miércoles, 16 de octubre de 2013

Elysium: ideología dominante y revolución sin revolución.



[Contiene spoilers]

Elysium es una película estadounidense de acción y ciencia ficción estrenada en 2013. Está dirigida por Neill Blomkamp y protagonizada (entre otros) por Matt Damon y Jodie Foster.

Resumen de la película:

Nos encontramos en un futuro no demasiado lejano en el que la humanidad se divide en dos. Por un lado están los que viven en una gigantesca estación espacial (Elysium) tan avanzada que reproduce agradables paisajes terráqueos con praderas y bosques, salpicados de grandes casas donde habitan sus ciudadanos. El aire es limpio y cristalino, incluso la atmósfera y la gravedad son parecidas a las de la Tierra. En nuestro planeta, sin embargo, el aire está sucio, contaminado, los tonos son apagados, todo está cubierto de una capa de polvo. Allí vive la inmensa mayoría de la población en una situación miserable.

En este contexto, nace nuestro protagonista, Max DeCosta (Matt Damon), cuya historia personal es el eje central de la película. Su educación y supervivencia dependen de una monja hasta que crece y comienza a ganarse la vida por sí mismo. Al principio será ladrón de coches, pero la policía le atrapa y pasa por la cárcel, por lo que cambia de idea. Busca entonces un trabajo “honrado” y consigue un puesto en la empresa que fabrica robots y naves automatizadas para Elysium. Sin embargo, un buen día sufre un accidente laboral y recibe una dosis mortal de radiación. Desesperado por curarse, decide ir a Elysium, donde todos los ciudadanos tienen acceso a un aparato milagroso que cura todas las enfermedades, fracturas y destrozos con solo tumbarse en él.

Sin embargo, entrar en Elysium no es nada fácil, a quienes intentan llegar sin permiso de las autoridades se les dispara y los pocos que logran aterrizar son inmediatamente deportados, devueltos a la Tierra. Por eso Max, para lograr un pasaje hacia Elysium, debe acudir a la mafia local, dirigida por un tal Spider (Wagner Moura). El resultado es que antes de viajar hacia la curación, Max tiene que ofrecerse a liderar un complicado robo de datos, en principio las cuentas bancarias de uno de los ciudadanos de Elysium. Pero el plan se vuelve todavía más difícil porque la Secretaria de Defensa, Jessica Delacourt (Jodie Foster), estaba planeando un golpe de Estado en Elysium justo con ese empresario, que dirige la Corporación Armadyne (la que se encarga de casi todos los contratos de defensa de Elysium). El problema es que la información robada a este ciudadano de Elysium es precisamente la que Delacourt necesita para llevar a cabo el golpe, por lo que no puede permitirse perderla y menos que caiga en otras manos.

Los datos robados vienen a ser algo así como un programa informático capaz de “resetear” el sistema de la estación espacial, de devolverlo a punto cero para ser rediseñado. Delacourt quiere ese programa para instaurarse en el poder, pero cuando los terráqueos descubren el potencial del arma, van a utilizarla para convertir en ciudadano de Elysium a toda la humanidad, privilegio que antes solo ostentaban los habitantes de la estación. La nota dramática de la película la pone la muerte de Max, que se ha de sacrificar para que todo esto sea posible.

Algunas reflexiones:

- Una relación colonial. Al comienzo de la película uno tiene inmediatamente la sensación de que hay muchas cosas que le suenan, que no son del todo originales. Por ejemplo: la división que existe entre los ciudadanos de Elysium y los habitantes de la Tierra. Además de los rasgos ya comentados (diferencias en la limpieza, el aire, la luz...), destacan las distintas lenguas y acentos que se utilizan: en Elysium escuchamos un perfecto inglés y algo de francés y los nombres y apellidos comparten este origen; en la Tierra escuchamos el castellano hablado en México y un inglés de fuerte acento latino (salvo el protagonista) y priman los nombres y apellidos de origen español o portugués. El retrato de la Tierra que nos ofrece la película es un mundo globalmente tercermundializado: las calles están en estado de abandono o directamente son caminos de polvo, los grandes edificios están en ruinas (incluso los ocupados), la mayoría de la gente vive en barrios de casas improvisadas construidas anárquicamente. Incluso se habla una lengua y con un acento hoy asociados, obra y gracia de las industrias culturales del norte, a la pobreza o incluso a la ilegalidad (tráfico de drogas, inmigración ilegal, robos, etc.). En Elysium todo está limpio, todo es hermoso y brillante, ordenado, de diseño, planificado. En la Tierra, en concreto Los Ángeles, los colores son mucho más apagados, todo está sucio o estropeado, impera el desorden y la dejadez.

