la propia gente, en asamblea, decidió matar a Sócrates para poder seguir viendo la pantalla con tranquilidad. No es simplemente una cuestión de persuasión y por tanto de voluntad, es también una cuestión de educación. Y resulta mucho más difícil y peligroso tratar de educar a quien cree que sabe que a quien tiene claro que no sabe. Ahí abajo, Platón, apenas encontrarás amigos, pero sí muchos enemigos. Las creencias y las opiniones, desligadas del saber, son todas miserables y, las mejores, son irremediablemente ciegas. Y además son osadas: no hay como la seguridad que da la ignorancia. Recuerda, ignorante no es quien hace preguntas porque todavía no sabe, sino quien no las hace porque cree que sabe. Es mucho más cómodo dejarse llevar por la corriente que nadar contra ella, y allí abajo la corriente es claramente adversa, es el reino de las sombras. Ay de aquel que trate de decirle al súbdito de la apariencia que abandone la tranquilidad de la ignorancia y se aventure, como ser libre, en el terrorífico mundo de lo desconocido. Como el conejo que creció en una jaula durante toda su vida, la multitud tiembla ante la ausencia de barrotes.

- Pero bueno Amaranta, todo esto que me acabas de decir sobre la gente de las butacas y Sócrates, ¿acaso no nos convierte en locos? Quiero decir, ¿qué derecho tenemos a proponer a esa gente un cambio de vida? ¿Acaso no es justo lo que democráticamente decidan que es justo, como matar a Sócrates por andar molestando a la gente?

- Si así fuese, Platón, no podríamos hablar de nada en general. Si lo que es justo, lo que es verdad, lo que es bello o lo que es bueno dependiera de lo que opina la gente, ¿no sería lo mismo que decir que lo bueno, lo justo, lo bello y lo verdadero equivalen a la opinión del que más habla, del que con más soltura lo hace o de quien controla los medios de comunicación? No habría conocimiento entonces, solo opiniones más o menos compartidas, mentiras consensuadas, experiencia práctica y, alguna que otra vez, acierto por obra del azar. No, aquí no se trata de defender un concepto de justicia que nos venga bien porque somos los mandatarios, o que nos reporte beneficios porque somos empresarios ambiciosos, sino una idea de justicia que valga tanto ahora como dentro de cien años. Que le valga a un gallego tanto como a un espartano. La razón nos habla a nosotras de la misma manera que hablará a las personas en el futuro y de la misma manera que hablaba a las del pasado. Nadie tiene derecho a decir que si hubiese nacido dos siglos después no hubiese sido racista, o machista. Respecto al racismo y al machismo, la razón siempre ha dicho lo mismo. Si vemos el mundo con los ojos de la razón, a la luz de la verdad y la justicia, y no con nuestros ojos particulares atravesados de nuestros dogmas y prejuicios, machismo y racismo resultan intolerables. Ayer, hoy y mañana.

- Y sin embargo, mucha gente sigue siendo racista y machista.

- Sin duda, Platón, pero ya no como antes. Antaño uno podía defender públicamente que era racista y machista, pero hoy, gracias al progreso forzado por movimientos antirracistas y feministas, sólo pueden hacerlo contra la razón, a contrapelo. Cuando la razón, la verdad y la justicia se pronuncian y germinan en la historia, esta difícilmente puede mirar para otro lado. Eso no significa que no se pueda restablecer la esclavitud o distintos modelos patriarcales, pero el hecho de que la mayoría sea machista, o de que vuelva a instaurarse la esclavitud con otro nombre, no impugna la idea de que no se puede tolerar, no impugna lo que nos dicta la razón. Hay cosas que son reales pero que son imposibles moralmente, inadmisibles. También cosas no reales (por ahora) que sin embargo son necesarias en términos morales. Y como somos seres libres, es decir, algo más que un mero efecto de nuestro ser hombres o mujeres, altos o bajos, empresarios o trabajadores…, podemos decir que no hay derecho a que las cosas sean como son. Independientemente de que, hasta donde conocemos, siempre hayan sido así.

- Fascinante. Pero no creo que a todo el mundo le guste lo que acabas de señalar. Especialmente a los defensores del relativismo. Ya puedo imaginarlos vituperándote a ti y a cualquiera que comulgue con tus ideas. Cuando vuelva allí abajo, lo más probable es que me encuentre solo. Porque si lo que dices es cierto, Amaranta, nadie puede cambiar con simples lecciones de moral un carácter fijado de antemano por las opiniones dominantes, por ese rumor constante y cotidiano de infinito eco que, pese a aparentar conflictividad, resulta ser del todo consensual. Si lo que estamos haciendo aquí es “filosofía”, amar el saber, lo que se practica en la caverna sin duda es filodoxia, amor por la opinión. Su lema, “soy libre de opinar cualquier cosa”, es el enemigo de la filosofía. Ese “cualquier cosa” destroza la naturaleza filosófica, es un puente que nos permite evitar el procedimiento racional y nos habilita, a su vez, para ser todo lo incoherentes que nos dé la gana, para huir siempre hacia delante sin pararnos a respetar ningún principio de valor universal. Ahí abajo no se puede ni defender que dos más dos suman cuatro sin que alguien te interrumpa diciendo que no está de acuerdo, que su opinión difiere y que exige una votación para definir qué es cierto y qué no. La verdad íntima les importa un rábano, no son más que sofistas y sicofantes.

- Cuidado Platón, porque si bien llevas razón, no debes olvidar nunca que esa gente de ahí abajo es tu gente, y que son iguales a ti. Por el motivo que sea tú estabas más predispuesto a aprender y a cambiar que la mayoría, pero eso no quita que ellos y ellas se merezcan a alguien que les muestre la puerta.

- Y tanto que lo merecen, que estén ahí abajo atados me indigna, pero no me hace considerarlos enemigos. Antes al contrario: en la guerra de la luz de la razón contra la oscuridad de la opinión, la gente es potencialmente tanto aliada como enemiga. Dicho de otra forma: las cualidades que hacen al filósofo, que habitan en todas las personas, se tornan en su contrario desde el momento en que son cautivas de un medio podrido. Nuestro problema, el de toda la humanidad, no es con esa gente, sino con una estructura social y de pensamiento que permite que la opinión haga las veces de verdad. Esa es la batalla fundamental.

- En efecto, Platón. Y es la primera y más esencial de las batallas políticas: la lucha por el significado. Primera y esencial porque aquello que estructura nuestro mundo, la semilla del conocimiento, de las leyes y las instituciones, son los conceptos. Dependiendo de lo que entendamos por verdad, por justicia, por ser humano, democracia, derecho, ley… diseñaremos un sistema u otro, votaremos a unos u a otros, nos posicionaremos en un bando o en el otro. ¿Qué creías, Platón? La filosofía es desinteresada, su única meta es el saber, la verdad por la verdad. Pero hasta la verdad necesita de alguien que la materialice, ella sola no se explica, no se habla, no se da a conocer ni se hace respetar. Por otra parte, la Verdad no suele ser neutral… Sabiendo lo que ahora sabemos, Platón, ¿te parece correcto o virtuoso que gobierne un líder de opinión, es decir, aquel que ha convencido a la mayoría de que es el adecuado?

- De ninguna manera, pero que sepa a quién no quiero como gobernante, no significa que tenga claro quién debe gobernar. ¿Todos y todas, quizá?