Apenas vemos a nadie de Elysium trabajar, la mayoría parece vivir de las rentas en su paraíso-burbuja mientras unos pocos se dedican a dirigir empresas y a la actividad política (en la película cuesta diferenciar una cosa de otra). En la Tierra encontramos la ley de la jungla: el paro es endémico y el mercado negro y el robo la norma. Los pocos que consiguen un empleo “honrado” son aquellos que trabajan para alguna de las empresas controladas por ciudadanos de Elysium. Las condiciones de trabajo y los salarios son, consecuentemente, la utopía de todo gran empresario: basta que un trabajador se rompa un brazo para despedirle, hay un ejército de reserva haciendo cola; no existen los derechos laborales ni nada parecido, la situación es desesperada y siempre hay alguien dispuesto a arriesgarse más; la estructura de la empresa es absolutamente jerárquica y el ciudadano-empresario de Elysium está en la cúspide, tanto que no quiere que los trabajadores le hablen sin taparse la boca, porque son sucios, contagian enfermedades; la vida de un trabajador vale lo que pueda producir, lo que se refleja en las pastillas que recibe Max tras ser irradiado, que sirven para que pueda seguir trabajando durante unos días hasta que definitivamente muera por “fallo multiorgánico” debido a la radiación; y un largo etcétera.

En definitiva, lo que se nos propone no es nada original: la humanidad está dividida en dos, ricos y pobres. Los ricos, evidentemente, viven en Elysium, mientras que los pobres viven en la Tierra. Los ricos explotan a los pobres para extraer de ellos tanto recursos como mano de obra prácticamente esclava, servil. No contentos con ello, contratan a los trabajadores para fabricar las propias herramientas que perpetúan la dominación de los pocos (los que compraron su derecho a vivir en Elysium) sobre los muchos: son personas como Max las que fabrican los robots de control y represión que les rompen el brazo y les humillan cada día, los policías que mantienen el orden injusto, los misiles que destrozan las naves-patera de “inmigrantes ilegales” que intentan llegar a Elysium, las naves que transportan militares y agentes secretos. El sistema económico imperante es, por tanto, colonial. Pero esta vez la colonia es toda la Tierra. Es como si a base de fomentar la colonización interna en cada país, la clase capitalista hubiese tenido que sustraerse a sí misma del plano físico para adoptar una forma espectral, incorpórea, pero siempre visible desde “abajo” en forma de deseo. Como si la tendencia de agruparse con la gente de tu misma clase social se hubiese convertido en una imperiosa necesidad y en el proceso de acumulación capitalista, al final, todos los recursos quedasen en tan pocas manos que no les ha bastado con construir guetos rodeados por murallas y seguridad privada, sino que esos pocos han tenido que unirse y escapar del resto de la sociedad para formar su pequeño paraíso-isla en el espacio, donde nadie pueda alcanzarles, a salvo de los envidiosos y los ladrones, libres para disfrutar el fruto del esfuerzo, la humillación, la mutilación y la muerte de otros. Elysium es una gigantesca máquina que absorbe recursos y vidas de los de abajo y los transforma en la posibilidad de que existan los de arriba, así como su peculiar e insostenible estilo de vida.