- No vas desencaminado. Imagina, Platón, que el Estado es un gran navío. En él encontramos carpinteros, marineros, cocineros, costureros… y un timonel. Imagina ahora que ese timonel alberga, gracias a su experiencia previa, algún débil conocimiento acerca de vientos, de mareas, de caladeros y de estrellas. Más mal que bien, es capaz de llevar la nave a puerto, de la misma manera que quien no sabe es capaz de acertar por casualidad. Pero, lamentablemente, está quedándose cada vez más ciego: cree que ya sabe todo lo que tiene que saber y confunde su opinión, basada en una mezcla de prejuicios y experiencias, con la verdad. Vista su incompetencia, marineros, cocineros, carpinteros y demás tripulantes comienzan a pelear entre sí para deponer al timonel y ocupar su lugar. La opinión general es que no es necesario poseer más conocimientos que los que ya se tienen para dirigir el barco. Es más, todos acordaron que aquel marinero que gritaba y vociferaba más y más alto era el mejor candidato a timonel. Pensaban que tener el consentimiento o el apoyo de la mayoría era más que suficiente, inútil tener ideas y peligroso, motivo de desconfianza, tener conocimientos. Así que una camarilla de marineros, la más resuelta, definitivamente consigue expulsar al anterior timonel y poner a su amigo en su lugar. El resultado no puede ser otro que el esperado, salvo que la fortuna interceda, pero ningún gobernante sensato ha de depender de la fortuna que no nace de sus propias virtudes e instituciones: el barco encalla y se pierde la mercancía y la vida de muchos de los marineros. Ahora imagina que, en medio de todo este caos, aparece un auténtico amante de los saberes, un filósofo, un aspirante a capitán que cuenta con un buen conocimiento teórico y cierta experiencia en la navegación, que sabe de corrientes, vientos y mapas de las estrellas. ¿Cómo crees, Platón, que va a tratarle la camarilla de marineros que se ha hecho con el timón, así como todos sus partidarios y aquellos que se dejan llevar por la aparente mayoría? ¿Acaso no tacharán a nuestro filósofo de dogmático, de populista, de arcaico e incluso de totalitario? ¿Acaso no acabarán eliminándolo, al menos de la vida política?

- Ciertamente lo intentarán, Amaranta. Pero tiene algo de sentido: ¿qué pinta un filósofo dirigiendo una nave?

- Puesto que la nave representa en este relato al Estado, la pregunta más bien debería ser al revés: ¿qué pintan en su gobierno los que no son filósofos? Cuidado: filósofo o filósofa es aquella persona que trata de ofrecer explicaciones racionales, coherentes y ordenadas sobre el mundo y aquello que lo estructura. Y esta pretensión, además, ha de estar guiada siempre por el Bien, esto es, la combinación entre Verdad y Justicia. Dime, Platón, ¿puede haber persona más capacitada para saber qué está bien y qué mal, qué es correcto y qué incorrecto, qué es justo y qué injusto, y para obrar en consecuencia, que un filósofo o una filósofa, según esta definición que hemos dado?

- No, desde luego. Si filósofo o filósofa es quien piensa y obra así, sin duda deberían ser quienes llevasen el timón.

- En efecto. Y ahora respóndeme a esto: si el filósofo debe gobernar porque es quien tiene por guía la verdad y la justicia, porque es el más capacitado para obrar acorde a estas Ideas, ¿al final, quién gobernaría?

- La Justicia, la Verdad, el Bien.

- En efecto, Platón. Sería el gobierno de todos y de nadie, el gobierno de cualquiera, el gobierno de la razón. El único marco en el que ese experimento llamado democracia podría funcionar: vaciaría de tronos y de templos la plaza pública para que fuese la propia ciudadanía la que ocupase ese espacio y así deliberar, en condiciones de igualdad, sobre cómo proceder, qué leyes elaborar, qué instituciones levantar… Para formar lo que algunos llaman la “voluntad general”, esto es, la voluntad que surge del cuerpo social cuando este se reúne en condiciones de igualdad para, mediante la razón, decidir los pasos a seguir.

- Es decir, Amaranta, que la idea final es simplemente poner el mundo a la altura de tres conceptos, tres Ideas: Verdad, Justicia y Belleza. O como les gusta decir a los modernos: Libertad, Igualdad y Fraternidad. Pues para ese proyecto, cuenta conmigo.


- Bienvenido a la revolución, Platón.



Fuente: http://perseomadrid.blogspot.com.es/


Salir de la caverna: Platón ha vuelto (parte I)

Imagina una sala de cine gigantesca donde cabe toda la humanidad. Imagina que la pantalla es titánica y cubre toda la pared del fondo, desde el suelo hasta más allá de donde alcanza la vista. Detrás de la pantalla, unos potentes focos que proyectan, sobre la misma, las sombras de aquello que se les cruce por delante. Imagina las butacas ocupadas en su práctica totalidad, pobladas por personas, eso que llamamos humanidad. La gente está atada a su butaca con cadenas y no puede moverse, su cabeza atrapada entre dos tablas, una a cada lado, impidiéndole ver el entorno, forzando a mirar la pantalla. De fondo, un constante flujo de ruido, lamentos, insultos, risas, conversaciones… que dan voz a las sombras de la pantalla. Imagina que de repente, entra una persona andando. El ambiente es oscuro, como en toda sala de cine una vez ha empezado la película. Esa persona tropieza con un espectador.

- ¿Qué ha ocurrido?- se sobresalta el espectador.

- Disculpe caballero, me he tropezado porque mis ojos aún no se han acostumbrado a la oscuridad.

- ¿Oscuridad? ¡Pero si se ve perfectamente! Siempre se ha visto bien… Lo único que no veo es a la persona que me habla, ¿quién eres, por qué no puedo verte?

- Me llamo Amaranta y si no me ves, es porque algo impide tu visión. Podría tratar de remediarlo, pero de nada servirá si tú no quieres realmente.

- Quiero verte, Amaranta, me gusta tu voz. Haz lo que sea necesario… ¡Ay! ¿Qué has hecho?

- Perdona, he arrancado las tablas que te impedían girar la cabeza, gírala ahora.

- Hola Amaranta, ahora te veo. Pero veo mucho más. ¿Quién es toda esa gente? ¿Qué es este lugar?

- Son tus vecinos, nunca los habías visto así, de hecho nunca los habías visto en términos estrictos. Son esas personas con las que has compartido infinidad de conversaciones sobre lo que ocurre en la pantalla.

- ¡Ssshhh! Un respeto, por favor- interrumpe otro espectador-. Quiero escuchar lo que pasa.

- Quizá deberíamos irnos a otro lugar para hablar, ¿qué te parece?

- ¿A otro lugar? ¿Es que hay otro lugar que no sea este? Dime, Amaranta, ¿por qué iba a querer moverme, con lo cómodo que estoy?

- Es posible que no quieras, pero para no interesarte preguntas demasiado. Una persona con tantas preguntas en la cabeza no puede quedarse quieta, ¿me equivoco?

- Lo cierto es que me intrigas, siento mucha curiosidad, pero también sé que la curiosidad mató al gato, y que la muerte es una mujer seductora. ¿Qué me garantiza que después de irme contigo pueda volver aquí?

- Nada- responde secamente Amaranta-. Si vienes conmigo, volver, volverás seguro, pero quizá ya no seas el que hoy eres. Si no confías en mí, confía en tus preguntas. Ellas son poderosas aliadas cuando les prestas atención, pero te torturarán vivo si tratas de reprimirlas.

- Está bien, Amaranta. Llévame a ese otro “sitio”. Por cierto, me llamo Platón.

- Eso, marchaos de aquí, dejad de molestar a la gente- espeta otro espectador, impaciente, incómodo con la conversación-.

Amaranta hace ademán de marcharse hacia el fondo de la sala. Platón se levanta, da unos pasos, pero se para bruscamente.

- ¿Qué es esto, Amaranta? Quiero seguirte, pero no puedo, algo me tira de los tobillos y las muñecas.

- Es el primer paso, Platón. Si no te mueves, no sientes las cadenas.

- Cadenas… las tengo bien sujetas, pero nunca me había fijado en ellas. Claro que nunca las había tensado… ¿Qué son? ¿Cómo me libro de ellas?

- Es difícil. Si no las veías ni las notabas es porque estabas cómodo con ellas. No te sorprendas, la comodidad que te brindan esas cadenas se debe a su propia naturaleza: están hechas con todos tus prejuicios, rutinas, pensamientos irreflexivos y tradiciones. De hecho, casi podríamos decir que son la comodidad misma en este lugar. Al menos para los demás, porque para ti, Platón, ya es tarde, ya has visto de qué están hechas, ya has visto que además de proporcionar comodidad, son un severo límite. ¿Cómo romperlas? Sencillo de explicar, pero difícil de realizar: solo tienes que desaprender lo que crees que sabes y conoces. Dicho de otra forma, solo tienes que entender que, en realidad, no sabes nada. Vacía tu mente de cualquier otra cosa, repite conmigo: “solo sé que no sé nada”. Que ese sea tu único principio, al menos por ahora.

- Solo sé que no sé nada… Eso ya lo he oído antes, no hace mucho creí escuchar a un viejo murmurar algo parecido, pero enseguida le mandaron callar otros espectadores, creo que yo mismo le chisté. Solo sé que no sé nada…  es duro interiorizar esto. Todo lo que he discutido con mis vecinos y vecinas, todas las conclusiones a las que hemos llegado sobre lo que ocurre en la pantalla, que es donde ocurren las cosas…

- Si notas que tu voluntad flaquea, piensa en las preguntas, Platón. ¿Acaso puedes explicar por qué estoy aquí, sin cadenas, hablándote de cosas que parecen locuras y de sitios que no has visto, con los parámetros de lo ocurrido y lo discutido en torno a las sombras de la pantalla?

- No, sin duda no puedo explicarlo. Pero es duro, tengo tantos datos, tantas fechas, tantos hechos, tantos nombres en la cabeza… Me sentía orgulloso de recordarlos todos. No había quien me superase en las discusiones, porque para cada tema tenía a mi disposición cientos de frases, modelos a seguir y conclusiones que me había proporcionado la pantalla. Es más, ni siquiera podría hablar contigo si no fuese por esta, aquí aprendí a hablar.

- Sombras, discutías sobre sombras, tratabas de ganar charlas de salón con sombras e ideas preconcebidas que no son tuyas. ¿Nunca te has preguntado si lo que dices es correcto?

- Claro, pero mi memoria no suele fallar, así que asumo que lo que digo es de hecho correcto: en la medida en que repita exactamente lo que dice la pantalla, no puedo confundirme, es lo que hay. Retrato la realidad como hace un pintor en un cuadro.

- ¡Largaos de una vez, locos!

- ¡Volved a vuestro sitio! –los espectadores cercanos se ponen cada vez más nerviosos, un rumor empieza a sobreponerse al sonido digital de la sala-.

- Tienen razón, debemos movernos para seguir avanzando. ¿Quieres ver lo que hay detrás de esa pantalla, Platón? Pues aprende, interioriza, asume que no sabes nada, que estás tan perdido como tus vecinos. No, todavía más, puesto que crees que sabes y que tienes razón. No tengas miedo a la incertidumbre, utiliza tus preguntas a modo de cizalla y rompe tus cadenas. ¡Hazlo ya o vuelve a tu sitio!

Platón cae de rodillas, todo su esfuerzo está volcado en la lucha que mantiene consigo mismo. A estas alturas, la razón le dicta que siga a Amaranta, pero el deseo no quiere desprenderse de las cadenas de la comodidad; la voluntad tontea con una y con otro, pero finalmente se alía con la razón.

- ¡Se están deshaciendo, las cadenas se deshacen!

- Otro paso más, Platón, otro paso. Estás empezando a comprender.

- Entiendo, entiendo que no sé nada, que no he parado de emitir opiniones sobre cosas, que he avalado y he criticado otras opiniones, pero que todas ellas estaban basadas en algo equivocado: unas cadenas que te limitan y te dan comodidad a la vez, unas tablas que me impedían mirar y una pantalla que… ¿Qué hay detrás de la pantalla? Cuidado, igual me estás engañando… ¿Por qué he de creerte a ti en lugar de a la pantalla? ¿Qué hace a tu criterio superior? ¿Por qué estás tan convencida de que hay otra cosa que las conclusiones a las que hemos llegado en nuestras butacas y la pantalla que nos ha proporcionado el material para discurrir? ¿Cuál es esa vara de medir que convierte todo lo que yo creía en un gran montón de nada?

- Te lo mostraré, Platón. O al menos lo intentaré. Sígueme.

La multitud de alrededor se debate entre abucheos y aplausos cuando los dos protagonistas comienzan a andar hacia la pantalla. La mayor parte de ellos se alegra de que por fin dejen de interrumpir y se sienten aliviados cuando vuelven a escuchar sin interrupciones el sonido que sale de los altavoces. Mientras se acercan al fondo de la sala, a Amaranta y a Platón les llueven los insultos, primero solo uno o dos, pero a medida que avanzan la actitud de los pocos se contagia a los muchos y Platón empieza a temer por su vida. Finalmente, llegan a la altura de la pantalla y se introducen detrás, por un lateral.

- Contempla, Platón, lo que hasta ahora para ti agotaba la realidad.

- Sombras, solo sombras proyectadas en una pantalla. Dicho de otra forma: hasta ahora me he limitado a discutir sobre sombras de las cosas y no sobre las cosas en sí.

- Vas por buen camino, pero te confundes si crees que lo que estás viendo ahora, las figuras que se cruzan por delante del foco, son el fin del viaje, solo es el principio. Lo que ahora mismo contemplas no es más que una serie de copias. Es decir, los espectadores que siguen atados a sus butacas no hacen otra cosa que ver, oír y discutir sobre sombras de copias.

- Creo que me pierdo, Amaranta.

- Es que lo fácil es perderse, Platón. Rescatemos tu ejemplo: imagina a un pintor que contempla una silla y una ventana. Imagina que decide pintarlas sobre un lienzo, ¿crees que encontrarías la silla y la ventana, tal cual son, en el cuadro? ¿O más bien encontrarías la opinión del pintor, trenzada por una serie de sentimientos y prejuicios, sobre la silla y la ventana?

- La pintura puede ser muy aproximada, incluso ser indistinguible de una fotografía, en cuyo caso, ¿no hablaríamos de “lo que es”, no habría el pintor hallado la forma de que su arte represente las cosas tal y como son?

- Pero, ¿cómo son esas cosas? El lienzo del pintor no es muy distinto de la pantalla de este cine. Es más, podemos afirmar que el pintor está tres veces alejado de la verdad de la silla y la ventana: su pintura es la copia de una silla y una ventana determinadas, que a su vez son la copia imperfecta de una idea de silla y una idea de ventana.

- ¿La copia de una idea? ¿Quieres decir que los objetos que proyectan su sombra sobre la pantalla son, a su vez, copias?

- Efectivamente, Platón. Por seguir con el ejemplo de la silla y la ventana, si tú me preguntas qué es una ventana, ¿te bastaría con que te señalase una y dijese “eso”?

- Antes sí, Amaranta, pero desde que se rompieron las cadenas y pude moverme, una respuesta como esa no me satisface lo más mínimo. Si me señalas la ventana no me estás explicando qué es una ventana, me estás señalando un caso concreto de ventana. Si esa ventana es cuadrada, por ejemplo, cuando vea una ventana redonda creeré que es otra cosa.