- La promesa del paraíso. Queda claro desde el principio de la película, además, que si bien no es posible ni deseable que todo el mundo viva en Elysium, eso no significa que muchos de los privilegios de los que allí disfrutan (en concreto se centra en la sanidad) no puedan ser generalizados incluso sin cambiar el régimen de explotación al que se ven sometidos los no-ciudadanos. Sin embargo, los dirigentes de la estación espacial no comparten con la Tierra las máquinas de curación. ¿Por qué? ¿Por qué, si tienen los recursos y tienen la tecnología, no hacen nada por difundir y hacer accesible un invento que sin duda alguna beneficiaría a toda la humanidad? Solo hay dos respuestas posibles, porque o bien los dirigentes de Elysium (y sus partidarios) son muy, muy, muy malos y sádicos (lo que parece sugerir la película), o porque el hecho de controlar una tecnología milagrosa que lo cura todo da un poder inigualable si quien no puede acceder a ella carece de conciencia política: se trata de controlar el deseo de los oprimidos, de los explotados.

Cuando Max, el protagonista, sufre ese “accidente laboral” (es amenazado por su jefe con el despido hasta que él mismo se introduce en la máquina que lo mata), lo primero que piensa es “debo ir a Elysium para curarme”. La sociedad de la Tierra está tan descompuesta que de forma casi espontánea no se piensa más que en soluciones individuales destinadas a satisfacer una necesidad a corto plazo. El protagonista en ningún momento de la película piensa en lo común, no va a Elysium para colectivizar la máquina de curar, a priori le da igual el resto de la humanidad, solo le importa su mundo privado. Toda la película se desarrolla a partir de decisiones egoístas e individuales que, finalmente, traen el bien a todo el ser humano. Max nos transmite así la ideología dominante de hoy, que preconiza que es la persecución de intereses privados la que trae el bien común. Y es en este marco en el que se inserta el control de la sanidad: en una sociedad individualista hasta el extremo, nadie se plantea cambiar las cosas para el conjunto, solo se piensa en el bien propio. De esta forma, lo que al espectador (todavía) le parece una barbaridad en la pantalla, que no se comparta la tecnología sanadora, en la sociedad de la película funciona como un dispositivo de deseo: uno no quiere cargarse la posibilidad de que exista algo como Elysium, uno quiere ser parte de ello, ser uno de los elegidos para poder curarse.

- Código rojo. Este es el secreto de Elysium: para que exista una sociedad de ricos privilegiados que viven a cuerpo de rey, tiene que existir esa voluntad política de no repartir recursos y tiene que morir gente, tanto por enfermedad como por “accidentes laborales” o por fletar pateras espaciales que son destruidas por los sistemas de defensa. Los líderes de la estación espacial no son vistos como criminales por la población local (y debido a la falta de conciencia política, tampoco por la población terráquea), sino que se les elige precisamente para que hagan lo que tienen que hacer y Elysium siga siendo posible. El hecho de que los ciudadanos puedan mirar para otro lado, que puedan elegir representantes que tomen las decisiones duras por ellos de tal forma que la apariencia de paraíso, esa mentira colectiva, siga siendo posible, no esté salpicada de sangre, es una de las condiciones de posibilidad más importantes. Por eso, la Secretaria Delacourt se irrita tanto cuando una nave llega o se estrella en el territorio de Elysium, porque es crucial que los ciudadanos no vean lo que es necesario hacer para vivir como lo hacen, envueltos en el lujo.

La Secretaria de Defensa es un personaje fundamental en la película. Desde el momento en que vemos que quiere tomar el poder por vías ajenas a la legalidad de Elysium, se nos invita a colocarla en el lado de los “malos”. Es un personaje que debemos odiar y temer: ordena disparar contra las naves patera, quiere dar un golpe de Estado que justifica utilizando un lenguaje fascista, no duda en contratar mercenarios crueles y sádicos para conseguir sus objetivos... Tenemos que detestarla desde el principio, etiquetarla y asumir que todo lo que hace es porque es pura maldad y ambiciona el poder como todos los malos. Sin embargo, es el personaje más sincero de toda la película y probablemente el más interesante.