- Excelente razonamiento, Platón. Demos otro paso. Tú dices que aunque cambie de tamaño, lugar, forma, color y material, una ventana es una ventana. Llegados a este punto, permíteme que te haga yo a ti las preguntas… ¿Qué es lo que hace que la ventana, o la silla, siga siendo lo que es pese a las infinitas diferencias que podemos encontrar entre dos ejemplos de lo mismo? Dicho de otra forma, ¿cuál es la verdad de esa silla o esa ventana?

- Desde luego no el color, ni la forma, ni las patas que tenga o deje de tener, porque una silla rota sigue siendo una silla… eso sí, rota. Lo que hace que una silla sea una silla no puede ser, por tanto, algo que captemos por los ojos, porque los ojos siempre nos van a decir que si lo que ha pintado el pintor es una silla, lo que tenemos delante no lo es, porque no es igual, no es la misma cosa.

- Fantástico. Los ojos, el tacto, el olfato… solo captan el devenir, lo cambiante. Nos engañan. Nos dicen cosas contradictorias. Por ejemplo, si miramos el cuadro de la silla y la ventana, o la silla y la ventana en las que se fijó el artista, podemos decir de la silla que es grande y pequeña a la vez, porque es pequeña respecto a la cama que hay al lado, pero grande respecto al ventanuco que tiene encima. O podemos decir que es amarilla y verde a la vez, en función de la intensidad de la luz o la perspectiva que adoptemos para mirarla. Hace falta algo más para que podamos llegar, no a un acuerdo entre muchos, sino a lo que es de verdad.

- ¿Y qué es esa cosa, Amaranta? En vez de solucionarme una duda me has dejado con dos: qué es eso que hace que una silla sea una silla independientemente de su tamaño, forma, color, etc., y cuál es el camino para llegar a eso a lo que llamas “verdad”.  Hasta ahora lo tenía muy claro: para mí la materia de lo verdadero eran las sombras de estas figuras y autómatas que no paran de cruzarse ante el foco.

- Muy bien, Platón. La clave del saber no está en tener un montón de imágenes, datos y frases pegadizas en la cabeza, sino un montón de preguntas que ayuden a clarificar lo que hasta ahora estaba oculto tras la pantalla. Me sorprende tu actitud, porque la última vez que intenté explicarle esto a alguien fue dramático: cuando perdió las cadenas se sintió tan atemorizado que me agredió y se sentó corriendo otra vez en la butaca. Normalmente, la libertad da vértigo, da miedo, incluso duele. Perder las cadenas y, más aún, ver lo que está detrás de la pantalla, suele producir un rechazo agresivo. Es comprensible, porque muchas personas no quieren saber, solo quieren vivir tranquilas. La mayor parte de la gente que llega hasta aquí simplemente rechaza lo que le muestro porque la gente, pese a ver el foco y los autómatas que se cruzan por delante, siguen pensando que lo real, lo verdadero, son las sombras. Pero a ti, Platón, te ha traído hasta aquí la pregunta, las preguntas si quieres, aunque todas giran en torno a lo mismo: qué es real y cómo sé que lo es; cómo distinguir verdad de falsedad, pero también verdad de opinión; cómo distinguir la idea de la imagen. Ahora que ves lo que hay detrás de la pantalla empiezas a entender que lo que contemplabas sentado en la butaca era el equivalente visual a la más zafia charlatanería, que ahora estás mucho más cerca de comprender lo que es que antes, que pese a todas las discusiones que mantuviste con tus vecinos, no hacíais más que dar vueltas sobre la nada.

- Las preguntas me desbordan. Y quiero saber más, Amaranta. Dame más.

- Todo a su debido tiempo y en su justo lugar, sígueme de nuevo, nos vamos de aquí.

Amaranta coge a Platón de la mano y le guía detrás de las figuras que bailan delante del foco, más allá del foco, hacia una puerta que no parece tal. Amaranta la abre y se para a un lado. Mira fijamente a Platón.

- Te he traído hasta esta puerta, pero he de advertirte que una vez la cruces, ya nada será igual. Hasta ahora podías volver a tu butaca y, bien o mal, más pronto o más tarde, podrías volver a acostumbrarte a las cadenas y a la pantalla. Pero si cruzas esta puerta y asciendes por las escaleras, pase lo que pase, ya no podrás decirte a ti mismo que esto te lo has imaginado o lo has soñado. Una vez la cruzas, ocurra lo que ocurra, no habrá vuelta atrás.

- ¿Qué intentas decirme, Amaranta? ¿Es peligroso cruzarla?

- Efectivamente, Platón. Toda persona que la ha cruzado, de una forma u otra, ha perdido algo para ganar algo. Y en muchas ocasiones lo que se pierde es la seguridad. Si atraviesas el marco, te juegas tu vida, tal y como la vives ahora, pero también te juegas la vida, lo que te separa de la muerte.

- Es una opción vital. Esto no es como ver otra escena en la pantalla. Si entro ahí, todo va a cambiar, ¿es eso?

- Es eso. No puedes imaginar todavía hasta qué punto es eso. Solo te confundes en una cosa: si atraviesas la puerta no es para entrar, es para salir.

- Salir…

- Y ten en cuenta otra cosa, Platón: yo puedo mostrarte la puerta, pero eres tú quien debe decidir si la cruza o no. Es la razón la que debe comandar la nave a partir de aquí, de lo contrario te hundirás. 




Fuente: http://perseomadrid.blogspot.com.es/

lunes, 15 de diciembre de 2014

¿Podemos es de izquierdas?

- ¡Hola Clara!

- Hola Pedro. ¿Cómo te va?

- Pues en ti venía pensando precisamente. Acabo de escuchar otra vez en la radio que Podemos es un partido de extrema izquierda y que por ello debe darnos miedo. ¿Es así?

- De ninguna manera, Pedro. Verás, para discutir esto bien habría que reconocer que no sabemos nada y empezar por definir qué es eso de ser de izquierdas y qué es eso de ser de derechas, cosa que nadie va a hacer. Después, como mínimo tendríamos que cuestionar esa petición de principio según la cual todo movimiento o todo partido se sitúa dentro del mismo marco de coordenadas ideológicas, es decir, dentro de la lógica de izquierda y derecha. Además, habría que preguntarse si estar en un extremo de la línea o en el otro es bueno o malo de por sí y, por último, plantearnos si lo que dice Fulanito o Menganito sobre la posición ideológica de Podemos es cierto o no. ¿No te parece que sería lo adecuado para empezar a discutir?

- Sin duda. Está claro que respecto al deber ser no hay quien compita contigo, Clara, pero vayamos al ser de nuestra sociedad. Los tertulianos nunca definen qué es eso de izquierda o derecha y eso no les impide abusar de los dos términos, sin embargo tú has dicho que es lo primero que hay que hacer para poder hablar de ello.

- Elemental, querido Pedro. Si no sabemos de lo que estamos hablando, ¿cómo nos vamos a entender? No obstante, a un tertuliano de la televisión o la radio no le preocupa eso, no le preocupa la verdad ni la rigurosidad, lo que le interesa es imponer sus ideas a quien le escucha. ¿Cómo? Ya hemos dicho que evitan descaradamente definir aquello de lo que hablan. En ese sentido recuerdan tanto a cierto sofista que se hacía pasar por experto en la virtud sin siquiera saber qué es la virtud...

- Si no saben qué es, ¿por qué le dan tanta importancia? ¿Por qué no paran de repetir lo mismo sin dar un solo argumento o definición?

- Ya lo sabes, Pedro. En el mundo de la política, los términos “izquierda” y “derecha” son dos maravillosos ejemplos de lo que se denomina “significante vacío”. Hablamos de dos palabras que están en boca de todo el mundo, pero que significan cosas totalmente distintas en función de los intereses y formas de pensar de los sujetos que las utilizan o las escuchan. “Izquierda” no significa lo mismo para unos que para otros, pero además de ser un significante vacío, “izquierda” es una marca identitaria, que es lo que más nos interesa en este momento. Tú mismo reconoces que cuando alguien dice que Podemos es de izquierdas sobran los argumentos. Esto es así porque normalmente cuando hablamos de izquierda y derecha no nos estamos refiriendo a una serie de hechos objetivos, sino a una identidad política que uno puede adoptar como propia (o no) de la misma forma que se siente identificado con un equipo de fútbol u otro.

- También  te la pueden imponer. Las cabezas más visibles de Podemos no paran de negar que el partido sea de izquierdas porque algunos no paran de acusarles de ello. Es más, dicen, como UPyD, que no son de izquierdas ni de derechas. ¿Eso significa que son de centro o que buscan captar a los que se identifican con el centro?

- Si hablásemos de UPyD, responderíamos afirmativamente a las dos preguntas: el partido intenta crear un nuevo espacio político entre los dos extremos del eje ideológico, pero sobre todo quiere atraer a todo aquel que no se identifique ni con lo que se supone que es de izquierdas ni lo que se supone que es de derechas. Es decir, ante todo hablamos de una cuestión identitaria, no de elementos objetivos. Por eso partidos como el PSOE o UPyD un día están en la izquierda y otro en la derecha. En el caso de Podemos, sin embargo, no deberíamos decir lo mismo porque aunque ciertas palabras nos suenen parecidas, el discurso apunta en otra dirección.

- ¿Qué dirección es esa, Clara? Porque a diferencia de UPyD, con un discurso similar en lo que al posicionamiento ideológico se refiere, Podemos está consiguiendo mucho más. Por no hablar de las esperanzas que ha despertado…

- Cierto. Precisamente ocurre por lo que te decía: aunque ambos digan que no son de un lado ni del otro, la intención de los dos grupos es radicalmente distinta. Ya hemos visto que UPyD busca ganarse un electorado sin salirse del mapa político-ideológico de hoy en día. Quiere presentarse como algo nuevo, pero dentro de las viejas coordenadas. Podemos, sin embargo, plantea otra cosa distinta: su idea no es abrir un espacio dentro del marco actual, sino patear el tablero, cambiar el marco. Cuando Podemos dice que no son de izquierdas ni de derechas no caen en la trampa de decir que son de centro, sino que cambian la identidad política que le proponen asumir: “tampoco somos de centro, somos los de abajo y vamos a por los de arriba”. Es decir, Podemos no se autolimita aceptando las identidades políticas tradicionales, quiere superarlas, quiere crear otras nuevas. Unas que permitan a la ciudadanía ganar y recuperar las instituciones. Eso no se puede conseguir diciendo “yo soy la auténtica izquierda/derecha”, porque esas etiquetas están copadas por los partidos tradicionales y la mayor parte de la población ya no se identifica con ellas. Hasta ahora han sido las herramientas preferidas de los partidos de la casta para conseguir que la población les vote, no por lo que han hecho o vayan a hacer, sino por la idea o identidad que representan. El PSOE, por ejemplo, no tiembla ni suda cuando dice que son de izquierdas, pese a que coincidan una y otra vez en temas de gran calado (especialmente la economía) con la derecha. Dicho de otra forma: al ser una cuestión identitaria, no hay nada que el PSOE pueda hacer que le quite automáticamente esa etiqueta, que sea considerado de la izquierda o de la derecha depende exclusivamente del relato que construyamos entre todos: medios de comunicación, personajes políticos, ciudadanía… Por eso cuando se trata de acusar a Podemos sobran los argumentos, lo que importa es que se les quede pegada una etiqueta que los convierta en minoría social, que los margine en un rinconcito del espectro político, que impregne el partido entero de un tufillo que produzca rechazo sin saber muy bien por qué.

- Aun así no has explicado por qué es tan importante para los partidarios del PSOE y del PP encasillar a Podemos en la extrema izquierda, junto a bolivarianos y etarras (perdón por la risita que se me ha escapado).

- Sí lo he explicado, pero no lo he explicitado. El PSOE y el PP tienen un problema enorme ahora mismo, y es que por un lado pierden a sus votantes tradicionales y, por el otro, lo que pierde uno no revierte en el otro para volver a recaer en el primero en las siguientes elecciones. Se ha roto el círculo vicioso. PSOE y PP dejaron de ser vasos comunicantes porque ha irrumpido una fuerza nueva que es capaz de trascender las identidades políticas que sistemáticamente otorgaban la victoria a uno de los dos. Sin Podemos, hoy estaríamos contemplando el mismo panorama descorazonador de siempre: el PP diciendo que es de centro y ganando las elecciones, el PSOE diciendo que es de izquierda y perdiendo pero todavía con muchos votos, IU y UPyD ganando unos pocos escaños para seguir siendo oposición minoritaria… Todo muy cómodo, muy conveniente para los poderes visibles e invisibles que gobiernan el país. Por eso, entre otras cosas, no pueden hacer otra cosa que decir, de todas las formas posibles, que Podemos “es como nosotros”.

- ¿”Como nosotros”? Más bien lo condenan a la marginalidad del extremismo. O lo intentan.

- Por supuesto, pero dentro del marco en el que ellos se mueven. Al PP le conviene asustar a sus votantes, movilizarlos con el miedo para que le voten. Qué mejor que asustar con que van a ganar los que quieren comer niños, la extrema izquierda, los que siempre han intentado acabar con España. Al PSOE le viene muy bien ese discurso, nada mejor para ellos que Podemos se convierta en una especie de IU al nacer, un partido destinado a la oposición perpetua porque su identidad, la impuesta y la que ellos mismos se dan, no atrae más que a un mínimo porcentaje de la población. Una lástima que en Podemos conozcamos el juego y nos neguemos a jugar. Por eso los grandes partidos de la casta no pueden soportar a Podemos, porque si consigue cambiar las coordenadas identitarias puede obligarlos a tomar medidas e incluso puede llegar a revertir la situación, condenándolos a ellos a la marginalidad política. Se la están jugando y lo saben. Si la gente prefiere construir una nueva política y desterrar la vieja, con la que está cayendo a PSOE y PP les faltan argumentos para defender lo viejo. Conclusión: “son como nosotros”, serán jóvenes, pero pertenecen a nuestras mismas coordenadas. Tan desesperado como arriesgado.

- ¿Arriesgado? ¿Por qué? Hasta ahora les ha salido bien. Hace unos años bastaba que alguien te asociase con ETA para que desaparecieses del mapa político.

- Pero ya no, Pedro. Las viejas mentiras cada vez confunden a menos. La gente normalmente teme los grandes cambios o le dan pereza. Eso se acabó: la situación y la percepción que la gente tiene de la misma es tan mala que la mayoría no es que esté dispuesta a un cambio drástico, es que lo está exigiendo (por mucho que el PP se esmere en cambiar la opinión de la gente a golpe de manipulación y “brotes verdes” que solo ven los ricos). Más les valdría perder bien, asumiendo responsabilidades, depurando a los corruptos, sumándose a la ola del cambio. Si se empeñan en perder como hasta ahora, tirando del viejo libro de instrucciones del bipartidismo, la catástrofe en forma de pérdida de militantes y de votantes puede ser mayúscula. Ha llegado la hora de los partidos que escuchan a la ciudadanía, ha acabado la de aquellos que solo se dirigen a la gente para ponerles límites, asustarles y mentirles. Es tristísimo comprobar cómo los intereses de partido, la mentalidad electoralista, les impide ver o incluso plantearse perseguir la verdad. El abuso del maquillaje les ha nublado los ojos.