Después de eliminar 46 civiles en el espacio debido a su intento de entrada en Elysium, Delacourt tiene que acudir a una especie de comité revisor que evalúa sus decisiones. El problema, según el comité, es que se le ordenó “encargarse de los civiles con discreción”, algo que resulta del todo incompatible con las explosiones y las muertes recién acaecidas. Además, el comité le recrimina a Delacourt el hecho de haber utilizado un agente infiltrado en la Tierra, lo que viene a ser una especie de desafío burocrático por parte de la Secretaria, que había recibido órdenes de no utilizar esa herramienta. Entonces Delacourt, al más puro estilo de Jack Nicholson en “Algunos hombres buenos”, se defiende recriminando al comité (en concreto al Presidente), alegando que para que Elysium siga funcionando y tenga futuro, es necesario pensar y actuar como ella lo ha hecho, independientemente de lo impopular que resulte. “[...] cuando vayan a por su casa, la que ha construido para sus hijos [...], no serán las relaciones públicas ni las promesas de campaña las que les impedirá la entrada [a los inmigrantes ilegales], seré yo misma.” El Presidente se enfada y no es de extrañar: de un plumazo, Delacourt le ha recordado que su papel es prescindible, que es pura fachada, simple y llana apariencia de normalidad. No es que no sea importante, pero es un papel secundario respecto al de la Secretaria: ella es el auténtico motivo por el que Elysium sigue funcionando. El Presidente, los empresarios, los ciudadanos... todos son prescindibles o sustituibles. Pero la figura de la Secretaria de Defensa, sus prerrogativas y sus funciones, la forma en que Delacourt las ha entendido y las aplica, son vitales, imprescindibles, totalmente necesarios para la supervivencia de el proyecto.

Para que una pequeña parte de la humanidad mantenga su riqueza, una riqueza fundamentada en la explotación y la deshumanización sistemáticas, es necesario el uso constante de la violencia. En Elysium se podrá votar o no, habrá unas leyes mejores u otras peores, pero la cuestión sigue siendo la misma: es necesario el uso constante de la violencia y el terror, del asesinato puro y duro, para que los “inmigrantes ilegales” no destruyan ese paraíso del privilegio. En lo que respecta a la Tierra, poco importa si quien gobierna Elysium es una persona, pocas o muchas. Tampoco si esas personas cumplen o no sus propias leyes, puesto que si se encargan de blindar este sistema serán, por definición, malas leyes, injustas.

Los habitantes de Elysium son los que de una forma u otra han comprado el privilegio del paraíso para sí y sus descendientes. Se les considera ciudadanos y, por tanto, miembros de la comunidad política, sujetos a derechos y deberes. Los demás, los terrícolas, están fuera, han sido expulsados. Se les considera formalmente humanos (“civiles” es la palabra no peyorativa que más usan), pero al situarlos fuera de la comunidad política se les está negando precisamente aquello que es exclusivamente humano y que va más allá de la mera existencia material. El concepto “civil” o “inmigrante ilegal”, esconde, en la película, la terrible verdad de la política de Elysium: que su soberanía y su poder político se basan en la determinación de un afuera y un adentro de la condición humana, esto es, en la existencia de lo que Giorgio Agamben llamaba “homo sacer”, seres desechables, los nadies, en este caso los terrícolas. He ahí el auténtico fundamento de la política y el poder en Elysium: la violencia más descarnada, la capacidad de decidir quién es parte y quién no de la comunidad política. Esto no es baladí: al final de la película nos enteramos de que la policía automatizada, los robots encargados de registrar, humillar, apalear y perseguir a los terrícolas, no puede detener a los “ciudadanos”. Están diseñados exclusivamente para el “homo sacer”, que en tanto que exiliado de la comunidad política no está sujeto a ninguna regulación jurídica, no puede ser juzgado ni condenado como un ciudadano... pero sí puede ser eliminado sin ningún tipo de juicio (como de hecho ocurre en la película).