- Creo que he entendido, Clara: mientras Podemos y la ciudadanía consigan centrar el debate en la política, la economía y los argumentos racionales, lo más probable es que ganen. Sin embargo, si los votantes nos dejamos seducir por las identidades que nos proponen los dos grandes partidos de la casta, lo más probable es que sigan ganando pese al desprecio que han manifestado un día sí y otro también por los ciudadanos y las ciudadanas de este país.

- Efectivamente, Pedro. Como siempre, tenemos ante nosotros una decisión fundamental: tomar el camino de la razón o el de las emociones. ¿Estaremos dispuestos a ignorar o incluso luchar contra las emociones que nos contagian desde los medios de comunicación y los partidos del régimen, o nos dejaremos llevar por el sentimiento identitario y el miedo para cometer los mismos errores que nos han traído hasta aquí? Por primera vez en la historia de la democracia, los ciudadanos y las ciudadanas tenemos la posibilidad de ganar. La oligarquía político-financiera ya no define completamente las reglas de un juego en el que siempre gana. Es nuestra hora de reclamar ese poder divino que nos regaló Eva al desobedecer al Gran Macho: ahora somos nosotras, las personas normales, las que ponemos el nombre a las cosas.

- Ni izquierda ni derecha, los de abajo contra los de arriba.

- Eso es, Pedro, eso es.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Diálogo sobre Catalunya

- Buenos días José.

- Buenos días Clara.

- ¿Oíste lo que dijo Rajoy sobre Escocia ayer? ¿Qué opinión te merece?

- Pues creo que es un hipócrita, sinceramente. Si tuviese que guiarme por lo dicho estos días acerca del referéndum por la independencia, pensaría que ha ocurrido un milagro, que el mundo se iba a acabar pero al final no ha pasado y no se sabe muy bien por qué.

- ¿No crees que tenía razón al decir que los escoceses han hecho lo mejor que podían hacer, es decir, permanecer en el Reino Unido?

- Para empezar no lo ha expresado así, literalmente ha dicho que los escoceses han escogido la mejor "opción". Lo que ayer era un atentado contra el sentido común, la economía, la democracia, la UE y España, hoy parece ser una opción legítima. ¿Por qué crees que ha cambiado de opinión de un día para otro?

- No lo tengo muy claro, el cambio de discurso ha sido evidente, pero no sé qué es exactamente lo que ha precipitado tal cambio.

- Te lo explico encantada José: lo que ha cambiado entre un día y otro es que ha ganado el "no" a la independencia. Rajoy estaba muy asustado, y aún lo está, porque no hay forma de defender que lo que se ha hecho en Escocia no puede hacerse en España y Catalunya. Es más, ese mismo miedo le empujó a decir que lucharía para que todo nuevo Estado las pasase canutas para reingresar en la UE, cosa que ni el gobierno británico se llegó a plantear: desde un principio tenían clarísimo que el "sí" tenía la misma legitimidad que el "no" y no amenazaron con reacciones políticas aislacionistas, si bien, como en España, amenazaron con el armagedón económico.

- Pero aunque sea cierto que actúa por miedo, eso no significa que no lleve razón, al menos en parte. La Unión Europea se construyó para unir Europa y beneficiarnos entre todos, pero al integrarse en ella la mayor parte del occidente europeo lo que está claro es que quien se quede fuera va a estar bien aislado, y no porque lo quiera Rajoy.

- El problema no es que Escocia o Catalunya tengan que reintegrarse en la UE si así lo deciden y cumplen los requisitos. El problema es que gobiernos como el español, por miedo a lo que ocurra en su país, amenazan a países como Escocia diciendo que van a hacer todo lo posible por evitar que vuelvan a ingresar en el club de los elegidos. El único motivo para hacer eso es que necesita que los catalanes vean que va a ser imposible participar de Europa si no es a través del gobierno español, que teman la independencia, que la asocien con la soledad y el aislamiento. Esto está mal en muchos sentidos: para empezar, Rajoy está tratando de interferir en la decisión soberana tanto de Escocia como del Reino Unido y no porque tenga algo contra los escoceses, sino porque teme tanto a los catalanes que no puede evitar comportarse como un dictadorzuelo. Es más, en su discurso de ayer llegó a insinuar que la UE se ha hecho para unir y no para desunir, como si para estar más unidos necesitásemos un único Estado. Es cuanto menos curioso escuchar a un ultranacionalista español decir que la idea de la UE es que España desaparezca. Aún más cuando en vez de tratar de integrar a los escoceses a través de un Estado u otro, Rajoy llama a la comunidad internacional a no ajuntar, no hablar y no mirar a los escoceses si triunfa la independencia. ¿Esa es su UE de la integración, de la unidad y del entendimiento? ¿Y dónde queda la democracia en todo esto? ¿Acaso es una locura pretender la formación de un nuevo Estado a través de un proceso democrático? ¿O es que todo Estado debe construirse a sangre y fuego en un violento proceso que dure décadas? No, no acepto la petición de principio que nos ofrece Rajoy: un nuevo Estado no es más, en principio, que una nueva administración legítima, un desplazamiento de poder de un centro (Reino Unido) a otro (Escocia), ni siquiera es necesariamente más desunión, por no hablar de sus mensajes apocalípticos referentes a la economía... ¡cuánta imaginación puesta al servicio del miedo! Rajoy pretende algo así como ser el profeta de una profecía autocumplida: dice que habrá aislamiento tras la independencia y se convierte en el factor principal del posible aislamiento, en su promotor y más arduo defensor. El pobre no se da cuenta de que así reconoce implícitamente que el problema no es la independencia, sino los gobiernos que están dispuestos a aislar poblaciones enteras por una idea de país que de ninguna manera están dispuestos a discutir. Eso no es democracia ni es razonable.

- En esto voy a tener que darte la razón, Clara. Rajoy no ha hecho bien amenazando desde lejos. Es más, en su delirio pretendió que toda Europa pensaba como él, pero hasta el Primer Ministro británico salió a la palestra para desdecirle y dejar claro que el Reino Unido no boicotearía la reentrada de Escocia en la UE. Pero es que hay que reconocer una cosa: en Escocia el referéndum es legal, es decir, todo ha sido pactado entre los dos gobiernos, el escocés y el británico: quién vota, qué porcentaje se necesita, las fechas, la pregunta... Entiendo que si el caso escocés y el catalán no son iguales es, entre otras cosas, por esto. En España la consulta está prohibida y los catalanes pretenden hacerla igual y sin consensuar la pregunta con el gobierno.

- ¿Y por qué no se ha consensuado nada con el gobierno? Para responder a esto habrá que ver cómo empezaron los procesos, tanto en Catalunya como en Escocia. ¿Fueron los gobiernos españoles y británicos los que propusieron el referéndum?

- Desde luego que no: ni a España ni a Reino Unido les interesa perder parte de lo que consideran que es su territorio.

- Entonces, supongo que fueron los escoceses y los catalanes quienes, por propia iniciativa, decidieron dar los pasos para proclamarse independientes, ¿estamos de acuerdo?

- Sin duda.

- Muy bien José, entonces dime, si estos países hoy por hoy sin Estado son los que han empezado el proceso y lo han hecho de forma similar, buscando el mismo objetivo (la independencia) y utilizando la misma fórmula (la consulta popular), y ambos han mostrado su voluntad de hacerlo de manera legal, utilizando y negociando con las instituciones hoy existentes, ¿cuál es el factor determinante para que la situación política sea tan distinta?