Delacourt representa, por tanto, la cara más sincera y consciente del régimen de Elysium. Ella sabe que las apariencias son importantes, que la “normalidad” de los ciudadanos debe continuar para que la estación espacial sea un paraíso y no una trinchera, la violencia debe ser invisible para los privilegiados. Pero de la misma forma que sabe que, sin alguien como ella, ese lugar no tiene futuro alguno. Delacourt representa el Estado de excepción permanente que funciona hacia fuera de la estación y que, con el golpe de Estado, pretende institucionalizarse, convertir la excepcionalidad en norma, en derecho positivo. Es el paso lógico si se quiere mantener el orden actual, pero el golpe no se consuma y finalmente lo que ocurre es lo contrario, que se redefinen las fronteras de inclusión/exclusión de la comunidad política. La película, por supuesto, no pretende llegar tan lejos y acaba por disfrazarlo todo con la dicotomía bien/mal a la que nos tiene tan acostumbrados el cine de Hollywood. Usurpa así buena parte del debate político al espectador, que finalmente acaba viendo la espectacular lucha entre el bien, el mal y la locura egocéntrica del más malo de todos, el agente encargado de perseguir al protagonista. En consecuencia, el final de la película tiene muchas más dosis de acción, violencia y sentimentalismo que de reflexión (o incluso acción) política.

- El papel de las mujeres. Uno de esos papeles ya lo hemos comentado. La mujer más importante de la película es la mala, Delacourt, que muere como deben morir todos los malos, sin ningún tipo de honor y traicionada por uno de sus subordinados (el que es más malo todavía). Es, curiosamente, la mujer más inteligente que aparece en la película pero, más allá de los rasgos femeninos propios del físico de Jodie Foster, tiene características generalmente asociadas con el género masculino: está en las altas esferas de la política, se encarga de la seguridad, tiene autoridad sobre los militares, tiene una fuerte voluntad de poder... Esto (que en sí no tiene nada de malo), unido al hecho de que es la mujer más inteligente, la que mejor sabe desenvolverse, la que no pide ayuda, pero también la mala de la película, arroja una imagen un tanto siniestra de lo que representa una mujer que escapa a los tradicionales roles de género. Es, de hecho, la única mujer que vemos en las altas esferas del poder (político o económico) y lo que parece transmitir la película es que ella está fuera de su lugar, del lugar que le corresponde por ser mujer, y eso siempre es síntoma de algún tipo de maldad subrepticia.

Otra de las mujeres protagonistas, en este caso la buena, es Frey (Alice Braga). Frey no solo cumple con los cánones de belleza norteamericanos, sino que, al contrario que su antagonista, también cumple con los estereotipos de género actuales: se dedica a los cuidados, es enfermera. Su mayor contribución a la causa del protagonista es cuidarle durante un tiempo y curarle las heridas para que pueda proseguir su lucha. Intenta que Max, ya que pretende ir a Elysium, salve a su hija, pero a falta de argumentos (“hazlo por mi, hazlo por ella”) utiliza las “armas de mujer” que le concede una sociedad machista, es decir, su cara bonita y una mezcla entre sentimentalismo y chantaje emocional. Además, el papel que el guión reserva para ella es el más habitual: Frey viene a ser el motivo por el que el protagonista se ve envuelto en más problemas de los que ya tenía. Es una persona-apéndice que necesita ser constantemente salvada por el varón protagonista, el auténtico centro de la historia. Por otro lado, Frey es madre y se comporta como en teoría debe ser una madre: protectora y temerosa, incapaz de pensar en otra cosa más que en su hija (y además a corto plazo), incluso se señala que tiene un fuerte “instinto maternal”, esa determinación biológica que atrapa a las mujeres y les impide elegir, esa especie de esencia mágica (naturalizada) que es lo que les hace ser mujeres de verdad.