- No queda otra: por un lado los gobiernos nacionales que han recibido la propuesta y por otro la legalidad de la que se parte.

- En efecto, vayamos por puntos. El principal factor de diferenciación en términos políticos nos lo han brindado los gobiernos de los Estados que hoy ejercen su autoridad sobre esas nacionalidades, es decir, el gobierno español y el gobierno británico. El primero niega toda legitimidad a la demanda de independencia, mientras que el segundo, aún estando en desacuerdo, asume que es una demanda legítima y que puede resolverse por métodos democráticos. He ahí una gran diferencia que a la postre es decisiva, porque a partir de ese punto el sendero político se divide en dos caminos radicalmente distintos: en el caso británico los esfuerzos se centraron (a veces bien, a veces mal) en convencer a la población escocesa de la decisión que consideraban adecuada, la que definitivamente ganó, el “no” a la independencia; pero en el caso español no se ha discutido de tú a tú con el nacionalismo, sino que desde el poder se le ha negado voz y legitimidad. El gobierno considera que la independencia es una propuesta ilegítima y centra sus esfuerzos en impedir la consulta a la ciudadanía catalana. La independencia no tiene que prohibirla, las leyes actuales ya la impiden. Lo mismo ocurre en el Reino Unido, por eso el gobierno británico, de haber ganado el “sí”, tendría que haber elaborado toda una serie de leyes para encauzar y dar cobertura legal a la independencia.

- ¡Menudo lío!

- No lo es tanto: solo hay que tener bien clara la diferencia entre consulta popular e independencia. Preguntar a la población no es lo mismo que tomar una decisión, menos aún en España, donde no existe el referéndum vinculante. En Escocia ha ocurrido un poco también: no hay ley que obligue al gobierno británico a dar la independencia a nadie, pero éste se comprometió a hacerlo y a vincularse con tal decisión por ley si ganaba el “sí” a la independencia. El gobierno español, no solo no acepta la independencia, sino que tampoco está dispuesto a dejar que los independentistas se doten de legitimidad democrática. Por eso no ha podido haber negociación entre España y Catalunya, porque el gobierno español considera que su interlocutor político, en este caso, es ilegítimo en tanto demanda cosas ilegítimas. Por eso algo que podría llegar a parecerse a una encuesta seria, la consulta popular en Catalunya, se convierte en el campo de batalla. Tanto es así que parece que la consulta y la independencia son la misma cosa. Mientras, unos intentan convocarla a toda costa y otros tratan de convertir el problema político en un problema legal. Así la negociación es imposible.

- Pero bueno, Clara, te olvidas de que en la propia constitución del 78, la que actualmente rige y que se aceptó en Catalunya, se establece la “indisoluble unidad de España”, lo cual nos puede parecer bien o mal, pero no deja de establecer claramente un marco legal muy rígido que Catalunya pretende torcer. El marco legal británico es, en este sentido, mucho más flexible y cuando se dobla no se parte. El español, sin embargo, me temo que o se queda recto o se quiebra, no es posible doblarlo.

- Llevas razón José, pero solo en el punto de partida. Efectivamente, el marco legal del que se parte no es el mismo en el caso escocés que en el catalán. También es cierto que el marco legal español actual no permite la independencia, pero cuidado, sí permite las consultas populares, concretamente en su peor formato: las consultas no vinculantes, es decir, aquellas que no obligan al gobierno más allá de lo que el gobierno quiera obligarse. Y el debate en España hoy no es acerca de cuándo y cómo proclamar la independencia, sino sobre si se consulta al respecto a la población catalana. Es posible, por tanto, crear un marco legal consensuado que permita al gobierno catalán llevar las urnas a la calle. En caso de que ganase el “sí” a la independencia nadie estaría obligado a nada (salvo que cambien el marco legal en este sentido), ahora bien, es un hecho que al día siguiente los partidos nacionalistas catalanes se lanzarán a trabajar por la independencia, mientras que los nacionalistas españoles, si siguen como hasta ahora, se lanzarán a tratar de impedirlo utilizando, como ya han advertido desde el PP, todas las herramientas legales disponibles, incluido el estado de excepción que supondría suspender o anular la autonomía catalana. Eso, sin duda, es lo que ocurriría si llegado el momento el balance de fuerzas fuese el actual. Ahora bien, en España tenemos un mapa político más que interesante en estos momentos. Determinadas fuerzas que sí se muestran favorables al derecho de los pueblos a decidir están creciendo a velocidades de vértigo. Con esto lo que quiero decir es que la situación no depende tanto de la ley, que se puede cambiar (incluida la constitución), sino de la voluntad de los dos partidos que han gobernado desde el 78 y que (al menos hasta las siguientes elecciones) forman una amplia mayoría en el parlamento. Atados como están a una forma de hacer política y a sus privilegios y puertas giratorias, no están por la labor de cambiar leyes ni el marco constitucional para permitir un proceso democrático y legítimo que acabase como acabase desembocaría en muchos cambios políticos nada despreciables.

- Pero Clara, en tu discurso parece que ignoras sistemáticamente que hay un país llamado España, que es un hecho, mientras que lo de los catalanes no pasa de ser un sentimiento identitario y muy mediado por la crisis económica. No se puede negar que el crecimiento vertiginoso del independentismo, que no el independentismo en sí, tiene su origen en la crisis, en “la pela”. Lo que quiero decir es que si nos planteamos lo de la independencia, igual hay que consultar a todos los españoles y no solo a los catalanes. Quizá es ahí donde reside la legitimidad.

- No creo que haya negado que existe una realidad llamada España en ningún momento, más bien al contrario, todo este proceso está adoptando la forma que puede, no la que quiere, debido a que no son los propios catalanes los que han elegido la estructura en la que se desenvuelve su lucha, sino que son los españoles. Fíjate si no quién gana las elecciones últimamente en Catalunya y quien las gana en España en su conjunto y dime, ¿quién determina en última instancia lo que se puede y no se puede hacer? Es el gobierno de España, no el de Catalunya. Por otro lado, que no tengan todavía Estado no es argumento para negarles un Estado: es cierto que Catalunya como país independiente no es real todavía, pero lo que sí es real es el sentimiento identitario catalán, su forma de entender que hay un “nosotros los catalanes” frente (y no es necesariamente un “frente” antagónico) a un “ellos los españoles”. Y es real su voluntad de autogobernarse. En ese sentido, me gusta lo que has hecho en tu último argumento: has separado el sentimiento independentista del crecimiento del movimiento independentista. No es que sea una quisquillosa, pero entre muchos de los nacionalistas españoles ha calado el discurso según el cual la idea de la nación catalana es “mentira” y su identidad se ha construido a base de falacias. Esto me pone muy nerviosa, porque pretender que un sentimiento identitario es falso significa que consideras que hay otros verdaderos, es decir, que hay gente que cree que la nación española es de verdad y que la catalana no lo es, como si hubiese naciones “naturales” por un lado y “artificiales” por otro. Y lo único que tienen para decir esto es la fuerza de los hechos: que hasta ahora no ha existido exactamente una Catalunya independiente de España y sí una España independiente de Francia, por ejemplo. Pero es que la fuerza de los hechos no significa demasiado en teoría política, da igual que las dictaduras se nombren a sí mismas como democracias, eso no cambia la idea de democracia (democracia nunca será lo mismo que dictadura) ni niega su existencia (que hoy no las encontremos no significa que no puedan materializarse mañana). Si los tiranos se presentan como demócratas no renunciamos a la democracia, no les regalamos el concepto y nos proclamamos antidemócratas, sino que decimos que por mucho que lo intenten aparentar, no son demócratas. El hecho de que no haya existido una Catalunya independiente hasta ahora no significa, de ninguna manera, que esa idea no tenga derecho a ser. Más aún si tenemos en cuenta que esto de la fuerza de los hechos es un arma de doble filo: si nos remontamos en la historia veremos que si bien la nación catalana nunca se ha materializado, lo que no falta desde hace más de un siglo es la identidad nacional catalana; comprobaremos que si Catalunya no es ya un país independiente (vinculado o no a España mediante algún tipo de federación) no es porque no hayan querido, sino porque esa voluntad se ha corregido con bombardeos, asaltos, guerras civiles, persecuciones, prohibiciones y dictaduras. Es decir, que la España que conocemos hoy es la heredera de la España de Franco, no es que dentro de España todo el mundo se haya unido bajo una bandera y unos símbolos comunes con un sentimiento de hermandad, sino que se ha machacado a aquellos que han intentado desde independizarse hasta plantear una nueva idea de España compatible con las múltiples nacionalidades que la pueblan. Esa es la fuerza de los hechos. En cuanto al papel de la crisis económica, desde luego no negaré que ha tenido su influencia, pero lo que tú achacas a “la pela” me parece que tiene más que ver con cómo han transmitido, gestionado y conducido la crisis los gobernantes españoles. No es la crisis en sí lo que ha lanzado a miles de catalanes a apoyar el independentismo (catalanes que, por cierto, ya contaban con una identidad catalana fuerte, que no van de vacío), ha sido la forma en que la están llevado nuestros sucesivos malos gobiernos. Cuando la crisis se convierte en una excusa para favorecer a los amigos y los ricos, cuando el gobierno rompe el Estado de Bienestar para pagar deudas que se han contraído al margen de la ciudadanía (tanto en lo que se refiere al proceso de decisión como a la participación en los beneficios del préstamo), cuando reconvierte lo que hasta ayer eran derechos en los privilegios de unos pocos, cuando se rescatan bancos y banqueros pero no ciudadanos y ciudadanas, cuando se encarcela a quien roba para comer mientras se indulta a los mayores estafadores y ladrones, cuando se cambia una constitución (hasta entonces “intocable”) en menos de una semana y con secretismo para convertir en papel mojado todo menos el pago de la deuda… entonces es normal que surjan movimientos contra ese tipo de gobiernos. La forma concreta que adquieren esos movimientos depende de las variables políticas que se crucen y de la capacidad de esos movimientos para aunar distintas demandas. En el caso catalán, como en el escocés, una de las variables que se cruza y que está siendo capaz de unir demandas muy diferentes es la identidad nacional. Eso no significa que el nacionalismo que desde Madrid llaman (no sin sorna) “periférico” sea el fruto de una invención de malvados sujetos que quieren aprovechar el momento, sino que ya había una identidad nacional fuerte en la que ha medrado la oposición a un sistema injusto. ¡Por Zeus! ¿Acaso no estamos deseando la inmensa mayoría de españoles independizarnos de este gobierno?

- Lo cierto es que no me convences, pero empiezo a entender por dónde van los tiros y ya no me parece todo tan absurdo. Aún así, no has contestado a la idea principal que te acababa de plantear: por qué motivo los españoles debemos aceptar que son los catalanes los que tienen que decidir sobre la independencia y no el conjunto de los españoles.

- ¡Claro no te convenzo, porque no discuto contigo sino con una serie de ideas no reflexionadas que asumes como punto de partida! Mientras eso no cambie podrás entenderme, pero no comulgar con mis ideas. De todas formas lo importante es lo primero, lo segundo ya llegará…

- ¡No cambies de tema, Clara! No estamos hablando de mí, sino de quién es el sujeto que legítimamente puede decidir si Catalunya se independiza o no. Personalmente, creo que estamos hablando de una zona que hoy pertenece a España, por lo que si la población debe decidir, debe ser la población española y no solo la catalana la que lo haga.

- Ya sé que piensas eso, ya. Pero déjame explicarte por qué eso no tiene ningún sentido. Evidentemente no cuestiono que cada español tendrá formada su opinión legítima acerca de qué es España y qué debería ser, pero tener una opinión, formar parte de un Estado, no te da legitimidad para decidirlo todo. Por ejemplo, no tendría ningún sentido que todos los españoles decidieran sobre cómo ha de gestionar un dinero tal o cual municipio, por mucho que pertenezcan a la misma estructura estatal. Podemos establecer entre todos unos límites, pero no pretender inmiscuirnos en asuntos que otras comunidades políticas han de decidir. Cuando hablamos de un referéndum como el que pretende convocar Catalunya, una consulta que pivotará sobre una identidad nacional concreta, no tiene sentido dejar la decisión en manos de quien ni tiene ni entiende esa identidad. Además, piénsalo: imagina a un andaluz o un gallego al que le preguntas “¿desea usted que Catalunya sea independiente?”, imagina la forma en que se interpretaría el “sí” o el “no”. Fuera de Catalunya la pregunta se leería más bien como “¿quieres echar a Catalunya de España o no?”, y no creo que nadie quiera asumir esa responsabilidad, los tiempos de expulsar a los judíos pasaron. En otras palabras: el pueblo español no tiene derecho a negar la españolidad a nadie. Si estamos diciendo que un pueblo (el español, el francés…), en tanto se considera a sí mismo pueblo, tiene derecho a decidir de qué estructuras e instituciones políticas se quiere dotar para autogobernarse, tendremos que asumir que el sujeto político de esa decisión es ese pueblo y no los pueblos de alrededor. Porque si no asumimos esto, más nos vale a los españoles lanzarnos a reconquistar las Américas, ya que todo proceso de independencia se habría realizado ilegítimamente sin contar con la voluntad del pueblo (o mejor dicho la dinastía) que en aquel momento tomaba las decisiones, que en aquel momento constituía la única nación (si es que podemos llamarlo “nación”) que existía en aquel territorio. No, es como pretender que los franceses y los polacos tienen algo que decir en el proceso, ya que son miembros de la UE. Si nos ponemos a incluir “decisores legítimos” en un asunto que concierne a un pueblo no acabamos hasta incluir el planeta entero. El derecho a la autodeterminación es un derecho inherente a los pueblos, no a los países o a los Estados. Otra cosa es que tú, aceptando ese derecho, trates de que la identidad catalana sea compatible con la española, por ejemplo trabajando para construir argumentos a favor del “no” a la independencia. Como español, tienes todo el derecho a hacer eso, pero no a decidir sobre Catalunya como pueblo, pues esa decisión corresponde a los catalanes. Aplicamos la misma lógica cuando aceptamos que Francia y España tengan distintos gobiernos.

- Bueno, no están todas las cuestiones resueltas, pero creo que tengo suficiente para reflexionar un tiempo. En otro momento me gustaría discutir algo que no hemos tocado aquí pero que también es de vital importancia.

- ¿A qué te refieres, José?

- ¡A que no hemos definido quiénes son los catalanes!

- Tienes toda la razón José, los catalanes no pueden decidir nada si no está claro qué es eso de ser catalán. Además, la manera de definir la “catalanidad” no solo tendrá repercusión en el resultado de la consulta, sino que nos dará la primera pista de qué tipo de nacionalidad  se pretende construir: no es lo mismo ser catalán por sangre, por lugar de nacimiento o por residencia habitual. Es un debate apasionante y necesario, eso sí, ensombrecido por la cantidad de propaganda barata que se está vertiendo a través de los medios de comunicación, esa que nos llevan a discutir chorradas como la de si es verdadera o no la identidad nacional catalana. Te prometo que cuando nos volvamos a cruzar lo discutiremos, siempre que te veas con fuerza.

- Nos vemos Clara, ha sido un placer, como siempre.