La hija de Frey, Matilda (Emma Tremblay) tiene leucemia y necesita la máquina de curación para no morir pronto. Es la causa por la que su madre actúa y el motivo por el cual Max se sacrifica al final de la película. Se comporta exactamente como se espera de una menor de edad: no actúa, solo obedece; sus diálogos están diseñados para hacer más claro y evidente (además de sentimental) el dilema al que se enfrenta el protagonista, es decir, salvarse a sí mismo o ayudar a que toda la humanidad progrese y viva mejor. Junto con su madre, Matilda viene a representar a los terrícolas en conjunto: ingenua, inocente, a la espera del salvador capaz de cambiar su destino (sufrimiento y muerte), incapaz de actuar por su cuenta. La película nos cuenta que la humanidad que sobrevive fuera de Elysium es así: está a la espera del regreso del padre, la figura del protector-benefactor, el líder natural de la manada.

Los últimos instantes de su vida, Max los dedica a convencerse a sí mismo de que debe obrar bien y sacrificarse para que otras personas vivan. Se centra en Frey y Matilda y decide a su favor. Sin embargo, la forma que tiene la película de presentarnos esta decisión es, siguiendo la pauta de la ideología (hoy) dominante, la de una especie de contrato. Matilda le había contado a Max una enternecedora historia acerca de un hipopótamo que ayuda a otro animal a comer, ante lo cual al protagonista solo se le ocurre preguntar “¿y qué gana el hipopótamo a cambio?”. La niña, mera vocera de ideas que no son suyas, responde “el hipopótamo quiere un amigo”. De forma análoga, el razonamiento final de Max es que a cambio de su vida (y puesto que su amigo del alma ha muerto en una de las muchas escenas de acción), se ganará una amiga (Matilda) y, de paso, se convertirá en amigo de toda la humanidad. De nuevo son intereses personales y sentimientos los que deciden, nunca una idea del deber, ni de la fraternidad, ni del bien común, la voluntad general o el progreso. Es el ámbito privado del protagonista (donde se enmarcan las chicas buenas) el que inclina la balanza.

- La revolución sin revolución. La película nos introduce en un mundo capitalista llevado al extremo, un mundo en el que las desigualdades sociales son tan grandes que las élites económicas han tenido que crear otro espacio físico desde el que explotar y gobernar. En el propio acto de separación (la construcción de Elysium), no solo han modificado el mapa geopolítico y dejado obsoleta la idea de nación (ya no parece haber países, solo dos entidades identitarias: Elysium y la Tierrra), sino que además se han apropiado de la política, han centralizado todas las decisiones colectivas excluyendo de ellas a la inmensa mayoría de la humanidad sin ningún disimulo: la tecnología y la separación física entre ricos y pobres lo permite.

Sería de esperar que en un contexto así, donde es tan sencillo señalar al enemigo y posicionarse, donde ya existen potentísimas identidades políticas (un “nosotros” y un “ellos” claramente diferenciados), apareciese algún tipo de movimiento revolucionario dedicado a combatir al régimen de Elysium. Sin embargo, no lo hay, eso implicaría asumir la existencia de lugares comunes. Lo más parecido a una oposición al régimen es la mafia de Spider, que combina la caridad (enviar familias a Elysium para que logren curarse antes de ser deportadas) con el negocio (venta de identidades y plazas en la nave-patera para alcanzar el paraíso), pero desde luego no intenta ni comprender, ni derrocar, ni tan si quiera cambiar el régimen. Simplemente actúa en los límites de sus fronteras, aprovecha sus fallos, saca beneficio de los puntos ciegos... Más que una organización revolucionaria parece una ONG bastante despiadada y lucrativa.

Precisamente, la decisión de Spider de robar a un ciudadano de Elysium (motivación económica) es la que desencadena el resto de acontecimientos, puesto que sin saberlo roban el programa para reiniciar el sistema que tenía planeado utilizar Delacourt. Y esa es, paradójicamente, la oportunidad para la revolución: reiniciar el sistema significa que quien esté al control de los mandos podrá rediseñarlo a su voluntad. Es, por decirlo así, el momento constituyente de Elysium, el momento en que se decide, entre otras cosas, quién está incluido y quién excluido de la comunidad política. Toda revolución, en el proceso de derribar el poder establecido, crea su propia legitimidad y trunca la del régimen existente. Abre un espacio, una ventana de oportunidad para que las reglas, los objetivos, las metas, etc., sean redefinidas. Cuando Spider se da cuenta del potencial de este programa informático que han robado, decide utilizarlo.

Pero Spider no tiene conciencia política, es una oveja más dentro del redil, si bien es una oveja insolente. Por eso, cuando cae en la cuenta de que pueden “cambiar la historia”, lo único que se le ocurre es extender el círculo de la ciudadanía: en el momento clave, cuando Elysium se va a reiniciar, cambia la palabra “illegal” por “legal” en el apartado “Earth Population”. Es decir, convierte a los terrícolas, antes civiles o inmigrantes ilegales, “homo sacer” en ciudadanos, en miembros de la comunidad política. Así acaba la película, como diciéndonos “¡misión cumplida!”.

Extender la ciudadanía, como es de suponer, no es moco de pavo. Implica una serie de cambios tan importantes como inmediatos: el acceso a la sanidad y el fin de la represión automatizada, entre otros. Sin embargo, resulta muy ingenuo pensar que el hecho de cambiar una palabra en un programa informático vaya a socavar y destruir las relaciones de poder que han llevado a la humanidad precisamente a esa situación de colonialismo global. La película nos propone una revolución sin revolución: con apenas unas pocas víctimas que han caído por el camino y un pequeño cambio (dos letras) de una palabra, todo ha acabado y la humanidad vuelve a ser una, sin divisiones. La inclusión formal de las clases subalternas dentro del aparato político (derechos, deberes...) parece finiquitar la cuestión. Sin embargo, nadie toca a los empresarios que se han enriquecido a costa de matar y explotar trabajadores y trabajadoras y que podrán seguir haciéndolo, pues los terrícolas siguen siendo pobres. Nadie se preocupa tampoco por cambiar el sistema político. Es como extender el sufragio en una sociedad regida por una constitución que consagra una dictadura. En otras palabras, ¿qué impide al aparato político de Elysium compartir algunas cosas, como la sanidad, para seguir explotando la Tierra y a sus habitantes en su provecho? Es más, ¿qué les impide, una vez recuperado el control de la estación, volver a excluir de la ciudadanía a quien se les antoje? Al no producirse un cambio de poder, la población terrícola está, con toda seguridad, condenada a volver a la misma situación más pronto que tarde.



Los estadounidenses, de nuevo, han necesitado llevarse determinados problemas actuales a un futuro improbable y lo más lejos posible, al espacio. Ricos y pobres, miembros de pleno derecho y excluidos de la ciudadanía, inmigrantes ilegales, pateras, muertes de familias enteras que intentan llegar al paraíso de las oportunidades, leyes que forman parte de los más preciados sueños del Gran Hermano, explotación laboral, sustracción de recursos para engordar los bolsillos de una oligarquía que parece que vive en otro planeta, la elección del lobo (me muero de hambre o colaboro en la fabricación de robots-policía que van a venir a por mi), represión sistemática... Esta película no nos cuenta nada nuevo y, teniendo en cuenta el mensaje que transmite, su éxito en taquilla no dice nada bueno de nuestras sociedades: ¿quién quiere que gane Delacourt, quién se siente identificado con la ciudadanía de Elysium? Nadie, al ver la película todos nos sentimos identificados con el protagonista y sus amigos terráqueos. Sin embargo, esa misma gente que es capaz de soltar unas lágrimas al final de la película por el sacrificio de Max, es la misma gente que en Texas o Nuevo México, en Melilla o en Lampedusa, miran para otro lado. Quizá eso es lo mejor que tiene esta película, puesto que el mensaje viene a ser el de siempre: que se puede utilizar para medir el grado de hipocresía de las sociedades occidentales, empeñadas en no reconocer esa terrible verdad política que, día tras día, de una forma o de otra, les acosa: no es posible mantener privilegios sin ejercer de forma constante y sistemática la violencia contra quienes no los tienen. No es posible el cielo de los elegidos sin el infierno de los desechados. 

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